La trilogía de otoño

El entretenimiento del verano en muchas casas se circunscribe a mandar por whatsapp toneladas de bites con las fotografías que van cayendo durante las vacaciones. En otras se engrasan las botas de esquiar y en alguna que yo conozco se huye del calor pensando qué modo hay de cuadrar un par de carreras o tres que ya asoman la patita con la edad, el estado físico y la caída de las mieses.

En particular a mí el calor me sirve para tomar los trotes con extremada calma. Pero he visto caer generaciones enteras de guerreros y les comprendo cuando me expresan su queja por aquellos setiembres que no volverán. Yo sigo con esas carreras hechas disimulando y que muchos llaman entrenamientos porque las han insertado a modo de sesiones organizadas y sistemáticas. Sé que, si yo me atuviese a un plan, terminaría discutiendo sobre cuántos días a la semana aguantan mis tendones. También discutiría con los propios tendones y me convertiría en el idiota que va y viene.

De entre esos debates entre seres imaginarios, sin ningún género de duda la discusión más sabrosa sería la que tendría con el eventual entrenador (aviso para navegantes que ya lanzo desde aquí), alrededor del sentido que tiene correr tres carreras en cinco semanas. Tres carreras largas. Muy largas, mejorando lo presente, y en entornos de dudosa idealidad.

Tinto versus corredor.

Aunque no. Creo que las tres palizas a las que me he inscrito se celebran por paraísos, cada uno a su manera. El próximo sábado 16 de septiembre se celebra la primera edición de la Ribera Run Race. Para los amigos, la Ribera. De las dos distancias de la carta, 51 y 20, evidentemente, me he inscrito a la primera de ellas. A la más acorde con mi ritmo y planteamiento de carrera y a la que me permite visitar más bodegas de esa denominada milla de oro de la ribera del Duero.

Porque se ha diseñado -y aquí viene el encanto- acorde con el formato del maratón de Medoc. A saber: cada avituallamiento coincide con ese territorio celestial llamado celler en Cataluña, cellar donde los ingleses y chateau ahí un tanto más arriba. Es de esperar que los promotores de la idea tengan unas ganas explosivas de que nuestro calendario sume una prueba vinatera más a las ya existentes. Los inscritos pondremos lo nuestro. Estimaciones hechas a sobaquillo dan la cifra de un corredor de élite por cada cuatro corredores concienzudos, serios y sufridores de la senda, y  treinta espabilados que correrán de copa en copa… hasta la copa final.

Según las leyes de la biomecánica, mis piernas y mis filtros quedarán suficientemente sometidos después de correr 51 kilómetros por viñedos y de jugar al escondite por las barricas y despalilladoras. De ahí que ningún entrenador se atreva a dar un céntimo por la continuidad de mi septiembre.

Y no será porque no me han llegado propuestas.

Monte versus tinto versus corredor.

Existe un refugio en la montaña en el que todavía no han encontrado sitio para subir barricas de vino. De ahí que tiren de otros muchos encantos y conviertan el Prat d’Aguiló (a 2.010 metros) en un nido de reposo para los que bajamos tundidos por el ascenso al Pas de Gosolans.

Mi idea es llegar a ese refugio una semana después de correr la Ribera. Se trata del Marató del Pirineu, un evento especialísimo que organiza Salomon Running y al que acudimos prendidos del paisaje y por comprobar esos sistemas de medición que estiran hasta 45 kilómetros la palabra maratón.

El año pasado corríamos viendo como se levantaba la niebla de las voces que iba pegando Raúl Gómez, Maratón Man o también ‘raulito, calla‘. Este año las agendas le sitúan en otro punto del planeta. A mí se me sitúa en el punto exacto previo al rostizado. El remedio para que no se me desinflen las piernas bajando por las vertientes del Segre será ponerme paños calientes y comer muchas lentejitas durante toda la semana posterior a la expedición de Peñafiel y alrededores.

