Marató del Pirineu. Varios 25 de septiembre más tarde.

Viví con dos años de edad en una casa enclavada en lo alto de un pueblo de valle, minero, húmedo. De la ladera de aquella montaña se deprendían bloques que rodaban y golpeaban en la pared exterior de nuestra casita. Las explosiones de los barrenos de los mineros eran frecuentes.

Mi madre nos bajó de aquella ladera por mis pulmonías y, también, un poco por no vivir con esa inquietud. Ella, de secano, no vivía a gusto en esa casita en la que las rocas te despertaban golpeando la pared en mitad de la noche. En esos días no se escuchaba mucho más en el Pirineo del Cadí. No había gran turismo ni asomo de que nos dedicáramos a correr por la montaña. Ningún habitante de Guardiola del Berguedá, en 1971 y entonces bajo el patronazgo toponímico de Berga, conocía la expresión trail running. Ni siquiera se habían disputado aún los Juegos Olímpicos de Munich cuando, esa primavera, empezó mi padre a correr con los alumnos de su escuela rural.

Del Cadí bajé con apenas cuatro años. En cuarenta y pico años aquello ha evolucionado hasta un fabuloso parque natural, el Cadí-Moixeró, mis pulmonías debieron quedar enterradas con el crecimiento, y ahora en aquella ladera ruedan piedras porque los corredores galopan arriba y abajo por sendas que conducen a Bagá, a Martinet, al Pedraforca. De todo ello solamente quedan retazos de persistencia. Mi padre sigue corriendo, poco más. El embalse cubre Cercs. Berga es una ciudad asentada. Ya no hay tren que una la montaña con Manresa.

Hace un año, el equipo de Salomon que nos aglutinó como probadores de material, como los chisporroteantes field testers (de lo cual siguen sin arrepentirse), nos marcó en rojo arcilla la cita en el calendario a Roberto, Raúl y a mí. Debíamos volver a las sendas del Cadí para participar en el Marató del Pirineu. De inmediato temí dos cosas. Una, que mi cuerpo hiciera la menor mención de correr y caminar la distancia ultra (106km, noche y día metido por las montañas) y, dos, que yo mismo provocase el rodar de las piedras. Lo primero tiene un fácil arreglo porque la distancia maratón me fue ofrecida de inmediato. Lo segundo implicaría que yo fuese detrás de una de ellas ladera abajo.

Y no. Tengo aprecio a la marca y al deporte pero a la montaña le tengo un particular respeto. Cuando siquiera rechista, este respeto es cercano al miedo.

Pues caía agua a jarras cuando llegamos a Bagá. El terreno no podía evacuar todo aquel agua de una tormenta de septiembre. En seguida entendí lo dura que debe ser una noche con un bebé que se despierta por los golpes en las paredes de una casa en un pueblecito aislado en la alta montaña. Apenas diez años antes todo el área metropolitana de Barcelona leía en la prensa sobre los muertos causados por la riada del Vallés del 25 de septiembre. Esta sería una fecha más si no fuese porque correríamos por la montaña, precisamente, otro a 25 de septiembre.

Es evidente que oculté a mi madre este dato. Ese mismo día de 1962 hubo entre 600 y 1000 muertos en las riadas de Cataluña. En 1973 mi padre escogía un destino más cercano a Barcelona y las paredes de casa dejaron de atronar. Mi madre no debía saber un veinticinco andaría yo por las montañas. Esa fecha tendría mucho que ver con el resto de mi vida. Adivinen el nombre conmemorativo que tenía el nuevo colegio al que nos trasladamos. En efecto: el “25 de septiembre”, situado además en uno de los municipios donde más fallecidos hubo en 1962.

Por fortuna el 24 amaneció radiante tras la tormenta y el caos que puso a prueba a la organización. Las cumbres habían dejado claro quien mandaba a todo aquel contingente de tipos sin afeitar, de cara angulosas, que recogían dorsales y revisaban material. Nuestra carrera nos permitió ascender tan alto como estaba previsto. Los valles levantaron las persianas y vimos el verde, el bosque, los caballos de montaña y las cimas por las que este viejo deporte hacía discurrir al pelotón.

Arriba y abajo. Ya saben. De la gloria de la carrera y de los sufrimientos poco hay que contar. Es frecuente que se escriba mucho y se llegue a una ínfima parte. Se corran cuatro horas, ocho o veinte, se añadan toneladas de romántica poesía a una pelea contra el cuerpo y contra las montañas, podremos llegar a lo sumo a dibujar un minimo garabato. El titánico esfuerzo de ascender a dos mil seiscientos metros una y otra vez se convertirá en una caricatura épica.

Pero ya conocen mi posición. No somos nada en el discurso de la Historia. Milésimas de segundo sin importancia. Por mucho que nos esforcemos en barnizar con literatura personal, somos menos todavía frente a la geología de los lugares por los que discurrimos. Y todo eso a pesar de nuestra capacidad destructiva. Afortunadamente el entorno del correr por el campo, los esforzados amantes de la montaña, los organizadores de carreras, los entusiastas defensores del medio, estamos en el lado del respeto e intentamos dejar el menor rastro posible. De vez en cuando se cuelan eventualidades, se escapan imbéciles que trasladan su frustración o su trascendencia cósmica a este medio.

Qué vamos a hacer. También se coló una riada un 25 de septiembre y luego miró distraída en el calendario. También me uní a mi mujer a mi mujer en una iglesia de piedra, sólida, guadarrameña, de nuevo cerca de las montañas. Otro manojo de casualidades. Fue un 25 de septiembre.

El 100-marathon club? Que se ponga

No hay que complicarse la vida. Es un listado sencillo, si se quiere ver así. Es cierto que algunas organizaciones piden la justificación de haber participado en un evento reglado. Pero, desde que el mundo es mundo (bueno, quizá con las cosas ya arrancadas) existe el 100-marathon club. En su inicio era un grupo de británicos despendolados. Desconozco en qué ha derivado, aunque no son el tipo de gente al que preguntarías por cómo leches empezar en esto del correr.

