Sorolla y los runners de la Quinta Avenida

En el Museo Sorolla figura un gouache de 43 x 22 centímetros que suele pasar desapercibido entre los fabulosos trabajos del pintor valenciano. Duerme guardado en los fondos y no se exhibe habitualmente en las salas. Es el número de catálogo 829 de la colección sorollista. Se pintó durante una estancia del pintor en Estados Unidos. En la tablita se obtiene una imagen cenital de la calle por la que discurre un grupo de corredores. Tenemos la suerte de poder presumir de una cosa: Joaquín Sorolla pintó uno de los primeros retratos de algo cercano al maratón.

En una imagen que parece sacada de un póster de la actualidad, se ve un ramillete de maratonianos. Pero es otra época y otro publicista; se trata del español que mejor ha tratado la luz del sol sobre un lienzo. ¿Qué pintan unos runners en un cuadro de 1911?

Son apenas diez corredores que visten de blanco, un color probablemente real, que corren por el esquinazo que forman la Calle 59 con la Quinta Avenida, justo enfrente de Central Park. En los laterales hay público. Una cantidad sorprendente. El mismo público que abarrota hoy las aceras de los primeros maratones norteamericanos. Joaquín Sorolla tituló “Carrera maratón; Nueva York” a esta obrita maestra hecha en ojo de halcón sobre las calles de la Gran Manzana.

Hemos podido podido comprobar que pudo no ser un maratón auténtico pero sí un momento de efervescencia social. Lo veremos más adelante. Era el otoño de 1911 uno de los momentos más fructíferos del genial artista, dado que acababa de firmar un contrato con la Hispanic Society que suponía la culminación de su éxito internacional. Triunfador en los museos de Sant Louis y el Art Institute de Chicago, durante aquella estancia Sorolla se alojó en una de las plantas altas del viejo hotel Savoy. En la época, el monumental edificio inaugurado en 1890 ya miraba al parque más famoso del mundo, Central Park, frente a un esquinazo hoy emblemático del maratón neoyorquino y al lado de nombres legendarios como la mansión Vanderbilt o el Hotel Plaza.

Era la culminación. El lujo del éxito. Aquella maravilla que ocupaba las calles 58 y 59 con la Quinta, frente al actual monumento a Sherman, era una isla que recreaba el lujo francés en sus interiores. Sorolla vivió alojado en uno de los flancos que miraban a la 59, por encima de los salones estilo imperio, Luis XIV y Luis XVI que representaban toda una metáfora: el auténtico triunfo profesional que le supuso firmar con Archer Huntington el contrato para pintar los lienzos de Visión de España. Estos trece paneles decorarían la biblioteca central de la Hispanic Society de Nueva York y le mantendrían bien posicionado en el statu quo artístico durante varios años.

Desde una de las plantas altas Sorolla lo bosquejó todo. De esa serie son las vistas aéreas de la Quinta Avenida, de los cruces aledaños, cuyas perspectivas nos ofrecen los techados de automóviles, carruajes de tiro y camiones primigenios. Ya es un bullicio mecánico al que aplica esa paleta con grises chispeantes y vivos colores. El otoño de 1911 le ofrece una nevada e hileras de paseantes y de todo ello toma rápidas notas fruto de su dominio del gouache.

Para los apasionados del correr se trata de una obra menor pero que retrata un evento deportivo fabuloso. Celebrado en 1911 y que montase tal jaleo runner por las avenidas de Manhattan habla de una época cuyo único vestigio no es la cultura del maratón de Nueva York que hoy conocemos sino una reliquia preciosa: todo lo que hoy conocemos como la gran burbuja de tipos corriendo sin más armas que la voluntad, o casi todo, viene de algo que comenzó en Yonkers.

