Marató del Pirineu. Varios 25 de septiembre más tarde.

Viví con dos años de edad en una casa enclavada en lo alto de un pueblo de valle, minero, húmedo. De la ladera de aquella montaña se deprendían bloques que rodaban y golpeaban en la pared exterior de nuestra casita. Las explosiones de los barrenos de los mineros eran frecuentes.

Mi madre nos bajó de aquella ladera por mis pulmonías y, también, un poco por no vivir con esa inquietud. Ella, de secano, no vivía a gusto en esa casita en la que las rocas te despertaban golpeando la pared en mitad de la noche. En esos días no se escuchaba mucho más en el Pirineo del Cadí. No había gran turismo ni asomo de que nos dedicáramos a correr por la montaña. Ningún habitante de Guardiola del Berguedá, en 1971 y entonces bajo el patronazgo toponímico de Berga, conocía la expresión trail running. Ni siquiera se habían disputado aún los Juegos Olímpicos de Munich cuando, esa primavera, empezó mi padre a correr con los alumnos de su escuela rural.

Del Cadí bajé con apenas cuatro años. En cuarenta y pico años aquello ha evolucionado hasta un fabuloso parque natural, el Cadí-Moixeró, mis pulmonías debieron quedar enterradas con el crecimiento, y ahora en aquella ladera ruedan piedras porque los corredores galopan arriba y abajo por sendas que conducen a Bagá, a Martinet, al Pedraforca. De todo ello solamente quedan retazos de persistencia. Mi padre sigue corriendo, poco más. El embalse cubre Cercs. Berga es una ciudad asentada. Ya no hay tren que una la montaña con Manresa.

Hace un año, el equipo de Salomon que nos aglutinó como probadores de material, como los chisporroteantes field testers (de lo cual siguen sin arrepentirse), nos marcó en rojo arcilla la cita en el calendario a Roberto, Raúl y a mí. Debíamos volver a las sendas del Cadí para participar en el Marató del Pirineu. De inmediato temí dos cosas. Una, que mi cuerpo hiciera la menor mención de correr y caminar la distancia ultra (106km, noche y día metido por las montañas) y, dos, que yo mismo provocase el rodar de las piedras. Lo primero tiene un fácil arreglo porque la distancia maratón me fue ofrecida de inmediato. Lo segundo implicaría que yo fuese detrás de una de ellas ladera abajo.

Y no. Tengo aprecio a la marca y al deporte pero a la montaña le tengo un particular respeto. Cuando siquiera rechista, este respeto es cercano al miedo.

Pues caía agua a jarras cuando llegamos a Bagá. El terreno no podía evacuar todo aquel agua de una tormenta de septiembre. En seguida entendí lo dura que debe ser una noche con un bebé que se despierta por los golpes en las paredes de una casa en un pueblecito aislado en la alta montaña. Apenas diez años antes todo el área metropolitana de Barcelona leía en la prensa sobre los muertos causados por la riada del Vallés del 25 de septiembre. Esta sería una fecha más si no fuese porque correríamos por la montaña, precisamente, otro a 25 de septiembre.

Es evidente que oculté a mi madre este dato. Ese mismo día de 1962 hubo entre 600 y 1000 muertos en las riadas de Cataluña. En 1973 mi padre escogía un destino más cercano a Barcelona y las paredes de casa dejaron de atronar. Mi madre no debía saber un veinticinco andaría yo por las montañas. Esa fecha tendría mucho que ver con el resto de mi vida. Adivinen el nombre conmemorativo que tenía el nuevo colegio al que nos trasladamos. En efecto: el “25 de septiembre”, situado además en uno de los municipios donde más fallecidos hubo en 1962.

Por fortuna el 24 amaneció radiante tras la tormenta y el caos que puso a prueba a la organización. Las cumbres habían dejado claro quien mandaba a todo aquel contingente de tipos sin afeitar, de cara angulosas, que recogían dorsales y revisaban material. Nuestra carrera nos permitió ascender tan alto como estaba previsto. Los valles levantaron las persianas y vimos el verde, el bosque, los caballos de montaña y las cimas por las que este viejo deporte hacía discurrir al pelotón.

Arriba y abajo. Ya saben. De la gloria de la carrera y de los sufrimientos poco hay que contar. Es frecuente que se escriba mucho y se llegue a una ínfima parte. Se corran cuatro horas, ocho o veinte, se añadan toneladas de romántica poesía a una pelea contra el cuerpo y contra las montañas, podremos llegar a lo sumo a dibujar un minimo garabato. El titánico esfuerzo de ascender a dos mil seiscientos metros una y otra vez se convertirá en una caricatura épica.