O quizá sí. No los traigo a mención para justificarlos ni criticarlos.

En el momento de escribir estas líneas apenas me queda media semana para llegar a esa cifra de cien. Cien veces en las que eché a correr y no paré hasta pasar de los 42.195 metros. Parar, se sobreentiende, para sentarme, ducharme y dar por concluida la carrera.

Si sigues mis líneas de manera habitual, sabes que no otorgo el rango de derrota a pararse en una carrera. Se puede parar a tomar un avituallamiento, a ponerse un chubasquero extra, a beberse una jarra de cerveza o comer unos torreznos. Esto me saca de ese listado potencial de héroes con cien maratones a cholón completados.

A cambio, aporto kilómetros de sobra para compensar los puristas. Si escojo las cien veces que completaré el Lunes, la media sube por encima de los cincuenta kilómetros.

Al fin y a la postre todo esto es una vana manera de discutir de algo que tiene un mérito relativo. Hay muchos a quienes nunca se les desmonta un merengue. Gente que no pierde el hilo leyendo a Antonio Muñoz Molina. O el interés con Kant. ¿O era al revés en estos dos últimos casos?

Total. Para amantes de los mitos, las estadísticas y quienes insisten en que un blog debe tener continuidad, aquí va un post de continuidad. No se me ocurría mejor cosa que celebrar que llego al club de los centenarios.

Desde 1989 hasta 2016, estos son mis poderes. Evento y distancia.

1989 Maratón de Madrid, 42km
1990 Maratón de Madrid, 42km
1991 Maratón de Madrid, 42km
1992 Maratón de Madrid, 42km
1994 Maratón de Madrid, 42km
1995 Maratón de Valencia, 42km
1996 Maratón de Barcelona, 42km (MMP) + Maratón de Madrid, 42km
1997 Maratón de Paris, 42km + Maratón Alpino Madrileño, 42km
1998 Marxa Románica Navás 82km + 100km/24h Corricolari
1999 60 van Texel + Blois-Amboise, 47km + Rotterdam Marathon, 42km
2000 Senda Real GR124, 50km + Davos Swiss Alpine Marathon, 42km + Amsterdam Marathon, 42km
2003 60 van Texel + Palencia-Valladolid, 50km + Castillos de Avila, 50km
2004 Maratón de Sevilla, 42km + Maratón Valtiendas, 42km + Castillos de Avila, 50km
2005 Cantalojas-Burgo de Osma, 53km + Maratón de Valencia, 42km + 50km IAU Villa de Madrid + Alcobendas-Maratón de Madrid, 47km + 101km Ronda + Fairlands Valley Challenge, 42km + Monschau Marathon, 42km
2006 50km IAU Villa de Madrid (MMP) + 100km/24h Corricolari
2007 Maratón Madrid, 42km + Cerceda-Bola del Mundo-Cerceda, 44km +  Leiden Marathon, 42km + Avila-Navas del Marqués , 43km + Extreme Marathon Lagos Covadonga, 42km + 50km IAU Villa de Madrid + Villalba-Rascafría, 51km
2008 Alcobendas-Casa de Campo-Cuzco, 45km + Trotada por Madrid, 42km + 50km IAU Villa de Madrid + Maratón de Madrid, 42km + Challenge 24h Ultrafondo + Albacete-Almansa, 57km + Almansa-Muro de Alcoy, 62km + Muro de Alcoy-Denia, 58km + 6h en pista de Barcelona
2009 La Peor Maratón del Mundo, 44km + Senda Merinas, 47km + Maratón Madrid, 42km + Challenge 24h Ultrafondo + 100km/24h Corricolari + Bilbao Night Mar. 42km + La Peor Maratón del Mundo (II), 42km + Raid Sierra Oeste, 44km + No-lights-in-the-city Run Madrid, 43km
2010 La Napoleonienne, Somosierra-Madrid, 92km + Maratón de Madrid, 42km + Nocturna Fuenfría, 43km +  Pedriza Solo, 42km + Navacerrada-Zetas circular, 43km + Gran Trail Peñalara, 117km + Viñuelas 42km + Viñuelas 42km + O Cebreiro-Lestedo (CSantiago), 85km + Lestedo-Santiago (CSantiago), 70km

2011 Marxa Selva del Camp, 67km + Maratón de Madrid + Zetas nocturnas, 42km + Alcobendas – Casa de Campo, 47km + Madrid-Segovia, 100km + Duratón Integral, 44km + Anti Norte, 42km + Pesadilla antes de navidad, 42km
2012 Inverniza, 51km + Transgrancanaria Sur-Norte, 96km + Trail Peñalara, 60km + Kerkus Boadilla, 42km + Remontada infernal Manzanares, 54km + Sierra de Chiva, 61km
2013 Napoleónica, 53km + kmsxalimentos, 42km + Maratón de Madrid, 42km + El Soplao 45km + UT Collserola 43km
2014 Maratón de Barcelona, 42km + Trail batalla Alarcos, 50km + Navacerrada-La Granja 80km + Courmayeur-Champex 56km + SainteLyon 72km

2015 Napoleónica, 62km + Genaro Trail 50k + 101km Ronda + Serrota, 42k + Villalba-Alcobendas, 48k + Madrid-Segovia, 102km + Castillos de Avila, 49km
2016 Coslada-Alcobendas. 46k

S-Lab sense short. Acertando.

Cuando menos espera salta la liebre. Después de ver cómo la marca de los Heras, Karrera, Tófol y Kilian desarrolla los buques de guerra en el correr por el monte (o sea, las mochilas y el calzado salomonero), resulta que tiene que llegar una prenda insospechada y liarla.