Rebobinemos. El maratón de Yonkers (distrito norte de la ciudad, detrás del Bronx, en Westchester), se celebraba desde el día de Acción de Gracias de 1907. La popularidad de aquella manifestación de los ‘sportsmen’ modernos era tal que las masas se alineaban en los bordes de las calles, tal y como refleja Sorolla. Como relata Pamela Cooper en su libro The American Marathon “los corredores pasaban al lado del público en una hilera sudorosa y jadeando de manera audible a su paso por las carreteras polvorientas”. Correr, pásmense, igual que hoy día, era un éxito de integración de la sociedad, de una clase trabajadora que estaba erigiendo el país.

La federación nacional, la Amateur Athletic Association, englobaba un buen puñado de maratones que ya se celebraban en 1907 aunque Nueva York no tenía un equivalente a la B.A.A. que organizaba el maratón de Boston desde 1897. Eran cosas de la fragmentación de Nueva York en distritos-mundo y de la muy espabilada orientación de los clubes deportivos locales de más caché hacia la inversión inmobiliaria y a ganar riadas de dinero. Así las cosas, el Mercury Athletic Club de Yonkers fue el encargado de mantener el timón de aquel maratón neoyorquino. De la semilla que hoy día pervive en forma de la carrera más descomunal y espectacular del mundo: el TCS Maratón de Nueva York.

Todo tenía un trasfondo fascinante en aquellos años de invención y de crecimiento desmesurado. Había mucho más en el mundo de la zapatilla. En aquellos días las asociaciones deportivas actuaron en las ciudades americanas de principios del siglo XX como motores de control social y expansoras de integración étnica en ciudades como Nueva York, donde se hacinaban casi cinco millones de habitantes de hasta cien nacionalidades. El distrito de Yonkers, aunque estaba en mitad del campo de la época, crecía duplicando su población a principios de siglo a base de italianos e irlandeses. Según Cooper era una zona campestre muy popular en las pruebas de cross y campo de batalla habitual de varios clubes de la zona. Los clubes Mercury y Mohawk tenían en sus filas grandes corredores de fondo y el paso fue natural. Siguiendo la estela del partido de fútbol americano del día de Acción de Gracias, y dados los buenos resultados en el maratón de Boston de aquellos maratonianos locales que Sorolla pintó de blanco, 1907 fue el año del nacimiento del maratón para Nueva York.

Si conectamos los momentos históricos del deporte podremos pensar que, en apenas unos meses se estaba celebrando la dramática prueba de maratón de los Juegos de Londres 1908. Pues bien. La historia de sufrimiento del italiano Dorando Pietri en los últimos metros y la rivalidad entre católicos irlandeses y católicos italianos encendió la chispa en la ciudad. Duelos entre Hayes, el ganador real, y Pietri, el italiano que desfalleció en meta, se celebraron en el pabellón cubierto del Madison Square Garden… ¡sobre los olímpicos cuarenta y dos kilómetros!.

Y el bendito running subió como la espuma. El New York Journal organizó en noviembre de 1908 un maratón urbano que atrajo a ¡setecientos inscritos!. En la Brooklyn Sea Gate se celebró otro a los pocos meses, coincidiendo con el cumpleaños del presidente Abraham Lincoln. Y la fiebre continuó con los años venideros: Bronx, Columbia, Brooklyn, todos los distritos contaban con su prueba de largo aliento. Setenta años después el fundador del Maratón de Nueva York reconocería que aquella carrerita de Yonkers siempre fue una de sus favoritas e inspiradoras.

El Yonkers Marathon hoy está reducido a una reliquia preciosa con doscientos inscritos y desplazada a un circuito circular pegado al río Hudson, frente a los cincuenta mil corredores del maratón neoyorquino y el paso por todos los distritos de la ciudad. Pero en su día aquella carrera equilibraba en otoño la balanza sobre la que Boston apisonaba en Patriot’s Day (el primer lunes de abril). Como podemos ver por la tabla que pintó Sorolla en 1911, el fervor no era poco ante aquellos tipos corriendo durante tres y cuatro horas. Demuestra esto que vivimos en una era donde todo está ya inventado, por mucho que nos empeñemos en etiquetarlo con nuevos formatos.

Pero vayamos al mollar: ¿Qué demonios quedó plasmado en el cuadrito con el código de catálogo 829 de la colección del Museo Sorolla de Madrid?

