Las noticias sitúan el planeta al borde de un escenario peor que una posible confrontación a bastonazos entre Rusia y Estados Unidos: y es el de un rodeo en el que corre el vodka entre los vasos de sus presidentes respectivos. El manojo de hombres más poderosos del planeta tiene más peligro que una tropa de monos con una caja de bombas. En síntesis: el planeta Tierra está a merced de que un pirado rodee su país de muros con alambradas de pinchos y apriete el botón rojo de los misiles que apuntan Dios sabe hacia dónde.

Es un previo alarmante y se nos agotan las reacciones. Pero esto ya lo hemos visto antes. Y hemos salido adelante de todo ello con nuestras taras. Sí, hay esperanza.

Hace treinta años Phil Collins lideraba a Génesis en un videoclip que daría la vuelta al mundo: Land of confusion (1986). Cinco minutos y medio de irreverencia en la que el entonces presidente Ronald Reagan duerme abrazado a un osito de peluche y cae en un profundo sueño. El líder del mundo libre discurre por una pesadilla lisérgica tirada a los dominios de John Ford y Stanely Kubrick mientras líderes del mundo como Muammar el Gadafi, Mijhail Gorbachov o Margaret Thatcher, o celebridades como Rambo escenifican una parodia de los desastres de la Guerra Fría.

Nos tronchábamos hace treinta años, inocentes de nosotros. Desconocíamos qué se cocía bajo el dictado de Reagan, por mucho que los adolescentes españoles empezáramos a verle las orejas al mundo. Los hijos de la clase alta española nos llevaban décadas de ventaja pero la purria empezaba a viajar al Reino Unido del post punk a aprender algo de inglés. Uno, en circunstancias similares a las de un teórico Brexit, tenía que pasar obligatoriamente por la trinchera más nutrida de controles aduaneros en el aeropuerto de London Gatwick. Pasaporte en mano y explicando brevemente a qué iba. Con dieciséis años, ya ven ustedes. A qué íbamos a ir sino a comprar vinilos de segunda mano y colarnos en algunos pubs locales tirando del permiso de nuestras familias adoptivas. No sé qué perspectivas tendrán para sus hijos en el presente inmediato pero, salvo trabajar por doscientas libras a la semana, era un escenario similar al de los muchachos que hoy cogen aire fuera de nuestras fronteras.

Volvamos a Trump. Digo a Reagan. Aquel presidente parodiado, antiguo actor de segunda fila en Hollywood y que se ahogaba con un patito de goma en el videoclip, apenas suponía un personaje del que se ocupaba la prensa de nuestros mayores. Todo ha cambiado. Donald Trump ha desatado una oleada de ira entre, sobre todo, los jóvenes y adolescentes del primer mundo. Sin discusión posible, el comportamiento sexista y las políticas de inmigración esbozadas en la campaña han aglutinado a la sangre joven contra el tipo del flequillo de paja.

Escribimos espantados sobre la posición demencial de un Trump en plena cruzada contra los enemigos islámicos. Tres décadas atrás Reagan aprovechaba la expansión económica para conceder papeles a tres millones de inmigrantes. A cambio, se descolgaba con la Immigration Reform and Control Act (1986), que endurecía los controles en las fronteras y amenazaba a las empresas que contratasen ilegales a sabiendas. Reagan era un temperamento carismático con salidas a escena que hoy firmaría el mismo Donald y que afirmaba que los latinos “eran votantes republicanos pero que aún no lo sabían”.

Tanto Reagan como hoy Trump (y sus guiñoles en segunda fila, como el temible supremacista Steve Bannon) reinan frente a un enemigo en vías de transformación. En 1985 la confrontación contra los rusos se desvanecía. Tras el anuncio de Mijail Gorbachov de pasar el escobón por la economía soviética y aún con la resaca del triunfo de los Juegos Olímpicos de Los Angeles, la ventaja occidental frente a la dura experiencia de la apertura y la transparencia que sufriría la vieja Unión Soviética era evidente. Trump añade hoy día toneladas de desconcierto al asegurar, entre muecas, que Vladimir Putin es un aliado. Que no habrá hacker ruso que pueda meter mano a la seguridad del país porque, sencillamente, los hackers rusos que curran para Putin nunca se meterían con él. Las pulsiones que salen de cada declaración de Mr POTUS dan escalofríos. Los analistas empiezan a sospechar de una nueva alianza de extrema derecha entre Rusia y Estados Unidos. Lo que nunca habría podido sospecharse en los años ochenta.

