Son rojas. Son amables. Son, previsiblemente, el modelo de zapatillas con el que yo he dado la matraca más a la marca. Salomon ha tirado por un camino que le puede conducir a un porrón de buenas críticas y se ha acercado a la zapatilla trailera más agradable que conozco.

Echemos la vista atrás. Al año 2000. Desde los tiempos en que aparecieron las New Balance de montaña y protegíamos los pies con los primeros modelos específicos para la montaña, las marcas tomaron el lógico camino de la dureza; era eso o recibir demandas judiciales de los corredores que salieran a correr por las piedras y que se habían estampado, deslizado, caído o destrozado los tendones por una zapatilla no diseñada para raíces, rocas y nieve. También barro, porque en el siglo pasado nevaba y llovía, aunque no lo creáis.

Lo cierto es que las marcas -de manera lógica, reitero- optaron por encofrarnos el pie. Pasaban los años y entraron las marcas de hoy día con contrafuertes duros, chasis sólidos y una amortiguación a la que había que echar unas horas y acomodarse. Salomon tuvo a bien incluirme en su nómina de probadores (mola más Field Testers staff, esto es así) y por mi casa pasaron modelos como las Wings, algunas SLab en las que se veía cierta luz al final de mi túnel, XR Crossmax, XR Mission. Pero mirad, en muchos sentidos yo me veía todavía desamparado por el I+D.

Ocasionalmente metía la tijera y destrozaba el diseño de las plantillas para quejarme de manera ruidosa por las constricciones de los modelos. En otros modelos, enfocados para los Iker Karrera, Kilian Jornet y galgos de cincuenta y cinco kilos que vuelan sin apenas pisar, la tristeza me inundaba: esas fabulosas Sense Pro apenas cuadraban con mis 75 kilos y parecía un veinteañero al que cualquier cosa en los pies le sienta bien, pero en “fatal”.

Un resumen final de lo que un gran porcentaje de corredores lentos y acomodaticios sentimos podría ser este: a nosotros, eso del “light, sensitive touch, and just enough cushioning and protection to keep you racking up the kilometers” (llamémoslo dialéctica de la zapatilla pro) se nos quedan tan corto como el “shoe that spells adventure on every type of terrain. Play steady and long” (o dialéctica del blindado en tus pies).

¿Y los millones de potenciales amantes de correr por el campo a los que nos gusta la sensación de nuestra zapatilla de entrenamiento?

Salomon tiró sobre 2012 por la idea “de tu puerta al monte”, From Door to Trail (y aún se duda de que somos una sociedad plurilíngüe a la fuerza). La competencia feroz del segmento y una idea de producto propia le condujo a mantener una identidad. Es difícil desprenderse de ella. En muchos momentos es imposible (cierto) contentar a todo el mundo. Ya os conté en este blog mi visión de aquellas XR Mission. De la misma manera destripé las CrossMax y las XScream 3D. Zapatillas que quieren dejar de ser un problema a la hora de escoger qué modelo sacar si, realmente, no voy a triscar por sendas imposibles ni a ritmos de locura.

El trabajo de la marca francesa está, cinco años después, camino de contentar a esa gama de corredores recreativos sin talento ni biomecánica adecuada. Porque hace unos 200 kilómetros que llegaron a mi casa mi primer par de Salomon Sense Ride: llegaba por fin la zapatilla para el abuelo dolorido.

Y el festival de la queja y el gruñido continuo terminó. Desde el primer día, metido además como estaba yo en una vorágine de mucho kilometraje para mis estándares, se encajó perfectamente en las tres patas fundamentales de una zapatilla: comodidad, estabilidad y adaptación.

Esto lo digo después de quizá sesenta pares usados. Vale. A lo mejor sesenta pares no es mucho si lo ponemos en términos de cuánto sois capaces de comprar hoy día. Corrijo: Lo digo después de 37 años corriendo y 110 maratones y ultras. Esto ya lo pone en otra esfera, imagino.