Pero ya conocen mi posición. No somos nada en el discurso de la Historia. Milésimas de segundo sin importancia. Por mucho que nos esforcemos en barnizar con literatura personal, somos menos todavía frente a la geología de los lugares por los que discurrimos. Y todo eso a pesar de nuestra capacidad destructiva. Afortunadamente el entorno del correr por el campo, los esforzados amantes de la montaña, los organizadores de carreras, los entusiastas defensores del medio, estamos en el lado del respeto e intentamos dejar el menor rastro posible. De vez en cuando se cuelan eventualidades, se escapan imbéciles que trasladan su frustración o su trascendencia cósmica a este medio.

Qué vamos a hacer. También se coló una riada un 25 de septiembre y luego miró distraída en el calendario. También me uní a mi mujer a mi mujer en una iglesia de piedra, sólida, guadarrameña, de nuevo cerca de las montañas. Otro manojo de casualidades. Fue un 25 de septiembre.

Saintelyon. Luces sobre barro y nieve

Luis Arribas. Runner’s World. En 1951 un grupo de excursionistas organizan una marcha de dos días que une Saint-Ètienne y Lyon. Sesenta años después todo se les ha ido de las manos. 14.000 participantes cruzan corriendo de noche, varias distancias por delante. La más popular, los 72km a los que acudimos para contártelo.

Afueras de Lyon.
Nueve de la mañana de un domingo de invierno. La dureza de un recorrido sin grandes montañas pero continuados rompepiernas nos tienen clavados unos segundos en mitad de una cuesta infernal. Alguno para y mira atrás, esperando a que se llenen los depósitos como por arte de magia. Al fondo queda el valle del Ródano. Restan aproximadamente unos diez kilómetros hasta meta. Ha amanecido hace apenas cuarenta minutos y los escalofríos acentúan el dolor de piernas. Y sabes que bajar a la urbe no se habrá diseñado siguiendo la ruta más fácil. Esto es puro trail, barro y frío.

Doce horas antes nos apiñábamos 14.000 corredores en pabellones —6.500 participantes en la prueba reina— y carteles indicando líneas de salida variadas. Habíamos sido trasladados al kilómetro cero por decenas de autobuses. Desde Lyon salen decenas de autobuses que te dejan para la cena de la pasta en la línea de salida. Un tinglado mundial donde las formas son exquisitas. Sin prisa, miles de runners comen y descansan.

En la avenida que linda con el palacio de los deportes, una masa abrigada hasta las cejas enciende los frontales. El vaho sale de las bocas en pos del tres, dos, uno que nos haga arrancar. Todo esto discurre cada puente de diciembre en la ciudad de Saint Etienne. De una ciudad a otra se celebra un clásico del trail running en el país vecino. Es la SainteLyon.

Hace sesenta y un años el trail no estaba de moda. De hecho hasta pasados unos años el reglamento separaba caminantes y corredores. Pero dos o tres eventos hicieron que los franceses se tiraran al campo. La ‘sainte’ fue uno de ellos. En la década de los ochenta ya eran cuatro mil los inscritos. Esto tenía yo que probarlo. Y venir a contároslo.

La ruta
Parece difícil convencer a miles de runners para correr durante setenta y dos kilómetros mientras caen copos una noche. Pero se logra. Fuera, niebla cerrada y un cielo que amenaza nevada. Nos salvaremos de ella (no fue así en 2013) porque un viento del norte congela todo bicho viviente. Rondamos los cero grados. Pues, a pesar de ello, el diseño de este recorrido, sin alardes pero con una armonía perfecta entre ruta y bosque, provoca que este sea el evento más antiguo y masivo del trail francés. También quizá el más francés. Jean-Louis comentaba en la salida que “quizá no le ha hecho falta internacionalizarse tanto como el Ultra del Mont Blanc”. Con tres ‘saintes’ en sus piernas, él ha pasado el tiempo de espera en el suelo del pabellón multiuso, metido en un saco de dormir sobre una esterilla y comiendo un plátano con parsimonia. Y es que la espera es larga.

Se puede correr la clásica ruta senderista de cabo a rabo. Por relevos. Incluso los debutantes pueden cogerle el tranquillo al evento corriendo una ‘mini’ de 27km. Un asunto que nos proporciona poco consuelo al contingente de tres corredores españoles. Los tres, debutantes y que miramos en la grada, sentados, qué puede indicar tal o cual cota en el perfil de la carrera.

Las únicas condiciones del contrato son seguir las flechas amarillas y los cientos de luces frontales que te precederán. Miro la tranquilidad que irradian miles de colegas con el peto-dorsal ya colocado, tumbados, cenando o moviéndose con calma para dejar a la organización la bolsa con las ropas secas. No es una carrera normal. No cuentan solamente las fuerzas y las condiciones del día. Al complejo juego de fuerzas hay que añadir la noche. Quizá, el coraje.

