CHARCUTERÍA BÁSICA DEL CORRER

Mientras tecleo estos párrafos tengo no menos de cuatro molestias físicas asociadas al trote gorrinero. Dos de ellas en las ancas y dos en el tronco. Correr duele. Y hay que saber identificar dónde le duele a uno cuando acude a ese especialista de la fisiología del corredor: los aquiles, rodillas o abdominales cruzados. En plata, traducciones de la babilla, el zancarrón o el secreto. Se me sugirió despiezar los dolores del corredor de una manera cómoda de entender. Y hay donde elegir. En un kilómetro golpeamos el suelo unas 730 veces, y mis setenta y tantos kilos, multiplicados por dos en cada aporreo, se convierten en 130 toneladas de carga. En seis minutos de trote. Para no doler.

Según el Ministerio de Agricultura, los españoles comenzábamos el año dispuestos a consumir 2.200 millones de kilos de carne. Qué mejor aprovechamiento entonces que ese archiconocido diagrama del mamífero del que más material y energía extraemos. No hablo del cerdo sino del ser humano en zapatillas de colorines. Así que sacamos el cuchillo y desmembramos pedagógicamente al corredor aficionado de arriba a abajo. A remangarse tocan. Cojan un delantal y una redecilla para el pelo.

Despiece_cerdo

Aguja, Paleta, Presa y Secreto

[Tendinitis cervicales / Tendinitis del hombro / Dorsalgias].

Vamos con tu parte más jugosa. Correr de modo descoordinado y sin una técnica adecuada hace que forcemos con movimientos lesivos para los tendones del hombro. Tu carnicero de cabecera (alias, fisioterapeuta) dirá que tienes poca chicha en el tren superior. No sin razón, puesto que el grueso del trabajo de correr se lo llevan las piernas. A pesar de ello, haz caso a este especialista de la carne roja y fortalece todo el grupo de magro que tienes entre los hombros, lumbares y abdominales. Evitarás rigidez y dolores en los músculos del cuello y la sensación de molestias cervicales que no son sino una señal de debilidad. El braceo más o menos intenso de tu correr tira de un grupo de cuatro músculos que rodean la escápula o paletilla. Fundamental cuidar, según el Doctor Hernán Silván, un músculo como es el dorsal ancho que se encarga de “la extensión, aproximación y rotación interna del hombro y la importante extensión de la columna cuando intervienen a la vez los dorsales anchos de cada lado”. Yo me sentaría un rato con un especialista en el despiece del deportista y aprendería el papel de los grandes tendones y músculos de nuestra paletilla en la mecánica de la zancada. Si trabajas sentado e inclinado hacia delante eres pasto de dorsalgia interescapular, una especie de quemazón entre los omóplatos, como si estuvieran arrancándote la carne a tiras. Toma nota además de los músculos infraespinoso y supraespinoso y comprende por qué es tan apreciada la aguja en el fileteado.

Lomo bajo / Panceta.

[Cadera / Pubalgias].

Llegamos una de las zonas del rocanrol doloroso. Del mismo modo que eres capaz, casi de memoria, de enganchar un cuarto trasero de pollo y separar muslos de contramuslos, tócate y aprende de memoria cada uno de esos tendones gruesos y músculos de tu pubis, glúteos e ingle. Desde los piramidales y aductores o el tensor de la fascia lata hasta el iliopsoas. Comprende cómo los grandes nervios nacen de las vértebras lumbares para recorrer todo el tren inferior. En cualquier caso, la mayoría de los dolores del pubis y caderas del corredor popular no vienen por roturas musculares ni producidos por contracciones o rotaciones explosivas. Somos mamíferos de fondo, no de sprint. Los dolores llegan por la repetición continuada de nuestra zancada, por la repercusión del impacto en el suelo de miles de zancadas. Aún así, aparecen lesiones en la cadera producidas por giros bruscos o contracciones excéntricas y, relacionadas -ay- con la edad, las temidas bursitis de cadera, esos dolores por desgaste de la protección ósea de la cabeza del fémur (el trocánter). Aprovechemos la posición erguida del homínido frente al gorrino y trabajemos los abdominales y lumbares con contundencia. Qué menos que una vez a la semana. Tener un núcleo central abdominal compensado evita muchas visitas al veterinario. Y, de nuevo, moderar esos entrenamientos y buscar variación y superficies de pisada lo más naturales posible.

