Papá salta, mamá lanza

Cuando Daniel Rudisha consiguió para Kenia el bronce en los Juegos Olímpicos de México 1968 no podía pensar que le nacería un hijo al que dejaría de nombre David. Tampoco tendría en mente que le traspasaría una genética capaz de destrozar el reino de los 800 metros. Unas horas en avión más hacia acá, el mito británico de los años ochenta en esa misma distancia, Steve Ovett, tiene un hijo llamado Freddy que despuntó en atletismo y ahora es ciclista profesional en el Australian Cycing Academy.

Papá muchas veces corre mucho más de lo normal. Mamá salta. O lanza. Quizá ambos tiran a canasta. Joe Jellybean Bryant, el elegante alero de los Philadephia 76ers de los lejanos y revivaleros años setenta, es el padre de Kobe Bryant, cuyos méritos triplicaron los del hoy entrenador. El saltador de triple Mike Conley, monarca coronado con  oros y podios llenos de metros y centímetros, tiene un hijo que juega de base en los Memphis Grizzlies. Y así tantos.

De vez en cuando todo encaja. Un bebé campeón recibe el don de alguno de sus progenitores, también de oro. Y empezamos a hablar de una saga deporte. Ese ejemplo de todo aquello que nos subyuga porque somos así.

Padres, hijos, matrimonios, sagas, dinastías. La convivencia diaria, las competiciones en las que se comparte tanto tiempo, los lugares comunes donde chicos jóvenes se conocen y hablan de tanto entrenado, tanto sufrido. Pero jóvenes, al fin y al cabo. Emil Zatopek se casó con la lanzadora de jabalina Zana Ingrová y unieron sus oros olímpicos del mismo modo que Pablo Villalobos y Amaya Sanfabio, o Isabel Macías y Luis Alberto Marco han puesto sus semillitas para el comienzo de una más de las sagas que surgen del deporte.

En el primer caso ese matrimonio no derivó en un talento heredado, ni siquiera en hijos. La posguerra y la dureza se impusieron. Pero quién sabe si los nuevos y saltarines Villalobos-Sanfabio o los Marco-Macías serán talentos a seguir. Solamente cuando el azar y la combinatoria genética se ponen de acuerdo surgen las condiciones ideales. Y entonces mamá campeona tiene una criatura que será supercampeona. Papá y sus ratos entre medalla y medalla ayudan a criar otra criatura que llenará portadas y columnas.

A veces es todo más complejo. La ciencia, por fortuna, no es una ruleta trucada donde siempre hay premio. El proceso genético nos depara sorpresas y es muy conveniente que todo siga así, según mi humilde opinión.

Pero sí. De vez en cuando todo encaja. Y la imagen de mamá en el podio o papá estirando se reproduce años más tarde y nos regalan chispazos de flashback deportivo de primera magnitud. Así surgen la hija de Muhammad Ali, Laila Ali, atronadora campeona que sobrevivió al peso de su herencia repartiendo puñetazos como figura dominante en el peso crucero. La docena de hermanos Amat que reinan en el hockey sobre hierba hispano. Qué decir de un tenista llamado Sergey Sergeevich Bubka, hijo del Sergey Bubka, mismísimo zar del salto con pértiga.

Los apellidos míticos nos hacen saltar de una generación a otra. Sean Van Avermaet, Cruijff o Andretti. Los jóvenes rastrean la wikipedia y se sorprenden de descubrir padres como Dell Curry o Perico Alonso, porque detrás del irrepetible Steph Curry hay un alero tirador. Quien llevaba al colegio a los chavales era un mediocampista que también se apellidaba Alonso, como Xabi o Mikel y que jugaba en campos embarrados y salía en los cromos de las ligas que coleccionábamos los padres.

Del mismo modo, los más maduritos suspiramos, conscientes de nuestra vejez, cuando descubrimos gente de la edad de nuestros hijos que ya triunfan como el pertiguista Steve Hooker, hijo de Erica Hooker, pertiguista también y pentatleta; los chavalotes que tuvo la velocista británica Wendy Hoyte o ese prodigio de hijo vallista que tuvo la heptatleta rusa Natalia Shubenkova y que trae mártir a Orlando Ortega bajo el nombre de Sergey Shubenkov.

¿Por qué demonios tenemos que observar desde lejos esa acumulación de talento? ¿Por qué ellos y no uno de nuestros hijos, ese que está tirado dejando pasar las horas con el móvil en la mano? Son las circunstancias, las injusticias del tiempo. Aun así, dentro de cada época todo queda resumido a un chispazo casual. Cuadras como los Ingebritsen solamente son excepciones. Además, si nos enteramos de cómo unen a la familia las palizas a entrenar y los berridos de un padre sargento de marines, probablemente nos traeremos un saco de dudas al artículo. Las fórmulas mágicas, para la química.

Pongámonos en la piel de un campeón. ¿Desearíamos para nuestros hijos todo eso que sabemos del deporte de la más alta exigencia? ¿Decimos a la Shubenkova que un complot de la Federación Internacional privó a su Sergey de competir bajo la bandera que tanto sufrimiento le causó? ¿Con todo lo que un deportista ve y oye? Es complicado sopesar relumbrón y martirio. Son las sombras de las que nadie habla cuando se oculta el oropel que se hace pasar por kilates y kilates de oro.