Por patas, la Sense Ride se porta así (y debería ser una zapatilla que deberíamos probar mientras no saquen unas Sense Ride 2 con parámetros modificados, que nos conocemos):

Comodidad.

Soy el típico conjunto de tendones machacados que soporta ya pocas probaturas. Tras años de correr solamente recuerdo dos zapatillas gigantescamente confortables. Pero de esas en las que dudas si comprar cinco pares y conservarlos toda la vida. Recuerdo especialmente grato de unas Gel Kayano 15 de 2009, y la comodidad que aún hoy conservan y que descubrí dentro de la horma de las Wave Rider 10. Zapatillas que son como pisar en un sofá con mantita de invierno. Calzado en la que metes el pie el primer día y parece que te acompaña desde hace semanas. En resumen: dejar de preocuparte por los dolores tendinosos que arrastras de toda la semana. Recordemos que correr es un hobby para muchos. Y no un martirio que sacamos de un libro sagrado.

Las Sense Ride son cómodas desde el primer momento. Tienen una altura de talón muy moderada. El tejido es ligero pero cálido. Las saqué el primer día con habitual desconfianza y a los diez minutos ni me acordaba de ellas. El primer mejor síntoma.

Estabilidad.

Correr por el campo exige pero recompensa. La estabilidad de una pisada es algo bastante variable porque las posiciones son múltiples si subimos, bajamos, pisamos granito en ascenso o raíces y arena en descenso. Pero en cada pisada, los que dejamos caer el peso del cuerpo y vemos la técnica de carrera como algo lejano, casi marciano, la zapatilla nos tiene que recoger. Estabilizar. Sin llevar el conjunto del pie atado como en botas malayas. No me gusta un talón rígido porque la verticalidad eterna de mi tendón de Aquiles me produce tendonisis (irritación) y creo que mi manera de echar la zancada tiene más de soportar el peso del cuerpo que de impulsar.

La parte media de la zapatilla es un territorio totalmente personal. Recuerdo algunas hormas como ataúdes. Tanto Asics Gel de la serie 1000 estrechas como discutidas. La anchura convencional de Pegasus de los años 2000-2004 que me convencía a medias. La misma sensación de los arcos plantares de Salomon CrossMax y XWings, demasiado elevados, y eso que la estabilidad debía venirme bien a mi pronación moderada. Creo que no lograré poner de acuerdo a nadie. Todavía, las Sense Ride con las que ahora troto a ritmos moderados incluso altos me llevan el pie muy bien guiado. No tengo una horma compleja. Imagino que mi tipo de pie podrá extrapolarse al de muchos de vosotros. Excepto en lo de las uñas horribles que correr me ha regalado.

Adaptación.

Al final todo se traduce en rapidez de adaptación. Se nos ha recomendado siempre tener varios pares de zapatillas para alternar y no sobrecargar. A todos ellos les deberíamos exigir que cumplan una función de adaptabilidad sin estridencias. Sentir la zapatilla los primeros minutos pero que los músculos y huesos del pie envíen la información correcta al cerebro de inmediato: ah, sí, recuerdo esta zapatilla.

Puedo decir que la adaptación de las Sense Ride es rapidísima. Desde el momento de calzarme hasta bajar los cuatro pisos y calentar antes de empezar a correr, mis pies dejan de hablar y me despreocupo en apenas tres o cuatro minutos de qué llevo puesto en ellos.

En definitiva, Salomon está en vías de recibir reconocimientos en el sector generalista del correr. Tanto en ruta (claro que valen si eres un trotador de 80 kilos que quiere una zapatilla cómoda convencional) como en el monte (siempre que no te lances por un pedregal abajo) las Sense Ride van camino de ser zapatilla del año para mucha gente.

Es previsible que ya haya buenos y profundos análisis de materiales sobre esta zapatilla. Yo sólo quería poner sobre la mesa las percepciones que me han producido. Y aviso: de pocas zapatillas he hecho uso de modelos iguales. En mi armario ya hay unas Ride de cada color. Hay zapatilla para rato.

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