Nada de esto tendría sentido…

Nada de esto tiene sentido. Mejor así. Ni es un reto ni es un proyecto solidario ni se intenta impresionar a nadie. Ni hay que imitarlo ni superarlo. Ni mi planteamiento es mejor ni más divertido que el de otro. Ni sé si sacaré de todo esto más que pinchazos localizados entre un tendón y una lágrima.

Solamente aprovecho la posibilidad de viajar y escribir sobre ello. En el diario El Mundo y su suplemento dominical ZEN mantienen ese esquinazo para los amantes de correr sin talento ni piedad. En la revista Runner’s World gustan de las expediciones de uno. Así que las tendréis en los formatos habituales.

Con estos ingredientes únicamente me quedaba saber si habría un remate especial a este otoño de 2017. De tal manera que aprovecharé la primera semana de octubre para correr el maratón que se organizaba por primera vez en 2016 con llegada en la ciudad hebrea de Silo (Shiloh). El Bible Marathon y sus cuestas y paisaje extremos tendrá lugar dos semanas después de correr en los Pirineos. Siendo correr, de nuevo, un eufemismo generoso que tengo que usar porque, de una manera u otra, corro todavía bastante más que camino.

A Cisjordania, pues. Y es que el argumento de la historia no es pocho. Tras la batalla de la tribu israelita de Benjamín con los Filisteos, mandaron a un mensajero a la ciudad de Silo con el cometido de avisar del resultado de la contienda. En efecto, el uso de correos a pie no es algo que se circunscribiese a los griegos y Filípides solamente apareció a ojos de los hombres contemporáneos antes que otro pobre soldado con capacidades atléticas.

Qué suerte tuvieron en la Antigüedad al no tener entrenadores. Ni twitter. Les habría caído fina.

De todo lo demás sólo puedo prometeros mis palabras. Habrá cumplida información según vayan alineándose los astros.

Uno. #31díasdeagosto

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“Disparé a la sábana”, describe el adolescente apenas a un metro de mí.
“De la que salió una nube de polvo enorme”, cuenta a sus amigos.

El grupo se excita. Los adultos que oímos la conversación desde una distancia prudencial quedamos divididos en dos esferas de reacción. Una mujer de unos cuarenta y dos abre los ojos como platos y desata un tornado con sus pestañas negras, que parecen haber sido cinceladas con trazo de rotulador. El aire del tifón se lleva hacia arriba los papeles de la mesa y un plato menor, de plástico, y arrastra al varón que se siente justo frente a ella y a dos matrimonios que toman algo en una mesa contigua. Ascienden los pensamientos y los objetos encadenados a dos espirales de aire y materia flotante. Suben al asombro, cabalgan despeinados hacia el espanto, se elevan colgando de esas dos pestañas que aletean y se abren más si cabe.

Las reacciones pesan cien toneladas más en la segunda esfera. El aire seco que nos apisona contra unas baldosas que duermen en semicírculos concéntricos blancos y rojos. La realidad deja mi mesa bajo una sábana marmórea y, ni mi mujer, que apoya la nuca sobre el respaldo del butacón, ni tres amigas que consumen cañas de cerveza helada desde hace media hora, se inmutan ante el disparo del adolescente. Se aburren los grillos bajo el sol a escasos dos metros. Tampoco nos recorre un escalofrío o ante la posibilidad que pueda estar presumiendo de haber manejado un arma con sus breves quince años. Simplemente, nosotros teníamos más cerca al grupo de críos que jugaba al rol en la terraza ajardinada. Su discurso venía precedido de la descripción de una imaginaria casona abandonada en la que yacía el antiguo mobiliario bajo las sábanas. Un juego de mesa basado en el discurso. Nada era real a pesar de que pudo haberlo parecido. Dependía de un viento que transmitía sonidos hasta un punto exacto. A partir de ese punto comenzaba la inquietud de la ficción.

No es un juego tranquilo el pensar sobre si la ficción o si la cruda realidad. La emoción de dejarse llevar por un relato improbable frente al alivio del despertar. El gran juego de manos de filtrar la información es una de las habilidades del escritor. Con él se alcanza el poder. Amasar las palabras a favor del relato. Poder para el escritor, el juglar. Poder para llevarte por el bien y el mal. Escuchar y leer sin saber qué vendrá en la siguiente línea y en la siguiente escena.