Hemos podido contrastar que alguno de los recorridos de aquellos maratones de distancias muy variables pasó por debajo de la ventana donde Joaquín Sorolla pintó el otoño de 1911. Casi con toda seguridad fue el del Evening Standard Modified Marathon, una carrera muy popular de unos 20 kilómetros que se celebró durante una década recorriendo las avenidas desde el Jerome Avenue, en el Bronx hasta Lower Manhattan y discurriendo paralelo a Central Park. Descendía por la Séptima, la Calle 110, luego la Quinta y terminó por Broadway hasta el Ayuntamiento. Según el historiador Al Copland la carrera discurrió por avenidas tan centrales que se calculó alegremente que pudo haber un millón de personas presenciándola y, para 1914, una cifra monstruosa de ¡1.780 corredores!.

Con toda seguridad pasó con todo el griterío que hoy nos parece habitual y esto despertó la curiosidad de un retratista de las costumbres del cambio de siglo como fue el pintor valenciano. Los bocetos del progreso que Sorolla dejó para la Historia del Arte reflejaron la electrificación, el motor de explosión, los comercios metropolitanos, joyerías, farolas y, casualidades de la vida, tipos corriendo mientras la ciudad se vuelve loca.

Artículo publicado en la revista Runner’s World, oct 2017.

Un tío monumental

Hoy se corría el medio maratón de Ávila. El Monumental tiene un significado especial para nosotros, los Arribas. La prueba que organiza el club Ecosport de la vieja ciudad castellana es, por decirlo de un modo amontonado, un buen resumen de los 77 años que ha vivido mi padre en ella y sus dominios. Amontonando todo llegamos a la edición de este domingo y a un señor padre, el mío, que ha llegado a meta mientras yo preparaba la comida a 120 kilómetros.

El auténtico Luis Arribas sigue cumpliendo años desde un diciembre de 1941 en el que su padre, mi abuelo, tuvo que abrir un camino en la nieve para ir a buscar la partera del pueblo. Por Ávila corrió en los años de escolar y a sus calles regresó en cuanto empezó en la cosa del running en aquellos 80. Con el paso del tiempo más despacio, afortunadamente, pero cumpliendo con el calendario provincial.

Pero el calendario hoy le ha dado una patada en el culo.

“¿Está papá?. ¿Qué tal os ha ido?” – pregunto a mi hermana. Otra que tal baila.

Ya hace un par de años renunció totalmente a correr un maratón más. Dos horas y pico se le iban haciendo largas y, ley de vida, cada año recorría menos kilómetros en ese tramo. Desde nuestro último maratón juntos se veía más y más atrás. Unido a sus problemas de visión, entre tropiezos y badenes iba zarpaleando por las carreras populares urbanas. Y los reglamentos, ay, los reglamentos. Los tiempos eran implacables, que para algo vivimos en España. Irónicamente, ahora llegaba el momento de ir vigilando a la ambulancia de cierre de carrera.

“Huy, cada día corro menos. Ni el trofeo al más viejo -en casa se dice viejo- me han dado”.

Había quedado el último de todo el pelotón. En el paso por el control de la Plaza del Mercado Chico, frente al porticado del Ayuntamiento de la ciudad, las chicas del contingente de voluntarios habían echado a trotar con el Arribas creador de esta dinastía de rezongones. Ya nadie más quedaba en carrera tras un pelotón de un millar de monumentales. Le habían acompañado hacia la catedral, luego a San Vicente, con cuidado de levantar los pies por el adoquinado de la monumental carrera, y encarado finalmente la ronda de la muralla hacia abajo.

“No me digas que había otro más viejo que tú”, pregunto.

La entrada en meta en la explanada del palacio de Congresos es hoy un espacio ya medio vacío bajo un cielo encapotado que mira hacia abajo como riendo y empezando a bufar. Mi padre llega a meta rodeado de las chicas que le han acompañado hasta ella. Le colman de abrazos. Es un momento delicado. Pocas veces se ve a Luis abatido pero hace unos meses que hemos perdido a mamá, a la Flora.