Courage
Las contradicciones del campo son así. La visión idílica del silencio de la noche, los perros ladrando y el viento azotando tus oídos queda rota de inmediato. Hay público. Hay rhodaniens subidos en mitad de un bosque con campanas, una hoguera y que han iluminado un trozo de sendero como si fuera una verbena. Hay stéphanoises que llenan el paso por una aldea como si cruzara el mismo Tour de Francia. Se oye el famoso ‘courage’ por todos lados y el corredor se siente parte de una ceremonia de respeto. La distancia y el recorrido, a pesar de no ser montañoso, requieren de respeto mutuo.

Millones de unidades de luz en mitad de la noche e imágenes cautivadoras. Viajar a este trail marca en la estética de lo percibido. No hay grandes panorámicas alpinas. No hay casi grandes panorámicas. Está la interminable fila de puntos blancos que festonea cada cerro y cada granja. La estética del preciosismo de las aldeas galas que creaban en los cómics de Asterix o un cañón de aire caliente en un puesto de avituallamiento. El bardo atado a un árbol frente al pitido de los chips cuando pasan por el lector. Correr con los poros abiertos para sentir y los oídos para que te guien en la noche. Pero esto no oculta un hecho. Queden sesenta o veinte kilómetros por delante, el coraje, los cuádriceps y tu sistema térmico tienen que continuar trabajando. Quemar hidratos y grasas y lo que lleves dentro.

Parar es comenzar a temblar. Los vencedores rondan las cinco horas y media. Su entrenamiento les permite volar por los avituallamientos que tú esperas para encontrar una silla y un cobijo donde no haga frío. En el palacio de deportes de Lyon la meta acoge a todos con una auténtica sinfonía de música y rayos láser. Pero, para los miles de corredores que peleamos contra senderos embarrados, andar en pantalón de correr y cargado con una mochila a las cinco y media de la madrugada es una exigencia rara del guión que hemos elegido. No aclara todavía ni el viento gélido da tregua.

La meta cerrará sus puertas cuando discurran quince horas. Finalmente el participante encuentra que el gran Ródano está ahí. Solo hay que bordearlo, subir las escalinatas del puente, cruzar a la otra orilla y arrastrar los restos óseos, llenos de barro y de dolores, hacia el parque lineal en que está enclavado el palacio. En un detalle de sensatez, también derivado de las múltiples distancias, en la línea de meta confluyen nuestras variadas experiencias. Los locutores cantan a todo trapo todas y cada una de las llegadas. Correr embozado con gorro y tener los músculos de la cara medio entumecidos por el frío nos obliga a componer la mejor de las sonrisas cuando subimos la rampa del arco de meta. En ese momento olvidas la dureza del sueño, cada rozadura de la mochila, las caídas en el barro y el llevar cocidas y empapadas las plantas de tus pies.

Del mismo modo es irónico que en esa ciudad se esté rindiendo un homenaje a la iluminación en todas sus formas y que solo pienses en tirar tu frontal a tu mochila. El alivio de llegar a un sitio cobijado, caliente. Que tras la puerta del pabellón haya una ciudad viva y no un camino que serpentea, de nuevo, a oscuras entre bosques. La luz que te ha guiado, agotado tus ojos y se ha clavado en tu frente, permitió que una aventura considerada demencial hace décadas sea nuestra nueva muesca en la mesa de las experiencias como corredores.

Días después aún repaso el perfil y el mapa, intentando reconocer algunos tramos y situando sensaciones que bordeaban lo onírico. Creo tener todas conmigo si aseguro que las 9h47 que estuve corriendo y reptando por las tierras entre Saint-Ètienne y Lyon pasaron como un suspiro.

Un suspiro de viento helador. Si sentiste un escalofrío en algún momento de esta lectura, habré sabido transmitirte algo.

Texto aparecido en la versión iPad de www.runners.es
INFO PRÁCTICA
Distancias 72k y 27 (mini). También relevos de 2, 3 y 4 corredores.
Web http://www.saintelyon.com
Terreno: caminos, asfalto y sendas por bosque. Es fácil coger el ritmo de carrera en un diseño que huye de los grandes collados alpinos. Barro y nieve están siempre presentes debido a las fechas en que se disputa. Por las bajas temperaturas, escoger ropa adecuada fundamental. Difícil abrigarse mucho y romper a sudar, y también difícil pasar horas al crudo frío invernal. Los dorsales se agotan en unas semanas. Precios de alojamiento y billete de avión muy solicitados. Coincide con gran fiesta del invierno en la ciudad.
LUZ, MÁS LUZ
Vas a correr y, además, puedes conocer la segunda urbe francesa en uno de sus momentos de esplendor. El puente de diciembre coincide con la Fête des Lumieres. Se celebra el día de la Inmaculada desde 1852. La ciudad de Lyon se engalana con un despliegue increíble de iluminación. Es el complemento ideal para pasar el puente en la ciudad del Ródano. Calles, plazas, shows, fachadas iluminadas, vino caliente y, para comer, churros, salchichas, guisos y tartiflettes en puestos callejeros. Cuentas con varios vuelos diarios desde los aeropuertos principales (1h40 desde Madrid y 1h desde Barcelona). Al fin y al cabo, correr mientras los demás componentes de la familia duermen es el sueño de muchos.