Y es que la ficción es la realidad de la no realidad. Nada es lo que parece. Por tanto, qué mejor demostración de poder que llevar al público de uno a otro, de virtud a pecado, sin que esto realmente ni siquiera importa. En definitiva, no hay pecado ni hay virtud. sólo son cosas, como dijo Steinbeck, que hace la gente.

A vueltas con otras 24 horas

Determinado como está el futuro en hacerme las cosas difíciles, me planté en las primeras semanas de Febrero con una cosa en la cabeza: por encima de todo tenía que sobrevivir a las tentaciones de inscribirme en muchos berenjenales. La ruleta rusa de mi forma física o, más bien, la existencia o no de dolores incapacitantes era un juego peligroso del que no sacaría nada en claro. Dicho de otro modo, no podía andar con el bolo colgando porque, el día menos pensado, mi famosa resistencia se podía ir por el agujero del desagüe.

Todo el mundo sabe que los propósitos buenos duran tres asaltos. Si uno no cuenta con el valor y persistencia de, por ejemplo, mi terapeuta, que dejó de fumar contra viento y marea, ocurre como con esa frase lapidaria que emití comenzando el año: “se acabó la bollería industrial”. Les resumo: todo se tradujo en una recaída y picado en barrena.

El mundo de las carreras atractivas se entrelaza con muchos compromisos periodísticos. También se entrelazan en vino tinto con las sesiones de cocido o chuletón. Lo sé. Son celebraciones a las que me anoto con todas las de la ley. El maratón de Sevilla era una simpática visita obligada. Pero luego (ay, los perlouegos). Miren, yo luego tenía pensado ir poniendo caritas hasta que llegase el calor y luego alegar incapacidad térmica. Y tomarme un 2017 moderado.

Pero llegó el anuncio de Carlos Aguado. Carlos Zanoni es un pinteño conspirador y al que le veo los cuartos traseros en las carreras desde hace una década. Se organiza una prueba de 24 horas en su localidad. Herencia directa, asumo, de las dos ediciones que organizamos en Torrejón de Ardoz (2008/09). En esencia, un circuito sencillo, corto, al que se han de dar vueltas acumulando kilómetros como si fuéramos los coches de Le Mans. Sus boxes, su zona mixta y sus cuerpos exhuberantes.

¿Cómo me voy a resistir?

Para recién llegados, imaginen un formato de competición en el que la distancia no es fija. No hay diez, veinte o cuarenta y dos. Se mide la distancia a recorrer en un tiempo determinado. Seis, doce, veinticuatro horas… hasta unos Seis Días existen y que rememoran mucho del viejo ciclismo en pista. Ese de los velódromos llenos de humo de tabaco y de gradas con señores embutidos en abrigos y gafas de pasta negra.

¿Qué puede tener de atractivo para un corredor el hecho de no tener una distancia fijada para detener el cronómetro y, en cambio, vagar dando tumbos por una horquilla de tiempo tan amplia como un parto?

La idea es sencilla. Se cruza un límite. Si hasta hace unos años la distancia del maratón ya suponía una consecución del ser humano, la popularización de las distancias más allá del mismo sacaban al deportista a la esfera del aventurero. Es evidente que en el listado de inscritos figuran tragasables del asfalto y que se genera cierto vacío al pensar qué hacer durante todo un puñetero día. Tener un enfoque realista ayuda mucho. Pongámoslo como consejo fundacional de un set de emergencia que he ido acumulando con los años (ojo, apenas he participado en un par de carreras de tiempo o tres).

El enfoque realista que les menciono. Saber que estaremos un día en el campo (vale, en un circuito) sin otro entretenimiento que nuestra maravillosa estupidez favorita. No quiere decir que correremos durante veinticuatro horas. Les confesaré que no es esa la sensación que transmiten incluso los grandes bestias internacionales del ultrafondo. Sí, corren sobre ritmos sostenidos pero no asustan. La diferencia es esa realidad: nosotros tendremos que parar una y cien veces. Avituallaremos de pie o sentados. Quizá nos tumbemos a estirar las piernas un rato con todo el día por delante. Caerá un sueñecito porque, ya me dirán, qué coño hacer cuando cae la noche sobre el circuito y uno lleva quizá doce o trece horas en movimiento.