Y queda en pie en el arco de meta entre mozos y le echan una mano con la mochila de la ropa. Todo discurre con rapidez porque la entrega de premios está en marcha. La carrera llama a Jose Luís, como más veterano de la clasificación. No es él. Mi padre pregunta pero le comentan que ha llegado fuera de control.

“Será por carreras. Vas a tener que apuntarte a las dos o tres grandes de las ciudades en las que dan hasta tres horas, hombre.”, le ofrezco.

Pero es granítico. Creció en un pueblo en la fachada norte de Gredos en la mayor era de guerra y hambre combinadas de la península. Su tío Tomasillo cogía un burro y un carro y bajaba a comprar verduras y fruta a los barrancos del sur de la montaña para abastecer a niños que salieron para arriba de aquella manera.

“No hago ya más medias. Se me hace muy largo. Voy para viejo”

A las dos horas me llama Longi. Es la presidenta del club Ecosport. Es un sol. Que ha hablado con mi padre esta mañana. Ella fue quien le transmitió los resultados de ese trofeo honorífico que tanto seduce a los corredores veteranos. Que ha estado revisando las clasificaciones oficiales. El tiempo de chip le da dentro de control. Por eso me llama. Tiene además la prueba del delito. Me manda la foto que tenéis a continuación y en la que también se confirma una cosa: su tiempo es 2h29 y está dentro de control con todas las de la ley.

Hay que volver a llamar al nominado como ganador y que nos mande ese trofeo tan especial. Al menos este año el corredor más viejo en meta sigue siendo el Arribas chiquinino.

Así que ha esquivado la patada en el culo. Otros lo llamarán justicia poética. Alguno (él mismo) dice que si ha llegado fuera de control, que fuera de control. Quizá tengamos un argumento para convencerlo. Yo creo que un año más podremos sacarle algún dorsal para ese calendario de primavera: o Latina o Getafe, quién sabe. Hay que pensar que el monumental sigue siendo el único y auténtico Luis Arribas (Padre).

A vueltas con otras 24 horas

Determinado como está el futuro en hacerme las cosas difíciles, me planté en las primeras semanas de Febrero con una cosa en la cabeza: por encima de todo tenía que sobrevivir a las tentaciones de inscribirme en muchos berenjenales. La ruleta rusa de mi forma física o, más bien, la existencia o no de dolores incapacitantes era un juego peligroso del que no sacaría nada en claro. Dicho de otro modo, no podía andar con el bolo colgando porque, el día menos pensado, mi famosa resistencia se podía ir por el agujero del desagüe.

Todo el mundo sabe que los propósitos buenos duran tres asaltos. Si uno no cuenta con el valor y persistencia de, por ejemplo, mi terapeuta, que dejó de fumar contra viento y marea, ocurre como con esa frase lapidaria que emití comenzando el año: “se acabó la bollería industrial”. Les resumo: todo se tradujo en una recaída y picado en barrena.

El mundo de las carreras atractivas se entrelaza con muchos compromisos periodísticos. También se entrelazan en vino tinto con las sesiones de cocido o chuletón. Lo sé. Son celebraciones a las que me anoto con todas las de la ley. El maratón de Sevilla era una simpática visita obligada. Pero luego (ay, los perlouegos). Miren, yo luego tenía pensado ir poniendo caritas hasta que llegase el calor y luego alegar incapacidad térmica. Y tomarme un 2017 moderado.

Pero llegó el anuncio de Carlos Aguado. Carlos Zanoni es un pinteño conspirador y al que le veo los cuartos traseros en las carreras desde hace una década. Se organiza una prueba de 24 horas en su localidad. Herencia directa, asumo, de las dos ediciones que organizamos en Torrejón de Ardoz (2008/09). En esencia, un circuito sencillo, corto, al que se han de dar vueltas acumulando kilómetros como si fuéramos los coches de Le Mans. Sus boxes, su zona mixta y sus cuerpos exhuberantes.