La lía en forma de pantalón corto. De los de correr. En sus más amplias acepciones. Se me pone a tiro este S-Lab Sense y entonces doy gracias al azar. Porque he dado con el pantalón corto que alguien diseñó para corredores como yo. Quiero pensar que lo hizo sin saberlo. Que sepan en su departamento de I+D que han acertado.

Sí, me gustaría encontrar un día a quien estiró el concepto “vamos a despeñarnos por esta ladera de roca helada” hacia la dirección “bien, nos subimos unas horas a correr por caminos entre bosques y bajamos a comer”.

Un pantalón corto no tan corto.

El S-Lab Sense tiene un corte de pantalón baggie de no más de 4 pulgadas. Por ponerlo en comparación, estos aproximados 10 cm de la costura de la entrepierna hacia el largo de pernera son más parecidos a los pantalones cortos de atletismo que a las prendas diseñadas para el trail running. Si ojeáis el catálogo de las marcas habituales (a excepción de estos de Raidlight fabulosos en referencias), la tendencia es a alargar a 6 y 7″ el tiro, convirtiendo pantalones de correr en ligerísimos pantalones de baloncesto. Hasta los defensores a ultranza del pantalón largo deberán reconocer que sí, son ligeros pero empieza a sobrar tela en el interior de los muslos.

La tela es liviana pero rígida, cosa importante para los ‘muslosgordos’, dado que no se mueve casi de su sitio. Y no se mueven porque llevan la ya conocida banda elástica en la cintura con los dos bolsillos en los que todo queda fijado a las mil maravillas. ¿Qué debe caber en un pantalón que terminas usando a diario? Las llaves, del coche, de la taquilla o de casa. También se guarda perfectamente algún gel o algún mini pack sólido. El móvil ya no. Escoge. O de comer y el móvil o de comer y las llaves.

¿Adecua sus posibilidades al asfalto? Creo que sí. En una carrera de más de hora y media te puede venir al dedillo (y al culillo) para apenas sentir la prenda y transportar lo básico. La cinta elástica es también un buen ‘balcón’ donde colgar los guantes a media carrera e incluso llevar un pequeño plan de ruta, o una tarjeta de crédito, dni o billete envuelto para las emergencias típicas de los comienzos. Sí, también vale perfectamente para ser un pantalón de iniciación.

Evidentemente me he hecho con dos. De quita y pon, como dicen las madres. Me cuesta alternar con otra prenda, aún entrado el invierno castellano. En primavera y otoño me han acompañado en los exigentes tests de los 101km de Ronda y la Madrid-Segovia. Impecable comportamiento y eso que uno ya le saca pegas a todo. Acumulados entre ambos irán unos 800 kilómetros. Y lo que les queda.

Dentro material gráfico.

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La 99ª

Hace once años se nos ocurrió a Yoli Jiménez y a mí la buena idea de celebrar una carrera por los caminos que conocíamos en el entorno de la sierra de las Parameras de Avila. Le colocamos el nombre ‘trail’ porque el mundo de las carreras de montaña se autodenominaba así: carreras de montaña. También existían ya en aquellos días los ultrafondistas 101km de Ronda y algunas otras versiones por diferentes comunidades autónomas. De hecho Yoli está ahora a la cabeza de una prueba similar en el Canal de Castilla.

Para mí, aquello tenía una ligera cojera. Unas carreras eran puros eventos monteses. Las otras se acercaban a lo que me apetecía organizar. Estaban más en consonancia con las pruebas norteamericanas donde, como muchos sabréis, porque somos bilingües de facto y decimos coaching, runner y GPS, a los senderos se los llama ‘trails’. Senderos y caminos, y no riscos y ascensos radicales.

Así en 2004 se celebraba la primera de las tres ediciones que organicé bajo el formato de los Castillos de Ávila. Le cayó la etiqueta del trail porque -confieso- teníamos que venderlo de la mejor manera posible. Cincuenta kilómetros mal contados en los que no importaba cuántos kilómetros hubiera sino el hecho de discurrir por dos fortalezas de la provincia, y terminar en las murallas más famosas de Ávila.

Posteriormente vimos que aquello se vendía solo. El éxito era evidente y terminó por crecer hasta un punto en que ya no había sitio para tanta gente, ni autocares disponibles para trasladar a todos a la línea de salida en Solosancho, ni chuletón ni mesas para la cena posterior en el hotel. Porque, amigos, aquello no era una comida de la pasta, era un bodorrio inmenso donde entregábamos los trofeos y deglutíamos carne de la zona. Sí. Macarrones, también. Pero de los macarrones apenas hay recuerdo ni fotos.

El otro día llevé a tres amigos a esos caminos. Los susodichos, procedentes de la casi llana Ciudad Real, tienen acumulada mucha experiencia en el correr por el monte. Pero mucha. Y a lo bruto. No sacaremos los méritos a relucir. No hace falta. Pero desconocían la zona.

Tampoco sabían que se podía acumular tantísimo granito en unas laderas. O que la adusta presencia de los abulenses es cosa de rascar un poco. Que algunos propietarios de bares de pueblo tienen mucha más estima por los deportistas del monte que en algunas áreas urbanas. Desconocían el secreto molecular de las patatas revolconas, coronadas por torreznos magistrales.

Había que sacarlos de gira. Hablamos, nos partimos la caja por varios lados. Trotamos cuando se podía y paramos a mirar “cómo estaba el campo de bonito” donde era preciso.

Casi cincuenta kilómetros después volvíamos a los coches con la sensación de que el tiempo se había detenido mientras corríamos. Lleva detenido cientos de años, si uno se para bien a pensarlo.

¿A quién se tiene en cuenta?

Cuando recomiendo a la gente que se inicie en el bello entretenimiento de hacer kilómetros por el monte, les prevengo de la existencia de un lado extremo. Prevención que olvidan al segundo dorsal que se colocan. Y es la existencia de determinados organizadores que asustan con canales verticales y descensos inestables por los que participantes llevarán en marcha doce o quince horas. Me sirve hoy de excusa para escribir sobre el papel del cliente final: el corredor.

