04:50am #LargaHuída

Dudé. Pasé frío. Me atenazó el sueño. Y caminé cuando era imposible correr. Hasta aquí no hay demasiadas diferencias con las experiencias que vivimos y contamos habitualmente en una carrera o un evento deportivo outdoor.

Es cierto que éstos se organizan habitualmente de día, que van por lugares en los que se puede correr y que, aunque haga frío, un participante paga para presentarse en las mejores condiciones. Entre ellas está la de dormir la noche anterior.

Pero es ocio puro y duro, para usted y para mí. El problema es que estamos muy acostumbrados a trazar nuestro relato con esas expresiones épicas. Malgastamos ese párrafo abriendo la descripción estándar de una dura carrera invernal.

Y no. Hay otros miles de personas que contarían su experiencia usando esos mismos términos. Su involuntaria participación en algo que en nada se parece a un evento deportivo. Así describirían su huida de la miseria, las guerras o el hambre. Se calcula que hay 68 millones de desplazados a la fuerza por todo el mundo este año. Son muchos millones de historias.

En los días pasados ya desgrané qué significaba mi idea de la #LargaHuida. Había una manera de tener en vilo a mis seres queridos y era la de plantarme en mitad de la noche de otoño. No era una prueba de amor sino un modo de colocar un rostro familiar en situación de catástrofe humanitaria. Como yo pero huyendo de veras de un ejército rebelde, de hambrunas o de morir de miseria, hay miles que aprovecharían la noche del día 31 de octubre para recorrer una distancia que les pusiera a salvo.

Desde hacía meses quería agitar un hecho tan cotidiano como fácil de que caiga en el olvido. Algo a la vez terrible como es que seres humanos están vagando a pie en las peores condiciones. Algo tan inmediato, al mismo tiempo, que es un ayer incómodo para nuestro confort occidental de hoy.

Desde el centro epidémico y bullanguero de Madrid pensé que se podía dibujar una huida simbólica. Estaría un día entero caminando sin detenerme más que a tomar aire, a comer de lo que pudiera, llevando todo encima. Todo de una manera muy relativa, claro. A nadie quería convencer de hazañas deportivas o de aguante alimentario. Evidentemente quien escapa de las guerras hace lo que sea por su vida y la de los suyos.

Sin embargo, no era un intento de imitar. Era una oportunidad para llamar la atención. Viví la invisibilidad de un refugiado que asoma unos segundos en las noticias y desaparece en la oscuridad. Me quedo con el momento en que unos amigos nos decían adiós a mi amigo Guillermo y a mí. Estábamos en mitad de una Puerta del Sol de Madrid abarrotada y que nos ignoraba. Éramos dos mínimos varones anónimos que partían. Me sentí igual de ignorado que lo sería horas más adelante mientras nos cruzábamos con conductores de media noche. Tan anónimo en la oscuridad como centenares de rostros que saltan de una patera, cruzan los últimos metros de agua previos a tocar tierra y se esconden en la noche.

Durante las veinticuatro horas que estuvimos simulando cómo se escapa a pie, regresaban las preguntas surgiendo de un silencio temeroso. ¿Por qué somos tan resistentes cuando nos impulsa la supervivencia? ¿Qué se siente al aferrarse a un supuesto futuro mejor? ¿Dónde parar a descansar, qué comer cuando todo rostro podría ser un potencial delator, un enemigo? Cada una de las personas a las que mencionábamos el proyecto nos dio sus respuestas. Desde el interior de un coche patrulla en el arcén de una carretera en Algete o tras la barra de su bar en la localidad de Venturada se sorprendieron por el diseño de la idea.

La gente transmitía el reconocimiento de la magnitud de los problemas del ser humano que huye. Se percibía como un asunto candente pero pasajero. volátil. Poner un paralelismo entre su sufrimiento y el alcance simplón de la #LargaHuida sería obsceno. Pero del mismo modo, lo vanidoso de nuestras hazañas deportivas se evapora apenas pasados unos minutos; eso mismo tarda en desaparecer un texto o una foto en nuestras redes sociales.

Durante unas horas expusimos a la gente a esas preguntas. Que existen, no tan lejos de nosotros como creemos. Entran a diario en nuestro entorno y las esquivamos. Son asunto nuestro porque la emigración desde las áreas en crisis forma parte de un asunto global. Conocer si un desplazado camina treinta o cincuenta kilómetros diarios es irrelevante. Tener en cuenta que meses antes era un ciudadano normal como nosotros sí es un aspecto crucial. Indica que la línea entre sensatez y locura de guerra es una delgada y frágil divisoria.

Crucé valles, discurrí por avenidas desiertas acosado por el ladrido de perros guardianes tan asustados como yo, sorteé más de ochenta kilómetros mientras la provincia entera dormía, lavaba el coche o se arreglaba para acudir al cementerio a llorar a sus parientes en un día de Todos los Santos lleno de significado. Santos inocentes ocultos cruzan hoy día las rutas de invierno y verano a diario, son pasto de mafias y compran su transporte porque saben que a pie se tarda mucho más en huir. Al final, a pie sólo emigran los que nada tienen.

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