¿Cómo me voy a resistir?

Para recién llegados, imaginen un formato de competición en el que la distancia no es fija. No hay diez, veinte o cuarenta y dos. Se mide la distancia a recorrer en un tiempo determinado. Seis, doce, veinticuatro horas… hasta unos Seis Días existen y que rememoran mucho del viejo ciclismo en pista. Ese de los velódromos llenos de humo de tabaco y de gradas con señores embutidos en abrigos y gafas de pasta negra.

¿Qué puede tener de atractivo para un corredor el hecho de no tener una distancia fijada para detener el cronómetro y, en cambio, vagar dando tumbos por una horquilla de tiempo tan amplia como un parto?

La idea es sencilla. Se cruza un límite. Si hasta hace unos años la distancia del maratón ya suponía una consecución del ser humano, la popularización de las distancias más allá del mismo sacaban al deportista a la esfera del aventurero. Es evidente que en el listado de inscritos figuran tragasables del asfalto y que se genera cierto vacío al pensar qué hacer durante todo un puñetero día. Tener un enfoque realista ayuda mucho. Pongámoslo como consejo fundacional de un set de emergencia que he ido acumulando con los años (ojo, apenas he participado en un par de carreras de tiempo o tres).

El enfoque realista que les menciono. Saber que estaremos un día en el campo (vale, en un circuito) sin otro entretenimiento que nuestra maravillosa estupidez favorita. No quiere decir que correremos durante veinticuatro horas. Les confesaré que no es esa la sensación que transmiten incluso los grandes bestias internacionales del ultrafondo. Sí, corren sobre ritmos sostenidos pero no asustan. La diferencia es esa realidad: nosotros tendremos que parar una y cien veces. Avituallaremos de pie o sentados. Quizá nos tumbemos a estirar las piernas un rato con todo el día por delante. Caerá un sueñecito porque, ya me dirán, qué coño hacer cuando cae la noche sobre el circuito y uno lleva quizá doce o trece horas en movimiento.

Esa misma visión dominguera de nuestro límite físico será una garantía. Evidentemente no nos acercaremos a los doscientos kilómetros que suelen hacer los vencedores (relea este párrafo si lo desea, porque el siguiente le mareará). Nuestro ir y venir nos permitirá pasar del primer al segundo maratón. Disfrutaremos del ambiente. Charlaremos con gente que nos come vueltas o a los que se la recuperamos. Porque a lo que más se parece una prueba en un circuito es a un día de barbacoa.

Y esto le resta tensión y trascendencia. Rebaja el alcohol de los combinados que quitan la sed a los corredores. Provoca que, por un lado, uno desencaje la mandíbula al ver que las ultrafondistas japonesas Mami Kudo o Sumie Inagaki superaron los 240 kilómetros en un día y, al mismo tiempo, las ganas de pitorreo puedan hacer que compartas uno o dos giros a medianoche con el líder de carrera. Por la sencilla razón de que se trata de una carrera de resistencia, no de ritmo.

La resistencia del ser humano. Nadar de un barco que se hunde y lograr que esa fina franja de horizonte se convierta en tierra firme salvadora. Deslizarse sobre raquetas o esquís para atravesar una isla helada desde un naufragio. Aguantar caminando o parapetado detrás de una pieza de artillería mientras el enemigo masacra las posiciones. No comer y no comer y seguir sin comer porque otros seres humanos así lo decidieron.

Resistencia amable y voluntaria frente a los cronómetros y los neologismos. Echen cuentas con que se trata de ese mismo grupo selecto de antiguallas en las que sobreviven las clásicas ciclistas, los derbies de caballos y las romerías de los pueblos. Caballos, gente en camisa blanca y un cura al frente, o la misma Milán-San Remo que se celebraba el domingo pasado.

Quizá apuntarse a una prueba de 24 horas es volver a un atletismo antiguo, rudo y amateur. También puede ser que esté completamente equivocado y sea todo tendencia y modernez. Y lo que mola sea un 10k patrocinado por un banco. Uno ya no sabe.