Obnubilados por la estética del reto y la facilidad con la que su cuerpo de urbanita gana terreno en la batalla, la siguiente hornada de corredores se mete en carreras de montaña donde el más difícil todavía pone en entredicho dos cosas:

Una. La seguridad del corredor. Sin ir más lejos, para recorrer 51km, un experto amigo mío como Anaime Pérez se queja de necesitar veintiuna horas en las que triscó por pasos innecesarios, canchales y afrontó un riesgo inasumible por los Pirineos del Tena. Y Anaime no es un cualquiera. Este loco de la arqueología y la Historia lleva muchas pruebas de más de cien kilómetros terminadas. En llano y en monte. Pero hay algo que no se detiene y es la guerra por el más duro, lo más alto, la acumulación caprichosa de desnivel positivo acumulado.

Dos. La capacidad de disfrutar de la montaña está mutilada por esa acumulación caprichosa. Esto no es baladí. Se presume en el mundo de las carreras por la montaña (el fenomenológico mundo del ‘trail’) de haberse alejado de esa horrible esclavitud del asfalto. De la comunión con el medio. El que pueda levantar la vista so pena de despeñarse. El montañero holla cimas. Respira la consecución de su reto. Y cuenta la finalización con la llegada a salvo a la base. El corredor de montaña es empujado por la velocidad y desniveles diseñados por el organizador. No todo es culpa, como se dice, del corredor, que va como loco.

Sigamos. En las pruebas ciclistas se están viendo recorridos con cuestas de cabras asfaltadas. Todo un escaparate como la Vuelta se presta al mejor postor. El resultado son secarrales desiertos donde afortunadamente nada pasa para el participante porque cuenta con un equipo de apoyo y por su propio entrenamiento exhaustivo. El organizador hace discurrir al pelotón por los polígonos de vivienda resultado del analfabetismo en la ordenación del territorio. Todo se hace en pos del espectáculo. Del dinerario y del rendimiento político de la meta, previsiblemente. Y se sanciona al que se aparta del grupo callado y silencioso porque “afea con su comportamiento” el espectáculo, como se ha sancionado a P. Sagan tras ser agredido por parte del espectáculo. Fue atropellado por una moto de la organización, en plena carrera, dándose el motorista a la fuga (hecho que en España está tipificado como delito).

El concepto del espectáculo es un todo en el mundo ciclista. Han de convivir el público, el sufrimiento respetuoso del corredor, el fondo físico y la belleza del conjunto. Si falta alguno de ellos, ya no hay espectáculo. Una urbanización que trepa por una ladera, saltándose a la torera la legislación ambiental, y destroza una montaña costera no puede ni arrastrar público ni aportar belleza. Un recorrido ciclista profesional, con deportistas a 60kmh metidos por carriles con bordillos de la ciudad de Murcia, provoca riesgo innecesario y la belleza justa. Siendo generosos.

De ética no se habla. La ética queda superada por las fotos de los podios y las autoridades. Las fotos no repasan las vallas ni protegen los guardarraíles. Se vio en la espeluznante caída de la Vuelta al País Vasco. Podría haber sido una carrera local de bicicletas de montaña y el desafortunado ciclista haber caído por un barranco. O un esforzado corredor popular al que no llegasen los medios a tiempo para una emergencia.

La pregunta es: ¿En qué lugar queda el respeto al participante?

¿Se cuida al cliente final de cualquiera de estos espectáculos? Al fin y a la postre, los participantes pasan por donde les meten, beben y comen lo que se les suministra y pagan el coste de la inscripción sin rechistar.

Los clientes miran (poco) al vendedor de servicios deportivos. En realidad se acalla la ración extra de sufrimiento porque el comportamiento de la masa ordena que hay que inscribirse a un maratón después de cuatro meses de ejercicio. O que un corredor debe probar al menos un ultra de 100 kilómetros en su vida. De clientes a súbditos en un paso. La corriente competitiva arrastra al inscrito en pos del reto. El más duro aún. El más largo todavía. La carrera más desértica e inhumana posible. Somos una excelente masa saludable pero también existe mucha ceguera.

En ocasiones deviene en catástrofe. El ciclista profesional que se pega la gran castaña y necesita de ser ingresado en coma inducido. Los rudos ultrafondistas que son puestos en apuros en el duro desierto del Hoggar argelino por un organizador inexperto y, posteriormente, incapaz de afrontar garantías. Las evacuaciones en mitad de un risco montañoso al que un recorrido llevó a corredores de montaña. Otras veces es cabreo e impotencia ante un cálculo ‘por lo alto’ de las necesidades de ropero o marcaje de recorrido en un maratón urbano como el caso de Madrid y su carrera de maratón. O sostener una prueba de diez mil personas con los mismos medios humanos que cuando corrían cuatro mil.

Como ex-organizador sé cuánto cuesta renunciar a cientos de dorsales que cuadrarían las cuentas. Que un patrocinador retire cinco mil euros y tu prueba se borre de un plumazo. Como cliente final entiendo algunas posiciones. Pero me niego a admitir que todo se ciña a cinco mil euros de diferencia.

Entonces, ¿es un problema de capacidad económica? ¿Mejor una gran empresa que un modesto club?

La escala no lo es todo. En España, añado, la escala es un abismo peligroso.

La gestión de la escala económica en nuestro país es aún más peligroso. La cultura de la gran escala está llena de casos de gestión ineficiente de los presupuestos de un evento deportivo. Solo hay que tirar de hemeroteca. Desde un trail o un maratón hasta unos grandes campeonatos.

