(viene de la entrada anterior)

Sigo a vueltas con la revolución y la zapatilla. ZEN es un servicio público así que usémoslo para poner patas arriba sus domingos de verano.

Esta semana pasada se cumplían cuarenta años de un alboroto considerable. Se organizó en la hoy castigada ciudad de Londres cuando un barco fue fletado para montar un fiestorro conmemorativo. Los Sex Pistols hacían suyo el río londinense y parodiaban el establishment británico de mano de Virgin, su discográfica, con la que habían firmado un reciente contrato para sacar God Save the Queen, el sencillo que cambiaría casi todo en el mundo del rock. El alboroto, que muchos conocerán por el documental Filth and the Fury, conmemoraba precisamente las bodas de plata de la reina Isabel II de Inglaterra. Evidentemente todo cristo fue detenido.

La conexión entre una de las provocaciones cumbre en el mundo de la música y el correr no es gratuita. Se promovió desde una gran compañía pero esa parodia libre por el Támesis es un ejemplo de cómo salirse constantemente del guión. Igual que usted. Aunque no se haya dado cuenta, es un peligroso revolucionario. Vigílese.

Quedar a trotar. Cuando un grupo de aficionados piensa que hay vida fuera del circuito de las carreras, refresca el sector de las mismas. No quiere decir que luego no se deban seguir las reglas de una prueba cuando se participa en ellas. No defenderé quienes corren sin dorsal. Hablo de la renovación necesaria del zapatilleo a través de desbordar el vaso. Eche más agua.

Es más, cuando un grupo de aficionados a correr se rebelan hasta contra la misma etiqueta de ser apellidados runners, se está viviendo una versión inmejorable de la salud rebelde del movimiento. El mayor berrinche que vivó el punk, el movimiento de la anarquía y la queja, fue comprobar que la gente iba a los conciertos uniformada con las mismas crestas y botas militares. El trote, lo mismo. Es tan libre que no se da cuenta de su esencia peleona y guerrera. Como en la frase de Groucho Marx: “Todo cuanto hay en usted me recuerda a usted. Excepto usted”.

Más todavía -hagan un último esfuerzo-, ni siquiera deberíamos atar al movimiento global del correr como movimiento. De puro desorganizado que es necesita de esa libertad tan peligrosa en la que uno queda, y corre, o no queda, pero corre igual. Suma millones de moléculas atolondradas y pronadoras ante la dificultad estadística de escribir sobre la moda del running. Cualquier periodista le reconocerá que no sabe bien si hablar de la burbuja del correr o si apuntarse a un grupo los sábados a las ocho.

Tiemblen, sociólogos. Correr es como cazar en manada para llevar carne a la cueva. Es la expresión máxima de unirse por necesidad, para no morirse de monotonía, para triunfar aprovechando el ritmo de otro, para luego dividir el festín camino de casa. Corremos para llevarnos un trofeo único e intransferible. En el siglo de la mansedumbre del grupo y de la masa industrializada, uno se calza la zapatilla y hace la revolución con cualquier camiseta y cualesquiera facultades físicas. Diga ahora cualquier otro grupo que recuerde en el que se haga bandera de lo heterogéneo. Vale. El ejército de Pancho Villa.

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