Todo tenía (de nuevo) una explicación

El blog ha tenido poco movimiento. Cierto. Decir que ha sido poco es pecar de optimista. No se ha movido desde los últimos fileteados de mis columnas de Zen. Digamos que la cantidad de cosas a las que se enfrentaba el autor (servilleta) eran inversamente proporcionales a las entradas. En el proceso lamentable de echar la culpa a algo, he decidido poner las cartas sobre la mesa.

La culpa la tiene este.

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Desde hace unos días está a la venta en los canales de distribución habituales y los nuevos medios de promoción (las benditas malditas RSS). Es tirando a regordete, como era yo cuando comencé a correr. Amarillo como esos limones colganderos que entramos una vez Garbanzito y mi familia a saquear en una finca murciana. Enrojecido como el moflete metido en pleno esfuerzo, bufa que te bufa. Tiene un hedor inmarcesible a alcohol como, en fin, no quiero dar muchas pistas. Dará guerra mientras pasa desapercibido porque, ni él ni yo somos santo de devoción de las grandes masas. Será criticado por muchos y alabado por otros y todos tendrán razón porque un libro no es un escaparate con cosas arremolinadas (si es una tienda regida por un manazas) ni alineadas (si es un cuartel de la NATO). Un libro es el sumatorio de ratos que gente diferente emplea en leer, que es una manera de descansar de vivir lo de uno y ponerse a vivir lo de otro.

Este Run con Limón (Editorial ViveLibro) es la auténtica razón por la que este blog ha permanecido tan parado. Inciso para agradecer a la gente de ViveLibro el cariño con el que se han tomado sus servicios, que están yendo más allá de los meramente editoriales.

Comienza así:

“Madrid, Julio de 2015. Guardo entre los cuchillos de la cocina un arranque ficticio de libro. También hay espumaderas, algo de plástico que pela y corta kiwis, hay cucharones de madera y tres abridores de botellas.
Pero solo hay un arranque para este libro. Resume esos pensamientos a los que un corredor, al menos una vez en su vida, debe enfrentarse. Resume lo que siempre quiso saber el acompañante o familiar del que corre. Lo otro, los cuchillos, las espumaderas, eso son las cosas del día a día, de otra pasión. Este arranque da paso a un libro que alguien tenía que sacar. Igual de cortante que los cuchillos. El discurso de perro cabreado que ningún adulto tiene ganas de aguantar durante cuatrocientas páginas.
No sé si he recopilado el libro que todo aficionado a correr debería leer. Más bien un cajón de una cocina desastrosa”

Aunque debo decir que por delante se ha colado un tipo que se carcajea hasta de su sombra. El prólogo de Roberto Leal, colega de trotes, tiene la virtud de jugar a despistar. Porque no soy tan malo. Vosotros lo sabéis.

Decid que no. Anda.

De mi amiga Ángeles, selfies y hembras-alfa

Por su particular interés y porque muchos no os dio la gana leerlo en el suplemento ZEN, os reproduzco aquí mi columna Run & Lemon del 25 de Octubre

Me pregunta mi amiga Ángeles si aquí sólo se habla de corredores varones. Por la furia del domingo pasado. Me arrea porque, lo que sale de mi afilada lengua, raspa a tío y huele a Brummel. Lo peor es que Ángeles siempre tiene razón. Corriendo el riesgo que, incluso cuando defiendo el papel de la mujer en la esfera trotadora, me ciega esa profusión de machos. Inundamos las sendas, carreteras y eventos deportivos.

Porque, siendo razonable, seguimos siendo más. Muy poco a poco estamos alcanzando cifras de proporción absoluta al 50%. Solo en las carreras más fáciles y cómodas. Se vende como un éxito que los maratones más masivos de España acojan a una cuarta parte escasa de mujeres participantes. Tenemos más tiempo, nos duele menos dejar todo empantanado en casa para irnos a correr y no nos quedamos embarazados. Ay, los tíos.