A partir del salto cuantitativo de los primeros años del milenio se asistió a un cambio de escala. Vivimos (desde la compra del maratón de Barcelona por la gran maquinaria de Amaury Sport Organisation, ASO) el ejemplo de las grandes empresas que compran carreras existentes para reflotarlas. Fue un modelo para un problema puntual. ¿Fue empero una solución?

ASO es organizador y explotador de los derechos del rentable Tour de Francia, del Dakar, de la Paris-Roubaix, de decenas de pruebas. Rescató el maratón de Barcelona tras la suspensión del año del desencuentro y todo salió bien. Al mismo tiempo, ASO rescata la Vuelta. Vean las retransmisiones de la carrera ciclista y pregúntense si España es tan fea o si el Tour de Francia es otro planeta. ¿Ha perdido ASO toda su habilidad de vender un producto? Las Rock’nRoll marathon series rescataron la carrera de Madrid y la magnitud del evento está comiéndose lo bueno y sacando las vergüenzas de lo malo. Logística incompleta en un evento triple no necesario (10+21+42 km en una misma salida) y una promoción pírrica de la carrera, precisamente en la ciudad que ‘más marcha y gente tiene a cualquier hora del año’. ¿Patina en Madrid todo lo que triunfa en San Diego, Las Vegas o México DF?

Nos deja con la duda si la gran empresa de eventos deportivos es una garantía de funcionamiento. En realidad estos ‘rescates’ suelen ser compras de la marca a cambio de un soporte económico. El ejemplo más similar sería el de la franquicia, entiendo yo. El equipo técnico del maratón de Madrid, el club MaPoMa, recibe una inyección de dinero para hacer frente a un maratón más grande. Pero lo que ocurra dentro de la ahora) Rock’nRoll Madrid Maratón sigue siendo fruto de las destrezas logísticas y técnicas empleadas por el equipo de siempre.

Un asunto de envoltorio.

Las carreras de pueblo vivían y viven del esfuerzo de una dirección técnica. Un club. El mimo de unos voluntarios. El corredor se sentía importante. Llegaron los tiempos de las pancartas y los postes publicitarios. Las nuevas empresas de eventos deportivos bombardean a organizaciones con emails ofreciendo servicios en los que “todo” quedará atado. Deberíais ver cómo corre la información. Casi una década después de clausurarse la carrera que organicé, siguen entrando correos y llegan llamadas ofreciendo todo el paquete. “No te preocupes de nada”, aseveran, “Desde arcos de meta a cronometraje y dorsales”.

Arcos. Servicios añadidos. La gran etiqueta de colores aportará fotos y vídeo en meta. Queda por ver si todo ello redunda en el beneficio del corredor. Al final, la zona de meta se viste de color y de vallado. Según mi opinión, los cruces, el marcaje, los fallos o aciertos de un recorrido, la seguridad del corredor, transportar la bebida y alimento a un punto inaccesible de un recorrido queda siempre bajo la batuta de la dirección técnica.

El nuevo escenario de organizadores es un conglomerado dispar. Están las grandes empresas que organizan carreras con suficientes medios como para cubicar, ordenar y surtir a los miles de participantes. Pero también existe un nivel de supervivencia en el que se adhieren nuevos ‘empresarios’ del deporte. Viejos deportistas que tiran de contactos y de experiencia para organizar una prueba. Gente que se desvive y que muchas veces ha de ocuparse de absolutamente todo y perder el menor dinero posible. La secretaría de la carrera la lleva su esposa. Los familiares solventan una emergencia en un cruce mal marcado.

Hay muchas dudas que los clientes finales saborean con la cerveza posterior a la carrera. No hay tarta para todos. Otro de los síntomas de un mercado irregular como es el capital empresarial español. Es evidente.

Las preguntas se agolpan mientras caen las cervezas después de llegar a meta. ¿Es el mejor servicio técnico que haya dos arcos de meta y podio con photo call? Pues podría ser así o podría ser accesorio. El espectáculo podría ser la meta en Chamonix-Mont-Blanc o ver una cuesta en una carrera de pueblo totalmente abarrotada por los cientos de veraneantes.

¿Es garantía entonces de que una franquicia comercial dé apoyo financiero o es sólo garantía de presencia en los medios? La vieja garantía del mimo al participante, del espectáculo para el telespectador o al apasionado fan en la cuneta,  ¿vendrá dada por el cartón piedra y por el maquillaje o por la solvencia técnica?

He tardado 35 años y he tenido que pagar, organizar y participar como corredor. Pero ya tengo mi respuesta. A los seis meses de empezar a organizar no sabía aún nada. A los diez años de empezar a correr seguía sin saber nada.

Saintelyon. Luces sobre barro y nieve

Luis Arribas. Runner’s World. En 1951 un grupo de excursionistas organizan una marcha de dos días que une Saint-Ètienne y Lyon. Sesenta años después todo se les ha ido de las manos. 14.000 participantes cruzan corriendo de noche, varias distancias por delante. La más popular, los 72km a los que acudimos para contártelo.

Afueras de Lyon.
Nueve de la mañana de un domingo de invierno. La dureza de un recorrido sin grandes montañas pero continuados rompepiernas nos tienen clavados unos segundos en mitad de una cuesta infernal. Alguno para y mira atrás, esperando a que se llenen los depósitos como por arte de magia. Al fondo queda el valle del Ródano. Restan aproximadamente unos diez kilómetros hasta meta. Ha amanecido hace apenas cuarenta minutos y los escalofríos acentúan el dolor de piernas. Y sabes que bajar a la urbe no se habrá diseñado siguiendo la ruta más fácil. Esto es puro trail, barro y frío.

Doce horas antes nos apiñábamos 14.000 corredores en pabellones —6.500 participantes en la prueba reina— y carteles indicando líneas de salida variadas. Habíamos sido trasladados al kilómetro cero por decenas de autobuses. Desde Lyon salen decenas de autobuses que te dejan para la cena de la pasta en la línea de salida. Un tinglado mundial donde las formas son exquisitas. Sin prisa, miles de runners comen y descansan.

