Asentado ya el título del serial, aunque no crean que no me costó retener si seríamos de Madrí o si íbamos a correr a  un trail o de cuchipanda, creo que ya podemos meter sustancia a lo principal del asunto. Somos tres, venimos actuando con lo puesto, vamos a pegarnos una gosadera de aproximadamente cuatrocientos cincuenta minutos haciendo la segunda cosa que más nos gusta.

Porque, a Raúl, lo que más le gusta es resumir cosas en dos minutos. Roberto disfruta metiendo los dedos dentro de la cazuela o del plato y chupárselos con los ojos cerrados. Y mi favorito es -créanme- dejar de correr, ese parar en el que uno dice mentalmente y a grito pelado lo de “Ya hemos llegado a meta, tanto correr”, acompañado de un improperio bien malsonante.

El menú al que se nos citó (recordad el cap.1) lo tenía todo. Snacks. O sea, un kilómetro vertical nocturno que, para profanos, consiste en dejarse los hígados subiendo en el menor tiempo posible desde un punto p (p, de punto) hasta otro punto situado mil metros más alto. Las cuatro torres de Madrid miden 249 de alto. Coloquen cuatro, una encima de otra, y ahora suban por las escaleras. El ascensor funciona hipotéticamente pero estamos hablando de deporte. A estos snacks decidimos que no nos presentamos.

El primer plato consta de una subida, grosso modo, hasta los dos mil cuatrocientos metros de altura, saliendo desde ese rincón paradisiaco de la Cedanya llamado Bellver. El nombre del pueblo viene insistiendo de antiguo en las fantásticas vistas (Bello Vedere), por las que insistíamos en quedarnos allí jarra de cerveza en mano, que por un lado es lo que alguien de Madrí suele hacer y lo que de él se espera. Pero, por otro, cuando comprometimos nuestra palabra nos concienciamos en la seriedad de ese primer plato.

Ni que decir tiene que aceptamos el envite de ese primer plato de cuarenta y cinco kilómetros (ya estarán mal medidos y serán cuarenta y siete) y un postre y que nos volveremos más que contentos. Y baqueteados como alfombras viejas.

Conste aquí que nos pareció una enormidad meterle el diente al segundo plato, a la distancia ultra. En realidad es más un menú degustación de varios tramos entre los que todo se va a los ciento diez kilómetros. Verán. No venimos tan curtidos como para veintinueve horas en el monte. Raúl con sus tendones rotulianos, Roberto y cierta prudencia de juvenil y yo con una decisión ya tomada hace tiempo al respecto de las grandes ultras, tenemos por compromiso hacerlo bien y terminar dignamente el embolado en el que nos hemos dejado meter.

-Que habrá que quedar un día en la montaña para hacer kilómetros, ¿no?- me recuerdan hoy.
-Eso ya lo dije hace unas semanas y mira como andamos.

Y así con todo.

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