Papá salta, mamá lanza

Cuando Daniel Rudisha consiguió para Kenia el bronce en los Juegos Olímpicos de México 1968 no podía pensar que le nacería un hijo al que dejaría de nombre David. Tampoco tendría en mente que le traspasaría una genética capaz de destrozar el reino de los 800 metros. Unas horas en avión más hacia acá, el mito británico de los años ochenta en esa misma distancia, Steve Ovett, tiene un hijo llamado Freddy que despuntó en atletismo y ahora es ciclista profesional en el Australian Cycing Academy.

Papá muchas veces corre mucho más de lo normal. Mamá salta. O lanza. Quizá ambos tiran a canasta. Joe Jellybean Bryant, el elegante alero de los Philadephia 76ers de los lejanos y revivaleros años setenta, es el padre de Kobe Bryant, cuyos méritos triplicaron los del hoy entrenador. El saltador de triple Mike Conley, monarca coronado con  oros y podios llenos de metros y centímetros, tiene un hijo que juega de base en los Memphis Grizzlies. Y así tantos.

De vez en cuando todo encaja. Un bebé campeón recibe el don de alguno de sus progenitores, también de oro. Y empezamos a hablar de una saga deporte. Ese ejemplo de todo aquello que nos subyuga porque somos así.

Padres, hijos, matrimonios, sagas, dinastías. La convivencia diaria, las competiciones en las que se comparte tanto tiempo, los lugares comunes donde chicos jóvenes se conocen y hablan de tanto entrenado, tanto sufrido. Pero jóvenes, al fin y al cabo. Emil Zatopek se casó con la lanzadora de jabalina Zana Ingrová y unieron sus oros olímpicos del mismo modo que Pablo Villalobos y Amaya Sanfabio, o Isabel Macías y Luis Alberto Marco han puesto sus semillitas para el comienzo de una más de las sagas que surgen del deporte.

En el primer caso ese matrimonio no derivó en un talento heredado, ni siquiera en hijos. La posguerra y la dureza se impusieron. Pero quién sabe si los nuevos y saltarines Villalobos-Sanfabio o los Marco-Macías serán talentos a seguir. Solamente cuando el azar y la combinatoria genética se ponen de acuerdo surgen las condiciones ideales. Y entonces mamá campeona tiene una criatura que será supercampeona. Papá y sus ratos entre medalla y medalla ayudan a criar otra criatura que llenará portadas y columnas.

A veces es todo más complejo. La ciencia, por fortuna, no es una ruleta trucada donde siempre hay premio. El proceso genético nos depara sorpresas y es muy conveniente que todo siga así, según mi humilde opinión.

Pero sí. De vez en cuando todo encaja. Y la imagen de mamá en el podio o papá estirando se reproduce años más tarde y nos regalan chispazos de flashback deportivo de primera magnitud. Así surgen la hija de Muhammad Ali, Laila Ali, atronadora campeona que sobrevivió al peso de su herencia repartiendo puñetazos como figura dominante en el peso crucero. La docena de hermanos Amat que reinan en el hockey sobre hierba hispano. Qué decir de un tenista llamado Sergey Sergeevich Bubka, hijo del Sergey Bubka, mismísimo zar del salto con pértiga.

Los apellidos míticos nos hacen saltar de una generación a otra. Sean Van Avermaet, Cruijff o Andretti. Los jóvenes rastrean la wikipedia y se sorprenden de descubrir padres como Dell Curry o Perico Alonso, porque detrás del irrepetible Steph Curry hay un alero tirador. Quien llevaba al colegio a los chavales era un mediocampista que también se apellidaba Alonso, como Xabi o Mikel y que jugaba en campos embarrados y salía en los cromos de las ligas que coleccionábamos los padres.

Del mismo modo, los más maduritos suspiramos, conscientes de nuestra vejez, cuando descubrimos gente de la edad de nuestros hijos que ya triunfan como el pertiguista Steve Hooker, hijo de Erica Hooker, pertiguista también y pentatleta; los chavalotes que tuvo la velocista británica Wendy Hoyte o ese prodigio de hijo vallista que tuvo la heptatleta rusa Natalia Shubenkova y que trae mártir a Orlando Ortega bajo el nombre de Sergey Shubenkov.

¿Por qué demonios tenemos que observar desde lejos esa acumulación de talento? ¿Por qué ellos y no uno de nuestros hijos, ese que está tirado dejando pasar las horas con el móvil en la mano? Son las circunstancias, las injusticias del tiempo. Aun así, dentro de cada época todo queda resumido a un chispazo casual. Cuadras como los Ingebritsen solamente son excepciones. Además, si nos enteramos de cómo unen a la familia las palizas a entrenar y los berridos de un padre sargento de marines, probablemente nos traeremos un saco de dudas al artículo. Las fórmulas mágicas, para la química.

