Prometieron barro. Tormentas. Decían que habría tales ríos que correrían saltando por encima de los cordones de nuestras zapatillas. En los generadores de noticias se anunciaba tal tormenta que no podía menos que salir a correr. La épica y el sufrimiento para sacudirnos la monotonía urbana de un martes sin trascendencia.

Les contaré. Me calcé las zapatillas más toscas de mi colección. No hubo barro ni caídas. La tormenta fue breve y más refrescante que apocalíptica. En su lugar, había conejos correteando a pesar de ser un monte absolutamente sumido en un entorno urbano. Había jaras en flor, tomillos efervescentes, aulagas tintineantes en amarillo y una oleada de verde por debajo del piso de pinar. Surgían los rayos de sol por detrás de nubes grises. Había goterones que permanecían con una pereza matinal enganchados a las acículas y en las telarañas expansivas de los dientes de león. Agujeros en el terreno porque hay grupos de jabalíes que madrugan más que los corredores. Amapolas libertarias que deciden todos los años que los límites del bosque son una divertida frontera y se la saltan, rojas de alegría. Había, por terminar, todo un cesto de sensaciones que nada tenía que ver con la épica de las camisetas hechas jirones ni con las piernas seriegrafiadas con arañazos.

¿Qué falló? ¿Es que tenía que fallar algo, en realidad?

Las zapatillas volvieron a casa sin esos pegotes de barro que conforman la pornografía de nuestros instragram (sobre los que hoy Gema García Marcos se extiende) y las frases de nuestros tweets. Al contrario, traían adheridos pólenes de las margaritas salvajes y restos de algunas espigas de un tramo de senda invadido por el verde. Traían salpicaduras de un barro negro que se forma en círculos, como tomando un baño en una balsa imaginaria en las hondonadas de dos o tres caminos principales.

Para un corredor que viva cada zancada con la intensidad del asalto a Troya puede que fuera una decepción. El set de imágenes que se llevaría en su móvil no captarían ni la mitad de los matices y seguramente serían borradas a golpe de dedo. Para un capitán américa de las sendas, el madrugon terminaría sin esa explosión del cielo y sin truenos tan deseados. Pero en esto de correr cabemos todos y cada uno ya tiene sus oportunidades de gloria. La gracia es que otro segmento disfrutó de ello. Dos parejas de tipos que saludaban, trotando despreocupados y con una sonrisa de cuarto de sandía en la cara. Con la sudadera anudada al culo. Despacio. Sin fotos. Dejando todo ahí a la espera de que la próxima semana nuestro clima se levante un día áspero y difícil de tragar.

Yo preferí pasar corriendo lo más silenciosamente que me fuera posible. Me traje aspectos y partículas del terreno no esperados. En apenas dos horas, el pronóstico de la épica de los rayos y truenos se quedó para los manuales de Caspar Friedrich y sus cuadros llenos de acantilados, hielo y nubarrones. La expectación del drama varía mucho dependiendo del lugar en el planeta. En este caso, nada pasó en una ciudad mediana de un país tranquilo del modosito Primer Mundo.

Simplemente llovió algo menos de lo esperado.

[Publicado en el suplemento El Mundo ZEN el 29/04/17]

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