El domingo me cabreé como una mona con los flojos y los birrias. Según me recuerdan, quedó esa pregunta pendiente: De toda la que nos inunda en el running, ¿se manifiestan las corredoras de igual modo que los corredores? Me remangué y me puse a ello. Midiendo la tontería por bloques, saqué unas conclusiones que son las típicas generalizaciones precipitadas pero conclusiones y mías, que es lo que cuenta.

Las corredoras que veo y conozco (y conozco unas cuantas) son más participativas en el rito del selfie, más constantes en el correr saludable, más miradas a la hora de qué ponerse para hacer deporte. Como contrapartida, son menos competitivas, cosa que ni es bueno ni malo. El correr recreativo parece ir más con ellas. En la etología del correr hay menos hembras-alfa.

Menos masculinidad hegemónica. Quizá porque componen el grueso de la segunda mitad del pelotón en meta. O por impulso biológico. ¿Sabiduría de la conservación de la especie? Démoslo por bueno.

En cualquier caso no todo van a ser malas noticias para el varón de la manada. Igualan a los maromos en varios puntos. Mis corredoras son o aparentan ser tan sociales como sus compañeros. Les tira la cerveza o el café con charleta posterior a correr. Han tomado con la misma pasión la furia de ponerse unas zapatillas. Relativizan los progresos iniciales contra el crono del mismo modo que muchos hombres. Y es que una novata y un novato son un amor. Es más. Cuando conté a mi amiga Ángeles que aparecería hoy en esta columna, frente a usted, reaccionó de modo idéntico a un hombre. Y me sonó a pitorreo.

La 99ª

Hace once años se nos ocurrió a Yoli Jiménez y a mí la buena idea de celebrar una carrera por los caminos que conocíamos en el entorno de la sierra de las Parameras de Avila. Le colocamos el nombre ‘trail’ porque el mundo de las carreras de montaña se autodenominaba así: carreras de montaña. También existían ya en aquellos días los ultrafondistas 101km de Ronda y algunas otras versiones por diferentes comunidades autónomas. De hecho Yoli está ahora a la cabeza de una prueba similar en el Canal de Castilla.

Para mí, aquello tenía una ligera cojera. Unas carreras eran puros eventos monteses. Las otras se acercaban a lo que me apetecía organizar. Estaban más en consonancia con las pruebas norteamericanas donde, como muchos sabréis, porque somos bilingües de facto y decimos coaching, runner y GPS, a los senderos se los llama ‘trails’. Senderos y caminos, y no riscos y ascensos radicales.

Así en 2004 se celebraba la primera de las tres ediciones que organicé bajo el formato de los Castillos de Ávila. Le cayó la etiqueta del trail porque -confieso- teníamos que venderlo de la mejor manera posible. Cincuenta kilómetros mal contados en los que no importaba cuántos kilómetros hubiera sino el hecho de discurrir por dos fortalezas de la provincia, y terminar en las murallas más famosas de Ávila.

Posteriormente vimos que aquello se vendía solo. El éxito era evidente y terminó por crecer hasta un punto en que ya no había sitio para tanta gente, ni autocares disponibles para trasladar a todos a la línea de salida en Solosancho, ni chuletón ni mesas para la cena posterior en el hotel. Porque, amigos, aquello no era una comida de la pasta, era un bodorrio inmenso donde entregábamos los trofeos y deglutíamos carne de la zona. Sí. Macarrones, también. Pero de los macarrones apenas hay recuerdo ni fotos.

El otro día llevé a tres amigos a esos caminos. Los susodichos, procedentes de la casi llana Ciudad Real, tienen acumulada mucha experiencia en el correr por el monte. Pero mucha. Y a lo bruto. No sacaremos los méritos a relucir. No hace falta. Pero desconocían la zona.

Tampoco sabían que se podía acumular tantísimo granito en unas laderas. O que la adusta presencia de los abulenses es cosa de rascar un poco. Que algunos propietarios de bares de pueblo tienen mucha más estima por los deportistas del monte que en algunas áreas urbanas. Desconocían el secreto molecular de las patatas revolconas, coronadas por torreznos magistrales.

