La primera vez que visité Valencia llevaría menos de cincuenta euros en en bolsillo. Había compartido un coche con los adultos del club de atletismo de mi ciudad y dormí en casa de unos amigos. La segunda compartí coche con mi novia. Tengo que decir que esta segunda vez fue mil veces más placentera que la anterior. La causa fundamental es que no llevé ni siquiera las zapatillas. Bueno. Esa fue la segunda causa fundamental.

Aquel debut en las avenidas valencianas se produjo en la época en que había cañaverales por Alboraya y el ministro del interior se llamaba Antonio Asunción, que fue un señor que había nacido en Manises. Era 1995 y la organización, la S.D. Correcaminos, había pensado que por algún lado se podía animar el avispero de la carrera y probó a organizar salidas con un hándicap de tiempo. Así, según unas tablas estadísticas complicadísimas, primero salían los más veteranos y veteranas. Con un margen de tiempo siempre pensado en igualar viejos y jóvenes, nos dejaron hasta el final y la juventud salió a la cola del tinglado.

El éxito del formato se fraguó y derritió con igual velocidad aunque tuvo su momento pintoresco con la victoria en “tiempo compensado” de un soberano veteranísimo. No me pregunten su tiempo final ni la edad. Escriban un amable correo electrónico a la organización, que sabrá atender su afán de saber como estadísticos de la vida.

Por aquello de la edad y méritos atléticos, a los jóvenes (sí, yo he sido uno de ellos) nos daban el tiempo tal cual lo conseguíamos en meta. Sin aditivos ni conservantes. Sin preguntarnos si teníamos algún hándicap tal como muslo gordo, zancada corta o talento disfuncional para el deporte. Dio igual. Aquella barrabasada de tiempo en meta es todavía mi mejor marca personal. Claro, tenía 25 años. ¡Cómo no va uno a batir su récord con esa edad!

Con esos añitos uno volaba por Primado Reig, sorteaba las esponjas del suelo con habilidad y casi sin mojar los pies. Con veinticinco, servidor poco más que se preocupaba de viajar con la novia a los sitios y correr deprisa. Si me lee algún familiar o conocido, también estudiaba mucho y trabajaba en lo que salía. Las memeces de la edad, por supuesto, también. Sus copas y sus garitos de rocanrol como punto de partida. Sin perder el hilo del post, para desove general de mis amistades, a las tierras valencianas he ido de casi todas las maneras posibles. Aparte del coche o el tren, se me ocurrió ir corriendo hasta Denia en pleno verano. Con el tiempo me templé y las idioteces quedaron relativamente aparcadas.

He de decir que esta será mi tercera participacion en el maratón de Valencia. Entre medias han ocurrido cien viajes desde esta cercana metropoli invasiva madrileña. Y más habrían sido de haber tenido posibles, porque confieso mi adicción a la ciudad el Turia (siempre he querido usar esta expresión). Allá por 2004, si bien me falla la memoria, volví a correr por una carrera que buscaba reinventarse y a la que ya se empezaba a mirar desde los círculos digitales como un escenario con potencial.

Magia con amigos, cachondeo y vasos alargados, las primeras fallas saliendo a animar como aquella sección por el puerto en que atronaba la de J.J. Dómine, mi segundo maratón de Valencia me gustó a carretillos. Ese pulidísimo asfalto del margen del Turia y esas avenidas siniestras por la zona de la Universidad se hacían más duras y largas, pero la joya del río y sus pistas azules siempre me dejó un gusto dulce, como de fartó.

Con el tiempo la carrera ha crecido y me cuentan los Juanma y Ximo que aquello es un festivalón. Que la ciudad ya no rehúye la prueba sino que la mima. En parte porque el show desembarca con todas las consecuencias y extendiendo las luces de sus focos a todos los factores. Hosteleros, carteristas, políticos, señoras con su carrito, policías locales y jóvenes botelloneros empiezan -dicen- a entender que esos 19.000 maratonianos llegan a la ciudad en una especie de desfile, de Día del Orgullo en Pantalón Corto, divertido, ruidoso, caótico y relajao.

Porque, eso es lo que somos, diecinueve mil relajaos. Y los que te rondaré, morena, como la carrera siga creciendo.

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