A veces los niños odian aquel padre que estaba siempre viajando. O temen como adolescentes que la gloria de la madre duela tanto como esos primeros entrenamientos. Si la ciencia no es una lotería trucada, el entorno y las circunstancias, benditas ellas, son las hadas madrinas de la diversidad. La madurez hace recapacitar a los hijos. El paso del tiempo les lleva a ojear aquellos álbumes de fotos en los que brillaba la cuadra familiar. Por fortuna nunca es tarde para calzarse unas zapatillas.

Un tío monumental

Hoy se corría el medio maratón de Ávila. El Monumental tiene un significado especial para nosotros, los Arribas. La prueba que organiza el club Ecosport de la vieja ciudad castellana es, por decirlo de un modo amontonado, un buen resumen de los 77 años que ha vivido mi padre en ella y sus dominios. Amontonando todo llegamos a la edición de este domingo y a un señor padre, el mío, que ha llegado a meta mientras yo preparaba la comida a 120 kilómetros.

El auténtico Luis Arribas sigue cumpliendo años desde un diciembre de 1941 en el que su padre, mi abuelo, tuvo que abrir un camino en la nieve para ir a buscar la partera del pueblo. Por Ávila corrió en los años de escolar y a sus calles regresó en cuanto empezó en la cosa del running en aquellos 80. Con el paso del tiempo más despacio, afortunadamente, pero cumpliendo con el calendario provincial.

Pero el calendario hoy le ha dado una patada en el culo.

“¿Está papá?. ¿Qué tal os ha ido?” – pregunto a mi hermana. Otra que tal baila.

Ya hace un par de años renunció totalmente a correr un maratón más. Dos horas y pico se le iban haciendo largas y, ley de vida, cada año recorría menos kilómetros en ese tramo. Desde nuestro último maratón juntos se veía más y más atrás. Unido a sus problemas de visión, entre tropiezos y badenes iba zarpaleando por las carreras populares urbanas. Y los reglamentos, ay, los reglamentos. Los tiempos eran implacables, que para algo vivimos en España. Irónicamente, ahora llegaba el momento de ir vigilando a la ambulancia de cierre de carrera.

“Huy, cada día corro menos. Ni el trofeo al más viejo -en casa se dice viejo- me han dado”.

Había quedado el último de todo el pelotón. En el paso por el control de la Plaza del Mercado Chico, frente al porticado del Ayuntamiento de la ciudad, las chicas del contingente de voluntarios habían echado a trotar con el Arribas creador de esta dinastía de rezongones. Ya nadie más quedaba en carrera tras un pelotón de un millar de monumentales. Le habían acompañado hacia la catedral, luego a San Vicente, con cuidado de levantar los pies por el adoquinado de la monumental carrera, y encarado finalmente la ronda de la muralla hacia abajo.

“No me digas que había otro más viejo que tú”, pregunto.

La entrada en meta en la explanada del palacio de Congresos es hoy un espacio ya medio vacío bajo un cielo encapotado que mira hacia abajo como riendo y empezando a bufar. Mi padre llega a meta rodeado de las chicas que le han acompañado hasta ella. Le colman de abrazos. Es un momento delicado. Pocas veces se ve a Luis abatido pero hace unos meses que hemos perdido a mamá, a la Flora.

Y queda en pie en el arco de meta entre mozos y le echan una mano con la mochila de la ropa. Todo discurre con rapidez porque la entrega de premios está en marcha. La carrera llama a Jose Luís, como más veterano de la clasificación. No es él. Mi padre pregunta pero le comentan que ha llegado fuera de control.

“Será por carreras. Vas a tener que apuntarte a las dos o tres grandes de las ciudades en las que dan hasta tres horas, hombre.”, le ofrezco.

Pero es granítico. Creció en un pueblo en la fachada norte de Gredos en la mayor era de guerra y hambre combinadas de la península. Su tío Tomasillo cogía un burro y un carro y bajaba a comprar verduras y fruta a los barrancos del sur de la montaña para abastecer a niños que salieron para arriba de aquella manera.

“No hago ya más medias. Se me hace muy largo. Voy para viejo”

A las dos horas me llama Longi. Es la presidenta del club Ecosport. Es un sol. Que ha hablado con mi padre esta mañana. Ella fue quien le transmitió los resultados de ese trofeo honorífico que tanto seduce a los corredores veteranos. Que ha estado revisando las clasificaciones oficiales. El tiempo de chip le da dentro de control. Por eso me llama. Tiene además la prueba del delito. Me manda la foto que tenéis a continuación y en la que también se confirma una cosa: su tiempo es 2h29 y está dentro de control con todas las de la ley.

Hay que volver a llamar al nominado como ganador y que nos mande ese trofeo tan especial. Al menos este año el corredor más viejo en meta sigue siendo el Arribas chiquinino.

Así que ha esquivado la patada en el culo. Otros lo llamarán justicia poética. Alguno (él mismo) dice que si ha llegado fuera de control, que fuera de control. Quizá tengamos un argumento para convencerlo. Yo creo que un año más podremos sacarle algún dorsal para ese calendario de primavera: o Latina o Getafe, quién sabe. Hay que pensar que el monumental sigue siendo el único y auténtico Luis Arribas (Padre).