Pongámonos en la piel de un campeón. ¿Desearíamos para nuestros hijos todo eso que sabemos del deporte de la más alta exigencia? ¿Decimos a la Shubenkova que un complot de la Federación Internacional privó a su Sergey de competir bajo la bandera que tanto sufrimiento le causó? ¿Con todo lo que un deportista ve y oye? Es complicado sopesar relumbrón y martirio. Son las sombras de las que nadie habla cuando se oculta el oropel que se hace pasar por kilates y kilates de oro.

A veces los niños odian aquel padre que estaba siempre viajando. O temen como adolescentes que la gloria de la madre duela tanto como esos primeros entrenamientos. Si la ciencia no es una lotería trucada, el entorno y las circunstancias, benditas ellas, son las hadas madrinas de la diversidad. La madurez hace recapacitar a los hijos. El paso del tiempo les lleva a ojear aquellos álbumes de fotos en los que brillaba la cuadra familiar. Por fortuna nunca es tarde para calzarse unas zapatillas.

Las grandes migraciones y el atletismo y sus grandes cosas

Hay discusión sobre cuál es el mayor movimiento migratorio de la Historia reciente. Unos dicen que son los 4 millones de personas que cruzaron en 1949 el Punjab en busca de una vida mejor. Otros, que los 120 millones de chinos que confluyen en las nuevas áreas urbanas desde la apertura de Den Xiaoping en los años 80. Siempre tras la búsqueda del bienestar, relativo o en una escala infinitesimal. Esas migraciones son bloques de piedra que van construyendo una pirámide donde encajan las habilidades de la sociedad. Nuevos guerreros, nueva mano de obra, nuevos ciudadanos.

El atletismo profesional es, probablemente, la punta de esa pirámide. El atletismo busca la victoria, la selección de lo mejor entre lo mejor. Muchos ven innecesario leer la competición atlética como selección entre especies, como batalla de razas o naciones. Empero, hay mucho de ello. No por nutrirse de la pureza antrópica sino por un enfoque menos idílico, marxista: la cúpula del negocio atlético necesita buscar y exprimir cada ejemplar posible sobre la faz de la tierra.

El objetivo es que el show gire y la producción de momentos-televisión (hoy día cada vez más minutos-youtube) siga dando rédito a la cúpula del capital deportivo. Posteriormente surgirán cosas como la desaparición de 23 millones de euros en un pago en la IAAF, o se concederán los Campeonatos del Mundo a Doha 2019 tras una mareante oferta de 37 millones. Desmáyense si quieren pero el atletismo de alta competición, el que nos tiene atado al sofá o tras el teléfono, pendientes de un gesto, una brillante victoria, el ondear de la bandera o la mejor marca personal, el atletismo, créanlo, tiene esas cosas.

No hay que ser ciego ni hacérselo. Hay campeones olímpicos porque todos aceptamos las reglas de la competición. ¿Es innoble desear la victoria por encima de todo o abuchear a un pertiguista? Lo es tanto como contabilizar un éxito basándose en un medallero o un ránking. No estamos hablando de adorar el atletismo por la belleza de la zancada de Alberto Juantorena o David Rudisha. Ni de sentir escalofríos viendo las imágenes de un pelotón de maratonianos bajo el sol implacable o angustia por la pájara de un marchador. Esa es la parte emotiva del contrato que firmamos como espectadores.

Hablamos que, desde el otro lado de la mesa, el show business busca, entresaca, apura los límites del reglamento y compra y vende talento. El talento humano más veloz, el que más salta o lanza. Las fuentes de las que se nutre esta cruel selección son, siempre lo fueron, la ansiedad, el hambre, la competición feroz entre los débiles. Asumamos que ya no hay barreras para huir de todo ello. Los determinantes geográficos terminaron de ser un problema a partir de la invención de los sistemas de transporte masivos.

El hambre y la esclavitud, o la huida de ambos, han movido a los pobres y los débiles en una búsqueda continuada de nuevos territorios. La miseria de otros y el tráfico humano completan la cruel historia de la Humanidad. Hasta 20 millones de africanos fueron transportados como esclavos entre 1600 y 1800, constituyendo con el tiempo una nueva base demográfica en América y Europa. Sobrevivieron los más aptos y quienes tuvieron más suerte.

No es reduccionismo. La mera supervivencia de los fuertes los trasladó en apenas cien años a un mundo nuevo: aquel en que la fortaleza se podía exhibir compitiendo. Lo ancestral se anidó con lo moderno. Boxear o correr saltaron de la lucha por la vida al cuadrilátero o el estadio. Y los gerentes de la miseria, la esclavitud y el capitalismo de ciudad industrial entendieron que en el deporte residía un germen económico total.