Esa misma visión dominguera de nuestro límite físico será una garantía. Evidentemente no nos acercaremos a los doscientos kilómetros que suelen hacer los vencedores (relea este párrafo si lo desea, porque el siguiente le mareará). Nuestro ir y venir nos permitirá pasar del primer al segundo maratón. Disfrutaremos del ambiente. Charlaremos con gente que nos come vueltas o a los que se la recuperamos. Porque a lo que más se parece una prueba en un circuito es a un día de barbacoa.

Y esto le resta tensión y trascendencia. Rebaja el alcohol de los combinados que quitan la sed a los corredores. Provoca que, por un lado, uno desencaje la mandíbula al ver que las ultrafondistas japonesas Mami Kudo o Sumie Inagaki superaron los 240 kilómetros en un día y, al mismo tiempo, las ganas de pitorreo puedan hacer que compartas uno o dos giros a medianoche con el líder de carrera. Por la sencilla razón de que se trata de una carrera de resistencia, no de ritmo.

La resistencia del ser humano. Nadar de un barco que se hunde y lograr que esa fina franja de horizonte se convierta en tierra firme salvadora. Deslizarse sobre raquetas o esquís para atravesar una isla helada desde un naufragio. Aguantar caminando o parapetado detrás de una pieza de artillería mientras el enemigo masacra las posiciones. No comer y no comer y seguir sin comer porque otros seres humanos así lo decidieron.

Resistencia amable y voluntaria frente a los cronómetros y los neologismos. Echen cuentas con que se trata de ese mismo grupo selecto de antiguallas en las que sobreviven las clásicas ciclistas, los derbies de caballos y las romerías de los pueblos. Caballos, gente en camisa blanca y un cura al frente, o la misma Milán-San Remo que se celebraba el domingo pasado.

Quizá apuntarse a una prueba de 24 horas es volver a un atletismo antiguo, rudo y amateur. También puede ser que esté completamente equivocado y sea todo tendencia y modernez. Y lo que mola sea un 10k patrocinado por un banco. Uno ya no sabe.

La 104, Maratón de Sevilla

¡Mohtashone y palmera e huevo. mohtashoneee!”, era el canto ensordecedor que intentaba hacerse hueco entre el barullo del puente de Triana. Eran las dos menos cuarto de la tarde del día anterior a mi maratón sevillano particular. Seis sillas rodeando una mesa de metal, casi colgada del borde de la acera derecha de la Plaza del Altozano. Seis contertulios, cerveza en tacita de chapa, ensaladilla, tortilla, montados de salchichas al vino, solomillo y serranitos, porque Sevilla es la ciudad del diminutivo artístico. Nos templaban catorce grados en ese umbral que se forma entre la sombra de Febrero y el sol que se resiste hasta pasada la hora de comer. Y un tipo desdentado con su carro de la compra, ofreciendo su mercancía por la calle: los contundentes mostachones de Utrera y las palmeras de azúcar (que en Sevilla siempre han sido las de huevo). Nadie aparentaba tener prisa para bajar a comer.

Había, yo, ido a correr y solucionar la cancelación del año pasado. Por encima de ese particular, acudí a Sevilla a conocer una familia estupenda, la de un amigo alcalareño. Además quería hablar cara a cara con el protagonista de un caso de victoria sobre un proceso canceroso, el Curri. Un artista. Un chaval que ha superado un espeluznante linfoma de Hodgkin.

Hacía tiempo que las premisas de evaluar mi estado físico y el hacer organizativo del Maratón de Sevilla 2017 habían pasado a un segundo plano. Para más inri, tenía la oportunidad de presentar Run con Limón en la feria del corredor, acompañado de Roberto Leal, este sevillano televisivo que se convirtió hace tiempo en discípulo y diez cosas más.