La trilogía de otoño

El entretenimiento del verano en muchas casas se circunscribe a mandar por whatsapp toneladas de bites con las fotografías que van cayendo durante las vacaciones. En otras se engrasan las botas de esquiar y en alguna que yo conozco se huye del calor pensando qué modo hay de cuadrar un par de carreras o tres que ya asoman la patita con la edad, el estado físico y la caída de las mieses.

En particular a mí el calor me sirve para tomar los trotes con extremada calma. Pero he visto caer generaciones enteras de guerreros y les comprendo cuando me expresan su queja por aquellos setiembres que no volverán. Yo sigo con esas carreras hechas disimulando y que muchos llaman entrenamientos porque las han insertado a modo de sesiones organizadas y sistemáticas. Sé que, si yo me atuviese a un plan, terminaría discutiendo sobre cuántos días a la semana aguantan mis tendones. También discutiría con los propios tendones y me convertiría en el idiota que va y viene.

De entre esos debates entre seres imaginarios, sin ningún género de duda la discusión más sabrosa sería la que tendría con el eventual entrenador (aviso para navegantes que ya lanzo desde aquí), alrededor del sentido que tiene correr tres carreras en cinco semanas. Tres carreras largas. Muy largas, mejorando lo presente, y en entornos de dudosa idealidad.

Tinto versus corredor.

Aunque no. Creo que las tres palizas a las que me he inscrito se celebran por paraísos, cada uno a su manera. El próximo sábado 16 de septiembre se celebra la primera edición de la Ribera Run Race. Para los amigos, la Ribera. De las dos distancias de la carta, 51 y 20, evidentemente, me he inscrito a la primera de ellas. A la más acorde con mi ritmo y planteamiento de carrera y a la que me permite visitar más bodegas de esa denominada milla de oro de la ribera del Duero.

Porque se ha diseñado -y aquí viene el encanto- acorde con el formato del maratón de Medoc. A saber: cada avituallamiento coincide con ese territorio celestial llamado celler en Cataluña, cellar donde los ingleses y chateau ahí un tanto más arriba. Es de esperar que los promotores de la idea tengan unas ganas explosivas de que nuestro calendario sume una prueba vinatera más a las ya existentes. Los inscritos pondremos lo nuestro. Estimaciones hechas a sobaquillo dan la cifra de un corredor de élite por cada cuatro corredores concienzudos, serios y sufridores de la senda, y  treinta espabilados que correrán de copa en copa… hasta la copa final.

Según las leyes de la biomecánica, mis piernas y mis filtros quedarán suficientemente sometidos después de correr 51 kilómetros por viñedos y de jugar al escondite por las barricas y despalilladoras. De ahí que ningún entrenador se atreva a dar un céntimo por la continuidad de mi septiembre.

Y no será porque no me han llegado propuestas.

Monte versus tinto versus corredor.

Existe un refugio en la montaña en el que todavía no han encontrado sitio para subir barricas de vino. De ahí que tiren de otros muchos encantos y conviertan el Prat d’Aguiló (a 2.010 metros) en un nido de reposo para los que bajamos tundidos por el ascenso al Pas de Gosolans.

Mi idea es llegar a ese refugio una semana después de correr la Ribera. Se trata del Marató del Pirineu, un evento especialísimo que organiza Salomon Running y al que acudimos prendidos del paisaje y por comprobar esos sistemas de medición que estiran hasta 45 kilómetros la palabra maratón.

El año pasado corríamos viendo como se levantaba la niebla de las voces que iba pegando Raúl Gómez, Maratón Man o también ‘raulito, calla‘. Este año las agendas le sitúan en otro punto del planeta. A mí se me sitúa en el punto exacto previo al rostizado. El remedio para que no se me desinflen las piernas bajando por las vertientes del Segre será ponerme paños calientes y comer muchas lentejitas durante toda la semana posterior a la expedición de Peñafiel y alrededores.

Nada de esto tendría sentido…

Nada de esto tiene sentido. Mejor así. Ni es un reto ni es un proyecto solidario ni se intenta impresionar a nadie. Ni hay que imitarlo ni superarlo. Ni mi planteamiento es mejor ni más divertido que el de otro. Ni sé si sacaré de todo esto más que pinchazos localizados entre un tendón y una lágrima.

Solamente aprovecho la posibilidad de viajar y escribir sobre ello. En el diario El Mundo y su suplemento dominical ZEN mantienen ese esquinazo para los amantes de correr sin talento ni piedad. En la revista Runner’s World gustan de las expediciones de uno. Así que las tendréis en los formatos habituales.

Con estos ingredientes únicamente me quedaba saber si habría un remate especial a este otoño de 2017. De tal manera que aprovecharé la primera semana de octubre para correr el maratón que se organizaba por primera vez en 2016 con llegada en la ciudad hebrea de Silo (Shiloh). El Bible Marathon y sus cuestas y paisaje extremos tendrá lugar dos semanas después de correr en los Pirineos. Siendo correr, de nuevo, un eufemismo generoso que tengo que usar porque, de una manera u otra, corro todavía bastante más que camino.

