14544698444_42cc36810d_b

Discurridas las primeras semanas de calor extremo, vivo rastreando. Cada mañana filtro las páginas de los diarios, las clasificaciones de las carreras y todas las posibles señales que me arrojen blogs, listas de correo, twitter o facebook. Temo encontrarme en este verano de 2017 con esa noticia que nadie querríamos leer: el primer caso de fallecimiento por golpe de calor de alguien que salió a correr.

Debe tratarse de mi versión de protector de camada, de madre loba o de hermano mayor. Y sé que no debería hacer otra cosa que llamar imbéciles a los que salen a correr con más de treinta y dos grados aprovechando ese rato libre. Y que debería quedarme sentado acariciando mi gato en el sillón mientras ambos nos asamos de calor.

Un columnista veterano y ácido esperaría a que se diese ese luctuoso momento y que la selección natural entre sensatos e idiotas operase por sí misma. Pero no me sale lo del ‘ya os lo dije’. Tengo que avisarles: no salgan a correr con esas temperaturas salvo que sean atletas de élite que estén preparando los Campeonatos del Mundo que se celebrarán este verano en Londres.

Sé que esto es una batalla perdida. Siguen saliendo a trotar. Siguen colocándose doble capa porque en alguna película de boxeadores vieron que usaban el método del envoltorio para perder gramos antes del pesaje. Corren a la hora de comer porque por la mañana tienen que hacer la comida a sus hijos. O porque la tarde la tienen ocupada con el cañeo o ese segundo trabajo que le permite llegar a fin de mes. Seguirán poniendo su cerebro en peligro y pensarán que las recomendaciones de la Sociedad Española de Neurología no van con ustedes.

Hay dos únicas maneras de posicionarse ante un potencial golpe de calor. Está la preventiva y la pasional. Prevenga, por lo que más quiera. Uno ha pasado por síntomas cercanos al golpe de calor a lo largo de treinta años corriendo y le aseguro que la pasional no lleva a nada. Solamente a que de uno escriban idioteces como que murió mientras hacía lo que más le gustaba. Dejen que les aconseje. A una subida extrema de tres grados en la temperatura corporal solo se acostumbran determinados cuerpos, quizá atletas de élite que luego se zambullen en cubas con hielo. Y ellos tienen una tolerancia gigantesca al sufrimiento. Ellos, aunque alguno habrá leyendo esto, salen a trabajar nieve o truene, con cuarenta grados o con seis bajo cero. Y tampoco defenderemos ahora que el deporte de élite es saludable. Es lo que es: una profesión castigadora e injusta.

Usted sentirá más sed de lo normal aunque llevará alguna botella para compensarlo. Porque la industria del deporte se lo soluciona. Notará un cierto mareo aunque el entrenamiento de meses le permitirá sobrellevarlo. El escalofrío, la respiración sofocada y el calambre que notará podrá combatirlo con sus sales, electrolitos y demás soluciones de la nutrición deportiva. Orinará de manera escasa pero esto lo lleva haciendo desde el principio de ese plan de entrenamiento. Son los síntomas del golpe de calor, del peligro neuronal.

Como aquel poema, verá cómo se llevan a los demás pero nunca a usted. El poema relataba los tiempos de guerra y la aparición de un enemigo omnipresente que iba deteniendo a sus vecinos y semejantes mientras usted se veía a salvo. El calor es, para el corredor aficionado como usted y como yo, ese enemigo implacable al que sorteará una y otra vez hasta que las condiciones sean las adecuadas. Y usted no pone las condiciones. Usted solamente puede poner la sensatez y, créame, hace tiempo que dejó de aplicar la sensatez en las cosas que hace. Llevo viendo cómo ese enemigo viene a llevarse a corredores a mi alrededor desde antes que usted cumpliese diez años. Sea previsor y podrá reírse de esta columna durante años.

Columna publicada en El Mundo, #ZEN, el 25/06/2017

Anuncios