Hoy se corría el medio maratón de Ávila. El Monumental tiene un significado especial para nosotros, los Arribas. La prueba que organiza el club Ecosport de la vieja ciudad castellana es, por decirlo de un modo amontonado, un buen resumen de los 77 años que ha vivido mi padre en ella y sus dominios. Amontonando todo llegamos a la edición de este domingo y a un señor padre, el mío, que ha llegado a meta mientras yo preparaba la comida a 120 kilómetros.

El auténtico Luis Arribas sigue cumpliendo años desde un diciembre de 1941 en el que su padre, mi abuelo, tuvo que abrir un camino en la nieve para ir a buscar la partera del pueblo. Por Ávila corrió en los años de escolar y a sus calles regresó en cuanto empezó en la cosa del running en aquellos 80. Con el paso del tiempo más despacio, afortunadamente, pero cumpliendo con el calendario provincial.

Pero el calendario hoy le ha dado una patada en el culo.

“¿Está papá?. ¿Qué tal os ha ido?” – pregunto a mi hermana. Otra que tal baila.

Ya hace un par de años renunció totalmente a correr un maratón más. Dos horas y pico se le iban haciendo largas y, ley de vida, cada año recorría menos kilómetros en ese tramo. Desde nuestro último maratón juntos se veía más y más atrás. Unido a sus problemas de visión, entre tropiezos y badenes iba zarpaleando por las carreras populares urbanas. Y los reglamentos, ay, los reglamentos. Los tiempos eran implacables, que para algo vivimos en España. Irónicamente, ahora llegaba el momento de ir vigilando a la ambulancia de cierre de carrera.

“Huy, cada día corro menos. Ni el trofeo al más viejo -en casa se dice viejo- me han dado”.

Había quedado el último de todo el pelotón. En el paso por el control de la Plaza del Mercado Chico, frente al porticado del Ayuntamiento de la ciudad, las chicas del contingente de voluntarios habían echado a trotar con el Arribas creador de esta dinastía de rezongones. Ya nadie más quedaba en carrera tras un pelotón de un millar de monumentales. Le habían acompañado hacia la catedral, luego a San Vicente, con cuidado de levantar los pies por el adoquinado de la monumental carrera, y encarado finalmente la ronda de la muralla hacia abajo.

“No me digas que había otro más viejo que tú”, pregunto.

La entrada en meta en la explanada del palacio de Congresos es hoy un espacio ya medio vacío bajo un cielo encapotado que mira hacia abajo como riendo y empezando a bufar. Mi padre llega a meta rodeado de las chicas que le han acompañado hasta ella. Le colman de abrazos. Es un momento delicado. Pocas veces se ve a Luis abatido pero hace unos meses que hemos perdido a mamá, a la Flora.

Y queda en pie en el arco de meta entre mozos y le echan una mano con la mochila de la ropa. Todo discurre con rapidez porque la entrega de premios está en marcha. La carrera llama a Jose Luís, como más veterano de la clasificación. No es él. Mi padre pregunta pero le comentan que ha llegado fuera de control.

“Será por carreras. Vas a tener que apuntarte a las dos o tres grandes de las ciudades en las que dan hasta tres horas, hombre.”, le ofrezco.

Pero es granítico. Creció en un pueblo en la fachada norte de Gredos en la mayor era de guerra y hambre combinadas de la península. Su tío Tomasillo cogía un burro y un carro y bajaba a comprar verduras y fruta a los barrancos del sur de la montaña para abastecer a niños que salieron para arriba de aquella manera.

“No hago ya más medias. Se me hace muy largo. Voy para viejo”

A las dos horas me llama Longi. Es la presidenta del club Ecosport. Es un sol. Que ha hablado con mi padre esta mañana. Ella fue quien le transmitió los resultados de ese trofeo honorífico que tanto seduce a los corredores veteranos. Que ha estado revisando las clasificaciones oficiales. El tiempo de chip le da dentro de control. Por eso me llama. Tiene además la prueba del delito. Me manda la foto que tenéis a continuación y en la que también se confirma una cosa: su tiempo es 2h29 y está dentro de control con todas las de la ley.

Hay que volver a llamar al nominado como ganador y que nos mande ese trofeo tan especial. Al menos este año el corredor más viejo en meta sigue siendo el Arribas chiquinino.

Así que ha esquivado la patada en el culo. Otros lo llamarán justicia poética. Alguno (él mismo) dice que si ha llegado fuera de control, que fuera de control. Quizá tengamos un argumento para convencerlo. Yo creo que un año más podremos sacarle algún dorsal para ese calendario de primavera: o Latina o Getafe, quién sabe. Hay que pensar que el monumental sigue siendo el único y auténtico Luis Arribas (Padre).

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