A poco que las cosas se dieran bien cabía incluso la posibilidad que le dieran por saco a la carrera y que me quedara de cañas por Alcalá de Guadaíra. Cierto es que triunfó el sentido de la responsabilidad y me presenté en la salida. No sin antes haber despertado con los ojos llenos de legañas y preguntarme si era posible que estuviese lloviendo a mares. Lo era. Llovía a las seis de la mañana. Afortunadamente a las dos de la madrugada, hora en que nos íbamos para casa después de asistir a un combate entre chirigotas, comparsas y cuartetos en el teatro Gutiérrez de Alba de Alcalá, digo que afortunadamente a esa hora no caía nada de agua. Para compensar el remojón lo llevaba yo por dentro. Y es que la alegría carnavalera, la presión del grupo, lo de poder acceder al camerino justo encima de un bar, todo incita a empujarse unas bebidas isotónicas que, sin duda, ayudan a correr 42.195 metros al día siguiente.

Dejó de llover en cuanto abrí los ojos del todo. Los 13.000 corredores que recogimos el dorsal podíamos disfrutar de una mañana fresca. Los dos mil que de modo misterioso no recogieron su numerito tendrán sus razones para habérselo perdido. De todo ello se preguntaban en la organización.

Cuenta la prueba hispalense con un sólido equipo detrás. La mano de la empresa generadora de las revistas SportLife y Runner’s World se nota. El cálculo de metros necesarios para ropero, salida, meta y feria vienen testados de mil batallas. También se nota la época de crisis. Y es que muchos escogen Sevilla por tener un precio muy ajustado. Maticemos que los presupuestos de los dos maratones más pujantes, Barcelona y Valencia, superan al de Sevilla. Y los extras a los que muchos se referían durante la carrera o después cuestan dinero. No falta de nada en el maratón que corrí el domingo, pero no hay lujos; un poco más de sólido en los avituallamientos o un pelo más de vestimenta en el paso de la carrera por la ciudad. Quizá sea una demostración que a un maratón se va a correr y no de fiesta.

Que tampoco. Ha sido una trampa discursiva. A un maratón se va a salir y llegar y correr como te salga de las mismas entrepiernas. Sólo se te exige dedicación y no romper las normas del reglamento.

Con estas, salida a las 08h30 tras un reagrupamiento con amigos de Alcalá, presentaciones de rigor y risas comentando los buenos momentos pasados en la presentación (de verdad, gracias a los que pasásteis llenando aquello).

Se me terminan las ideas para contar el discurrir de los kilómetros. Se podía observar bastante público. Mucho más que hace diez años en mi única participación en esta carrera. Había un reguero constante de animación en muchos kilómetros. Había avenidas interminables y había algún pequeño desnivel con lo que declaramos desierto el premio al recorrido más plano de Europa.

Había, como es frecuente, una puerta a la otra dimensión, la del sufrimiento. Esta vez la situaron escondida entre esos fabulosos edificios que albergaron la Exposición Iberoamericana de 1929 y que ahora jalonan los kilómetros 32 al 36. Eso que otros llaman muro quedaba aquí muy bien disimulado entre naranjos y amplios horizontes. En eso hay una parte de Sevilla muy parisina. Sobre este particular podríamos hablar horas pero sé que nadie tiene tanto tiempo.

Tocaría un último párrafo en el que se comentasen la entrada al estadio, el estado del tartan de la pista o los cientos de metros que recorrí caminando. Pero viajar a una carrera como esta ha de eliminar todo rastro de similitud con las demás. Que sepan que, después de arrastrarse uno durante horas, el recuerdo de un viaje al maratón de Sevilla debe contener -como si se tratara de un set de viaje imprescindible- los siguientes brochazos: una cazuela de guiso y unas espinacas con garbanzos; una impresión honda y definitiva sobre si la cerveza Cruzcampo es o no es; el paseo por la tarde mientras el sol se pierde por el lado suroeste de la Alameda de Hércules; la charla con el vecino de la casita de al lado.

