Acabo de mandar al ostracismo la última remesa de e-mails en mi bandeja de entrada. La conclusión a la que llego es que, a lo largo de todo este año, hemos sido sustancialmente peores. Pero, a modo de conclusión puramente personal, me voy del año con la impresión de que -eso sí- somos mejores disimulándolo.

¿Y esto es lo que deduce este memo de 400 correos con apenas unas semanas de antigüedad?

Sí. Y aprovecho el formato largo para hacer balance de 2016 a través del filtro del periodismo asociado a esto del correr. (Eso, y que mis jefes en El Mundo ZEN difícilmente darían salida a un adoquín de esta longitud y cariz)

Todo lo que nos ha rodeado en 2016 ha sido espectacular, funciona y tiene el potencial para cambiarle a usted la vida. Otra cosa es que no lo haya sido. Pero eso ya habrá sido culpa de su torpeza y poca maleabilidad.

Este es el mensaje que leemos y vemos en medios. No lo dicen los fabricantes o promotores, salvo en publirreportaje, sino que ha sido tamizado por reputados periodistas y blogueros.

Durante este año que expira me han ofrecido dorsales gratuitos de pruebas con las que no he comulgado desde su creación. Otras sobre las que pensé mucho. En qué suponían, aportaban a un calendario o qué estrés añadirían a los lectores en caso que yo las recomendase. Evidentemente cada uno tiene sus favoritos y nombres en la cabeza, hasta un patrón de qué es una carrera. Podría desvelar hasta evidentes sospechas de fracaso anunciado en algunas. El tiempo dirá. Decidí contestar a muchas con brevedad declinando mi asistencia o di la callada por respuesta.

Otros disimularon mejor y aceptaron dorsal y difundieron las bondades. En alguno de los casos se escribió de carreras que se anunciaban como éxito ya en su primera convocatoria. Del mismo modo en que se anuncia un éxito de taquilla el estreno de una película.

¿Con qué cara teclear después sobre un evento repetido, estandarizado o, simplemente, que me parecía una sosez o un tongo empresarial añadido?

He recibido notas descriptivas de zapatillas con tantos amasijos técnicos y tantas propiedades que en Estocolmo están ya preparando una sección de los Nobel para el mundo runner. Quizá sea el momento para decir que pensé en pedirlas, gratis, como se hace todo esto, para evaluarlas, jugarme una lesión (u opinar de ellas sin ponérmelas, que también se hace) y desahogarme a fondo. Algunos compañeros de agencias de comunicación recordarán ahora que no comenté mucho, o nada, de algún modelo que acepté probar. Creo que en ese momento hice lo mejor machacándome los dedos con un tomo de la Iliada. Disimulé, en este caso, y dejé correr el tiempo y opté por conservar mi tensión arterial.

No sé si hice bien, lo confieso. Mea culpa. Ahora tendría más amigos y followers.

Disimulamos en este gremio durante todo 2016 con tretas a las que llamamos ‘herramientas de oficio’. Todo para cumplir. En lugar de recomendar a otro colega y generar una red de prestigio, muchos han cortado y pegado textos con una desvergüenza sublime. Cuando no he tenido tiempo, me han oído o leído un “Oye, de verdad, en esas fechas me es imposible, pero habla con X”. No he querido exprimir al convocador o sajarle un taxi o avión para rematar el faenón en doce horas.

Opté, necio de mí, por no acudir a algunas (bastantes) convocatorias sociales alrededor de una figura prevaleciente que, cáspita, también corre. Cierto que a algunas no pude, queriendo. Pero ¿qué escribir posteriormente? ¿Y si en aquella tarde las sonrisas no fluyeran de modo natural o si la potencial labor solidaria no casase con el historial del personaje invitado? Es más, ¿no se puede correr abriendo el corazón a tres amigos en el parque, igual o mejor que al dictado del mensaje estabulador de una campaña? ¿Quién gana ‘corriendo por algo’?

Sobre todo esto he pensado en las últimas cincuenta y una semanas y pico. Todas y cada una de las veces en que me llegaba una invitación para que mostrásemos, corriendo, nuestro gesto al respecto de una idea o un proyecto. Y en todas he dudado de la misma manera, demostrando que este 2016 no me ha hecho mejor persona a mí tampoco.

¿Habría actuado de otra manera si hubieran sido mejores los ofrecimientos, más rumbosos?