Diez años más tarde, siguen siendo 101km

Fui reclutado para echar una mano a unos compañeros del trote y de las teclas. Como si de un anuncio de una expecidión polar de sir Ernest Shackleton se tratara, me ofrecían a cambio una incierta gloria, y un retorno ajustado a cumplir con mi cometido. Es decir: se me sugería devolver enteros a tres periodistas a los dominios de la Avenida de San Luis. Bien es verdad que he guiado a decenas de corredores inexpertos pero nunca sobre tantos kilómetros. En plata, pastorear periodistas en una prueba pedestre de cien kilómetros trasciende el pastoreo. Es un áspero modo de jugarse los huevos y el prestigio.

Afortunadamente los implicados tenían algún bagaje maratoniano, como Jose María Robles. Incluso uno de ellos, Juan Fornieles, ya había saboreado los caminos de Ronda algún año atrás. El único punto de duda era saber hasta qué cuesta, curvón o pueblo llegaría Quique Falcón. Un voluntarioso corredor pero algunos escalones por debajo de lo exigido para las más tremendas rectas de la campiña de Ronda (Málaga). Correr y caminar bajo el sol. En esto el pasado y el presente siguen abrazados. Sin trucos ni atajos.

En los largos diez años desde mi anterior participación en los 101km en 24h de la Legión (2004-2015) he visto cambios. Siempre para mejor. Siguen siendo los mismos kilómetros. Las reglas del juego están ahí desde que se creó el formato. Tienes veinticuatro horas por delante para completar el circuito que te pongan sobre el mantel los organizadores. Estos, el Tercio Alejandro Farnesio, también son los de siempre. Si han sabido adaptarse a misiones en Líbano o Afganistán, lo han hecho con el aumento de participantes. Un ascenso gradual de la popularidad del evento sobre el que luego querría explayarme.

Territorio cientounero

El tablero es un clásico formato de campo, olivar y pendientes del interior malagueño y gaditano. Porque en los 101 da tiempo hasta a cambiar de provincia.

Los topónimos echaron raíz hace siglos y el polvo blanco de los carriles, como son denominados aquí, se mete en cada poro y orificio del cuerpo. Uno contra uno. El corredor (al que aquí denominan marchador, por motivos de epistemología militar) contra la distancia. Y así debe ser. Ni el paso de las modas ni la preparación puede suplantar al esfuerzo. No lo hace. Con el tiempo uno no ve corredores más rápidos ni pájaras o desmayos menos monumentales. Las horas pasan igual de lentas y la gota malaya del paso de la tarde a la noche taladra nuestras cabezas del mismo modo.

En cierta medida yo estoy encantado que esto sea así.

De todos modos, hay cosas que no cambian. Mi preferencia por las zapatillas trotonas y cómodas (mis blandotas y cómodas Skechers GoUltra) se acerca a un acomodo patológico. Qué ironía. Llamamos ‘comportamiento comodón y adocenado’ a tics en un deporte que puede llevarte a consumir hasta diez mil calorías, machacar las plantas de tus pies y poner los riñones contra la lona.

Otras, sí. La mejora evidente del material hace todo más fácil. Mochilas del calibre Salomon Skin Adv 12Set, bastones quien los quiera usar o la evolución de la alimentación en carrera. Como contrapartida, esas mejoras llegan cuando tenemos más años y más dolores. Y por mucha experiencia que acumulemos, la mejora se quedará en un alivio temporal del sufrimiento. La vida misma.

¿Momentos mágicos?

Abstraído por el laboreo de los chicos de la redacción, corrí pendiente de que todo funcionase. Así que me perdí muchos de los apasionantes momentos que uno vive en una de las carreras más bestias del calendario español. Recuerdo que pasamos bajo la puerta grande de una antiquísima plaza de toros, que los participantes paraban a hacerse fotos en cada esquina, vitoreaban enseñas, nombres de amigos, canciones de aguerridos cuerpos militares.

Del mismo modo recuerdo desmayos por el calor, tipos grandes como montañas sentados en un banco del comedor de mandos del cuartel con la mirada perdida, corredoras acalambradas y conversaciones llenas de dolor al teléfono. Ese teléfono que nos permite pedir auxilio emocional y nos ofrece una ventana al desahogo, la ira o el pitorreo. Maldito seas, teléfono.