A Cisjordania, pues. Y es que el argumento de la historia no es pocho. Tras la batalla de la tribu israelita de Benjamín con los Filisteos, mandaron a un mensajero a la ciudad de Silo con el cometido de avisar del resultado de la contienda. En efecto, el uso de correos a pie no es algo que se circunscribiese a los griegos y Filípides solamente apareció a ojos de los hombres contemporáneos antes que otro pobre soldado con capacidades atléticas.

Qué suerte tuvieron en la Antigüedad al no tener entrenadores. Ni twitter. Les habría caído fina.

De todo lo demás sólo puedo prometeros mis palabras. Habrá cumplida información según vayan alineándose los astros.

Prometían barro

Prometieron barro. Tormentas. Decían que habría tales ríos que correrían saltando por encima de los cordones de nuestras zapatillas. En los generadores de noticias se anunciaba tal tormenta que no podía menos que salir a correr. La épica y el sufrimiento para sacudirnos la monotonía urbana de un martes sin trascendencia.

Les contaré. Me calcé las zapatillas más toscas de mi colección. No hubo barro ni caídas. La tormenta fue breve y más refrescante que apocalíptica. En su lugar, había conejos correteando a pesar de ser un monte absolutamente sumido en un entorno urbano. Había jaras en flor, tomillos efervescentes, aulagas tintineantes en amarillo y una oleada de verde por debajo del piso de pinar. Surgían los rayos de sol por detrás de nubes grises. Había goterones que permanecían con una pereza matinal enganchados a las acículas y en las telarañas expansivas de los dientes de león. Agujeros en el terreno porque hay grupos de jabalíes que madrugan más que los corredores. Amapolas libertarias que deciden todos los años que los límites del bosque son una divertida frontera y se la saltan, rojas de alegría. Había, por terminar, todo un cesto de sensaciones que nada tenía que ver con la épica de las camisetas hechas jirones ni con las piernas seriegrafiadas con arañazos.

¿Qué falló? ¿Es que tenía que fallar algo, en realidad?

Las zapatillas volvieron a casa sin esos pegotes de barro que conforman la pornografía de nuestros instragram (sobre los que hoy Gema García Marcos se extiende) y las frases de nuestros tweets. Al contrario, traían adheridos pólenes de las margaritas salvajes y restos de algunas espigas de un tramo de senda invadido por el verde. Traían salpicaduras de un barro negro que se forma en círculos, como tomando un baño en una balsa imaginaria en las hondonadas de dos o tres caminos principales.

Para un corredor que viva cada zancada con la intensidad del asalto a Troya puede que fuera una decepción. El set de imágenes que se llevaría en su móvil no captarían ni la mitad de los matices y seguramente serían borradas a golpe de dedo. Para un capitán américa de las sendas, el madrugon terminaría sin esa explosión del cielo y sin truenos tan deseados. Pero en esto de correr cabemos todos y cada uno ya tiene sus oportunidades de gloria. La gracia es que otro segmento disfrutó de ello. Dos parejas de tipos que saludaban, trotando despreocupados y con una sonrisa de cuarto de sandía en la cara. Con la sudadera anudada al culo. Despacio. Sin fotos. Dejando todo ahí a la espera de que la próxima semana nuestro clima se levante un día áspero y difícil de tragar.

Yo preferí pasar corriendo lo más silenciosamente que me fuera posible. Me traje aspectos y partículas del terreno no esperados. En apenas dos horas, el pronóstico de la épica de los rayos y truenos se quedó para los manuales de Caspar Friedrich y sus cuadros llenos de acantilados, hielo y nubarrones. La expectación del drama varía mucho dependiendo del lugar en el planeta. En este caso, nada pasó en una ciudad mediana de un país tranquilo del modosito Primer Mundo.

Simplemente llovió algo menos de lo esperado.

[Publicado en el suplemento El Mundo ZEN el 29/04/17]

Del corredor, hasta los andares

CHARCUTERÍA BÁSICA DEL CORRER

Mientras tecleo estos párrafos tengo no menos de cuatro molestias físicas asociadas al trote gorrinero. Dos de ellas en las ancas y dos en el tronco. Correr duele. Y hay que saber identificar dónde le duele a uno cuando acude a ese especialista de la fisiología del corredor: los aquiles, rodillas o abdominales cruzados. En plata, traducciones de la babilla, el zancarrón o el secreto. Se me sugirió despiezar los dolores del corredor de una manera cómoda de entender. Y hay donde elegir. En un kilómetro golpeamos el suelo unas 730 veces, y mis setenta y tantos kilos, multiplicados por dos en cada aporreo, se convierten en 130 toneladas de carga. En seis minutos de trote. Para no doler.

Según el Ministerio de Agricultura, los españoles comenzábamos el año dispuestos a consumir 2.200 millones de kilos de carne. Qué mejor aprovechamiento entonces que ese archiconocido diagrama del mamífero del que más material y energía extraemos. No hablo del cerdo sino del ser humano en zapatillas de colorines. Así que sacamos el cuchillo y desmembramos pedagógicamente al corredor aficionado de arriba a abajo. A remangarse tocan. Cojan un delantal y una redecilla para el pelo.

