El entretenimiento del verano en muchas casas se circunscribe a mandar por whatsapp toneladas de bites con las fotografías que van cayendo durante las vacaciones. En otras se engrasan las botas de esquiar y en alguna que yo conozco se huye del calor pensando qué modo hay de cuadrar un par de carreras o tres que ya asoman la patita con la edad, el estado físico y la caída de las mieses.

En particular a mí el calor me sirve para tomar los trotes con extremada calma. Pero he visto caer generaciones enteras de guerreros y les comprendo cuando me expresan su queja por aquellos setiembres que no volverán. Yo sigo con esas carreras hechas disimulando y que muchos llaman entrenamientos porque las han insertado a modo de sesiones organizadas y sistemáticas. Sé que, si yo me atuviese a un plan, terminaría discutiendo sobre cuántos días a la semana aguantan mis tendones. También discutiría con los propios tendones y me convertiría en el idiota que va y viene.

De entre esos debates entre seres imaginarios, sin ningún género de duda la discusión más sabrosa sería la que tendría con el eventual entrenador (aviso para navegantes que ya lanzo desde aquí), alrededor del sentido que tiene correr tres carreras en cinco semanas. Tres carreras largas. Muy largas, mejorando lo presente, y en entornos de dudosa idealidad.

Tinto versus corredor.

Aunque no. Creo que las tres palizas a las que me he inscrito se celebran por paraísos, cada uno a su manera. El próximo sábado 16 de septiembre se celebra la primera edición de la Ribera Run Race. Para los amigos, la Ribera. De las dos distancias de la carta, 51 y 20, evidentemente, me he inscrito a la primera de ellas. A la más acorde con mi ritmo y planteamiento de carrera y a la que me permite visitar más bodegas de esa denominada milla de oro de la ribera del Duero.

Porque se ha diseñado -y aquí viene el encanto- acorde con el formato del maratón de Medoc. A saber: cada avituallamiento coincide con ese territorio celestial llamado celler en Cataluña, cellar donde los ingleses y chateau ahí un tanto más arriba. Es de esperar que los promotores de la idea tengan unas ganas explosivas de que nuestro calendario sume una prueba vinatera más a las ya existentes. Los inscritos pondremos lo nuestro. Estimaciones hechas a sobaquillo dan la cifra de un corredor de élite por cada cuatro corredores concienzudos, serios y sufridores de la senda, y  treinta espabilados que correrán de copa en copa… hasta la copa final.

Según las leyes de la biomecánica, mis piernas y mis filtros quedarán suficientemente sometidos después de correr 51 kilómetros por viñedos y de jugar al escondite por las barricas y despalilladoras. De ahí que ningún entrenador se atreva a dar un céntimo por la continuidad de mi septiembre.

Y no será porque no me han llegado propuestas.

Monte versus tinto versus corredor.

Existe un refugio en la montaña en el que todavía no han encontrado sitio para subir barricas de vino. De ahí que tiren de otros muchos encantos y conviertan el Prat d’Aguiló (a 2.010 metros) en un nido de reposo para los que bajamos tundidos por el ascenso al Pas de Gosolans.

Mi idea es llegar a ese refugio una semana después de correr la Ribera. Se trata del Marató del Pirineu, un evento especialísimo que organiza Salomon Running y al que acudimos prendidos del paisaje y por comprobar esos sistemas de medición que estiran hasta 45 kilómetros la palabra maratón.

El año pasado corríamos viendo como se levantaba la niebla de las voces que iba pegando Raúl Gómez, Maratón Man o también ‘raulito, calla‘. Este año las agendas le sitúan en otro punto del planeta. A mí se me sitúa en el punto exacto previo al rostizado. El remedio para que no se me desinflen las piernas bajando por las vertientes del Segre será ponerme paños calientes y comer muchas lentejitas durante toda la semana posterior a la expedición de Peñafiel y alrededores.

Nada de esto tendría sentido…

Nada de esto tiene sentido. Mejor así. Ni es un reto ni es un proyecto solidario ni se intenta impresionar a nadie. Ni hay que imitarlo ni superarlo. Ni mi planteamiento es mejor ni más divertido que el de otro. Ni sé si sacaré de todo esto más que pinchazos localizados entre un tendón y una lágrima.

Solamente aprovecho la posibilidad de viajar y escribir sobre ello. En el diario El Mundo y su suplemento dominical ZEN mantienen ese esquinazo para los amantes de correr sin talento ni piedad. En la revista Runner’s World gustan de las expediciones de uno. Así que las tendréis en los formatos habituales.

Con estos ingredientes únicamente me quedaba saber si habría un remate especial a este otoño de 2017. De tal manera que aprovecharé la primera semana de octubre para correr el maratón que se organizaba por primera vez en 2016 con llegada en la ciudad hebrea de Silo (Shiloh). El Bible Marathon y sus cuestas y paisaje extremos tendrá lugar dos semanas después de correr en los Pirineos. Siendo correr, de nuevo, un eufemismo generoso que tengo que usar porque, de una manera u otra, corro todavía bastante más que camino.

A Cisjordania, pues. Y es que el argumento de la historia no es pocho. Tras la batalla de la tribu israelita de Benjamín con los Filisteos, mandaron a un mensajero a la ciudad de Silo con el cometido de avisar del resultado de la contienda. En efecto, el uso de correos a pie no es algo que se circunscribiese a los griegos y Filípides solamente apareció a ojos de los hombres contemporáneos antes que otro pobre soldado con capacidades atléticas.

Qué suerte tuvieron en la Antigüedad al no tener entrenadores. Ni twitter. Les habría caído fina.

De todo lo demás sólo puedo prometeros mis palabras. Habrá cumplida información según vayan alineándose los astros.

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