Sigo. Una mirada analítica a esas sevillanas medio rubias vestidas de domingo por la tarde; el debate necesario con el camarero sobre qué son realmente las setas de la plaza de la Encarnación; arrastrar el dolor de piernas hasta una estación de AVE abarrotada de cortavientos amarillos fluorescente; si Sevilla o Betis; entender que un cuarteto carnavalero puede ser un cuarteto de tres, de cuatro o de cinco; ver como esos viejos echan la partida en el bar esquivando sistemáticamente la consumición; pensar en que no (o sí) vestirás en la vida a tu hijo como ese bebé que asoma por la inglesina.

Y, por encima de todo, el maratón de Sevilla es el puñetero vídeo del niño Samué. Dentro vídeo.

Lo demás ya lo están contando otros.

Todo tenía (de nuevo) una explicación

El blog ha tenido poco movimiento. Cierto. Decir que ha sido poco es pecar de optimista. No se ha movido desde los últimos fileteados de mis columnas de Zen. Digamos que la cantidad de cosas a las que se enfrentaba el autor (servilleta) eran inversamente proporcionales a las entradas. En el proceso lamentable de echar la culpa a algo, he decidido poner las cartas sobre la mesa.

La culpa la tiene este.

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Desde hace unos días está a la venta en los canales de distribución habituales y los nuevos medios de promoción (las benditas malditas RSS). Es tirando a regordete, como era yo cuando comencé a correr. Amarillo como esos limones colganderos que entramos una vez Garbanzito y mi familia a saquear en una finca murciana. Enrojecido como el moflete metido en pleno esfuerzo, bufa que te bufa. Tiene un hedor inmarcesible a alcohol como, en fin, no quiero dar muchas pistas. Dará guerra mientras pasa desapercibido porque, ni él ni yo somos santo de devoción de las grandes masas. Será criticado por muchos y alabado por otros y todos tendrán razón porque un libro no es un escaparate con cosas arremolinadas (si es una tienda regida por un manazas) ni alineadas (si es un cuartel de la NATO). Un libro es el sumatorio de ratos que gente diferente emplea en leer, que es una manera de descansar de vivir lo de uno y ponerse a vivir lo de otro.

Este Run con Limón (Editorial ViveLibro) es la auténtica razón por la que este blog ha permanecido tan parado. Inciso para agradecer a la gente de ViveLibro el cariño con el que se han tomado sus servicios, que están yendo más allá de los meramente editoriales.

Comienza así:

“Madrid, Julio de 2015. Guardo entre los cuchillos de la cocina un arranque ficticio de libro. También hay espumaderas, algo de plástico que pela y corta kiwis, hay cucharones de madera y tres abridores de botellas.
Pero solo hay un arranque para este libro. Resume esos pensamientos a los que un corredor, al menos una vez en su vida, debe enfrentarse. Resume lo que siempre quiso saber el acompañante o familiar del que corre. Lo otro, los cuchillos, las espumaderas, eso son las cosas del día a día, de otra pasión. Este arranque da paso a un libro que alguien tenía que sacar. Igual de cortante que los cuchillos. El discurso de perro cabreado que ningún adulto tiene ganas de aguantar durante cuatrocientas páginas.
No sé si he recopilado el libro que todo aficionado a correr debería leer. Más bien un cajón de una cocina desastrosa”

Aunque debo decir que por delante se ha colado un tipo que se carcajea hasta de su sombra. El prólogo de Roberto Leal, colega de trotes, tiene la virtud de jugar a despistar. Porque no soy tan malo. Vosotros lo sabéis.

Decid que no. Anda.

El 100-marathon club? Que se ponga

No hay que complicarse la vida. Es un listado sencillo, si se quiere ver así. Es cierto que algunas organizaciones piden la justificación de haber participado en un evento reglado. Pero, desde que el mundo es mundo (bueno, quizá con las cosas ya arrancadas) existe el 100-marathon club. En su inicio era un grupo de británicos despendolados. Desconozco en qué ha derivado, aunque no son el tipo de gente al que preguntarías por cómo leches empezar en esto del correr.