Despiece_cerdo

Aguja, Paleta, Presa y Secreto

[Tendinitis cervicales / Tendinitis del hombro / Dorsalgias].

Vamos con tu parte más jugosa. Correr de modo descoordinado y sin una técnica adecuada hace que forcemos con movimientos lesivos para los tendones del hombro. Tu carnicero de cabecera (alias, fisioterapeuta) dirá que tienes poca chicha en el tren superior. No sin razón, puesto que el grueso del trabajo de correr se lo llevan las piernas. A pesar de ello, haz caso a este especialista de la carne roja y fortalece todo el grupo de magro que tienes entre los hombros, lumbares y abdominales. Evitarás rigidez y dolores en los músculos del cuello y la sensación de molestias cervicales que no son sino una señal de debilidad. El braceo más o menos intenso de tu correr tira de un grupo de cuatro músculos que rodean la escápula o paletilla. Fundamental cuidar, según el Doctor Hernán Silván, un músculo como es el dorsal ancho que se encarga de “la extensión, aproximación y rotación interna del hombro y la importante extensión de la columna cuando intervienen a la vez los dorsales anchos de cada lado”. Yo me sentaría un rato con un especialista en el despiece del deportista y aprendería el papel de los grandes tendones y músculos de nuestra paletilla en la mecánica de la zancada. Si trabajas sentado e inclinado hacia delante eres pasto de dorsalgia interescapular, una especie de quemazón entre los omóplatos, como si estuvieran arrancándote la carne a tiras. Toma nota además de los músculos infraespinoso y supraespinoso y comprende por qué es tan apreciada la aguja en el fileteado.

Lomo bajo / Panceta.

[Cadera / Pubalgias].

Llegamos una de las zonas del rocanrol doloroso. Del mismo modo que eres capaz, casi de memoria, de enganchar un cuarto trasero de pollo y separar muslos de contramuslos, tócate y aprende de memoria cada uno de esos tendones gruesos y músculos de tu pubis, glúteos e ingle. Desde los piramidales y aductores o el tensor de la fascia lata hasta el iliopsoas. Comprende cómo los grandes nervios nacen de las vértebras lumbares para recorrer todo el tren inferior. En cualquier caso, la mayoría de los dolores del pubis y caderas del corredor popular no vienen por roturas musculares ni producidos por contracciones o rotaciones explosivas. Somos mamíferos de fondo, no de sprint. Los dolores llegan por la repetición continuada de nuestra zancada, por la repercusión del impacto en el suelo de miles de zancadas. Aún así, aparecen lesiones en la cadera producidas por giros bruscos o contracciones excéntricas y, relacionadas -ay- con la edad, las temidas bursitis de cadera, esos dolores por desgaste de la protección ósea de la cabeza del fémur (el trocánter). Aprovechemos la posición erguida del homínido frente al gorrino y trabajemos los abdominales y lumbares con contundencia. Qué menos que una vez a la semana. Tener un núcleo central abdominal compensado evita muchas visitas al veterinario. Y, de nuevo, moderar esos entrenamientos y buscar variación y superficies de pisada lo más naturales posible.

El sagrado Jamón

[Isquiotibiales / Cuádriceps / Vastos / Cintilla]

Casi la mitad de los dolores se acumulan en esos muslazos que nuestros padres nos legaron. No hay músculo de esta particular carnicería que no se vea afectado por el sobreentrenamiento, la rotura de fibras o la contractura. Pensamos que nuestros patas negra es indestructible y, la pobre, es ignorada cuando la realidad es que supone nuestro sostén de por vida. En ocasiones traemos alguna tara postural o venimos un poco peor rematados que nuestros héroes olímpicos. Pero reconociendo nuestros límites podremos evitar un póker de dolores jamonchiles. Entre otros, lesiones por estrés y falta de elasticidad en los isquiotibiales, que son los encargados de flexionar la pierna en la zancada (no confundir con el dolor ciático, que también molestará cuando estemos sentados). Por hacer el Bolt o a raíz de la participación en trotes por la montaña aparecerán roturas en el cuádriceps al esprintar o dolores entre rótula y fémur por cuádriceps debilitados. Irritación por sobrecarga en la cintilla iliotibial (no confundir con la cinta de lomo) o las lesiones en los vastos internos por sobrecargar con nuestros kilos de panceta y chichas la musculatura que detiene nuestra caída de morros.

Ese Codillo

[Hueco poplíteo / Rótula / Meniscos / Patologías de la rodilla]

Bajemos a comprar el hueso que más sabor da al caldo. Según el barrido estadístico de R. van Gent sobre la base de datos científica PubMed, los de rodilla (en concreto el patelo-femoral, justo bajo ella) son el 79% en los casos tratados en artículos sobre lesiones del corredor. Se nos desgrana un rosario de dolores en todos y cada uno de los ligamentos que rodean la rodilla, a los lados o por detrás, cruzándolos, tirando de ella, flexionándola o sujetándola. Por nuestro oficio, han dolido y mortificado a quien corre desde que el mono se tiró árbol abajo.