Los tiempos modernos del atletismo nos exigen bucear en las cinco o seis generaciones que lo sostienen. El éxito de la población de origen jamaicano de Reino Unido, de los nietos e hijos de norteafricanos en Francia, o los años recientes de las nacionalizaciones en Qatar, Bahrein, España, Italia, no son más que un ajuste de lo que siempre ha llevado al ser humano a negociar, a traficar con lo mejor de nuestra especie.

Tras la Primera Guerra Mundial, contingentes de jamaicanos fueron admitidos en el norte inglés para nutrir las fábricas de armamento de su majestad la reina. El flujo no se detuvo y, sobre 1961, ya se estiman 170.000 afro-caribeños residiendo en las islas británicas. Padres y abuelos de los Colin Jackson, Linford Christie, Tessa Sanderson o Kelly Holmes (sumen medallas entre todos estos diamantes). En el periodo de entreguerras (1921-1935) 1.1 millones de emigrantes acudieron a una Francia aún libre. En los años 60 otro millón y medio de norteafricanos emigraron a la metrópoli. Son los abuelos y padres de los Marie-José Perec, Mehdi Baala, Mahiedine Mekhissi o Myriam Soumaré.

Del mismo modo seguirán llegando jóvenes bajo los ejes de un camión o recién nacidos en barcaza. Todos deberán acomodarse en las escuelas de atletismo ya sea con seis o dieciséis años. O asimilados, ese eufemismo, por los petrodólares o las promesas de éxito. Todos tendrán que aprender que el atletismo es esfuerzo y más esfuerzo. El deporte que enseña cruelmente a convivir con la incertidumbre de si habrá otro atleta que salte un centímetro más. El deporte que debe mostrar a los jóvenes a las claras la gran verdad de la competición: nada es inamovible, ni el deseo de huir de un país o de un sistema político precario.

Y esto no va a parar. La dinámica migratoria moderna, con sus bajas y su nueva selección natural, traerá una nueva generación de atletas más fuertes. Nacidos después de otro éxodo, de nuevas guerras o de una mezcla deseada de razas en países desarrollados. Y es imprescindible mientras sigamos esperando las grandes citas del más grande de los deportes. La salud del atletismo del más alto nivel se mide en la pugna por la centésima, por los tiempos de corte estratosféricos para acceder a un podio.

No nos hagamos cruces; estamos exigiendo que la bandera y el himno que nos representa no caiga en el olvido. Quizá una exigencia que no aplicamos en nuestros derechos ciudadanos. Pero el deporte saca de nuestras profundidades un kraken violento, empapado (en sudor veraniego y en cañas y tinto de verano) y que grita victorioso de igual modo cuando Orlando Ortega o Bruno Hortelano rascan medalla.

Mientras, podemos discutir sobre si aquel es más español, si la federación compró medallas o formó atletas en ciernes o si es una vergüenza marginar personas por cuenta de unas medallas. También podemos probar a practicar más atletismo, a nuestro nivel, en el parque o el gimnasio, y dejar esas otras cuestiones en manos de quien se juega los dineros en ellas.

¿A quién se tiene en cuenta?

Cuando recomiendo a la gente que se inicie en el bello entretenimiento de hacer kilómetros por el monte, les prevengo de la existencia de un lado extremo. Prevención que olvidan al segundo dorsal que se colocan. Y es la existencia de determinados organizadores que asustan con canales verticales y descensos inestables por los que participantes llevarán en marcha doce o quince horas. Me sirve hoy de excusa para escribir sobre el papel del cliente final: el corredor.

Obnubilados por la estética del reto y la facilidad con la que su cuerpo de urbanita gana terreno en la batalla, la siguiente hornada de corredores se mete en carreras de montaña donde el más difícil todavía pone en entredicho dos cosas:

Una. La seguridad del corredor. Sin ir más lejos, para recorrer 51km, un experto amigo mío como Anaime Pérez se queja de necesitar veintiuna horas en las que triscó por pasos innecesarios, canchales y afrontó un riesgo inasumible por los Pirineos del Tena. Y Anaime no es un cualquiera. Este loco de la arqueología y la Historia lleva muchas pruebas de más de cien kilómetros terminadas. En llano y en monte. Pero hay algo que no se detiene y es la guerra por el más duro, lo más alto, la acumulación caprichosa de desnivel positivo acumulado.

Dos. La capacidad de disfrutar de la montaña está mutilada por esa acumulación caprichosa. Esto no es baladí. Se presume en el mundo de las carreras por la montaña (el fenomenológico mundo del ‘trail’) de haberse alejado de esa horrible esclavitud del asfalto. De la comunión con el medio. El que pueda levantar la vista so pena de despeñarse. El montañero holla cimas. Respira la consecución de su reto. Y cuenta la finalización con la llegada a salvo a la base. El corredor de montaña es empujado por la velocidad y desniveles diseñados por el organizador. No todo es culpa, como se dice, del corredor, que va como loco.