O quizá sí. No los traigo a mención para justificarlos ni criticarlos.

En el momento de escribir estas líneas apenas me queda media semana para llegar a esa cifra de cien. Cien veces en las que eché a correr y no paré hasta pasar de los 42.195 metros. Parar, se sobreentiende, para sentarme, ducharme y dar por concluida la carrera.

Si sigues mis líneas de manera habitual, sabes que no otorgo el rango de derrota a pararse en una carrera. Se puede parar a tomar un avituallamiento, a ponerse un chubasquero extra, a beberse una jarra de cerveza o comer unos torreznos. Esto me saca de ese listado potencial de héroes con cien maratones a cholón completados.

A cambio, aporto kilómetros de sobra para compensar los puristas. Si escojo las cien veces que completaré el Lunes, la media sube por encima de los cincuenta kilómetros.

Al fin y a la postre todo esto es una vana manera de discutir de algo que tiene un mérito relativo. Hay muchos a quienes nunca se les desmonta un merengue. Gente que no pierde el hilo leyendo a Antonio Muñoz Molina. O el interés con Kant. ¿O era al revés en estos dos últimos casos?

Total. Para amantes de los mitos, las estadísticas y quienes insisten en que un blog debe tener continuidad, aquí va un post de continuidad. No se me ocurría mejor cosa que celebrar que llego al club de los centenarios.

Desde 1989 hasta 2016, estos son mis poderes. Evento y distancia.

1989 Maratón de Madrid, 42km
1990 Maratón de Madrid, 42km
1991 Maratón de Madrid, 42km
1992 Maratón de Madrid, 42km
1994 Maratón de Madrid, 42km
1995 Maratón de Valencia, 42km
1996 Maratón de Barcelona, 42km (MMP) + Maratón de Madrid, 42km
1997 Maratón de Paris, 42km + Maratón Alpino Madrileño, 42km
1998 Marxa Románica Navás 82km + 100km/24h Corricolari
1999 60 van Texel + Blois-Amboise, 47km + Rotterdam Marathon, 42km
2000 Senda Real GR124, 50km + Davos Swiss Alpine Marathon, 42km + Amsterdam Marathon, 42km
2003 60 van Texel + Palencia-Valladolid, 50km + Castillos de Avila, 50km
2004 Maratón de Sevilla, 42km + Maratón Valtiendas, 42km + Castillos de Avila, 50km
2005 Cantalojas-Burgo de Osma, 53km + Maratón de Valencia, 42km + 50km IAU Villa de Madrid + Alcobendas-Maratón de Madrid, 47km + 101km Ronda + Fairlands Valley Challenge, 42km + Monschau Marathon, 42km
2006 50km IAU Villa de Madrid (MMP) + 100km/24h Corricolari
2007 Maratón Madrid, 42km + Cerceda-Bola del Mundo-Cerceda, 44km +  Leiden Marathon, 42km + Avila-Navas del Marqués , 43km + Extreme Marathon Lagos Covadonga, 42km + 50km IAU Villa de Madrid + Villalba-Rascafría, 51km
2008 Alcobendas-Casa de Campo-Cuzco, 45km + Trotada por Madrid, 42km + 50km IAU Villa de Madrid + Maratón de Madrid, 42km + Challenge 24h Ultrafondo + Albacete-Almansa, 57km + Almansa-Muro de Alcoy, 62km + Muro de Alcoy-Denia, 58km + 6h en pista de Barcelona
2009 La Peor Maratón del Mundo, 44km + Senda Merinas, 47km + Maratón Madrid, 42km + Challenge 24h Ultrafondo + 100km/24h Corricolari + Bilbao Night Mar. 42km + La Peor Maratón del Mundo (II), 42km + Raid Sierra Oeste, 44km + No-lights-in-the-city Run Madrid, 43km
2010 La Napoleonienne, Somosierra-Madrid, 92km + Maratón de Madrid, 42km + Nocturna Fuenfría, 43km +  Pedriza Solo, 42km + Navacerrada-Zetas circular, 43km + Gran Trail Peñalara, 117km + Viñuelas 42km + Viñuelas 42km + O Cebreiro-Lestedo (CSantiago), 85km + Lestedo-Santiago (CSantiago), 70km

