Determinado como está el futuro en hacerme las cosas difíciles, me planté en las primeras semanas de Febrero con una cosa en la cabeza: por encima de todo tenía que sobrevivir a las tentaciones de inscribirme en muchos berenjenales. La ruleta rusa de mi forma física o, más bien, la existencia o no de dolores incapacitantes era un juego peligroso del que no sacaría nada en claro. Dicho de otro modo, no podía andar con el bolo colgando porque, el día menos pensado, mi famosa resistencia se podía ir por el agujero del desagüe.

Todo el mundo sabe que los propósitos buenos duran tres asaltos. Si uno no cuenta con el valor y persistencia de, por ejemplo, mi terapeuta, que dejó de fumar contra viento y marea, ocurre como con esa frase lapidaria que emití comenzando el año: “se acabó la bollería industrial”. Les resumo: todo se tradujo en una recaída y picado en barrena.

El mundo de las carreras atractivas se entrelaza con muchos compromisos periodísticos. También se entrelazan en vino tinto con las sesiones de cocido o chuletón. Lo sé. Son celebraciones a las que me anoto con todas las de la ley. El maratón de Sevilla era una simpática visita obligada. Pero luego (ay, los perlouegos). Miren, yo luego tenía pensado ir poniendo caritas hasta que llegase el calor y luego alegar incapacidad térmica. Y tomarme un 2017 moderado.

Pero llegó el anuncio de Carlos Aguado. Carlos Zanoni es un pinteño conspirador y al que le veo los cuartos traseros en las carreras desde hace una década. Se organiza una prueba de 24 horas en su localidad. Herencia directa, asumo, de las dos ediciones que organizamos en Torrejón de Ardoz (2008/09). En esencia, un circuito sencillo, corto, al que se han de dar vueltas acumulando kilómetros como si fuéramos los coches de Le Mans. Sus boxes, su zona mixta y sus cuerpos exhuberantes.

¿Cómo me voy a resistir?

Para recién llegados, imaginen un formato de competición en el que la distancia no es fija. No hay diez, veinte o cuarenta y dos. Se mide la distancia a recorrer en un tiempo determinado. Seis, doce, veinticuatro horas… hasta unos Seis Días existen y que rememoran mucho del viejo ciclismo en pista. Ese de los velódromos llenos de humo de tabaco y de gradas con señores embutidos en abrigos y gafas de pasta negra.

¿Qué puede tener de atractivo para un corredor el hecho de no tener una distancia fijada para detener el cronómetro y, en cambio, vagar dando tumbos por una horquilla de tiempo tan amplia como un parto?

La idea es sencilla. Se cruza un límite. Si hasta hace unos años la distancia del maratón ya suponía una consecución del ser humano, la popularización de las distancias más allá del mismo sacaban al deportista a la esfera del aventurero. Es evidente que en el listado de inscritos figuran tragasables del asfalto y que se genera cierto vacío al pensar qué hacer durante todo un puñetero día. Tener un enfoque realista ayuda mucho. Pongámoslo como consejo fundacional de un set de emergencia que he ido acumulando con los años (ojo, apenas he participado en un par de carreras de tiempo o tres).

El enfoque realista que les menciono. Saber que estaremos un día en el campo (vale, en un circuito) sin otro entretenimiento que nuestra maravillosa estupidez favorita. No quiere decir que correremos durante veinticuatro horas. Les confesaré que no es esa la sensación que transmiten incluso los grandes bestias internacionales del ultrafondo. Sí, corren sobre ritmos sostenidos pero no asustan. La diferencia es esa realidad: nosotros tendremos que parar una y cien veces. Avituallaremos de pie o sentados. Quizá nos tumbemos a estirar las piernas un rato con todo el día por delante. Caerá un sueñecito porque, ya me dirán, qué coño hacer cuando cae la noche sobre el circuito y uno lleva quizá doce o trece horas en movimiento.

Esa misma visión dominguera de nuestro límite físico será una garantía. Evidentemente no nos acercaremos a los doscientos kilómetros que suelen hacer los vencedores (relea este párrafo si lo desea, porque el siguiente le mareará). Nuestro ir y venir nos permitirá pasar del primer al segundo maratón. Disfrutaremos del ambiente. Charlaremos con gente que nos come vueltas o a los que se la recuperamos. Porque a lo que más se parece una prueba en un circuito es a un día de barbacoa.

Y esto le resta tensión y trascendencia. Rebaja el alcohol de los combinados que quitan la sed a los corredores. Provoca que, por un lado, uno desencaje la mandíbula al ver que las ultrafondistas japonesas Mami Kudo o Sumie Inagaki superaron los 240 kilómetros en un día y, al mismo tiempo, las ganas de pitorreo puedan hacer que compartas uno o dos giros a medianoche con el líder de carrera. Por la sencilla razón de que se trata de una carrera de resistencia, no de ritmo.

La resistencia del ser humano. Nadar de un barco que se hunde y lograr que esa fina franja de horizonte se convierta en tierra firme salvadora. Deslizarse sobre raquetas o esquís para atravesar una isla helada desde un naufragio. Aguantar caminando o parapetado detrás de una pieza de artillería mientras el enemigo masacra las posiciones. No comer y no comer y seguir sin comer porque otros seres humanos así lo decidieron.

Resistencia amable y voluntaria frente a los cronómetros y los neologismos. Echen cuentas con que se trata de ese mismo grupo selecto de antiguallas en las que sobreviven las clásicas ciclistas, los derbies de caballos y las romerías de los pueblos. Caballos, gente en camisa blanca y un cura al frente, o la misma Milán-San Remo que se celebraba el domingo pasado.

Quizá apuntarse a una prueba de 24 horas es volver a un atletismo antiguo, rudo y amateur. También puede ser que esté completamente equivocado y sea todo tendencia y modernez. Y lo que mola sea un 10k patrocinado por un banco. Uno ya no sabe.

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