Dominamos el tiempo, descargamos gigas de noticias, tenemos en la palma de nuestra mano mil opciones de compra, compartimos imágenes y podemos seguir por dónde anda el móvil de nuestros hijos en tiempo real. Todo esto nos convierte en soberanos sin tierra pero con un dominio digital que nos acerca a la omnipresencia. Nos vemos más cerca de la independencia total, dueños por fin de nuestro tiempo. O eso parece.

Tres de las diez aplicaciones más descargadas el año pasado en España, según el informe de Google play, son de mensajería instantánea. Otras dos son aplicaciones de compra y, el resto son juegos de mayor o menos utilidad. Aparentemente, muchas de ellas no fueron de mucha ayuda para informarse ni compartir el estado de la red viaria en algunas provincias, ni sortear la previsible y anunciada nevada que cruzó la Península Ibérica el pasado día de Reyes de 2017.

¿A ver si va a ser al revés y, por el contrario, los españoles en 2017 somos cada vez más blandos, dependientes y que se trata de un dominio ficticio?. Política aparte, que también y probablemente por ello, quizá seamos la generación más frágil y a la vez más soberbiamente estúpida de las conocidas.

Según la web de análisis de datos Statista, España cuenta con una red de 46 millones de teléfonos móviles. De enero a noviembre de este año se descargaron 27 millones de nuevas versiones de Whatsapp. Es el tercer parque de móviles más actualizado del mundo: los españoles contamos con teléfonos actualizados cada año y medio.

Existen servicios en línea de la Agencia Española de Meteorología, de alertas de lluvia que indican la distancia a la que el radar nos coloca de un frente, y del seguimiento hora a hora de temperaturas y sensación térmica real. Nada nuevo. Desde los años ochenta se da un parte completo de los puertos cortados por mal tiempo y donde es obligatorio el uso de cadenas. Cualquier íbero con memoria más allá de la de un pez recuerda, salvo borrado voluntario de su caché, los informativos cada hora: “Permanecen cerrados los puertos de San Glorio, Pajares, Bonaigua, Los Leones…”.

Smartphones, ¿a bordo de smartdrivers?

Aun así, la siempre creciente cantidad de coches que se desplazan por vacaciones de Navidad se comió todo cuanto la tecnología podía solventar. El festivo de Reyes, para el que la DGT anunciaba casi tres millones de desplazamientos, bloqueó las autopistas y la nieve dejó atrapados durante horas una buena cantidad de coches en varias comunidades autónomas. “Sabíamos que nevaría pero no imaginamos que sería tanto”, dice a cámara un preocupado conductor.

Casi 50 millones de teléfonos no sirvieron para que unos no salieran sin cadenas, otros escatimaran en máquinas vertiendo sal o quitanieves, los de más allá avisaran que se ausentarían de la comida festiva o, simplemente, iniciaran su conducción la noche anterior, cuando el frente polar aún no cruzaba las planicies asfaltadas del país.

Porque, “esto no puede estar pasando en pleno siglo XXI”. De nuevo, olvidando que los años de la hiperconexión no nos hacen más poderosos o mejor informados. La unidad de almacenamiento es el Terabyte. En nuestra plataforma de televisión a la carta tenemos sesenta canales, las mil películas que no podemos dejar de ver antes de morir y cien temporadas de otras tantas series. Y nos creemos con tiempo de vivir para disfrutar de toda esa acumulación estúpida. La falsa sensación del ‘todo al alcance de tu mano’.

Al contrario, nos han direccionado la conexión a asuntos de relativa utilidad. Mientras, seguimos mimetizando despreocupados y soberbios los errores que nos legaron nuestros padres. Tres millones de desplazamientos el día de Reyes son el doble de lo mismo que se hacía quince años atrás. La Navidad de 2017 produce 17 millones de desplazamientos.

En el fondo, se multiplican los atascos con la lluvia como pasó toda la vida, vivimos embotellados restringidos a los horarios de entrada y salida de las empresas como hace veinte años, el teletrabajo es un privilegio y tendemos a bajar al centro comercial y comernos la masificación. Móvil en mano.

Como signo imperturbable, el modelo de urbanización en España ha ido premiando el desplazamiento en vehículo privado desde las leyes del suelo de los cincuenta. Aumentan las restricciones de tráfico por contaminación —eso sí, reventamos las redes sociales criticando al miligramo las concentraciones de mierda en el aire y buscando culpables online— y taponamos las avenidas donde se sitúan los colegios de nuestros hijos con unas españolísimas dobles filas. Taponamos las calles del mismo modo que taponamos nuestras arterias. Y la rueda hacia el ablandamiento y la vida estabulada no hace más que dirigirnos al abismo.

Vías de sebo.