Para evitar algunos riesgos hay que prepararse. Por delante, siempre, saber bajar la intensidad de los entrenamientos ante la menor señal. El codillo no bromea con el desgaste: es tecnología cárnica alemana. Tampoco está de más protegerlo con algún refuerzo externo si empezamos a correr sobrados de kilos. Contrariamente a lo que se podría pensar, llega un momento en el que perderemos masa muscular en alguno de los músculos que liberan de trabajo a los tendones. Sí. Primero las tonificamos pero también perdemos músculo en esas piernas que son acero para los barcos. Por tanto hay que combinar ejercicios que fortalezcan esa zona que no usamos. El desgaste de la patela (la rótula) contra el fémur es inevitable pero se puede mitigar. Los cuidados y la prudencia harán algo en nuestro favor aunque hay que apañarse con el cartílago y ligamentos que traemos de serie. Aliados del carnicero son, en este caso, el trabajo de fuerza y la técnica de cómo pisar en carrera. El fisiólogo J. Sinclair lleva tiempo demostrando que la mejora en la técnica de pisada reduce la agresión a la rodilla. El cirujano es, en este caso, como el empleado del matadero. Cuanto más tarde tenga que intervenir, mejor.

Zancajo o Zancarrón / Pezuña

[Sóleo / Aquiles / Fascitis / Uñas negras]

El brazo de palanca que impulsa ese corpachón cárnico es un sencillo juego de cuerdas que une el talón con la pantorrilla. Ahí se localiza el tendón más grueso del cuerpo. El tendón de aquiles, que no baja de 4 centímetros de grosor y que soporta toneladas de fuerza sin quejarse. Cualquier observación de un muslo de ave o de zancarrón de un mamífero lleva a admirar ese tendón imposible de cortar una vez pasado por el horno. Sirva como metáfora esa indestructibilidad para entender que es nuestra biela y que nos ha de durar cada kilómetro que corramos. Los músculos inmediatamente superiores o sóleos son los primeros que sufren de sobrecarga, contractura, pinchazo o roturas de fibras. La irritación y posterior dolor tendinoso del aquiles son el segundo apellido de cada uno de nosotros. No hay deportista que no haya sentido cierta molestia en su vida atlética en esa barbaridad de correa que se inserta en el talón.

No se vayan todavía, aún hay más ofertas. Por debajo del tendón aquíleo llega la sufrida pezuña del aficionado a la zapatilla. El haz de fibras que protegen la planta del pie del suelo de nuestro terreno de juegos particular, la fascia plantar, ha de ser flexible y a la vez resistente. De lo contrario, la maldita fascitis nos dejará apenas posar la patita para torturarnos con una lesión de larga curación. Los dedos se apiñan en la parte interior de una zapatilla y las uñas terminan sufriendo las consecuencias. Un cromo porque, además, el 80% largo de los corredores pisamos dejando caer el peso de nuestro cuerpo sobre el pie, en lugar de impulsar grácilmente desde la parte media del pie hacia delante. Pocas veces es tan cierto que nos gustamos pisando. Quizá como un consuelo ante nuestro talento natural relativo y saleroso. Ya dicen: “del runner me gustan hasta los andares”.

A vueltas con otras 24 horas

Determinado como está el futuro en hacerme las cosas difíciles, me planté en las primeras semanas de Febrero con una cosa en la cabeza: por encima de todo tenía que sobrevivir a las tentaciones de inscribirme en muchos berenjenales. La ruleta rusa de mi forma física o, más bien, la existencia o no de dolores incapacitantes era un juego peligroso del que no sacaría nada en claro. Dicho de otro modo, no podía andar con el bolo colgando porque, el día menos pensado, mi famosa resistencia se podía ir por el agujero del desagüe.

Todo el mundo sabe que los propósitos buenos duran tres asaltos. Si uno no cuenta con el valor y persistencia de, por ejemplo, mi terapeuta, que dejó de fumar contra viento y marea, ocurre como con esa frase lapidaria que emití comenzando el año: “se acabó la bollería industrial”. Les resumo: todo se tradujo en una recaída y picado en barrena.

El mundo de las carreras atractivas se entrelaza con muchos compromisos periodísticos. También se entrelazan en vino tinto con las sesiones de cocido o chuletón. Lo sé. Son celebraciones a las que me anoto con todas las de la ley. El maratón de Sevilla era una simpática visita obligada. Pero luego (ay, los perlouegos). Miren, yo luego tenía pensado ir poniendo caritas hasta que llegase el calor y luego alegar incapacidad térmica. Y tomarme un 2017 moderado.

Pero llegó el anuncio de Carlos Aguado. Carlos Zanoni es un pinteño conspirador y al que le veo los cuartos traseros en las carreras desde hace una década. Se organiza una prueba de 24 horas en su localidad. Herencia directa, asumo, de las dos ediciones que organizamos en Torrejón de Ardoz (2008/09). En esencia, un circuito sencillo, corto, al que se han de dar vueltas acumulando kilómetros como si fuéramos los coches de Le Mans. Sus boxes, su zona mixta y sus cuerpos exhuberantes.

¿Cómo me voy a resistir?

