Viví con dos años de edad en una casa enclavada en lo alto de un pueblo de valle, minero, húmedo. De la ladera de aquella montaña se deprendían bloques que rodaban y golpeaban en la pared exterior de nuestra casita. Las explosiones de los barrenos de los mineros eran frecuentes.

Mi madre nos bajó de aquella ladera por mis pulmonías y, también, un poco por no vivir con esa inquietud. Ella, de secano, no vivía a gusto en esa casita en la que las rocas te despertaban golpeando la pared en mitad de la noche. En esos días no se escuchaba mucho más en el Pirineo del Cadí. No había gran turismo ni asomo de que nos dedicáramos a correr por la montaña. Ningún habitante de Guardiola del Berguedá, en 1971 y entonces bajo el patronazgo toponímico de Berga, conocía la expresión trail running. Ni siquiera se habían disputado aún los Juegos Olímpicos de Munich cuando, esa primavera, empezó mi padre a correr con los alumnos de su escuela rural.

Del Cadí bajé con apenas cuatro años. En cuarenta y pico años aquello ha evolucionado hasta un fabuloso parque natural, el Cadí-Moixeró, mis pulmonías debieron quedar enterradas con el crecimiento, y ahora en aquella ladera ruedan piedras porque los corredores galopan arriba y abajo por sendas que conducen a Bagá, a Martinet, al Pedraforca. De todo ello solamente quedan retazos de persistencia. Mi padre sigue corriendo, poco más. El embalse cubre Cercs. Berga es una ciudad asentada. Ya no hay tren que una la montaña con Manresa.

Hace un año, el equipo de Salomon que nos aglutinó como probadores de material, como los chisporroteantes field testers (de lo cual siguen sin arrepentirse), nos marcó en rojo arcilla la cita en el calendario a Roberto, Raúl y a mí. Debíamos volver a las sendas del Cadí para participar en el Marató del Pirineu. De inmediato temí dos cosas. Una, que mi cuerpo hiciera la menor mención de correr y caminar la distancia ultra (106km, noche y día metido por las montañas) y, dos, que yo mismo provocase el rodar de las piedras. Lo primero tiene un fácil arreglo porque la distancia maratón me fue ofrecida de inmediato. Lo segundo implicaría que yo fuese detrás de una de ellas ladera abajo.

Y no. Tengo aprecio a la marca y al deporte pero a la montaña le tengo un particular respeto. Cuando siquiera rechista, este respeto es cercano al miedo.

Pues caía agua a jarras cuando llegamos a Bagá. El terreno no podía evacuar todo aquel agua de una tormenta de septiembre. En seguida entendí lo dura que debe ser una noche con un bebé que se despierta por los golpes en las paredes de una casa en un pueblecito aislado en la alta montaña. Apenas diez años antes todo el área metropolitana de Barcelona leía en la prensa sobre los muertos causados por la riada del Vallés del 25 de septiembre. Esta sería una fecha más si no fuese porque correríamos por la montaña, precisamente, otro a 25 de septiembre.

Es evidente que oculté a mi madre este dato. Ese mismo día de 1962 hubo entre 600 y 1000 muertos en las riadas de Cataluña. En 1973 mi padre escogía un destino más cercano a Barcelona y las paredes de casa dejaron de atronar. Mi madre no debía saber un veinticinco andaría yo por las montañas. Esa fecha tendría mucho que ver con el resto de mi vida. Adivinen el nombre conmemorativo que tenía el nuevo colegio al que nos trasladamos. En efecto: el “25 de septiembre”, situado además en uno de los municipios donde más fallecidos hubo en 1962.

Por fortuna el 24 amaneció radiante tras la tormenta y el caos que puso a prueba a la organización. Las cumbres habían dejado claro quien mandaba a todo aquel contingente de tipos sin afeitar, de cara angulosas, que recogían dorsales y revisaban material. Nuestra carrera nos permitió ascender tan alto como estaba previsto. Los valles levantaron las persianas y vimos el verde, el bosque, los caballos de montaña y las cimas por las que este viejo deporte hacía discurrir al pelotón.

Arriba y abajo. Ya saben. De la gloria de la carrera y de los sufrimientos poco hay que contar. Es frecuente que se escriba mucho y se llegue a una ínfima parte. Se corran cuatro horas, ocho o veinte, se añadan toneladas de romántica poesía a una pelea contra el cuerpo y contra las montañas, podremos llegar a lo sumo a dibujar un minimo garabato. El titánico esfuerzo de ascender a dos mil seiscientos metros una y otra vez se convertirá en una caricatura épica.

Pero ya conocen mi posición. No somos nada en el discurso de la Historia. Milésimas de segundo sin importancia. Por mucho que nos esforcemos en barnizar con literatura personal, somos menos todavía frente a la geología de los lugares por los que discurrimos. Y todo eso a pesar de nuestra capacidad destructiva. Afortunadamente el entorno del correr por el campo, los esforzados amantes de la montaña, los organizadores de carreras, los entusiastas defensores del medio, estamos en el lado del respeto e intentamos dejar el menor rastro posible. De vez en cuando se cuelan eventualidades, se escapan imbéciles que trasladan su frustración o su trascendencia cósmica a este medio.

Qué vamos a hacer. También se coló una riada un 25 de septiembre y luego miró distraída en el calendario. También me uní a mi mujer a mi mujer en una iglesia de piedra, sólida, guadarrameña, de nuevo cerca de las montañas. Otro manojo de casualidades. Fue un 25 de septiembre.

Anuncios