No caminamos y, en esencia, no vivimos sano. No comemos sano. Sublevados por la presencia del aceite de palma o del azúcar en todo alimento, tecleamos. El medio digital nos ofrece un parche y, como homo tecnologicus, somos beneficiarios de información y apps que deglutimos sin remedio. Nada menos que un 35% de los españoles hace uso de una aplicación relacionada con la salud en 2017, documentó la Asociación de Investigaciones en eSalud (AIES). Quizá la tecnología nos da un pequeño colchón de confort espiritual y nos hace sentir bien durante los minutos que dura nuestra concentración antes de pasar a dominar otra parcela de nuestra vida.

Entre tanto, alcanzamos excelentes cifras de blandurrez en los informes de salud. El 39,3% de la población española de entre 25 y 64 años padece sobrepeso y un 21,6% es obesa, según un estudio de la Sociedad Española de Cardiología (SEC) . Cuando la generación de reyezuelos íbamos al colegio recuerdo que la base teórica de la doctrina castiza era aquello de “los americanos están todos gordos porque no comen como nosotros; primero y segundo y fruta”. El anterior estudio mostraba que el 80% de los obesos no se veían como tales. Producto nacional.

Algo bueno tiene que tener ese doble carácter hispano; la mezcla de arranque de toro y soberbia. Qué sabrán los ingleses de nuestra dieta mediterránea. Además, hay margen: la Universidad de Illinois proyectó para Estados Unidos un 75% de obesos de aquí a dos años.

Engreídos, vivimos pensando que somos los dioses de la salud alimentaria pero no tenemos sentido común para reconocer que no cocinamos. Nuestro buscador de noticias favorito nos dice, en cambio, que pasamos de 268 millones en 1997 a 580 millones de kilos de consumo de precocinados en la actualidad. Comemos de aquella manera aunque subimos imágenes como #foodporn a Instagram y recomendamos los mejores sitios a nuestros grupos de WhatsApp.

Y la cultura del miedo.

Reyezuelos de nuestro salón, caemos bajo una y otra. Como polillas cegadas por un clima de terror. En invierno llegan las alertas por bajas temperaturas. La saturación de avisos oculta la menor virulencia de los frentes polares en relación con hace treinta años. El verano, sorprendentemente, lo harán los avisos por altas temperaturas. Entre medias, ruido. ¿Se ha sustituido la previsión por la dependencia de un aviso por parte de la autoridad digital?

Contra la inconsciencia o la soberbia figura la cultura del miedo. El trabajo del aviso está fuera de proporción respecto del tamaño real de la consecuencia. El resultado pueden ustedes escucharlo en cada mesa o lugar de trabajo. Miedo ante los procesos de entrada de inmigrantes. Miedo ante la caída del bitcoin, procesos de fragmentación territorial, o cambios disruptivos de la estabilidad que nos da de comer. Pavor ante enviar solos a los hijos a un desplazamiento de un kilómetro andando. Desconfianza de progenitores-helicóptero que acompañan a hijos a revisiones de examen en las universidades españolas. Si en el campamento de verano hay alerta de alergias e intolerancias. O si tienen un protocolo ante intolerancias sobrevenidas. El añejo Celtiberian Show en su versión 2017.

Los emisores de mensajes apocalípticos también creen cumplida la misión avisando a la población temerosa. “Viajen con cadenas; tiempo de perros extremo” es una parte incompleta de la tarea que se les  encomienda. Sabiendo el percal, parapetarse en mensajes en paneles luminosos es mezquino. Ahorrar en personal que corte las autopistas ante la primera señal de caos es miserable (la concesión económica de las grandes vías de comunicación es un mecanismo miserable).

Es que, además, el miedo solo termina provocando rebelión ciega o parálisis. Cualquiera de los escenarios parece terriblemente erótico para un dictador (desencadena o represión o silencio) pero la sociedad urbana moderna es imprevisible. Y, en ocasiones, optará por el más insensato de los comportamientos.

Coronando todo, ya lo hemos visto este fin de semana de nieve, el miedo al tiempo atmosférico. Hacemos deporte embutidos en mil capas. El tejido más impermeable. La crema hidratante posterior de fórmula noruega. Convertimos la ciudad en un campo de batalla rodada en cuanto se nubla o llueve. “Abriga al niño, hijo”, advierten españoles que pasaban inviernos en los años sesenta con un solo abrigo de paño y sin calefacción. “Mándame un mensaje y bajo una manta para recogerte a la niña, no salgas del coche tú”, recomiendan urbanitas en 2017 ante una bajada de las temperaturas. Porque, acercar las bolsas al portal mientras nos mojamos el pelo, no.

Pero las cadenas en el coche, neumáticos de invierno o cancelar el aperitivo en el pueblo, venga, sólo faltaría eso. Siempre podemos encontrar un culpable en no mantenernos la autovía expedita. Somos España. Siento que te quedaras atrapado ayer, rodeado de tanto semejante. Vendrán más.

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