Los momentos mágicos se disuelven cuando uno tiene una responsabilidad, estamos corriendo con 32º al sol y todo ha de encajar. Decir cuándo beber y cuándo caminar al grupo. Callar para que disfruten de su valentía o hablar para que no se den cuenta de un momento de debilidad o un fallo en carrera. Por cómo discurrirían las primeras cuatro horas, era primordial dejar a Quique calmado y en buenas manos. Corría con cierto miedo. Era también su primer abandono rondeño Rondeño o cientounero, como se dice ahí. Algo normal, pero desconocido para dos de los tres amigos (ya convertidos en amigos del alma, evidentemente).

Hubo momentos de crisis. Según va la literatura épica del correr serían esos en los que tiras de la motivación. Prefiero recordarlos como momentos en que te acuerdas de los tuyos. Más bien, de los antepasados de los de otros. “¿qué hago yo aquí?”. Sin ir más lejos, el fenomenal repaso que nos dió el tecnicismo trailero. Desconocedores como éramos del recorrido en detalle (sufre cambios desde aquella edición hace diez años), nos metieron por ese eufemismo llamado “zona muy divertida”. Una zona muy divertida supone que, cuando llevas ochenta y cinco kilómetros en las piernas, se cambia totalmente la esencia de los caminos de la zona. Se buscan las sendas verticales y los pasos entre arbolado. ¿Divertido? Claro. Y precioso. Pero no al final.

Más y más cientouneros.

La masificación me sugiere varias preguntas. Las bicicletas han tomado la delantera y la prueba acoge miles de ciclistas de ruedas gordas. ¿Puede el Tercio con la doble masa? El evento duplicado pasa del éxito total al abismo del caos. ¿Esa coexistencia de los dos pelotones más enfervorecidos del deporte al aire libre nos libra de criticar la gestión de la basura? No quiero imaginar al legionario con el que pegué la hebra a la una de la madrugada en el cuartel. Si se quejaba amargamente sobre no poder ver a su crío ese fin de semana, qué sería si le encomendaran tareas de limpieza.

Porque, amigo, siete mil deportistas montan un marraneo supremo. Y es que somos unos cerdos. Sí. Los salvadores de la civilización ociosa y sedentaria. Los bikers y los runners y los trailers. Así, como concepto.

El aspecto de la zona de avituallamiento del campo de maniobras era peor que un concierto. Los caminos ofrecían esa señal indeleble del tragamillas que decide comer el gel ahí mismo y, ahí también, deshacerse del envoltorio. Acarrear 480 gramos de mierdas varias desde la salida y ser incapaz de regresar a meta con 35 gramos de envoltorios.

Es indiscutible el impacto saludable del magno evento sobre Ronda y la zona. Los tan conocidos estudios de dineros que riegan las ciudades en día de carreras están ahí. Se come. Se cena. Se desayuna, echa gasolina y toma una caña. Recomendable es probar un año en estos 101 solamente por intentar encontrar ese alojamiento. Y hablar con Paqui y descubrir como la venta frustrada de viviendas tiene un fin de semana de alivio con el alquiler a los deportistas.

Probablemente esa marea de visitantes mueva sola la energía que necesita la prueba. Ronda ya va sola cada año en busca de su fiesta de la kilometrada. En los primeros días del invierno salieron 7.000 dorsales y a ellos acudimos 21.000 opositores. Cifras que duplican el evento al que asomé la cabeza hace ahora once años.

Sin duda alguna. Los 101 siguen siendo un evento absolutamente mundial. Mundial de aquella manera. Porque Andalucía es un mundo. Yo diría, a falta de estadísticas fiables -mi falta de tiempo en buscarlas- que un 80% de los acentos que uno oye en carrera son orientales u occidentales, costeros malacitanos o de los olivares del interior. Pero es evidente que, por encima del pujante Maratón de Sevilla o de los movimientos ciclables por sierras y antesierras, el espectro del deporte al aire libre andaluz sigue viviendo por y para esa enorme fiesta.

Curioso. El mismo fenómeno que encontré en la SainteLyon (de Saint Etienne a Lyon a pie). Apenas acuden corredores de fuera de la zona de influencia. Apenas algún extranjero y eso que la Legión y la ciudad de Ronda tienen un caramelo exportable de dimensiones considerables. Habrá que dejar que todo lleve un ritmo y un camino trazado por los organizadores. Dos décadas de evento les respaldan.