El vídeo se convirtió en 1986 algo parecido a un rollo de papel film que envolvía todo. Y la explosión global de la MTV, creada en 1981 desde Warner pero ya en 1985 en manos de Viacom (Paramount, Dreamworks, hagan cuentas), lo difundió como un virus no deseado por las altas esferas. Mezclaba la mala leche pija de muchos británicos ilustrados contra la Dama de Hierro. El reinado de Spitting Image, los legendarios guiñoles británicos, era algo parecido a la conciencia de los intelectuales británicos aunque un poco pasada de pintas de cerveza. Los dinosaurios sobre los que cabalgaba Reagan o el espectro de monigotes clavado sobre picas eran una especie de Vietnam del guiñol, una referencia al viejo orden que se resistía a desmoronarse. Hay que tener en cuenta que las cosas se construían y desmoronaban mucho más lentamente entonces. Hoy día, tras apenas dos semanas desde la investidura de Trump, los niveles de arrepentimiento y movilización alcanzan los días de Richard Nixon.

Lo que ocurre es que el viejo orden industrial británico no tenía nada que ver con las necesidades de la era Reagan. Si el vaquero aprovechó la necesidad de mano de obra para actualizar la política migratoria, el huesudo culo de acero británico de Thatcher demostró que podía resistir impávido restringiendo el gasto público y metiendo la tijera a las bases impositivas durante años — en concreto, once, de 1979 a 1990 — mientras su país ahondaba la quiebra industrial, con las calles ardiendo y todo el mundo preguntando qué sería del NHS, la otrora prestigiosa Seguridad Social británica o de los centenarios trenes. ¡Cómo no iban a ser años de inmigración cero si los factores de atracción de las fábricas habían desaparecido!

Los paralelismos no terminan ahí. La llamada de Phil Collins a los grandes héroes de la ficción se está dando en la actualidad. Pregunta en sus estrofas a Superman dónde se mete ahora que todo ha ido de alguna manera de culo.

The men of steel, the men of power / Are losing control by the hour.

La pérdida de control de los hombres de acero parece un síndrome de las alas ovaladas de la Casa Blanca y del 10 de Downing Street de manera cíclica. Bueno. Tampoco minusvaloremos lo nuestro. Lo dejamos en que el poder sublima las rarezas del ser humano. Sea esto una patología de génesis global o específica de las grandes potencias, Collins abandera la queja y se alinea de manera simbólica acompañado por los artistas de la década: desde Pete Townshend a Bowie, Tina Turner, Michael Jackson, Madonna o Bill Cosby. Hoy son Meryl Streep, Robert de Niro o contemporáneos del Partido Republicano tan poco sospechosos de internacionalismo marxista como Arnold Schwarzenegger los que claman — y recuerden que apenas ha discurrido un mes en este teatrillo del terror — contra una visión de supremacía provinciana y de violencia verbal. Hay para todos y desde todos los lados.

Para los sensatos entre la Fe. Entre los monigotes que asoman en Land of confusion está el pontífice Juan Pablo II. Vale. No es el ejemplo que todos esperaríamos pero lo cierto es que aparece tocando la guitarra eléctrica en plena solfa gamberra. Un Pontífice al que poderosos y humildes miraban de reojo según acumulaba air miles circundando el mundo en su fortaleza volante. Sea de la manera que sea, la figura de la cabeza de la iglesia católica no ha perdido su papel mediador. Sin haber sido parodiado en guiñol sino miembro de una nueva era de youtubes y vídeos, el hoy Papa Francisco ha pasado la campaña y la investidura de Trump abogando contra la exclusión de las ideas y diciendo poco menos que lanzar una Guerra Santa contra el Islam es de iletrados y de mendaces.

Collins, a quien se ha acusado repetidamente de no bajarse del burro del poder y cuya omnipresencia podía ser equivalente a los más mainstream y pasteleros artistas de ahora, acuñó un mensaje que no debería pasar inadvertido. El estribillo de la canción recalca que “este es el mundo en que vivimos y, éstas, las manos que nos han dado. Usémoslas para intentar hacer de esto un sitio que merezca luchar por él”. Cada fotograma daría para una clase de historia reciente. Y es que ni uno solo de los dementes que aparecen en la imagen, empoderados por las urnas, la fama o los misiles, se salva de recordarnos la fragilidad de vivir en el radio de acción de tales sonados. Un escalofrío que nos congela la sonrisa. El Doctor Spok se atora buscándole las vueltas a un cubo de Rubik. Al legendario presentador Johnny Carson entresacado salido de madre en un momento paródico del programa Spitting Image, o el expresidente Richard Nixon que pasó a la Historia como uno de los dos presidentes de Estados Unidos que serán recordados por no tener ni puñetera gracia.

El videoclip termina con el presidente Reagan apretando el botón de guerra nuclear por equivocación. Pero esto no va a pasar. ¿No?

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