Hay un buen número de señales que apuntan a la revolución global zapatillera. A la revolución a través del maratón. O medio maratón, o un cuartillo o al mero hecho de salir del sofá y hacer el movimiento definitivo de abrir ese armario y sacar el par de zapatillas. Esta semana pasada las señales se intensificaron y el disparo de una salida casi se lleva por delante a un primer ministro. No sé si lo vieron en prensa. Sin malicia aparente, la corredora dorsal 22261 dio el pistoletazo de salida de los 20 km de Bruselas. A su derecha lucía en la tribuna de autoridades el premier belga, Charles Michel.

El dichoso running, a pesar de las apariencias, entiende poco de etiquetas y de escalafones. Esta afición presume de una democratización espartana y, estarán de acuerdo conmigo, miramos muy poco a quién asiste desde la grada porque, salvo que fuera el mismísimo Shaquille O’Neal con un traje de pitufo, miramos y charlamos más con el de al lado que hacia las autoridades. Somos de un revolucionario tal que montamos un murmullo irreverente contra el que nadie embiste. No se atreven.

Digresión hecha, sigo con lo de la rebelión de las masas. Cuenta la prensa que la explosión de la pistola con la que se daba esa salida aturdió al primer ministro belga. Le ha dejado sordo. Me pregunto si temerá al corredor en masa. El tímpano de un primer ministro, tomen nota los encargados de garantizar la seguridad de nuestros líderes, no es nada para nosotros. Cuarenta mil belgas desbordados — pasado a unidades fuerza equivale a once divisiones blindadas— y con un cronómetro contando no son fáciles de detener. Podrían ignorar que su primer ministro se retuerce dolorido en la grada. No sin motivo son belgas irreductibles que tardaron año y medio en formar gobierno. Y de eso entendemos un rato.

Más enjundia tiene el hecho que el dorsal 22261 perteneciera a la corredora denominada Astrid Josefina Carlota Fabricia Isabel Paola María Princesa de Bélgica y Archiduquesa de Austria-Este. Una aristócrata en zapatillas es un pistolero sediento de ciega justicia. ¿Necesita alguien un ejemplo más evidente? Es la pinza entre clases populares y nobleza, una vez que todos nos enfundamos la camiseta y aplicamos los imperdibles al dorsal.

Me contaba hace nada un organizador de carreras centroeuropeo que percibe cómo la participación de los ciudadanos en sus eventos es el inicio de una oleada revolucionaria. Sea o no una visión optimista, parecía que le había echado el ojo a estos nuevos vientos de cambio. A las barricadas…

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