Había que sacarlos de gira. Hablamos, nos partimos la caja por varios lados. Trotamos cuando se podía y paramos a mirar “cómo estaba el campo de bonito” donde era preciso.

Casi cincuenta kilómetros después volvíamos a los coches con la sensación de que el tiempo se había detenido mientras corríamos. Lleva detenido cientos de años, si uno se para bien a pensarlo.

Romaratona (de aquella manera)

Ogni corre come può.

Otra cosa es cómo recorras esos 42.195 metros. Pero Roma te da la oportunidad de inventar un millar de rutas. Rómpelas como si fragmentases una galleta. En dos o tres días, en cinco o seis meses.

Un mantel de cuadros rojo y blanco. Es el comienzo de las hostilidades. Servidor, bajo, los mandos de la organizadora y líder espiritual de la escapada romana. El dilema que nace de cocinar en el apartamento o tragar por los menús de espagueti con tomate. Roma sacude duro. Es su sistema y les permite apiñar turistas en mesas a la puerta de sus restaurantes. ¿Por qué cambiarlo?

Kilómetro diecisiete, la via del Corso es larga. Sol implacable. Paseamos buscando las sombras desde hace día y medio. Callejeamos por via Coronari, por la via Giulia, sufrimos el nuevo y emputecido Trastevere. Todo el sector de la Nerópolis y la vieja laguna del Palatino no es suficiente para una cuadrilla de energúmenos tragones de largas distancias.

Javier Reverte mentía. Quizá en su otoño las mejores vistas fueran desde el Gianícolo. Desde un subvencionado stage en la Academia de España todo se ve mucho mejor. Almorzar con el agregado cultural del país en la Santa Sede distorsiona la percepción de las vistas. Mi santa supo de la balconada del Pincio. Por goleada, la segunda mejor vista de la ciudad. Luego supimos de la primera: el terrazón del Castel de Sant’Angelo. Kilómetro treinta sin rozaduras ni ampollas.

A pesar del adoquinado milenario.

Tres referencias para un avituallamiento asesino. La organización ha dejado lo mejor para las horas de más calor. Sales ciego de Santa María degli Angeli por ver las barbaridades cometidas por el cerebro de un genio como Miguel Angel. Bien. Es normal. No estás acostumbrado a semejante demostración. Pasaste de puntillas por los Museos Vaticanos porque lo supremo te marea. Vamos con los tres imprescindibles de la Roma que me atrapó.

Referencia uno. Dagnino. Gelatteria y cafetería siciliana establecida en los dos polos del universo. Palermo y Roma. A escasos cincuenta metros de Reppublica. Canoli, helados y bollería que compite con la estantería del salado. En este bando refulgen las sólidas arancine. Imagina que tienes restos de tu paella. Haz una pelota y empánala.

Referencia dos. Muere con la untuosidad de Giolitti. La heladería que te recupera para la confianza en el ser humano. Muy cercano a nuestro kilómetro cuarenta. Sabores imposibles. Qué cerca estamos italianos y españoles del gusto por rechupetear un helado, de pie, acodados en una barra o sentados en un escalón de la calle. A la espera que los carabinieri nos llamen la atención. Zona de seguridad. De acuerdo. Pero estate por la seguridad y deja de mandar mensajes por whatsapp.

Referencia tres. El Boccione del Ghetto. Si Jehova hubiera organizado una prueba de larga distancia por esos pedregales sagrados habría encargado a la abuela del Boccione unos pedazos de bollería hebrea. Habría castigado al inventor del bramido pizza ebraica con vagar durante dos mil años buscando un manual de estilo. Pero esa combinación de pan, fruta escarchada, piñones, almendras y pasas es demasiado cercana a nuestros dulces. Demasiado bueno como para preguntarse por el quemado de la bandeja. Cenizas, pasas y piñones: la dolorosa recompensa de los últimos metros.

¿Qué mejor imagen? ¿Qué otro modo de resumir unos días en la ciudad eterna?