Entre tanto, iremos y regresaremos para contarlo. He tenido el privilegio de participar de una manera especial. Ayudando. No fui el único. Vi curtidísimos corredores guiando un grupo al igual que hacía yo. Acumulamos historias esa suma de kilómetros de todos nosotros, lo mismo que nuestras trazas repasan a rotulador cansado esa recta con apenas cuatro encinas que dan sombra. Los 101 de Ronda son los kilómetros-álbum de nuestra juventud, las imágenes de la bajada asfaltada que destroza los cuádriceps en dirección al cuartel o los dos caballeros legionarios subidos en el pozo zacando agua de la garrocha.

Sacri, Quique, Juan y el bicicletero Luisfer son ya parte de mi bagaje. Son más que página y media. Vedlos pies en alto. Vedlos dormidos al llegar a meta. Viajando despreocupados en la furgoneta o trasteando con los teléfonos a la salida de un área de servicio en la A-4. Hoy cuentan a sus familiares y amistades que un día compartieron aventura con los soldados del verde oliva.

[test] Mochila gin Campari

SLab ADV Skin 12Set. Probablemente sea el último dedostontos en escribir una prueba sobre las bondades de esta mochila. No. Bueno. Habrá otras posteriores. En cierto modo internet se retroalimenta del conocimiento popular. Dicho lo cual, aviso también que no será ni la prueba más sensata ni más completa.

El código es rojo y negro. Salomon, aunque malvive en mi espectro cromático incrustando blancos por ahí, blancos que solamente quedan bien a los veloces galgos del trail, Salomon -insisto- nos hace firmar un código de color rojo y negro. Un código de colores salvaje como la explosión de estilo de los anuncios de Campari. En este punto es donde este review diverge de las demás visiones. Aquí tienes un punto y aparte como puerta de salida.

La mochila. Más de 400 kilómetros y 90 horas de prueba, de cóctel. Escoge tú cómo llamarlo. Cuando nos colocamos una mochila con la que vamos a convivir durante horas, los parámetros son ajuste, capacidad, y accesibilidad a los bolsillos y elementos de hidratación. No hay desacuerdo en que “la 12” ofrece todo eso. A carretillos.

Foto: Salomon.com

Absolutamente todo lo que seas capaz de meter dentro de sus compartimentos irá pegado a tu cuerpo esmirriado mejor que la manera en que te quedan los trajes de tres piezas. Por descontado, cabe lo suficiente como para embarcarse tanto en vueltas al cerro de tu pueblo como en travesías de varios días. Es un tejido elástico a la que llaman Malla Power y Sensifit. Ligero, resistente a los embates del monte.

Y, si tienes brazos con codos flexibles 270º, podrás llegar a todos los rincones de la mochila sin necesidad de sacarte todo de la espalda. Yo no los tengo y además se me sale el hombro izquierdo.

Sea, entonces. Todo lo anterior está fantásticamente glosado por las referencias habituales de prueba de material de montaña. Pero yo quiero hablar de los colores. Y del amargor alcohólico de un buen gin-Campari.

Dulce es tener todo ese tejido elástico adherido al cuerpo. La manera en que lo negro del anuncio se ajusta, no se mueve durante las batallas por las montañas y los reposos en la silla de los cafés. Me gusta decir que una prenda es cómoda cuando reparas en ella al final del día, sin darte cuenta que la llevas durante horas. La sensación de no llevar mochila es eso mismo. Llegar hasta el fondo del vaso, oscurecido por esos reflejos color caramelo.

Amargo es el regusto de parar a colocar las famosas botellas flexibles dentro de sus bolsillos pectorales. El Campari que colorea esa mochila deja la sensación de “Ay, se calentó demasiado pronto el vaso”. El derretir los hielos en una tarde al Mediterráneo extremadamente cálida. Calzarse “la 12” es como ser un adicto a los cócteles torturadores. Cuantos más kilómetros y horas pasamos, más corto nos parece ese dulce y más persistente es el rojo, el amargo.

Qué vamos a hacer. El mundo maya moría por el agua amarga del cacao. El clavo de Madagascar, la frambuesa, el limón o la canela de Ceilán, el ruibarbo y la cáscara de naranja. Todo va hilvanándose con la fatalidad de la adicción. Complicado es pasar a las otras grandes mochilas-chaleco del mercado. A las prometedoras Raidlight Ultra Olmo o las tremendas Ultimate.

El ácido de la ginebra es la única explicación posible. La bebida del imperio británico. La reina de las bebidas holandesas. Es casi imposible saltar del balcón de la gran señora de las mochilas.

La combinación de rojos, negros, dulces, amargos. Un par de grandes bloques de hielo y una piedra suficientemente grande para descansar un minuto después de remontar un col de 2.400 metros. El vestido ajustado y los tacones imposibles. Los arañazos en las manos y las uñas de los pies destrozadas por los descensos. Hay tan poca diferencia entre todos los momentos exclusivos…

Esto tengo que contárselo a mis chicos

Soy hombre de pocos bancos. Somos en mi familia un grupúsculo poco de bancos. Mi hijo Martín, cuando tenía tres años, consiguió que desmantelaran los bancos de piedra del patio de su colegio. Lo logró abriéndose la ceja contra uno de ellos. Mi padre tiene pendiente una monumental con los del osito blanco. En general evitamos pronunciarnos sobre encuestas financieras porque, tanto mi santa esposa como yo, acarreamos un saco de imprecaciones siempre listas para ese momento.

