¡Mohtashone y palmera e huevo. mohtashoneee!”, era el canto ensordecedor que intentaba hacerse hueco entre el barullo del puente de Triana. Eran las dos menos cuarto de la tarde del día anterior a mi maratón sevillano particular. Seis sillas rodeando una mesa de metal, casi colgada del borde de la acera derecha de la Plaza del Altozano. Seis contertulios, cerveza en tacita de chapa, ensaladilla, tortilla, montados de salchichas al vino, solomillo y serranitos, porque Sevilla es la ciudad del diminutivo artístico. Nos templaban catorce grados en ese umbral que se forma entre la sombra de Febrero y el sol que se resiste hasta pasada la hora de comer. Y un tipo desdentado con su carro de la compra, ofreciendo su mercancía por la calle: los contundentes mostachones de Utrera y las palmeras de azúcar (que en Sevilla siempre han sido las de huevo). Nadie aparentaba tener prisa para bajar a comer.

Había, yo, ido a correr y solucionar la cancelación del año pasado. Por encima de ese particular, acudí a Sevilla a conocer una familia estupenda, la de un amigo alcalareño. Además quería hablar cara a cara con el protagonista de un caso de victoria sobre un proceso canceroso, el Curri. Un artista. Un chaval que ha superado un espeluznante linfoma de Hodgkin.

Hacía tiempo que las premisas de evaluar mi estado físico y el hacer organizativo del Maratón de Sevilla 2017 habían pasado a un segundo plano. Para más inri, tenía la oportunidad de presentar Run con Limón en la feria del corredor, acompañado de Roberto Leal, este sevillano televisivo que se convirtió hace tiempo en discípulo y diez cosas más.

A poco que las cosas se dieran bien cabía incluso la posibilidad que le dieran por saco a la carrera y que me quedara de cañas por Alcalá de Guadaíra. Cierto es que triunfó el sentido de la responsabilidad y me presenté en la salida. No sin antes haber despertado con los ojos llenos de legañas y preguntarme si era posible que estuviese lloviendo a mares. Lo era. Llovía a las seis de la mañana. Afortunadamente a las dos de la madrugada, hora en que nos íbamos para casa después de asistir a un combate entre chirigotas, comparsas y cuartetos en el teatro Gutiérrez de Alba de Alcalá, digo que afortunadamente a esa hora no caía nada de agua. Para compensar el remojón lo llevaba yo por dentro. Y es que la alegría carnavalera, la presión del grupo, lo de poder acceder al camerino justo encima de un bar, todo incita a empujarse unas bebidas isotónicas que, sin duda, ayudan a correr 42.195 metros al día siguiente.

Dejó de llover en cuanto abrí los ojos del todo. Los 13.000 corredores que recogimos el dorsal podíamos disfrutar de una mañana fresca. Los dos mil que de modo misterioso no recogieron su numerito tendrán sus razones para habérselo perdido. De todo ello se preguntaban en la organización.

Cuenta la prueba hispalense con un sólido equipo detrás. La mano de la empresa generadora de las revistas SportLife y Runner’s World se nota. El cálculo de metros necesarios para ropero, salida, meta y feria vienen testados de mil batallas. También se nota la época de crisis. Y es que muchos escogen Sevilla por tener un precio muy ajustado. Maticemos que los presupuestos de los dos maratones más pujantes, Barcelona y Valencia, superan al de Sevilla. Y los extras a los que muchos se referían durante la carrera o después cuestan dinero. No falta de nada en el maratón que corrí el domingo, pero no hay lujos; un poco más de sólido en los avituallamientos o un pelo más de vestimenta en el paso de la carrera por la ciudad. Quizá sea una demostración que a un maratón se va a correr y no de fiesta.

Que tampoco. Ha sido una trampa discursiva. A un maratón se va a salir y llegar y correr como te salga de las mismas entrepiernas. Sólo se te exige dedicación y no romper las normas del reglamento.

Con estas, salida a las 08h30 tras un reagrupamiento con amigos de Alcalá, presentaciones de rigor y risas comentando los buenos momentos pasados en la presentación (de verdad, gracias a los que pasásteis llenando aquello).

Se me terminan las ideas para contar el discurrir de los kilómetros. Se podía observar bastante público. Mucho más que hace diez años en mi única participación en esta carrera. Había un reguero constante de animación en muchos kilómetros. Había avenidas interminables y había algún pequeño desnivel con lo que declaramos desierto el premio al recorrido más plano de Europa.

Había, como es frecuente, una puerta a la otra dimensión, la del sufrimiento. Esta vez la situaron escondida entre esos fabulosos edificios que albergaron la Exposición Iberoamericana de 1929 y que ahora jalonan los kilómetros 32 al 36. Eso que otros llaman muro quedaba aquí muy bien disimulado entre naranjos y amplios horizontes. En eso hay una parte de Sevilla muy parisina. Sobre este particular podríamos hablar horas pero sé que nadie tiene tanto tiempo.

Tocaría un último párrafo en el que se comentasen la entrada al estadio, el estado del tartan de la pista o los cientos de metros que recorrí caminando. Pero viajar a una carrera como esta ha de eliminar todo rastro de similitud con las demás. Que sepan que, después de arrastrarse uno durante horas, el recuerdo de un viaje al maratón de Sevilla debe contener -como si se tratara de un set de viaje imprescindible- los siguientes brochazos: una cazuela de guiso y unas espinacas con garbanzos; una impresión honda y definitiva sobre si la cerveza Cruzcampo es o no es; el paseo por la tarde mientras el sol se pierde por el lado suroeste de la Alameda de Hércules; la charla con el vecino de la casita de al lado.

Sigo. Una mirada analítica a esas sevillanas medio rubias vestidas de domingo por la tarde; el debate necesario con el camarero sobre qué son realmente las setas de la plaza de la Encarnación; arrastrar el dolor de piernas hasta una estación de AVE abarrotada de cortavientos amarillos fluorescente; si Sevilla o Betis; entender que un cuarteto carnavalero puede ser un cuarteto de tres, de cuatro o de cinco; ver como esos viejos echan la partida en el bar esquivando sistemáticamente la consumición; pensar en que no (o sí) vestirás en la vida a tu hijo como ese bebé que asoma por la inglesina.

Y, por encima de todo, el maratón de Sevilla es el puñetero vídeo del niño Samué. Dentro vídeo.

Lo demás ya lo están contando otros.

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