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“Disparé a la sábana”, describe el adolescente apenas a un metro de mí.
“De la que salió una nube de polvo enorme”, cuenta a sus amigos.

El grupo se excita. Los adultos que oímos la conversación desde una distancia prudencial quedamos divididos en dos esferas de reacción. Una mujer de unos cuarenta y dos abre los ojos como platos y desata un tornado con sus pestañas negras, que parecen haber sido cinceladas con trazo de rotulador. El aire del tifón se lleva hacia arriba los papeles de la mesa y un plato menor, de plástico, y arrastra al varón que se siente justo frente a ella y a dos matrimonios que toman algo en una mesa contigua. Ascienden los pensamientos y los objetos encadenados a dos espirales de aire y materia flotante. Suben al asombro, cabalgan despeinados hacia el espanto, se elevan colgando de esas dos pestañas que aletean y se abren más si cabe.

Las reacciones pesan cien toneladas más en la segunda esfera. El aire seco que nos apisona contra unas baldosas que duermen en semicírculos concéntricos blancos y rojos. La realidad deja mi mesa bajo una sábana marmórea y, ni mi mujer, que apoya la nuca sobre el respaldo del butacón, ni tres amigas que consumen cañas de cerveza helada desde hace media hora, se inmutan ante el disparo del adolescente. Se aburren los grillos bajo el sol a escasos dos metros. Tampoco nos recorre un escalofrío o ante la posibilidad que pueda estar presumiendo de haber manejado un arma con sus breves quince años. Simplemente, nosotros teníamos más cerca al grupo de críos que jugaba al rol en la terraza ajardinada. Su discurso venía precedido de la descripción de una imaginaria casona abandonada en la que yacía el antiguo mobiliario bajo las sábanas. Un juego de mesa basado en el discurso. Nada era real a pesar de que pudo haberlo parecido. Dependía de un viento que transmitía sonidos hasta un punto exacto. A partir de ese punto comenzaba la inquietud de la ficción.

No es un juego tranquilo el pensar sobre si la ficción o si la cruda realidad. La emoción de dejarse llevar por un relato improbable frente al alivio del despertar. El gran juego de manos de filtrar la información es una de las habilidades del escritor. Con él se alcanza el poder. Amasar las palabras a favor del relato. Poder para el escritor, el juglar. Poder para llevarte por el bien y el mal. Escuchar y leer sin saber qué vendrá en la siguiente línea y en la siguiente escena.

Y es que la ficción es la realidad de la no realidad. Nada es lo que parece. Por tanto, qué mejor demostración de poder que llevar al público de uno a otro, de virtud a pecado, sin que esto realmente ni siquiera importa. En definitiva, no hay pecado ni hay virtud. sólo son cosas, como dijo Steinbeck, que hace la gente.

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