En la avenida que linda con el palacio de los deportes, una masa abrigada hasta las cejas enciende los frontales. El vaho sale de las bocas en pos del tres, dos, uno que nos haga arrancar. Todo esto discurre cada puente de diciembre en la ciudad de Saint Etienne. De una ciudad a otra se celebra un clásico del trail running en el país vecino. Es la SainteLyon.

Hace sesenta y un años el trail no estaba de moda. De hecho hasta pasados unos años el reglamento separaba caminantes y corredores. Pero dos o tres eventos hicieron que los franceses se tiraran al campo. La ‘sainte’ fue uno de ellos. En la década de los ochenta ya eran cuatro mil los inscritos. Esto tenía yo que probarlo. Y venir a contároslo.

La ruta
Parece difícil convencer a miles de runners para correr durante setenta y dos kilómetros mientras caen copos una noche. Pero se logra. Fuera, niebla cerrada y un cielo que amenaza nevada. Nos salvaremos de ella (no fue así en 2013) porque un viento del norte congela todo bicho viviente. Rondamos los cero grados. Pues, a pesar de ello, el diseño de este recorrido, sin alardes pero con una armonía perfecta entre ruta y bosque, provoca que este sea el evento más antiguo y masivo del trail francés. También quizá el más francés. Jean-Louis comentaba en la salida que “quizá no le ha hecho falta internacionalizarse tanto como el Ultra del Mont Blanc”. Con tres ‘saintes’ en sus piernas, él ha pasado el tiempo de espera en el suelo del pabellón multiuso, metido en un saco de dormir sobre una esterilla y comiendo un plátano con parsimonia. Y es que la espera es larga.

Se puede correr la clásica ruta senderista de cabo a rabo. Por relevos. Incluso los debutantes pueden cogerle el tranquillo al evento corriendo una ‘mini’ de 27km. Un asunto que nos proporciona poco consuelo al contingente de tres corredores españoles. Los tres, debutantes y que miramos en la grada, sentados, qué puede indicar tal o cual cota en el perfil de la carrera.

Las únicas condiciones del contrato son seguir las flechas amarillas y los cientos de luces frontales que te precederán. Miro la tranquilidad que irradian miles de colegas con el peto-dorsal ya colocado, tumbados, cenando o moviéndose con calma para dejar a la organización la bolsa con las ropas secas. No es una carrera normal. No cuentan solamente las fuerzas y las condiciones del día. Al complejo juego de fuerzas hay que añadir la noche. Quizá, el coraje.

Courage
Las contradicciones del campo son así. La visión idílica del silencio de la noche, los perros ladrando y el viento azotando tus oídos queda rota de inmediato. Hay público. Hay rhodaniens subidos en mitad de un bosque con campanas, una hoguera y que han iluminado un trozo de sendero como si fuera una verbena. Hay stéphanoises que llenan el paso por una aldea como si cruzara el mismo Tour de Francia. Se oye el famoso ‘courage’ por todos lados y el corredor se siente parte de una ceremonia de respeto. La distancia y el recorrido, a pesar de no ser montañoso, requieren de respeto mutuo.

Millones de unidades de luz en mitad de la noche e imágenes cautivadoras. Viajar a este trail marca en la estética de lo percibido. No hay grandes panorámicas alpinas. No hay casi grandes panorámicas. Está la interminable fila de puntos blancos que festonea cada cerro y cada granja. La estética del preciosismo de las aldeas galas que creaban en los cómics de Asterix o un cañón de aire caliente en un puesto de avituallamiento. El bardo atado a un árbol frente al pitido de los chips cuando pasan por el lector. Correr con los poros abiertos para sentir y los oídos para que te guien en la noche. Pero esto no oculta un hecho. Queden sesenta o veinte kilómetros por delante, el coraje, los cuádriceps y tu sistema térmico tienen que continuar trabajando. Quemar hidratos y grasas y lo que lleves dentro.

Parar es comenzar a temblar. Los vencedores rondan las cinco horas y media. Su entrenamiento les permite volar por los avituallamientos que tú esperas para encontrar una silla y un cobijo donde no haga frío. En el palacio de deportes de Lyon la meta acoge a todos con una auténtica sinfonía de música y rayos láser. Pero, para los miles de corredores que peleamos contra senderos embarrados, andar en pantalón de correr y cargado con una mochila a las cinco y media de la madrugada es una exigencia rara del guión que hemos elegido. No aclara todavía ni el viento gélido da tregua.

La meta cerrará sus puertas cuando discurran quince horas. Finalmente el participante encuentra que el gran Ródano está ahí. Solo hay que bordearlo, subir las escalinatas del puente, cruzar a la otra orilla y arrastrar los restos óseos, llenos de barro y de dolores, hacia el parque lineal en que está enclavado el palacio. En un detalle de sensatez, también derivado de las múltiples distancias, en la línea de meta confluyen nuestras variadas experiencias. Los locutores cantan a todo trapo todas y cada una de las llegadas. Correr embozado con gorro y tener los músculos de la cara medio entumecidos por el frío nos obliga a componer la mejor de las sonrisas cuando subimos la rampa del arco de meta. En ese momento olvidas la dureza del sueño, cada rozadura de la mochila, las caídas en el barro y el llevar cocidas y empapadas las plantas de tus pies.

Del mismo modo es irónico que en esa ciudad se esté rindiendo un homenaje a la iluminación en todas sus formas y que solo pienses en tirar tu frontal a tu mochila. El alivio de llegar a un sitio cobijado, caliente. Que tras la puerta del pabellón haya una ciudad viva y no un camino que serpentea, de nuevo, a oscuras entre bosques. La luz que te ha guiado, agotado tus ojos y se ha clavado en tu frente, permitió que una aventura considerada demencial hace décadas sea nuestra nueva muesca en la mesa de las experiencias como corredores.

