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“Qué ganas tengo de tomarme una cerveza sin remordimientos”, dijo Juan cuando nos sentamos en la terraza. Remordimientos por una cervecita. Estamos llegando a un punto sin retorno. Verán. Juan y más componentes de la pandilla descansábamos y nos reíamos de las penurias pasadas en el maratón sevillano. En Sevilla hace calor hasta cuando refresca. Y posee una industria cervecera sobre la que se podrá discutir, pero está ahí. Combinen las variables: ocio, deporte, calor, sed. Cuatro ingredientes criminales.

Resulta, visto lo visto, que existen corredores que toman su correr como un via crucis. Muy probablemente hemos cruzado una línea: la de la justa medida de las cosas. Unos, quizá hacia el lado cafre, como recordarán de mi primera columna en ZEN. Pero otros se han quedado acogotados en un falso mito y son arrinconado por el miedo.

Sin ir más lejos, la Asociación de Cerveceros de España apadrina unos grupos de running social de fama y extensión global. Sin distinción de género, edad, ritmos o sexo, todo el mundo es bienvenido a un grupo de entrenamiento que después añade un vasito o dos a los trotes efectuados. Pues el clima de suspicacia pública es tal que tienen especial cuidado en que lo social de las cañitas no se interprete como fomento del consumo de alcohol. Vivimos en un estado de permanente vigilancia en el que la censura previa supera los límites del sentido común que un adulto ya trae de casa. Antes de que nada, si digo que me tomo una jarra de cerveza con limón, aunque haya estado cuatro horas al sol corriendo, evalúo si tomarla o, directamente, si me escondo añadiendo el sentimiento de culpabilidad a los cuarenta y dos kilómetros que me meto entre pecho y espalda. Oigan, no.

Probablemente hay pocas oleadas de frescura en la calle como la de correr. Durante décadas hemos peleado con una contumacia cerril en pos de un objetivo: se podía practicar atletismo de manera recreativa y sentarnos después a remojarlo un poco. Es cierto que este fácil método de soltar tensiones se ha extendido como el líquido que se vierte de una botella rota. Se toma una caña para celebrar, olvidar, hacer tiempo, descansar o iniciar un camino para una segunda caña. También es cierto que el alcohol es el inicio a malos hábitos. O que desencadena nuestra potencial fatalidad en cometerlos. Y que no debemos trivializarlo. Lo sé. Además tengo hijos adolescentes.

Pero no es menos verdad que correr es un entretenimiento. A los hábitos más relajados se unen miembros angustiados de una sociedad casi totalmente urbana y agarrada por el cogote las veinticuatro horas del día. Y un entretenimiento no debe implicar sacrificios desmesurados. Si hay que comer un día de parrilla y caen dos chistorras o un montado de panceta, que caigan. Si el plan de entrenamiento dice semana de alto volumen y el cansancio nos pide un botellín, bienvenido sea. Si el ritmo del día a día empuja al correr hacia un callejón sin salida de obligaciones, yo abogo por cortar con el hábito durante una temporada. Nuestras agendas rebosan. Los códigos de conducta y las reglas escritas y no escritas ya nos empitonan por varios costados. Y si Juan entiende que su preparación para hacer cuatro horas y cuarto se desmiembra por unas cervezas después de correr, tenemos un problema.

Sólo advierto: mojar los kilómetros de un día de Junio con caldo caliente podría trastornar los ya de por sí recalentados cerebros de nuestros corredores. Den un respiro a los sudoríparos del correr.

Por su utilidad pública y mejor pinta, reproduzco mi columna de ElMundoZEN del pasado día 26/2/16

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