Cuando Daniel Rudisha consiguió para Kenia el bronce en los Juegos Olímpicos de México 1968 no podía pensar que le nacería un hijo al que dejaría de nombre David. Tampoco tendría en mente que le traspasaría una genética capaz de destrozar el reino de los 800 metros. Unas horas en avión más hacia acá, el mito británico de los años ochenta en esa misma distancia, Steve Ovett, tiene un hijo llamado Freddy que despuntó en atletismo y ahora es ciclista profesional en el Australian Cycing Academy.

Papá muchas veces corre mucho más de lo normal. Mamá salta. O lanza. Quizá ambos tiran a canasta. Joe Jellybean Bryant, el elegante alero de los Philadephia 76ers de los lejanos y revivaleros años setenta, es el padre de Kobe Bryant, cuyos méritos triplicaron los del hoy entrenador. El saltador de triple Mike Conley, monarca coronado con  oros y podios llenos de metros y centímetros, tiene un hijo que juega de base en los Memphis Grizzlies. Y así tantos.

De vez en cuando todo encaja. Un bebé campeón recibe el don de alguno de sus progenitores, también de oro. Y empezamos a hablar de una saga deporte. Ese ejemplo de todo aquello que nos subyuga porque somos así.

Padres, hijos, matrimonios, sagas, dinastías. La convivencia diaria, las competiciones en las que se comparte tanto tiempo, los lugares comunes donde chicos jóvenes se conocen y hablan de tanto entrenado, tanto sufrido. Pero jóvenes, al fin y al cabo. Emil Zatopek se casó con la lanzadora de jabalina Zana Ingrová y unieron sus oros olímpicos del mismo modo que Pablo Villalobos y Amaya Sanfabio, o Isabel Macías y Luis Alberto Marco han puesto sus semillitas para el comienzo de una más de las sagas que surgen del deporte.

En el primer caso ese matrimonio no derivó en un talento heredado, ni siquiera en hijos. La posguerra y la dureza se impusieron. Pero quién sabe si los nuevos y saltarines Villalobos-Sanfabio o los Marco-Macías serán talentos a seguir. Solamente cuando el azar y la combinatoria genética se ponen de acuerdo surgen las condiciones ideales. Y entonces mamá campeona tiene una criatura que será supercampeona. Papá y sus ratos entre medalla y medalla ayudan a criar otra criatura que llenará portadas y columnas.

A veces es todo más complejo. La ciencia, por fortuna, no es una ruleta trucada donde siempre hay premio. El proceso genético nos depara sorpresas y es muy conveniente que todo siga así, según mi humilde opinión.

Pero sí. De vez en cuando todo encaja. Y la imagen de mamá en el podio o papá estirando se reproduce años más tarde y nos regalan chispazos de flashback deportivo de primera magnitud. Así surgen la hija de Muhammad Ali, Laila Ali, atronadora campeona que sobrevivió al peso de su herencia repartiendo puñetazos como figura dominante en el peso crucero. La docena de hermanos Amat que reinan en el hockey sobre hierba hispano. Qué decir de un tenista llamado Sergey Sergeevich Bubka, hijo del Sergey Bubka, mismísimo zar del salto con pértiga.

Los apellidos míticos nos hacen saltar de una generación a otra. Sean Van Avermaet, Cruijff o Andretti. Los jóvenes rastrean la wikipedia y se sorprenden de descubrir padres como Dell Curry o Perico Alonso, porque detrás del irrepetible Steph Curry hay un alero tirador. Quien llevaba al colegio a los chavales era un mediocampista que también se apellidaba Alonso, como Xabi o Mikel y que jugaba en campos embarrados y salía en los cromos de las ligas que coleccionábamos los padres.

Del mismo modo, los más maduritos suspiramos, conscientes de nuestra vejez, cuando descubrimos gente de la edad de nuestros hijos que ya triunfan como el pertiguista Steve Hooker, hijo de Erica Hooker, pertiguista también y pentatleta; los chavalotes que tuvo la velocista británica Wendy Hoyte o ese prodigio de hijo vallista que tuvo la heptatleta rusa Natalia Shubenkova y que trae mártir a Orlando Ortega bajo el nombre de Sergey Shubenkov.

¿Por qué demonios tenemos que observar desde lejos esa acumulación de talento? ¿Por qué ellos y no uno de nuestros hijos, ese que está tirado dejando pasar las horas con el móvil en la mano? Son las circunstancias, las injusticias del tiempo. Aun así, dentro de cada época todo queda resumido a un chispazo casual. Cuadras como los Ingebritsen solamente son excepciones. Además, si nos enteramos de cómo unen a la familia las palizas a entrenar y los berridos de un padre sargento de marines, probablemente nos traeremos un saco de dudas al artículo. Las fórmulas mágicas, para la química.

Pongámonos en la piel de un campeón. ¿Desearíamos para nuestros hijos todo eso que sabemos del deporte de la más alta exigencia? ¿Decimos a la Shubenkova que un complot de la Federación Internacional privó a su Sergey de competir bajo la bandera que tanto sufrimiento le causó? ¿Con todo lo que un deportista ve y oye? Es complicado sopesar relumbrón y martirio. Son las sombras de las que nadie habla cuando se oculta el oropel que se hace pasar por kilates y kilates de oro.

A veces los niños odian aquel padre que estaba siempre viajando. O temen como adolescentes que la gloria de la madre duela tanto como esos primeros entrenamientos. Si la ciencia no es una lotería trucada, el entorno y las circunstancias, benditas ellas, son las hadas madrinas de la diversidad. La madurez hace recapacitar a los hijos. El paso del tiempo les lleva a ojear aquellos álbumes de fotos en los que brillaba la cuadra familiar. Por fortuna nunca es tarde para calzarse unas zapatillas.

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