Poco más que unos mensajes repartidos y una fecha conveniente. Con eso suele bastar para convocar a un grupo de amistades. Antes se hacía con los medios de los que disponíamos y tampoco nos iba tan mal. Quizá en la última era analógica costase más mostrar la parte fotográfica y que uno tuviera que echar más tiempo en describir el paso al trote por un pueblo mientras los habitantes toman el aperitivo. Pero todo se basa en lo mismo.

Cuando la idea ya es un hecho todo es más fácil. No hace mucha falta explicar a la gente que me gusta coger un medio de transporte que me aleje de casa; que luego vuelvo corriendo y caminando. Que somos muchos los que adoramos parar en un collado por el que corren vientos bajo cero y mirar por dónde van los caminos y las vidas de la gente. Evidentemente, cuando la idea y la tontería ya han adquirido rango de material publicado, con poco más se monta una salida informal, una aventura o un proyecto de envergadura. Y tengo la suerte de que muchos fieles estén deseando que la tontería se repita de manera cíclica.

Tomar el primer interurbano 191 del día y bajar en la medieval villa de Buitrago (a más de 50 kilómetros al norte de Madrid) no es un proyecto de envergadura. Que pregunten a los chavales que suben a las ocho de la mañana tras un viernes por la noche de copas. Que uno suba arropado por media docena de amigos y vestido con ropa de correr, mientras fuera hiela, ya sí es una aventura. Volver corriendo setenta kilómetros mientras no salen más que estupideces de nuestras bocas, aparte de terapéutico, es una salida informal. Una salida de tono.

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En el creciente -todavía- mundo del deporte se siguen dando los movimientos centrífugos. Ocho asistentes igual de centrífugos nos liamos la manta a la cabeza y desechamos prender un dorsal en nuestras camisetas. Optamos por recorrer de la manera más fiel ese Camino Viejo de Bayona por el que huyeron y avanzaron tantos siglos de país. La excusa era rememorar las idas y vueltas de ejércitos y soldados despavoridos en la campaña española de Napoleón Bonaparte. Si el 30 de noviembre de 1808 las tropas de Napoleón habían derrotado a los defensores del paso de Somosierra, esa misma noche el emperador más reconocible del mundo escribía una carta a su hermano José I, el llamado Pepe Botella (esa chispa del pueblo español escogiendo sus bandos), desde un palacete sito en Buitrago.

Leí la transcripción de ese epistolario hace años. Está en internet, profesores de secundaria míos. Es fundamental para entender de un modo cinematográfico el devenir de doscientos años de Historia española. Mientras Napoleón describía que habían dado para el pelo a los fieles a Fernando VII (hese onvre) y que su caballería iría ya persiguiendo las últimas unidades por San Agustín de Guadalix, mi inquietud empezó a preguntarse si podríamos imitar a alguno de ellos.

Huir del frío de la sierra en dirección a Madrid, entender la distancia que un soldado recorría hace dos siglos a pie y compararla con los desplazamientos actuales, o simplemente parar en un cerro donde corre el aire descuartizador y mirar a ambos lados y admirar el campo tal cual, tan cerca de seis millones de habitantes que miran a su móvil. Valía cualquier cosa.

El primer año recorrimos los 92 kilómetros entre el lugar de la batalla, Somosierra, y el palacio de la Duquesa de Pastrana, en Chamartín. Luego recortamos a una distancia variable desde Buitrago. Anteayer sábado destruimos las paredes mitocodriales de nuestras piernas durante 70 kilómetros, entre Buitrago y Alcobendas, añeja parada de la nobleza y viejo lugar, junto con Fuencarral, de viñedos hoy desaparecidos.

La tropa que acudió por la gloria y el pitorreo contenía juristas, afinadores de pianos, duros corredores y hasta un norteamericano, todos gamberros de la larga distancia. No hubo una sola llamada al arrepentimiento. Todos habían acudido a un anuncio en el que se prometía diversión y paradas en las fondas. En ningún sitio se mencionaba la distancia real ni el desnivel acumulado. Ni la velocidad a la que se discurriría. Se optó por dar importancia a esa gasolinera de Lozoyuela donde asustamos a una tendera que pensó que sólo iríamos corriendo hasta La Cabrera, a los cafés en La Cabrera, sí, pero también en San Agustín, a la pastelería local, los pinchos de tortilla del Riojano y al viento del norte que trae a España, de manera periódica, cosas nuevas que aquí optamos por pasar por la criba del casticismo.

Así nos va.

Las mejores fotografías las tomó Jorge Ochoa. Así que enlazo aquí a su galería de facebook.

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