Los Versos Satánicos de Salman Rushdie comienzan con unos tipos que caen al vacío tras la explosión de su avión. Hay un comienzo similar, pero con una vaca en barrena desde los aires, en la comedia argentina Un Cuento Chino. Establezcamos que ambas imágenes cumplen dos premisas: al mismo tiempo te enchufan en la acción en lo más delirante, y uno ha de darle un gran mérito a quien las ideó, por rocambolescas.

Pues voy a hablar de cosas cayendo desde el cielo. Al final creo que se entenderá un poco más. Con lo que también pueden saltar directamente (como la vaca o los hindúes) al último párrafo.

No tengo que decirles la rabia que me da el tópico del yo-es-que-soy-deportista-a-tiempo-total. Si no me han leído nunca, me da y mucha. Presentas a tus hijos -esto también va de hijos- en sociedad y el corredor les pregunta si “corréis, como vuestro padre”. Acudes a comer con amigachos y los mencionados piden macarrones y pollo. “Es que es lo que mejor me sienta”. “Vamos, hermosura”, les tengo que recordar, “que llevas comiendo como un estudiante las últimas cinco semanas. Regálate una de carrillera de cerdo con ciruelas que mañana echarás de menos el gasoil”. O el “veinte días sin probar gota”. O “a pan y agua hasta el maratón y, si me excito en la ducha, agua fría”. Y así todo.

Uno de los tópicos más duros y que, como no podía ser de otro modo, se terminó voviendo en mi contra, es el de “que todo me pille corriendo”. Más todavía. Ese desear vivir, morir y todo lo que sucede entre medias “haciendo lo que más amo”. Y eso siempre es correr.

El Runningcentrismo.

Y uno lee cosas. Corrí mi sexto maratón celebrando el nacimiento de mi hija. Entré en meta de los 10k del Apocalipsis con mis quintillizos en brazos. Mi novia de toda la vida se me declaró mientras pasaba por el avituallamiento del ultra trail Ciénagas de Mordor. Coincidí con mis ídolos televisivos en una de 21km pero es que, además, también participaban seis chefs, mis dos novelistas de referencia y no menos de cien amigos de mi muro de facebook.

¿No echan uno en falta? ¿No? ¿De verdad?

Pues ese, ridículo, topiquérrimo y tuiteable, me sucedió en todos los morros. Como la vaca o como los actores que iban derechos a desmorrarse. Pero que no se desmorraron porque la literatura es así. El cine no. La vaca cae sobre una barquita en la que reman dos novios chinos. Todo de sopetón. Perdonen la digresión.

Sin otro objetivo que consumir las horas, discurría una tarde de septiembre mientras todos los telediarios y los periodistas de raza preparaban el especial del 11-S. El seguimiento de las noticias desde Nueva York era lo que atraía la atención de todos. Mi entorno, en cambio, posaba su atención en un monitor del que salían parpadeos y ruidos correspondientes a los cordones umbilicales de mis proto-gemelos.

Creo que adivinan por dónde voy. Compréndanme. Yo había deseado estar ahí, hacer las noches que hiciera falta, tener el agarre de la mano de mi esposa en el parto hasta perder la movilidad de varios tendones. Pero los menesterosos de mis hijos, en su día D-1, seguían de parranda dentro de la tripa de su madre. Y el ingreso en aquel edificio de Maternidad se prorrogaría un día más.

De tal manera que me insinuaron que podía ir a dormir a casa. Las abuelas harían guardia unas horas más. Tomé un interurbano y medité qué hacer mientras daba cabezadas contra la ventana. Así que llegué, me vestí, de romano -témanse lo peor, que ahora viene- y enganché el teléfono móvil de guardia.

A los diez minutos de trote, la llamada. Mi suegro. Que acuda zumbando al hospital que han metido a mi mujer a dar a luz. ¡Malditos sean todos los astros!. Si cuarenta y cinco minutos antes ahí no se movía ni Blas, ¿qué sentido tenía…?

Inútil buscárselo. Apenas queda esa consecuencia que me persigue, para vergüenza propia y pesadilla de las conversaciones entre corredores. Sí. Soy uno de esos que podrán decir que sus hijos nacieron mientras corría mis kilometritos diarios. Juro que había dejado de correr durante días, que me tuvieron que empujar fuera de la Maternidad para acudir a la carrera de la Melonera, un día ya por la tarde, porque yo siempre he pensado que esto del hobby runero es secundario cuando se compara con las grandezas de la vida.

Pues toma. Por bocón. Agarré un taxi que recorrió en escasos diez minutos el trayecto hasta el lugar del alumbramiento, que había sido transformado en una cesárea de urgencia, y únicamente llegué a ese momento en el que la enfermera llama ya por tercera vez “al padre de Martín y Nicolás”. Ahí llega el panoli del padre deportista, como caído de la estratosfera, de un mundo de nubes y de tipos flotando en zapatillas. Y es arrojado a una arena donde los gladiadores cuentan sus hazañas y demuestran lo lejos que queda -todavía- el límite de la tontería del ser humano. El circo de los tópicos y las batallitas. La mía podría empezar así: “Puedo decir que mis hijos nacieron en mitad de un rodaje de verano…”

Llegado ese momento, les ruego que me disparen.

Anuncios