Para recién llegados, imaginen un formato de competición en el que la distancia no es fija. No hay diez, veinte o cuarenta y dos. Se mide la distancia a recorrer en un tiempo determinado. Seis, doce, veinticuatro horas… hasta unos Seis Días existen y que rememoran mucho del viejo ciclismo en pista. Ese de los velódromos llenos de humo de tabaco y de gradas con señores embutidos en abrigos y gafas de pasta negra.

¿Qué puede tener de atractivo para un corredor el hecho de no tener una distancia fijada para detener el cronómetro y, en cambio, vagar dando tumbos por una horquilla de tiempo tan amplia como un parto?

La idea es sencilla. Se cruza un límite. Si hasta hace unos años la distancia del maratón ya suponía una consecución del ser humano, la popularización de las distancias más allá del mismo sacaban al deportista a la esfera del aventurero. Es evidente que en el listado de inscritos figuran tragasables del asfalto y que se genera cierto vacío al pensar qué hacer durante todo un puñetero día. Tener un enfoque realista ayuda mucho. Pongámoslo como consejo fundacional de un set de emergencia que he ido acumulando con los años (ojo, apenas he participado en un par de carreras de tiempo o tres).

El enfoque realista que les menciono. Saber que estaremos un día en el campo (vale, en un circuito) sin otro entretenimiento que nuestra maravillosa estupidez favorita. No quiere decir que correremos durante veinticuatro horas. Les confesaré que no es esa la sensación que transmiten incluso los grandes bestias internacionales del ultrafondo. Sí, corren sobre ritmos sostenidos pero no asustan. La diferencia es esa realidad: nosotros tendremos que parar una y cien veces. Avituallaremos de pie o sentados. Quizá nos tumbemos a estirar las piernas un rato con todo el día por delante. Caerá un sueñecito porque, ya me dirán, qué coño hacer cuando cae la noche sobre el circuito y uno lleva quizá doce o trece horas en movimiento.

Esa misma visión dominguera de nuestro límite físico será una garantía. Evidentemente no nos acercaremos a los doscientos kilómetros que suelen hacer los vencedores (relea este párrafo si lo desea, porque el siguiente le mareará). Nuestro ir y venir nos permitirá pasar del primer al segundo maratón. Disfrutaremos del ambiente. Charlaremos con gente que nos come vueltas o a los que se la recuperamos. Porque a lo que más se parece una prueba en un circuito es a un día de barbacoa.

Y esto le resta tensión y trascendencia. Rebaja el alcohol de los combinados que quitan la sed a los corredores. Provoca que, por un lado, uno desencaje la mandíbula al ver que las ultrafondistas japonesas Mami Kudo o Sumie Inagaki superaron los 240 kilómetros en un día y, al mismo tiempo, las ganas de pitorreo puedan hacer que compartas uno o dos giros a medianoche con el líder de carrera. Por la sencilla razón de que se trata de una carrera de resistencia, no de ritmo.

La resistencia del ser humano. Nadar de un barco que se hunde y lograr que esa fina franja de horizonte se convierta en tierra firme salvadora. Deslizarse sobre raquetas o esquís para atravesar una isla helada desde un naufragio. Aguantar caminando o parapetado detrás de una pieza de artillería mientras el enemigo masacra las posiciones. No comer y no comer y seguir sin comer porque otros seres humanos así lo decidieron.

Resistencia amable y voluntaria frente a los cronómetros y los neologismos. Echen cuentas con que se trata de ese mismo grupo selecto de antiguallas en las que sobreviven las clásicas ciclistas, los derbies de caballos y las romerías de los pueblos. Caballos, gente en camisa blanca y un cura al frente, o la misma Milán-San Remo que se celebraba el domingo pasado.

Quizá apuntarse a una prueba de 24 horas es volver a un atletismo antiguo, rudo y amateur. También puede ser que esté completamente equivocado y sea todo tendencia y modernez. Y lo que mola sea un 10k patrocinado por un banco. Uno ya no sabe.

La 104, Maratón de Sevilla

¡Mohtashone y palmera e huevo. mohtashoneee!”, era el canto ensordecedor que intentaba hacerse hueco entre el barullo del puente de Triana. Eran las dos menos cuarto de la tarde del día anterior a mi maratón sevillano particular. Seis sillas rodeando una mesa de metal, casi colgada del borde de la acera derecha de la Plaza del Altozano. Seis contertulios, cerveza en tacita de chapa, ensaladilla, tortilla, montados de salchichas al vino, solomillo y serranitos, porque Sevilla es la ciudad del diminutivo artístico. Nos templaban catorce grados en ese umbral que se forma entre la sombra de Febrero y el sol que se resiste hasta pasada la hora de comer. Y un tipo desdentado con su carro de la compra, ofreciendo su mercancía por la calle: los contundentes mostachones de Utrera y las palmeras de azúcar (que en Sevilla siempre han sido las de huevo). Nadie aparentaba tener prisa para bajar a comer.

Había, yo, ido a correr y solucionar la cancelación del año pasado. Por encima de ese particular, acudí a Sevilla a conocer una familia estupenda, la de un amigo alcalareño. Además quería hablar cara a cara con el protagonista de un caso de victoria sobre un proceso canceroso, el Curri. Un artista. Un chaval que ha superado un espeluznante linfoma de Hodgkin.