2011 Marxa Selva del Camp, 67km + Maratón de Madrid + Zetas nocturnas, 42km + Alcobendas – Casa de Campo, 47km + Madrid-Segovia, 100km + Duratón Integral, 44km + Anti Norte, 42km + Pesadilla antes de navidad, 42km
2012 Inverniza, 51km + Transgrancanaria Sur-Norte, 96km + Trail Peñalara, 60km + Kerkus Boadilla, 42km + Remontada infernal Manzanares, 54km + Sierra de Chiva, 61km
2013 Napoleónica, 53km + kmsxalimentos, 42km + Maratón de Madrid, 42km + El Soplao 45km + UT Collserola 43km
2014 Maratón de Barcelona, 42km + Trail batalla Alarcos, 50km + Navacerrada-La Granja 80km + Courmayeur-Champex 56km + SainteLyon 72km

2015 Napoleónica, 62km + Genaro Trail 50k + 101km Ronda + Serrota, 42k + Villalba-Alcobendas, 48k + Madrid-Segovia, 102km + Castillos de Avila, 49km
2016 Coslada-Alcobendas. 46k

De mi amiga Ángeles, selfies y hembras-alfa

Por su particular interés y porque muchos no os dio la gana leerlo en el suplemento ZEN, os reproduzco aquí mi columna Run & Lemon del 25 de Octubre

Me pregunta mi amiga Ángeles si aquí sólo se habla de corredores varones. Por la furia del domingo pasado. Me arrea porque, lo que sale de mi afilada lengua, raspa a tío y huele a Brummel. Lo peor es que Ángeles siempre tiene razón. Corriendo el riesgo que, incluso cuando defiendo el papel de la mujer en la esfera trotadora, me ciega esa profusión de machos. Inundamos las sendas, carreteras y eventos deportivos.

Porque, siendo razonable, seguimos siendo más. Muy poco a poco estamos alcanzando cifras de proporción absoluta al 50%. Solo en las carreras más fáciles y cómodas. Se vende como un éxito que los maratones más masivos de España acojan a una cuarta parte escasa de mujeres participantes. Tenemos más tiempo, nos duele menos dejar todo empantanado en casa para irnos a correr y no nos quedamos embarazados. Ay, los tíos.

El domingo me cabreé como una mona con los flojos y los birrias. Según me recuerdan, quedó esa pregunta pendiente: De toda la que nos inunda en el running, ¿se manifiestan las corredoras de igual modo que los corredores? Me remangué y me puse a ello. Midiendo la tontería por bloques, saqué unas conclusiones que son las típicas generalizaciones precipitadas pero conclusiones y mías, que es lo que cuenta.

Las corredoras que veo y conozco (y conozco unas cuantas) son más participativas en el rito del selfie, más constantes en el correr saludable, más miradas a la hora de qué ponerse para hacer deporte. Como contrapartida, son menos competitivas, cosa que ni es bueno ni malo. El correr recreativo parece ir más con ellas. En la etología del correr hay menos hembras-alfa.

Menos masculinidad hegemónica. Quizá porque componen el grueso de la segunda mitad del pelotón en meta. O por impulso biológico. ¿Sabiduría de la conservación de la especie? Démoslo por bueno.

En cualquier caso no todo van a ser malas noticias para el varón de la manada. Igualan a los maromos en varios puntos. Mis corredoras son o aparentan ser tan sociales como sus compañeros. Les tira la cerveza o el café con charleta posterior a correr. Han tomado con la misma pasión la furia de ponerse unas zapatillas. Relativizan los progresos iniciales contra el crono del mismo modo que muchos hombres. Y es que una novata y un novato son un amor. Es más. Cuando conté a mi amiga Ángeles que aparecería hoy en esta columna, frente a usted, reaccionó de modo idéntico a un hombre. Y me sonó a pitorreo.