Sigamos. En las pruebas ciclistas se están viendo recorridos con cuestas de cabras asfaltadas. Todo un escaparate como la Vuelta se presta al mejor postor. El resultado son secarrales desiertos donde afortunadamente nada pasa para el participante porque cuenta con un equipo de apoyo y por su propio entrenamiento exhaustivo. El organizador hace discurrir al pelotón por los polígonos de vivienda resultado del analfabetismo en la ordenación del territorio. Todo se hace en pos del espectáculo. Del dinerario y del rendimiento político de la meta, previsiblemente. Y se sanciona al que se aparta del grupo callado y silencioso porque “afea con su comportamiento” el espectáculo, como se ha sancionado a P. Sagan tras ser agredido por parte del espectáculo. Fue atropellado por una moto de la organización, en plena carrera, dándose el motorista a la fuga (hecho que en España está tipificado como delito).

El concepto del espectáculo es un todo en el mundo ciclista. Han de convivir el público, el sufrimiento respetuoso del corredor, el fondo físico y la belleza del conjunto. Si falta alguno de ellos, ya no hay espectáculo. Una urbanización que trepa por una ladera, saltándose a la torera la legislación ambiental, y destroza una montaña costera no puede ni arrastrar público ni aportar belleza. Un recorrido ciclista profesional, con deportistas a 60kmh metidos por carriles con bordillos de la ciudad de Murcia, provoca riesgo innecesario y la belleza justa. Siendo generosos.

De ética no se habla. La ética queda superada por las fotos de los podios y las autoridades. Las fotos no repasan las vallas ni protegen los guardarraíles. Se vio en la espeluznante caída de la Vuelta al País Vasco. Podría haber sido una carrera local de bicicletas de montaña y el desafortunado ciclista haber caído por un barranco. O un esforzado corredor popular al que no llegasen los medios a tiempo para una emergencia.

La pregunta es: ¿En qué lugar queda el respeto al participante?

¿Se cuida al cliente final de cualquiera de estos espectáculos? Al fin y a la postre, los participantes pasan por donde les meten, beben y comen lo que se les suministra y pagan el coste de la inscripción sin rechistar.

Los clientes miran (poco) al vendedor de servicios deportivos. En realidad se acalla la ración extra de sufrimiento porque el comportamiento de la masa ordena que hay que inscribirse a un maratón después de cuatro meses de ejercicio. O que un corredor debe probar al menos un ultra de 100 kilómetros en su vida. De clientes a súbditos en un paso. La corriente competitiva arrastra al inscrito en pos del reto. El más duro aún. El más largo todavía. La carrera más desértica e inhumana posible. Somos una excelente masa saludable pero también existe mucha ceguera.

En ocasiones deviene en catástrofe. El ciclista profesional que se pega la gran castaña y necesita de ser ingresado en coma inducido. Los rudos ultrafondistas que son puestos en apuros en el duro desierto del Hoggar argelino por un organizador inexperto y, posteriormente, incapaz de afrontar garantías. Las evacuaciones en mitad de un risco montañoso al que un recorrido llevó a corredores de montaña. Otras veces es cabreo e impotencia ante un cálculo ‘por lo alto’ de las necesidades de ropero o marcaje de recorrido en un maratón urbano como el caso de Madrid y su carrera de maratón. O sostener una prueba de diez mil personas con los mismos medios humanos que cuando corrían cuatro mil.

Como ex-organizador sé cuánto cuesta renunciar a cientos de dorsales que cuadrarían las cuentas. Que un patrocinador retire cinco mil euros y tu prueba se borre de un plumazo. Como cliente final entiendo algunas posiciones. Pero me niego a admitir que todo se ciña a cinco mil euros de diferencia.

Entonces, ¿es un problema de capacidad económica? ¿Mejor una gran empresa que un modesto club?

La escala no lo es todo. En España, añado, la escala es un abismo peligroso.

La gestión de la escala económica en nuestro país es aún más peligroso. La cultura de la gran escala está llena de casos de gestión ineficiente de los presupuestos de un evento deportivo. Solo hay que tirar de hemeroteca. Desde un trail o un maratón hasta unos grandes campeonatos.

A partir del salto cuantitativo de los primeros años del milenio se asistió a un cambio de escala. Vivimos (desde la compra del maratón de Barcelona por la gran maquinaria de Amaury Sport Organisation, ASO) el ejemplo de las grandes empresas que compran carreras existentes para reflotarlas. Fue un modelo para un problema puntual. ¿Fue empero una solución?