Hablando en plata, ¿dónde está mi precio?

Seamos serios. Mi relevancia periodística es muy especialita. El prestigio de un columnista está diluido entre otros cientos. La importancia de uno es tan poca que no da para imaginar siquiera que algo gordo suceda. No he tenido marcas regalándome viajes a suntuosos destinos. Les insto a tentarme con ello. Que no sea por mi parte. Pero si cuentan conmigo súmenle todo lo dicho en párrafos anteriores. La literatura no se vende barata. Si alguien quiere la marca de autor de Luis Arribas ya conoce las reglas.

-“Para 2017, entonces, correrás con camisetas blancas y puridad de espíritu”

No digan idioteces. No es secreto que seguiré colaborando con marcas. Podrán ser más, pero sepan que el protestón de Arribas usa disolvente contra los esmaltes facilones. En el departamento de marketing digital de Salomon (hala, ya, dicho) se cuidaron hace años de hablar y presentarse como debe ser. Les dije desde el primer momento qué iban a encontrar. Ha habido una cortesía recíproca. Y hay total confianza para seguir siendo una familia.

Ese es el sencillo principio de trabajo sobre el que cimento mi literatura. En 2017 pienso ser igual de mal eco de lo fácil. Del mismo modo, seguiré siendo el mismo cascarrabias al que se le cae la primera capa en cuanto se rasca con una petición sensata.

Acabo de borrar definitivamente el rastro electrónico de algún envío de camisetas técnicas diseñadas para correr en condiciones para las que el cerebro humano mismo no está diseñado. Retumba en mi memoria un listado de iniciativas solidarias que podrían haber terminado como el caso Nadia. Temas que quedaron en el olvido por la ceguera de responsables de marketing en formación o, directamente, en la espiral de la autodestrucción.

¿Será eso? ¿Querrán inmolar departamentos enteros de imagen enfocados al deporte más sencillo del planeta?

Y es que llevo viendo casi cuarenta años cómo se trata al cliente final: el corredor. Desde la perspectiva de un 2017 que arranca, pocas cosas han cambiado profundamente desde unas décadas ya olvidadas. Siempre ha habido dos maneras de cuidar la gallina de los huevos de oro de la industria del deporte y España ha optado por exprimirle el gañote mientras siga poniendo. Es una política de patada a seguir -no olviden, rugby del malo- y de posponer las cuestiones clave. Con tal de malvender y cumplir objetivos, algunas figuras del negocio primero ignoraron al corredor para luego ensartarlo en hileras de mil. Cuando tocó institucionalizar el correr, café para todos y subvención sistemática, para posteriormente fiscalizar y trasladar todos los costes del deporte, renegando de la función presupuestaria como política de salud pública.

En 2016 se siguieron replicando roles. Nosotros todos. Renegando con sus filtros y maneras de ver, el viejo atleta, por viejo. Y el nuevo, por imbécil. Pero todo muy alocadamente y de manera acumulativa. Sin detenernos, o disimulando perfectamente, España ha reproducido bandos alrededor del running del mismo modo que lo han hecho frente a las políticas contra el tráfico, la contaminación, el Congreso de los Diputados, TopChef o MasterChef, las fosas comunes de la Guerra Civil o Donald Trump.

Y ser el cítrico (sic) vigilante es incómodo, cansa y cuesta vender. Cierro 2016, al menos, con una esperanza. El lujazo de seguir dando gracias a El Mundo ZEN por animarme las sobremesas de los miércoles con sus habituales ‘Demonios, Arribas, ¿dónde está tu RunLemon?‘. Es la suya una apuesta difícil, vistos cómo están los vientos del periodismo del deporte, la salud y lo que cuestan los párrafos en prensa escrita. Por su parte lo fácil sería tomar una varita mágica y convertirme en un torneado mago del fitness que navegase viento a favor de todo lo que la industria ofrece.

Pues sepan que tengo un cajón con algunos soportes tecnológicos para el corredor que me miran implorándome que les quite el precinto. Yo les devuelvo la mirada con toda la honestidad del mundo. Les busco una salida. Por eficiencia, reciclabilidad y honradez con el equipo de comunicación que se molestó en hacer su trabajo. Aunque lo hicieran mal.

No crean que es fácil ver llorar unos bastones o unas mallas largas de invierno que comprimen hasta provocar el trombo. No es fácil.

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