Aún así, hay veces que toca comerse el tiempo disponible e ir. Joderse y cerrar la puertecita de esa torre de cristal.

-“No. Yo es que lo hago todo por internet” – E ir.

Hace unos meses saqué del uso público y deportivo un par de zapatillas de mis buenos compadres de la marca Salomon. Vivieron estas zapatillas tal número de perrerías que fueron fruto de analítica, no financiera sino deportiva. Se habló de ellas aquí, aquí y en algún otro artículo donde me dio reparo. Las vi, a las coloradas aquellas, ir perdiendo lustre.

¿Qué pinta aquí la historia de unas zapatillas usadas si hablo de bancos?

¿Quién ha tomado el hilo de la historia de una familia que bufa contra la banca para terminar hablando de las CrossMax?

Permiso.

Aquellas rojas y negras vivieron el generoso destete de la cajita y del olor a nuevo. Vinieron desde la sede donde los chicos de Salomon asignaban material a esta escuadrilla de alimoches. Fueron niñas y empezaron a correr por raices y rocas. Adolescentes rebeldes que rozaban cuando no se las pedía. Machacaban al progenitod, al probador de materiales donde más daño hacían.

En la delicadeza de domarlas se cometieron abusos. No los declaré todos. No era más que un caso de estudio de este experimento llamado Field testing. La prueba de material zapaticida incluiría el rozamiento, la mutilación de las plantillas y, finalmente, el abandono.

Bancarse las ganas de llorar por ellas fue el penúltimo paso. El viaje estelar que nos llevó a mis chicos y a mi hacia las tierras de Santiago. En aquella semana de Agosto en que la meseta se sacudía el polvo, las zapatillas realizaban su último cometido.

No. Un penúltimo, entiendo ahora.

Nicolás, el otro gemelo, tiraba de las crossmax hasta llegar al punto de conexión de todas las cosas. Al campo de estrellas de cada uno. Si peregrinaste alguna vez, sabrás que todo lo que no tiene sentido, lo cobra de repente.

Al punto generador de los siglos de este país y al que todos regresan ,en sueños o a pie, acababa de abrir el carrete y conectar el hilo de dos historias. Porque las historias son madejas almacenadas en casilleros infinitesimales. Y un demente con tiempo infinito y escrúpulo cero suelta el hilo y es capaz de mandarlas a la puerta de un banco.

A esas zapatillas rojas y blancas de la puntera desgastada. De las que no se ven muchas.

De hecho solamente se ven cuando alguien las transporta. Yo apenas las transporté a un contenedor bajo mi calle, apoyándolas contra el lateral. A la hora que fueron depositadas no transitaba mucha gente. Incluso los banqueros habían dejado de merodear hasta la más ínfima posibilidad de negociado. El contenedor de basura les debía parecer yermo de oportunidades.

Igual ahora no.

Porque comienzan a brotar las grúas de nuevo.

Pero no entonces. Era un lúgubre mes de Noviembre y ni el presidente de los presidentes veía claro lo de las grúas.

El abuelo sí lo vio. Tiró del hilo de la historia y era cuestión de que alguien parase a leerla.

Hoy las he vuelto a tener delante. Sostenían dos piernas arqueadas de loneta azul de trabajo en el campo. Había donde mirar. Al escaparate rococó de la panadería. Pero no. O el bastón de la esgrimista octogenaria. Pero tampoco. No. La vista se me cayó de modo inmediato al embaldosado.

Ahí estaban. En su penúltima prueba de material. A la puerta de la entidad bancaria donde nadie dirá al abuelo que gaste en zapatillas. Si existe algún corredor de monte en la agencia probablemente se le haga la mañana más corta. Aún.

Se lo comento con urgente sorna a mi esposa. Si los chicos de Salomon ven esto…

Deberíamos empezar a creer en tubos inmateriales por los que se cuelan las historias de las zapatillas.

§

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Los Cien Mil hijos de San Trail

Ayer alcanzaron los 100.000 ‘me gusta’ en Facebook. Lo celebraban viéndose muy por encima de eventos como el Maratón de París (56k) y a escasa distancia del ¡Maratón de Nueva York! (125k). En efecto: los Poletti, apellido ligado a la dirección deportiva del Ultra Trail de Mont Blanc, estaban ayer de celebración.