ASO es organizador y explotador de los derechos del rentable Tour de Francia, del Dakar, de la Paris-Roubaix, de decenas de pruebas. Rescató el maratón de Barcelona tras la suspensión del año del desencuentro y todo salió bien. Al mismo tiempo, ASO rescata la Vuelta. Vean las retransmisiones de la carrera ciclista y pregúntense si España es tan fea o si el Tour de Francia es otro planeta. ¿Ha perdido ASO toda su habilidad de vender un producto? Las Rock’nRoll marathon series rescataron la carrera de Madrid y la magnitud del evento está comiéndose lo bueno y sacando las vergüenzas de lo malo. Logística incompleta en un evento triple no necesario (10+21+42 km en una misma salida) y una promoción pírrica de la carrera, precisamente en la ciudad que ‘más marcha y gente tiene a cualquier hora del año’. ¿Patina en Madrid todo lo que triunfa en San Diego, Las Vegas o México DF?

Nos deja con la duda si la gran empresa de eventos deportivos es una garantía de funcionamiento. En realidad estos ‘rescates’ suelen ser compras de la marca a cambio de un soporte económico. El ejemplo más similar sería el de la franquicia, entiendo yo. El equipo técnico del maratón de Madrid, el club MaPoMa, recibe una inyección de dinero para hacer frente a un maratón más grande. Pero lo que ocurra dentro de la ahora) Rock’nRoll Madrid Maratón sigue siendo fruto de las destrezas logísticas y técnicas empleadas por el equipo de siempre.

Un asunto de envoltorio.

Las carreras de pueblo vivían y viven del esfuerzo de una dirección técnica. Un club. El mimo de unos voluntarios. El corredor se sentía importante. Llegaron los tiempos de las pancartas y los postes publicitarios. Las nuevas empresas de eventos deportivos bombardean a organizaciones con emails ofreciendo servicios en los que “todo” quedará atado. Deberíais ver cómo corre la información. Casi una década después de clausurarse la carrera que organicé, siguen entrando correos y llegan llamadas ofreciendo todo el paquete. “No te preocupes de nada”, aseveran, “Desde arcos de meta a cronometraje y dorsales”.

Arcos. Servicios añadidos. La gran etiqueta de colores aportará fotos y vídeo en meta. Queda por ver si todo ello redunda en el beneficio del corredor. Al final, la zona de meta se viste de color y de vallado. Según mi opinión, los cruces, el marcaje, los fallos o aciertos de un recorrido, la seguridad del corredor, transportar la bebida y alimento a un punto inaccesible de un recorrido queda siempre bajo la batuta de la dirección técnica.

El nuevo escenario de organizadores es un conglomerado dispar. Están las grandes empresas que organizan carreras con suficientes medios como para cubicar, ordenar y surtir a los miles de participantes. Pero también existe un nivel de supervivencia en el que se adhieren nuevos ‘empresarios’ del deporte. Viejos deportistas que tiran de contactos y de experiencia para organizar una prueba. Gente que se desvive y que muchas veces ha de ocuparse de absolutamente todo y perder el menor dinero posible. La secretaría de la carrera la lleva su esposa. Los familiares solventan una emergencia en un cruce mal marcado.

Hay muchas dudas que los clientes finales saborean con la cerveza posterior a la carrera. No hay tarta para todos. Otro de los síntomas de un mercado irregular como es el capital empresarial español. Es evidente.

Las preguntas se agolpan mientras caen las cervezas después de llegar a meta. ¿Es el mejor servicio técnico que haya dos arcos de meta y podio con photo call? Pues podría ser así o podría ser accesorio. El espectáculo podría ser la meta en Chamonix-Mont-Blanc o ver una cuesta en una carrera de pueblo totalmente abarrotada por los cientos de veraneantes.

¿Es garantía entonces de que una franquicia comercial dé apoyo financiero o es sólo garantía de presencia en los medios? La vieja garantía del mimo al participante, del espectáculo para el telespectador o al apasionado fan en la cuneta,  ¿vendrá dada por el cartón piedra y por el maquillaje o por la solvencia técnica?

He tardado 35 años y he tenido que pagar, organizar y participar como corredor. Pero ya tengo mi respuesta. A los seis meses de empezar a organizar no sabía aún nada. A los diez años de empezar a correr seguía sin saber nada.

Sentarse a ver atletismo

Hay algo en presenciar una retransmisión moderna de atletismo que lo hace similar a merodear por la galería Borghese. Uno se ve desbordado ante tanta multiplicidad y tanta belleza. Si no se acude a este museo romano con la mirada limpia y no se han aparcado los prejuicios en el hotel, la derrota es definitiva.

Las cámaras logran poner los explosivos músculos a temblar como un flan. El cuádriceps de un velocista queda pinzado por la cámara del mismo modo que Bernini logra ablandar el mármol. En cuarenta y dos pulgadas y alta definición. Los gestos se congelan y esas chicas nervudas, esos mastodontes musculados, se quedan mirando a la cámara del infinito. Agotados, sin saberlo, porque hay cientos de cámaras ofreciendo al mundo la máxima exposición de la evolución humana. La piedra habla. El eco de todas las estatuas hace correr su voz.

