Se cierra el Campeonato del Mundo de la majestad absoluta de los deportes, esa que ahora medimos en medallas y no en presencia en las retinas de todo el planeta. Porque seguimos malentendiendo el correr como la victoria individual. El uno contra todos. Es lógico y apasionante a la vez. El atletismo moderno nació como homenaje a los héroes clásicos, atravesando de nuevo la frontera entre el culto a los individuos y las deidades. De un modo algo tosco el olimpismo moderno fue el tercero de los neoclasicismos tras la epifanía romana de la herencia griega y la resurrección humanista del Renacimiento. Una pirámide de méritos personales, fundamentalmente. Más alto y más lejos y más fuerte.

Salvo por un hecho que la Historia arroja a nuestra cara continuamente. La gens, esa agrupación de humanos que evolucionó de la familia, de la tribu, a expediciones guerreras y a ejércitos, reabre las heridas de lo inútil de lo individual en el discurrir de una batalla. El poder del grupo generando oleadas sucesivas de energía. Embestir una vez tras otra y enviar miles de soldados a la batalla. La gota que horada la roca, transformada en este caso en un récord que se mide en minutos y segundos.

Y es que el atletismo no podía quedarse fuera de la batalla colectiva. Menos todavía cuando el corredor solitario era una figura profesionalizada, desbocada. Los clubes y las asociaciones atléticas de los años 1900 se remangaban para echar los nuevos pulsos entre naciones. Las Athletic Associations alimentaban el campeonato y de alguna manera el calendario atlético debía encarnar ese espíritu del college, de partida similar a las manadas de lobos.

Y nacían las pruebas de relevos.

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Uno tiene una querencia evidente por el relevo largo. Sintetizando, el relevo corto, el explosivo 4×100, me supera. Ese ballet de las ocho calles que compone el relevo corto, el 4×100, me desespera ante la posibilidad cierta de que una de esas láminas del fuelle de acordeón, ese velocista que corre la curva pegado a otro montón de músculos, choque, pierda el testigo, toque la mano del contrario o se salga de la zona de entrega. Es disparar o disparar.

Pero el relevo largo ha adquirido mucho de la estrategia de combate, de cierta guerra de guerrilla. Nada es lo que parece en la batalla. El pelotón que se estira en una primera vuelta engañosa con las compensaciones trampeando al ojo humano. Y que luego se desmiembra desde fuera mientras el atleta, desde dentro, lleva el corazón desbocado por la herencia recibida por su compañero de combate. En el cuatrocientos de un relevo se contraen las distancias y se agarrotan los músculos mucho antes que en el liso.

El 4×400 te llena el estómago de plomo desde el momento en que sales a calentar la entrega del testigo. Los atletas trotan callados y en fila, despacito, y el bastón metálico va pasando delante y detrás, de mano en mano. Muchas de las sensaciones que luego se repetirán en la cámara de llamadas ya se generan ahí. Prueben. No importa si son veteranos corredores populares o jóvenes aprendices.

Sin ir más lejos, sitúen cuatro adolescentes en la tesitura. Nervios y más nervios. Verán. Cuando uno tiene catorce años no es necesaria mucha más adrenalina de la que ya se genera por la edad. Pero la pelea del equipo, sin ser yo un defensor ciego de las banderas y los escudos, aquello tiene algo más. Probablemente todo venga porque aquellos relevos, que en categoría cadete se reducían a un explosivo 4×300, fueron una catarsis para un crío como yo.

Vienen un par de párrafos un tanto cinematográficos. Siéntese cómodo.

Durante mis primeros años en el atletismo era el niño gordo que quedaba sistemáticamente el último en las carreras y era sostén de relleno en los lanzamientos para las pruebas de pista. “Luisito, haces peso”. Y Luisito entrenaba unos lanzamientos el jueves en la pista para no hacer tres nulos el sábado en el estadio Vallehermoso. Gordo no significaba necesariamente fuerte ni coordinado, pero era un punto o dos que caían a la cuenta del CAP Alcobendas. “Luisito, el sábado haces disco”. Y aquello se repetía. Un sentimiento de utilidad que no se discutía.

Pasó el tiempo y el atletismo hizo el bien que se le suponía en mi organismo. Dí un estirón que me llenó de pelos pero ya era un cadete que levantaba los pies al correr, asunto fundamental con zapatillas de clavos. Y un día, de cinco aspirantes para un equipo de relevo 4×300, Esteban Moreno, nuestro entrenador, hizo aquella selección improvisada corriendo 300 metros a tope un rato antes de configurar la escuadrilla verde. Dos hermanos mellizos que corrían con nuestro club, otro compañero de quinta y yo, corríamos unos trials en pugna de sólo tres plazas.

Porque teníamos una bestia insustituible que haría la última posta. Eso no se discutía. En los relevos finales nuestros entrenadores siempre sitúan al más rápido del equipo. En la última posta se producen las remontadas y los pinchazos más brutales. Ahí entraba nuestro velocista all round, un chaval que vivía en mi barrio y que respondía oficialmente al nombre de Jose Antonio Díaz de Herrera. Aunque para nosotros era Correlotodo y es lo más parecido que hemos tenido a un tren ruso en Alcobendas.

Uno de los Moreno me superó en aquella preliminar fraticida. Creo que fue Alejandro. Inopinadamente, aunque yo ya sentía los cambios en mi cuerpo, quedé segundo y, automáticamente, ascendido al equipo de relevos. Juan Antonio, el segundo mellizo, completaría el equipo. Luisito era ya un torso hecho y dos muslos como pilares de obra. Desde ese momento competimos en algunos relevos largos en los que yo solía iniciar los fuegos. Y asistía a esa escena del griterío a lo largo de los 400 metros del tartán. Era un poco raro por la merma de una recta completa en cada vuelta, pero por ahí pasaban nuestras locomotoras. También las de Moratalaz, del Tajamar, del Amanecer, los condenados críos del 71 como Luismi Martín Berlanas o los velocistas del Marathon como Alfonso Díaz Ginés.

Todos separados por dos, tres metros, alargando y acortando esa distancia irrompible entre corredor y corredor del relevo corto. Porque ahí vuelve la emoción de ese 4×400 con el que Trinidad y Tobago dio la sorpresa de ayer a la todopoderosa escuadra estadounidense. Comprender el cuatro por cuatro es ver a Echeverry y su crispación en la recta de la final al interiorizar que debía entregar el testigo sin perder de vista los talones del relevista que le precedía, o apropiarse de la adrenalina del gigante Samuel García en la última curva de la semifinal de un Campeonato del Mundo y que le hacía acelerar en una de sus mejores secuencias de zancada, camino de una victoria que levantaría la delegación española en pleno.

El relevo largo está lleno de matices. Correr un 400 por calles es una batalla individual contra un túnel de viento cruel. Correr un 400 a tope dos metros por detrás de otro velocista es lo más parecido a la velocidad máxima. Es entender a los ciclistas y sus rebufos. Llega un momento justo antes del 200 en que fluyes absorbido por la estela del corredor que te antecede. Corres a todo tren dejando que la mano abrace el testigo. En la cámara de relevo hay superatletas hechos un manojo de nervios mientras otros vomitan el lactato de su carrera de hace dos minutos. Es la mezcla de carne de cañón y el relevo fresco que dan las grandes batallas de la Antigüedad.

Son momentos que un espectador ha de conocer. Difúndanlos.

 

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