Días después aún repaso el perfil y el mapa, intentando reconocer algunos tramos y situando sensaciones que bordeaban lo onírico. Creo tener todas conmigo si aseguro que las 9h47 que estuve corriendo y reptando por las tierras entre Saint-Ètienne y Lyon pasaron como un suspiro.

Un suspiro de viento helador. Si sentiste un escalofrío en algún momento de esta lectura, habré sabido transmitirte algo.

Texto aparecido en la versión iPad de www.runners.es
INFO PRÁCTICA
Distancias 72k y 27 (mini). También relevos de 2, 3 y 4 corredores.
Web http://www.saintelyon.com
Terreno: caminos, asfalto y sendas por bosque. Es fácil coger el ritmo de carrera en un diseño que huye de los grandes collados alpinos. Barro y nieve están siempre presentes debido a las fechas en que se disputa. Por las bajas temperaturas, escoger ropa adecuada fundamental. Difícil abrigarse mucho y romper a sudar, y también difícil pasar horas al crudo frío invernal. Los dorsales se agotan en unas semanas. Precios de alojamiento y billete de avión muy solicitados. Coincide con gran fiesta del invierno en la ciudad.
LUZ, MÁS LUZ
Vas a correr y, además, puedes conocer la segunda urbe francesa en uno de sus momentos de esplendor. El puente de diciembre coincide con la Fête des Lumieres. Se celebra el día de la Inmaculada desde 1852. La ciudad de Lyon se engalana con un despliegue increíble de iluminación. Es el complemento ideal para pasar el puente en la ciudad del Ródano. Calles, plazas, shows, fachadas iluminadas, vino caliente y, para comer, churros, salchichas, guisos y tartiflettes en puestos callejeros. Cuentas con varios vuelos diarios desde los aeropuertos principales (1h40 desde Madrid y 1h desde Barcelona). Al fin y al cabo, correr mientras los demás componentes de la familia duermen es el sueño de muchos.

Diez años más tarde, siguen siendo 101km

Fui reclutado para echar una mano a unos compañeros del trote y de las teclas. Como si de un anuncio de una expecidión polar de sir Ernest Shackleton se tratara, me ofrecían a cambio una incierta gloria, y un retorno ajustado a cumplir con mi cometido. Es decir: se me sugería devolver enteros a tres periodistas a los dominios de la Avenida de San Luis. Bien es verdad que he guiado a decenas de corredores inexpertos pero nunca sobre tantos kilómetros. En plata, pastorear periodistas en una prueba pedestre de cien kilómetros trasciende el pastoreo. Es un áspero modo de jugarse los huevos y el prestigio.

Afortunadamente los implicados tenían algún bagaje maratoniano, como Jose María Robles. Incluso uno de ellos, Juan Fornieles, ya había saboreado los caminos de Ronda algún año atrás. El único punto de duda era saber hasta qué cuesta, curvón o pueblo llegaría Quique Falcón. Un voluntarioso corredor pero algunos escalones por debajo de lo exigido para las más tremendas rectas de la campiña de Ronda (Málaga). Correr y caminar bajo el sol. En esto el pasado y el presente siguen abrazados. Sin trucos ni atajos.

En los largos diez años desde mi anterior participación en los 101km en 24h de la Legión (2004-2015) he visto cambios. Siempre para mejor. Siguen siendo los mismos kilómetros. Las reglas del juego están ahí desde que se creó el formato. Tienes veinticuatro horas por delante para completar el circuito que te pongan sobre el mantel los organizadores. Estos, el Tercio Alejandro Farnesio, también son los de siempre. Si han sabido adaptarse a misiones en Líbano o Afganistán, lo han hecho con el aumento de participantes. Un ascenso gradual de la popularidad del evento sobre el que luego querría explayarme.

Territorio cientounero

El tablero es un clásico formato de campo, olivar y pendientes del interior malagueño y gaditano. Porque en los 101 da tiempo hasta a cambiar de provincia.

Los topónimos echaron raíz hace siglos y el polvo blanco de los carriles, como son denominados aquí, se mete en cada poro y orificio del cuerpo. Uno contra uno. El corredor (al que aquí denominan marchador, por motivos de epistemología militar) contra la distancia. Y así debe ser. Ni el paso de las modas ni la preparación puede suplantar al esfuerzo. No lo hace. Con el tiempo uno no ve corredores más rápidos ni pájaras o desmayos menos monumentales. Las horas pasan igual de lentas y la gota malaya del paso de la tarde a la noche taladra nuestras cabezas del mismo modo.

En cierta medida yo estoy encantado que esto sea así.

De todos modos, hay cosas que no cambian. Mi preferencia por las zapatillas trotonas y cómodas (mis blandotas y cómodas Skechers GoUltra) se acerca a un acomodo patológico. Qué ironía. Llamamos ‘comportamiento comodón y adocenado’ a tics en un deporte que puede llevarte a consumir hasta diez mil calorías, machacar las plantas de tus pies y poner los riñones contra la lona.

Otras, sí. La mejora evidente del material hace todo más fácil. Mochilas del calibre Salomon Skin Adv 12Set, bastones quien los quiera usar o la evolución de la alimentación en carrera. Como contrapartida, esas mejoras llegan cuando tenemos más años y más dolores. Y por mucha experiencia que acumulemos, la mejora se quedará en un alivio temporal del sufrimiento. La vida misma.

¿Momentos mágicos?

Abstraído por el laboreo de los chicos de la redacción, corrí pendiente de que todo funcionase. Así que me perdí muchos de los apasionantes momentos que uno vive en una de las carreras más bestias del calendario español. Recuerdo que pasamos bajo la puerta grande de una antiquísima plaza de toros, que los participantes paraban a hacerse fotos en cada esquina, vitoreaban enseñas, nombres de amigos, canciones de aguerridos cuerpos militares.