Hacía tiempo que las premisas de evaluar mi estado físico y el hacer organizativo del Maratón de Sevilla 2017 habían pasado a un segundo plano. Para más inri, tenía la oportunidad de presentar Run con Limón en la feria del corredor, acompañado de Roberto Leal, este sevillano televisivo que se convirtió hace tiempo en discípulo y diez cosas más.

A poco que las cosas se dieran bien cabía incluso la posibilidad que le dieran por saco a la carrera y que me quedara de cañas por Alcalá de Guadaíra. Cierto es que triunfó el sentido de la responsabilidad y me presenté en la salida. No sin antes haber despertado con los ojos llenos de legañas y preguntarme si era posible que estuviese lloviendo a mares. Lo era. Llovía a las seis de la mañana. Afortunadamente a las dos de la madrugada, hora en que nos íbamos para casa después de asistir a un combate entre chirigotas, comparsas y cuartetos en el teatro Gutiérrez de Alba de Alcalá, digo que afortunadamente a esa hora no caía nada de agua. Para compensar el remojón lo llevaba yo por dentro. Y es que la alegría carnavalera, la presión del grupo, lo de poder acceder al camerino justo encima de un bar, todo incita a empujarse unas bebidas isotónicas que, sin duda, ayudan a correr 42.195 metros al día siguiente.

Dejó de llover en cuanto abrí los ojos del todo. Los 13.000 corredores que recogimos el dorsal podíamos disfrutar de una mañana fresca. Los dos mil que de modo misterioso no recogieron su numerito tendrán sus razones para habérselo perdido. De todo ello se preguntaban en la organización.

Cuenta la prueba hispalense con un sólido equipo detrás. La mano de la empresa generadora de las revistas SportLife y Runner’s World se nota. El cálculo de metros necesarios para ropero, salida, meta y feria vienen testados de mil batallas. También se nota la época de crisis. Y es que muchos escogen Sevilla por tener un precio muy ajustado. Maticemos que los presupuestos de los dos maratones más pujantes, Barcelona y Valencia, superan al de Sevilla. Y los extras a los que muchos se referían durante la carrera o después cuestan dinero. No falta de nada en el maratón que corrí el domingo, pero no hay lujos; un poco más de sólido en los avituallamientos o un pelo más de vestimenta en el paso de la carrera por la ciudad. Quizá sea una demostración que a un maratón se va a correr y no de fiesta.

Que tampoco. Ha sido una trampa discursiva. A un maratón se va a salir y llegar y correr como te salga de las mismas entrepiernas. Sólo se te exige dedicación y no romper las normas del reglamento.

Con estas, salida a las 08h30 tras un reagrupamiento con amigos de Alcalá, presentaciones de rigor y risas comentando los buenos momentos pasados en la presentación (de verdad, gracias a los que pasásteis llenando aquello).

Se me terminan las ideas para contar el discurrir de los kilómetros. Se podía observar bastante público. Mucho más que hace diez años en mi única participación en esta carrera. Había un reguero constante de animación en muchos kilómetros. Había avenidas interminables y había algún pequeño desnivel con lo que declaramos desierto el premio al recorrido más plano de Europa.

Había, como es frecuente, una puerta a la otra dimensión, la del sufrimiento. Esta vez la situaron escondida entre esos fabulosos edificios que albergaron la Exposición Iberoamericana de 1929 y que ahora jalonan los kilómetros 32 al 36. Eso que otros llaman muro quedaba aquí muy bien disimulado entre naranjos y amplios horizontes. En eso hay una parte de Sevilla muy parisina. Sobre este particular podríamos hablar horas pero sé que nadie tiene tanto tiempo.

Tocaría un último párrafo en el que se comentasen la entrada al estadio, el estado del tartan de la pista o los cientos de metros que recorrí caminando. Pero viajar a una carrera como esta ha de eliminar todo rastro de similitud con las demás. Que sepan que, después de arrastrarse uno durante horas, el recuerdo de un viaje al maratón de Sevilla debe contener -como si se tratara de un set de viaje imprescindible- los siguientes brochazos: una cazuela de guiso y unas espinacas con garbanzos; una impresión honda y definitiva sobre si la cerveza Cruzcampo es o no es; el paseo por la tarde mientras el sol se pierde por el lado suroeste de la Alameda de Hércules; la charla con el vecino de la casita de al lado.

Sigo. Una mirada analítica a esas sevillanas medio rubias vestidas de domingo por la tarde; el debate necesario con el camarero sobre qué son realmente las setas de la plaza de la Encarnación; arrastrar el dolor de piernas hasta una estación de AVE abarrotada de cortavientos amarillos fluorescente; si Sevilla o Betis; entender que un cuarteto carnavalero puede ser un cuarteto de tres, de cuatro o de cinco; ver como esos viejos echan la partida en el bar esquivando sistemáticamente la consumición; pensar en que no (o sí) vestirás en la vida a tu hijo como ese bebé que asoma por la inglesina.

Y, por encima de todo, el maratón de Sevilla es el puñetero vídeo del niño Samué. Dentro vídeo.

Lo demás ya lo están contando otros.