Hasta aquí, el triunfo de la belleza. El espectador pasa a la siguiente sala. La cámara te lleva a la siguiente final de la retransmisión.

Y se vuelve a correr más rápido, se salta más y se lanza con la mayor de las potencias. Multiplíquese por cada una de las finales que tiene el programa de un gran evento como los Campeonatos del Mundo de Pekín y trasladen esta ansiedad a la atención pura por el deporte. Se genera de manera constante un vencedor frente a una retahíla de derrotados.

Imagino que esto es, para los medios de comunicación, un caramelo a medias. Un regalo de helado de dulce de leche en una temporada de brackets. ¿Qué ensalzar? ¿Hacia dónde encaminar el titular de ese diario? ¿Qué cortar para abrir el noticiario del día?

Debo decir que esto genera algo que no me gusta. Los conceptos primigenios del atletismo son manoseados por un motivo puramente primitivo: el campeonato es la guerra y sobre la guerra tenemos que hablar.

Desde que en mi casa se empezó a hablar de atletismo, nos hemos alineado con el momento que ofrece cada participante. Cuando en 1977 mi padre llegaba sudoroso de sus entrenamientos por los arcenes de la vieja N-I, preguntábamos y él contaba sobre los dolores, los camiones que pasaban sin vigilar siquiera un margen de seguridad o algún dolor puntual. Nadie hablaba de tiempos o consecuciones. La novedad del esfuerzo nos comía el tiempo de ocuparnos de otras cosas.

Era disponer el proceso por delante del resultado.

Corrimos carreras de todos los colores. Saltamos en aquellos areneros del viejo estadio Vallehermoso. Quedamos en mil posiciones diferentes salvo en una (confieso que solamente vencí en una carrera de las fiestas del pueblo de mi padre). Y así acudíamos a las gradas o a los márgenes de las sendas o carreteras donde se producía ese hecho evolutivo. Adaptarse a correr con la mejor de las herramientas que proporcionaba el cuerpo.

“Ese corre ladeado”. “Hay que ver qué zancada lleva esa veterana chiquitina”. “¿Te has fijado en las espaldas del martillista?”. Por ese camino aprendí a sentarme a ver el esfuerzo deportivo del héroe de la prensa. Apreciar los entrenamientos repetitivos en los que no se hablaba de puestos. Parar el vídeo y regresar a disfrutar del paso de valla de Renaldo Nehemiah, el latigazo de Steve Backley.

Deduzco que esto me blindó frente a los debates sobre medallas o títulos. La pena de sentir que se hacen trampas fisiológicas en pos de unas centésimas, pues no sé, desaparece cuando veo la repetición a cámara super lenta de la salida de tacos de ese sprinter de la calle ocho. En realidad sé que no me engañan. Tampoco debo nada a los medios que dirigen el discurso contra unos u otros deportistas.

Puestosa extremar la asepsia, sentarse a ver atletismo es como aislarse de los debates sobre si hubo envidias o reconocimiento cuando el protegido de los papas terminó de esculpir El Rapto de las Sabinas. O si la Federación de Atletismo sobreseyó o ignoró el daño que un cuarto positivo de Onya podía hacer a muchos de sus atletas federados. El atletismo es más importante que Coe y Gatlin (agrupados en esta línea sin intención alguna) o sobre si las avenidas desiertas de Pekin están pensando en los desfiles militares y no en los Campeonatos del Mundo.

Mi atletismo es sentir los vómitos de Carles Castillejo o los dolores de espalda de Borja Vivas. Es esa mano que sujeta el muslo de la sabina raptada.

 

Fútbol. Hala, ya lo he dicho.

No voy a escribir sobre qué me parece que el mundo esté aguantando la respiración ante la Copa del Mundo de Brasil 2014. Ya lo ha dicho por mí Issac Rosa en su artículo. No seré el coñazo antifútbol.

Cuando veraneábamos en aquellos ochenta del Valle Amblés, yo jugaba bastante al fútbol. El ser ya un atleta escolar me había regalado mi primer estirón (os recuerdo que empecé a correr para dejar de ser un niño de diez años con evidente sobrepeso). En los partidos en el pueblo agrupábamos los bandos en el simplista ‘los de Madrid’ contra ‘los del pueblo’. La verdad es que, al ser niños del baby boom, aquello permitía que salieran suficientes unidades como para partidos enteros de fútbol en campo grande.

Y en el campo grande que el pueblo tiene en las eras, lindando con unos pivotes de granito, aquella banda izquierda era dominio de Luis. Corría y recuperaba con suficiencia en medio de una adolescencia en la que los primeros alcoholes eran sintetizados por la edad. Correr me daba fondo como para subir, centrar y bajar a dar una amable tarascada a Ismael, otro amigo al que le encomendaban subir por su carril. Suyo o mío, no estaba muy claro.

Pero aquello era un juego. Entonces, jugábamos.

