Esto no es una columna esponsorizada. Lo más cerca de eso que van a leer será el día en que hable de mi libro, como pretendía Francisco Umbral en el programa aquel de Mercedes Milá. Es más bien una columna de repaso a los últimos treinta años del correr. Porque, hace treinta años, ya se corría, runners míos.

Me quedaba por repasar la oleada de ira que ha despertado una reciente campaña publicitaria. La cartelería abrió paneles y marquesinas de la ciudad con la imagen de una mezcla entre zapatilla y sandalia. En este caso da lo mismo que sea la marca del swoosh o la de las tres bandas. En el cartel hay dos palabras: una inglesa que significa aire y otra tarahumara que significa algo así como chancleta de uso diario y origen humildísimo. Huarache. Esa ha sido la palabra de la ira.

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Pensarán parte de mis lectores que enojarse por el uso de un vocablo nativo mexicano es demasiado. Pero otra parte de ustedes dirán que la perversión de apropiarse de un nombre tan simbólico es una jugada sucia y sin ética por parte de la industria norteamericana. Les pongo en antecedentes: las huarache son el calzado básico de los nativos rarámuri o tarahumara, que malviven en barrancas misérrimas del estado de Chihuahua. Un trozo de neumático cortado al tamaño del pie y atado al tobillo con dos lías, con el que caminan. La miseria y el hambre empuja a los tarahumara a usar un don centenario, su capacidad de correr durante horas y el entrenamiento para sus fiestas rarajípari, las carreras empujando una pelota.

Y acuden a participar en maratones y grandes carreras. En ellas ganan un dinero que revierte en la aldea, en la carencia de servicios. A través de ellas alcanzaron la fama en el mundo del corredor.

Salvada la digresión, en 1991 la marca ya sacó las Air Huarache. Se convirtieron en un best seller. No hubo otra cosa que fascinación por aquel exoesqueleto. Lean su evolución en Sneaker Review. En 1991 no había bandos ni luchas de tendencias entre los corredores. Éramos cuatro pringados y teníamos que buscar un modelo idóneo en apenas una docena de tiendas. No había Decathlon. No había Wiggle.

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En las carreras apenas 2.000 dorsales éramos marginados por las ciudades. Los minimalistas en 1991 no existían como tendencia. Algunos ni habían nacido. Probablemente algunos maratonianos en EE.UU. o México torcerían el gesto por aquello de hacer dinero (a espuertas) a costa de una palabra y un concepto de una sociedad indígena que vivía en la pobreza más extrema.

Pero en 2016 y en el lado cómodo del planeta nos la cogemos con papel de fumar. Si ampliamos nuestro espectro veremos que esa campaña es sólo un elemento más de la oferta global del deporte. Les prometo que suelo contenerme y no abroncar a muchos teóricos de cómo debemos correr. Pero hay imágenes que presencio y me sublevan. Como pontificar sobre la sandalia como el retorno a la comunión con la tierra mientras se cuelgan fotos grabadas con una Hero 4 de 250 euros o se transportan geles y barritas —nunca tiran de carne de chivo o mole de maíz— en una mochila de última generación y no en un hatillo de tela vieja.

Entiéndanme. El homenaje y la simbología están muy bien, son parte del crecimiento de la Humanidad. El recuerdo de la realidad del mundo ha de estar presente y las injusticias se deben denunciar sin descanso. Pero la reacción a la campaña de Nike está siendo cómica. Son unas zapatillas y, total, les van a durar 600 kilómetros. Luego serán historia olvidada.

Como todos y cada uno de nosotros. Polvo que caiga de nuevo al camino.

Columna aparecida en ZEN de El Mundo el 24/12/2016

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