De indudable capacidad mediática, un maratón masivo como los históricos que todos tenemos en mente anda en estos momentos por los cincuenta mil amigos en facebook. Berlín y París dan esa cifra. El monstruo londinense acumula menos de noventa mil. Para que os hagáis una idea de lo que mueve una opinión en las redes sociales emitida desde esas organizaciones, nuestro maratón de Barcelona reúne una tercera parte de seguidores.

Pues bien. El señor Ultra Trail de Mont Blanc y sus señores organizadores tienen pendientes de las actualizaciones de la red social de las carreras a más gente que las de los principales maratones del mundo.

Estamos hablando de una carrera de una especialidad muy joven del mundo del correr. Una modalidad del correr que ha estado alejada hasta hace unos escasos meses de las cadenas de televisión. Recordemos que únicamente Eurosport ha emitido un resumen de larga duración (que podéis consultar en este vídeo) y que ni se emite en directo, salvo las cámaras de ultratrail.tv. Es probable que, si en algún evento se están dando pasos de gigante hacia la globalización del llamado ‘trail running’ (correr por la montaña, en esencia), sea en el UTMB.

Likes, no likes.

Y, entre tanto ¿es una medición significativa lo que una carrera acumule en términos de popularidad de las redes sociales? Creo que sí. Mucho.

No significa que sea mejor o más bonito. Es la medición de que, un mensaje emitido desde la carrera, salta automáticamente a un número creciente y gigantesco de usuarios, fans, potenciales clientes o aficionados a las andanzas en el monte.

¿Es sintomática de algo?

Al menos es evidente que la expectación está creada. La proporción de quienes lo siguen y optan por un dorsal es exagerada, comparado con las cifras de participación de los grandes circuitos de ruta. Chicago o Londres acumulan diez veces más corredores que las diversas distancias que terminaremos en Chamonix.

En 1823 eran aproximadamente cien mil los defensores del Antiguo Régimen, los que echaron una mano al reaccionario Fernando VII. Creo que las cosas han cambiado mucho y ahora, contar hasta cien mil, podría ser hasta un síntoma de buena salud.

¿Y tú? ¿Has pasado a hacer click por su perfil en facebook?

[-10] para Montblanc: detalles que lo convierten en una carrera casi perfecta

¿Qué es eso que tanto se habla de que la organización del UTMB es prácticamente perfecta? ¿Es para tanto? ¿De verdad se acerca tanto a un Tour de Francia o a un Maratón de Nueva York de las carreras de montaña?

No emitiré juicio hasta que no lo vea con mis propios ojos de cordera agotada. Falta ver la logística, la resolución de conflictos cuando la meteorología o los inconvenientes del momento lo requieran, el trato al corredor, mil cosas.

Pero, para ir entrando en materia, os daré unas pistas del material que llega a mis manos. Una de las maneras de chequear el estado de salud de un evento o una empresa es ver cuánto se trabaja en las oficinas de comunicación de la carrera.

Todos recordamos nombres y eventos de lo contrario. Donde uno se entera de los cambios 48 horas antes, cancelaciones o modificaciones, o notas de prensa donde predomina la información menos relevante, las fotos con los políticos de la zona.

Pues bien, en las últimas dos semanas, las personas que movilizan el departamento de prensa del Ultra Trail del Mont Blanc han logrado lo que parecía imposible: la avalancha de información me ha sobrepasado. Han tenido el cuidado de mantenernos al día de (agarraos):

1. Resumen personalizado de horarios y alojamiento.

2. Invitación a probar una nueva línea de frontales Petzl con uno de los corredores más famosos del orbe montañero: Seb Chaigneau.

3. Recordatorio de que visitemos y cumplimentemos el espacio ‘salud para el corredor’, donde quedará grabada tu información de emergencia médica

4. Algunos nombres a seguir entre los 100 mejores que asistirán según la Asociación Internacional de pruebas trail (ITRA)

5. La Web tv en la que se podrá seguir cada una de las cinco carreras: en ultratrail.tv

6. Métodos de seguimiento LiveTrail® para facebook, twitter, vamos, de lo mejor en materia de seguimiento en línea en pruebas al aire libre. O por SMS para familiares y amigos.

7. Conferencias que se celebrarán en ese sarao fantástico donde las marcas quieren estar: el Salón del Ultra-Trail

Es una buena batería de asuntos, como veis. ¡Y en solo dos semanas! Espero que sirva como guía y que alguien pase a alguien el enlace de este post. De los detalles del buen trabajo se aprende y todo mejorará. Con esa metodología y medios no habrá burbuja que valga sino crecimiento de calidad.

Me queda una duda. Si cuidan así a los medios de comunicación, ¿cómo no cuidarán a los auténticos protagonistas de la aventura, los corredores?

© The North Face® Ultra-Trail du Mont-Blanc® – Clément Vaillant