Lo que ahora entumece y ha convertido a la sociedad en imbéciles teledirigidos es un negocio.

Qué queréis que os diga. Me estomaga.

Se ha escrito mucho sobre la pureza de que te guste correr. Lo de ser aficionado al deporte más solitario y duro, sencillamente, no tiene sentido. Nadie es aficionado al ‘running’ sino que se abrocha un par de cordones y arranca a trotar.

Por contra, hay más gente aficionada a la pulsión de ver -incluso de hablar de ello sin verlo- esa mezcla de drama televisado y deporte llamada ‘el fútbol de los huevos’. Que ni siquiera se parece a ver chicos jugar en un patio de colegio. O entretenerse dando patadas a un balón desinflado en un pasto. Ni se parece a ese arranque puro de una niña a dar un puntapié a una pelota antes de que le enseñen que las chicas y el fútbol están destinadas a pelearse.

Porque esto va de eso mismo. No de sudarla un rato con doce compadres y de beber un trago fresco de agua o cerveza. Esto va de que las masas se agrupan en bandos religiosos. Se comulga con la camiseta, se idolatra a los jugadores que presumiblemente sientan cien veces menos la camiseta que un impago de su salario.

Y, creedme, si convertís el correr en algo parecido, os lo cargaréis. Corred. Es algo que un futbolero no entenderá porque le está costando, incluso, ponerse a dar patadas al cuero.

 

Cuatro fragmentos de la historia del atletismo

Start of Olympic marathon at Wembley Stadium, London, 1948. (7649951998) Fuente: WikiCommons, National Media Museum, UK.

Son cuatro trozos del deporte entre los deportes. Vídeos que hay que ver una vez en la vida, en mi opinión.

VIDEO 1. 3.000M OBS DE JJOO MOSCU, 1980.

Es una de las disciplinas más asesinas del atletismo, enmarcada en uno de los momentos en que este deporte quemaba. Por la política, por los programas de entrenamiento de Estado de las potencias del entorno soviético, por aquellos tipos que parecían embalsamar sus pies en zapatillas de clavos de aluminio. Para los de aquí, ver en una final olímpica a dos chavalotes como Domingo Ramón y Paco Sánchez Vargas peleando con nombres como Bronislaw Malinowski. Era la antesala al desembarco africano. Con fuerzas igualadas y elementos sueltos. Daba igual, algunos blancos corrían lo mismo que algunos negros. Y esto se demostró fatal tiempo después.

VIDEO 2. DUELO AL SOL, BOSTON 1982.

La masa desbordada como recuerdan las imágenes del combate Alí-Foreman o los italianos invadiendo la ruta del Giro de Moser contra Fignon. Eran otros tiempos y en el maratón de Boston de 1982 se produjo un duelo que hoy alcanzaría entidad cinematográfica. Alberto Salazar contra Dick Beardsley construyendo la cima del relato épico. Un calor extremo e inusual los hizo inseparables durante veinte millas para finalizar en esas calles abarrotadas. No fue la carrera más rápida de Salazar ni tuvo la rebeldía de un Prefontaine pegándose en la final de 5.000 de los Juegos del 72. El estadounidense de origen cubano daría más lustre a la esfera del jogging. Pero el Duelo al Sol fue un punto culminante de la primera época dorada del correr.

VIDEO 3. PREFONTAINE Y EL 5.000 DE LOS JUEGOS DEL 72.

Qué tiene Steve Prefontaine para la mitología del deporte es una cuestión que dividirá a los entendidos. La mitomanía desempolva aquel “corro para ver quién tiene agallas y quien puede castigarse a sí mismo” mientras que las estadísticas ordenan el escalafón relegándole a un cuarto puesto en una final olímpica. En cualquier caso, Pre se erigió como un corredor de los de tirar mientras pudiera, para reventar el pelotón. En ese cincomil se ve al chaval del bigote rodeado de avasalladores codos. El primer viaje se lo tira un Javier Álvarez Salgado que venía de brearse en los Europeos de Helsinki del año anterior con Emiel Puttemans, Lasse Viren o Mohammed Gammoudi. Esta colección se había visto las caras los días 31 de Agosto y 3 de Septiembre en las series y la final de 10.000. Viren y Puttemans habían corrido en 27.39 y desmantelado el récord del mundo. Una semana después ellos tres serían puestos a prueba en uno de los kilómetros finales más reñidos del atletismo.

Prefontaine comenzó a cimentar su parte proporcional en la épica del atletismo moderno con aquella estampa poco estética. El cine se encargó de trasladarlo de aquella manera en este otro vídeo. Al cine se le escaparon detalles más escabrosos pero ya se harían muchas más películas de drogas. El caballo tenía una cierta ventaja autodestructiva, un romanticismo que las autotransfusiones sanguíneas no tenían.