Del mismo modo recuerdo desmayos por el calor, tipos grandes como montañas sentados en un banco del comedor de mandos del cuartel con la mirada perdida, corredoras acalambradas y conversaciones llenas de dolor al teléfono. Ese teléfono que nos permite pedir auxilio emocional y nos ofrece una ventana al desahogo, la ira o el pitorreo. Maldito seas, teléfono.

Los momentos mágicos se disuelven cuando uno tiene una responsabilidad, estamos corriendo con 32º al sol y todo ha de encajar. Decir cuándo beber y cuándo caminar al grupo. Callar para que disfruten de su valentía o hablar para que no se den cuenta de un momento de debilidad o un fallo en carrera. Por cómo discurrirían las primeras cuatro horas, era primordial dejar a Quique calmado y en buenas manos. Corría con cierto miedo. Era también su primer abandono rondeño Rondeño o cientounero, como se dice ahí. Algo normal, pero desconocido para dos de los tres amigos (ya convertidos en amigos del alma, evidentemente).

Hubo momentos de crisis. Según va la literatura épica del correr serían esos en los que tiras de la motivación. Prefiero recordarlos como momentos en que te acuerdas de los tuyos. Más bien, de los antepasados de los de otros. “¿qué hago yo aquí?”. Sin ir más lejos, el fenomenal repaso que nos dió el tecnicismo trailero. Desconocedores como éramos del recorrido en detalle (sufre cambios desde aquella edición hace diez años), nos metieron por ese eufemismo llamado “zona muy divertida”. Una zona muy divertida supone que, cuando llevas ochenta y cinco kilómetros en las piernas, se cambia totalmente la esencia de los caminos de la zona. Se buscan las sendas verticales y los pasos entre arbolado. ¿Divertido? Claro. Y precioso. Pero no al final.

Más y más cientouneros.

La masificación me sugiere varias preguntas. Las bicicletas han tomado la delantera y la prueba acoge miles de ciclistas de ruedas gordas. ¿Puede el Tercio con la doble masa? El evento duplicado pasa del éxito total al abismo del caos. ¿Esa coexistencia de los dos pelotones más enfervorecidos del deporte al aire libre nos libra de criticar la gestión de la basura? No quiero imaginar al legionario con el que pegué la hebra a la una de la madrugada en el cuartel. Si se quejaba amargamente sobre no poder ver a su crío ese fin de semana, qué sería si le encomendaran tareas de limpieza.

Porque, amigo, siete mil deportistas montan un marraneo supremo. Y es que somos unos cerdos. Sí. Los salvadores de la civilización ociosa y sedentaria. Los bikers y los runners y los trailers. Así, como concepto.

El aspecto de la zona de avituallamiento del campo de maniobras era peor que un concierto. Los caminos ofrecían esa señal indeleble del tragamillas que decide comer el gel ahí mismo y, ahí también, deshacerse del envoltorio. Acarrear 480 gramos de mierdas varias desde la salida y ser incapaz de regresar a meta con 35 gramos de envoltorios.

Es indiscutible el impacto saludable del magno evento sobre Ronda y la zona. Los tan conocidos estudios de dineros que riegan las ciudades en día de carreras están ahí. Se come. Se cena. Se desayuna, echa gasolina y toma una caña. Recomendable es probar un año en estos 101 solamente por intentar encontrar ese alojamiento. Y hablar con Paqui y descubrir como la venta frustrada de viviendas tiene un fin de semana de alivio con el alquiler a los deportistas.

Probablemente esa marea de visitantes mueva sola la energía que necesita la prueba. Ronda ya va sola cada año en busca de su fiesta de la kilometrada. En los primeros días del invierno salieron 7.000 dorsales y a ellos acudimos 21.000 opositores. Cifras que duplican el evento al que asomé la cabeza hace ahora once años.

Sin duda alguna. Los 101 siguen siendo un evento absolutamente mundial. Mundial de aquella manera. Porque Andalucía es un mundo. Yo diría, a falta de estadísticas fiables -mi falta de tiempo en buscarlas- que un 80% de los acentos que uno oye en carrera son orientales u occidentales, costeros malacitanos o de los olivares del interior. Pero es evidente que, por encima del pujante Maratón de Sevilla o de los movimientos ciclables por sierras y antesierras, el espectro del deporte al aire libre andaluz sigue viviendo por y para esa enorme fiesta.

Curioso. El mismo fenómeno que encontré en la SainteLyon (de Saint Etienne a Lyon a pie). Apenas acuden corredores de fuera de la zona de influencia. Apenas algún extranjero y eso que la Legión y la ciudad de Ronda tienen un caramelo exportable de dimensiones considerables. Habrá que dejar que todo lleve un ritmo y un camino trazado por los organizadores. Dos décadas de evento les respaldan.

Entre tanto, iremos y regresaremos para contarlo. He tenido el privilegio de participar de una manera especial. Ayudando. No fui el único. Vi curtidísimos corredores guiando un grupo al igual que hacía yo. Acumulamos historias esa suma de kilómetros de todos nosotros, lo mismo que nuestras trazas repasan a rotulador cansado esa recta con apenas cuatro encinas que dan sombra. Los 101 de Ronda son los kilómetros-álbum de nuestra juventud, las imágenes de la bajada asfaltada que destroza los cuádriceps en dirección al cuartel o los dos caballeros legionarios subidos en el pozo zacando agua de la garrocha.

Sacri, Quique, Juan y el bicicletero Luisfer son ya parte de mi bagaje. Son más que página y media. Vedlos pies en alto. Vedlos dormidos al llegar a meta. Viajando despreocupados en la furgoneta o trasteando con los teléfonos a la salida de un área de servicio en la A-4. Hoy cuentan a sus familiares y amistades que un día compartieron aventura con los soldados del verde oliva.