El sagrado Jamón

[Isquiotibiales / Cuádriceps / Vastos / Cintilla]

Casi la mitad de los dolores se acumulan en esos muslazos que nuestros padres nos legaron. No hay músculo de esta particular carnicería que no se vea afectado por el sobreentrenamiento, la rotura de fibras o la contractura. Pensamos que nuestros patas negra es indestructible y, la pobre, es ignorada cuando la realidad es que supone nuestro sostén de por vida. En ocasiones traemos alguna tara postural o venimos un poco peor rematados que nuestros héroes olímpicos. Pero reconociendo nuestros límites podremos evitar un póker de dolores jamonchiles. Entre otros, lesiones por estrés y falta de elasticidad en los isquiotibiales, que son los encargados de flexionar la pierna en la zancada (no confundir con el dolor ciático, que también molestará cuando estemos sentados). Por hacer el Bolt o a raíz de la participación en trotes por la montaña aparecerán roturas en el cuádriceps al esprintar o dolores entre rótula y fémur por cuádriceps debilitados. Irritación por sobrecarga en la cintilla iliotibial (no confundir con la cinta de lomo) o las lesiones en los vastos internos por sobrecargar con nuestros kilos de panceta y chichas la musculatura que detiene nuestra caída de morros.

Ese Codillo

[Hueco poplíteo / Rótula / Meniscos / Patologías de la rodilla]

Bajemos a comprar el hueso que más sabor da al caldo. Según el barrido estadístico de R. van Gent sobre la base de datos científica PubMed, los de rodilla (en concreto el patelo-femoral, justo bajo ella) son el 79% en los casos tratados en artículos sobre lesiones del corredor. Se nos desgrana un rosario de dolores en todos y cada uno de los ligamentos que rodean la rodilla, a los lados o por detrás, cruzándolos, tirando de ella, flexionándola o sujetándola. Por nuestro oficio, han dolido y mortificado a quien corre desde que el mono se tiró árbol abajo.

Para evitar algunos riesgos hay que prepararse. Por delante, siempre, saber bajar la intensidad de los entrenamientos ante la menor señal. El codillo no bromea con el desgaste: es tecnología cárnica alemana. Tampoco está de más protegerlo con algún refuerzo externo si empezamos a correr sobrados de kilos. Contrariamente a lo que se podría pensar, llega un momento en el que perderemos masa muscular en alguno de los músculos que liberan de trabajo a los tendones. Sí. Primero las tonificamos pero también perdemos músculo en esas piernas que son acero para los barcos. Por tanto hay que combinar ejercicios que fortalezcan esa zona que no usamos. El desgaste de la patela (la rótula) contra el fémur es inevitable pero se puede mitigar. Los cuidados y la prudencia harán algo en nuestro favor aunque hay que apañarse con el cartílago y ligamentos que traemos de serie. Aliados del carnicero son, en este caso, el trabajo de fuerza y la técnica de cómo pisar en carrera. El fisiólogo J. Sinclair lleva tiempo demostrando que la mejora en la técnica de pisada reduce la agresión a la rodilla. El cirujano es, en este caso, como el empleado del matadero. Cuanto más tarde tenga que intervenir, mejor.

Zancajo o Zancarrón / Pezuña

[Sóleo / Aquiles / Fascitis / Uñas negras]

El brazo de palanca que impulsa ese corpachón cárnico es un sencillo juego de cuerdas que une el talón con la pantorrilla. Ahí se localiza el tendón más grueso del cuerpo. El tendón de aquiles, que no baja de 4 centímetros de grosor y que soporta toneladas de fuerza sin quejarse. Cualquier observación de un muslo de ave o de zancarrón de un mamífero lleva a admirar ese tendón imposible de cortar una vez pasado por el horno. Sirva como metáfora esa indestructibilidad para entender que es nuestra biela y que nos ha de durar cada kilómetro que corramos. Los músculos inmediatamente superiores o sóleos son los primeros que sufren de sobrecarga, contractura, pinchazo o roturas de fibras. La irritación y posterior dolor tendinoso del aquiles son el segundo apellido de cada uno de nosotros. No hay deportista que no haya sentido cierta molestia en su vida atlética en esa barbaridad de correa que se inserta en el talón.

No se vayan todavía, aún hay más ofertas. Por debajo del tendón aquíleo llega la sufrida pezuña del aficionado a la zapatilla. El haz de fibras que protegen la planta del pie del suelo de nuestro terreno de juegos particular, la fascia plantar, ha de ser flexible y a la vez resistente. De lo contrario, la maldita fascitis nos dejará apenas posar la patita para torturarnos con una lesión de larga curación. Los dedos se apiñan en la parte interior de una zapatilla y las uñas terminan sufriendo las consecuencias. Un cromo porque, además, el 80% largo de los corredores pisamos dejando caer el peso de nuestro cuerpo sobre el pie, en lugar de impulsar grácilmente desde la parte media del pie hacia delante. Pocas veces es tan cierto que nos gustamos pisando. Quizá como un consuelo ante nuestro talento natural relativo y saleroso. Ya dicen: “del runner me gustan hasta los andares”.

Anuncios