VIDEO 4. GRAND FINALE MARATON LONDRES JUEGOS 1948

Londres había vivido en 1908 el drama en forma de la inolvidable llegada de Dorando Pietri al estadio de White City. Décadas después, con el mundo más acostumbrado al sufrimiento del ser humano (dos guerras mundiales vividas en treinta años), se vivió una situación asombrosamente parecida. Después de 42 kilómetros llegan los primeros clasificados de la prueba de maratón. El corolario del atletismo que embarga a los espectadores.

El vídeo, de una factura técnica impecable, muestra el desfallecimiento en la entrada en meta del líder de la carrera, el belga Etienne Gailly. Gailly soporta la primera parte del colapso, que a otros les conduciría a la sala de las luces incandescentes. Pero el hasta ahora líder es teniente paracaidista y viene de participar en la Segunda Guerra Mundial. Su enfrentamiento con la agonía viene de lejos. La ha visto demasiado erca. En esos mismos momentos entra en el estado el argentino Delfo Cabrera, que venía a escasos metros de Gailly. Toma la cuerda para colocarse en cabeza del mayor de los eventos olímpicos mientras el europeo muestra más síntomas de colapso. El galés Tom Richards, un estajanovista de estilo discutible, un representante del atletismo de la clase obrera galesa, le birla la plata mientras el walón termina con su bronce en una camilla, absolutamente vencido por el esfuerzo y el calor de la prueba. Correr un maratón olímpico a las 15h30 de un 7 de Agosto del hemisferio norte no ha sido, desde entonces, una buena idea.

Os dejo con esos cuatro vídeos. Copa de vino en mano y la boca abierta.

¿Quién está detrás del running? Los grandes nombres

Mary.

Mi twitter me insiste en que debo seguir a Mary Wittenberg. En el nombre de Dios, ¿pero quién es la señora Wittenberg?

Mary es la heredera de las funciones que dejó más que encarriladas aquel mítico personaje de barba y gorra llamado Fred Lebow. Es, efectivamente, la CEO (presidente ejecutivo, en las siglas en inglés) del New York Road Runners. En conclusión, es la cabeza que mueve los hilos del maratón de Nueva York. El evento más famoso de todo el mundo de los corredores. Probablemente por encima de campeonatos oficiales.

Más que cuando Madonna sale a trotar al parque.

Las gestiones de Mary tienen como consecuencia directa la seguridad y ocio de 300.000 corredores cada año. Desde su sede en lo más granado de Manhattan, frente a Central Park, coordina su agenda para poder firmar contratos que garanticen millones de euros a una maquinaria. La laufmacht que saltó por encima del caso Sandy, el huracán que pareció estropearlo todo.

Tendré que añadirla a mi trend line. No todos los días te recomiendan que sigas a alguien que mueve trescientos cuarenta millones de dólares en su ciudad. Ni deja casi once millones de pavos en tax revenue (cifras de 2011).

 

Jos.

 

¿Está Jos?… Espero. Gracias – me atienden al telefonillo de entrada. Estoy de visita.

Jos Hermens. Fue atleta del año en los Países Bajos en 1975. Como por ese lado no llegaría muy lejos en el olimpo atlético, a pesar de acudir a los Juegos de Munich’72 (corría 5.000 y 10.000 en un nivel moderado para Europa) pronto se labró un prometedor oficio. Trabajó en Nike hasta 1985. Posteriormente se haría manager de atletas. Fundó la poderosísima Global Sports Communication. Sus clientes son hoy día chicos como  Haile GebrselassieKenenisa BekeleEliud Kipchoge o Gabriela Szabo.

Hoy hablamos de que el FBK Stadion de Hengelo ha logrado parar los proyectos de todo un equipo de fútbol. Mantendrá la pista de atletismo donde se celebra una de las grandes reuniones de atletismo del mundo. Ha dirigido los destinos de un maratón de Amsterdam que pasó de la crisis a ser esponsorizado por ING. Y su listado de atletas representados se trajo de los Campeonatos del Mundo de Moscú un buen botín. Tres oros, dos platas y cuatro bronces.

¿Y más cerca?

Se ha hablado mucho de Antonio, casi más que como cuando era maratoniano. Antonio Serrano fue el primer español que dio un bocado a las dos horas y diez minutos en maratón. Su récord de España de 1994 queda muy lejano aunque sigue asustando al 99% de los atletas actuales. Posteriormente se ha convertido en uno de los más prolíficos y sabios entrenadores de atletismo de élite. En su grupo corren y sufren a diario campeones como  Juan Carlos de la Ossa, Alessandra Aguilar, Diana Martín, Chema Martínez o Juan Carlos Higuero.

Podría ser otro perfecto ejemplo de la dedicación al deporte rey. De una presencia silenciosa que sigue fabricando generaciones de figuras para ese fantástico hobby que es ver correr a los mejores.