#LargaHuida, el porqué

El porqué de todo esto. Este sencillo proyecto tiene un motivo que ocupa un par de líneas: quiero que nadie olvide el sufrimiento humano diario; un sufrimiento que discurre a pie. Tal cual. La huida que sigue a la expulsión.

Quiero sacar un aspecto que debería tocar el corazón de mucha gente. Pero queda solapado por el bombardeo de titulares y de ofertas comerciales que se entremezclan frente a nosotros.

Ahora mismo hay una columna de hondureños que intenta cruzar país tras país. A esa montonada de gente se le unirán guatemaltecos, cubanos o mexicanos. Otra hilera de subsaharianos intenta estirar el dinero que consiguieron para pagar sobornos y costes de las mafias que los acarrean hacia Europa. Vencidos del Sur que quieren llegar hasta sus vecinos del Norte. Varias líneas de refugiados sortean Oriente Medio para huir de lo de siempre: guerra, hambre, pobreza y muerte.

Llevamos siglos huyendo de calamidades y sólo pagando mucho se ha podido, históricamente, hacerlo a caballo o motorizado. A diario se huye a pie.

¿Pero cuánto es eso? ¿Un día sí y otro no? ¿De noche la gente no huye? ¿Dónde se descansa? ¿Qué come un refugiado en mitad de la nada?

De cómo se ha huido durante siglos sabemos poco porque lo hemos querido olvidar. Y es que tenemos bisabuelos y abuelos en nuestra heráldica familiar que fueron del campo a la ciudad a pie. Que combatieron a pie. Que escapaban del hambre hasta un puerto cercano en el que cogían un barco. Que huían de la aldea al monte para no ser delatados.

El padre de mi suegro, una vez terminada la batalla de Brunete, arreó caminando hasta el centro de Madrid. El padre de mi padre caminó para picar piedra. Mi bisabuelo cruzó sin control alguno desde Portugal hasta Valladolid, andando.

La noche del 31 de octubre quiero poner en visibilidad la huida. Con una mano delante y una detrás. Con poco.

Sé que muchos vais a compartirlo conmigo como un reto deportivo. No os puedo quitar la idea de la cabeza. Es nuestro modo de celebrar las cosas. Corremos para todo. También para conmemorar. Por supuesto os recibiré con un abrazo de hermano si aparecéis y decidís trotar y caminar conmigo. Huiremos un poco, pensaremos mucho pero también dejaré que las emociones nos rijan. 

De todo esto, resumir que no haré demasiado ruido. Comeré lo que lleve o lo que se me ofrezca. No medraré usando como trampolín este proyecto. Nadie saldrá derrotado ni habrá un fracaso si las expectativas se desinflan o se desbocan. Lo importante es que, cuando mires al horizonte, pienses que podría haber una hilera de expulsados que camina de Sur a Norte allá a lo lejos. Nacieron en el lugar equivocado y ahora purgan sus miserias a golpe de zapatilla.

Nada más. Ese es mi regalo. Suelo disparar al estómago. Una especie de portavocía gamberra del columnismo, como le decía al gran periodista Miguel Angel Rodríguez.

Foto: Omar Sanadiki para REUTERS

#LargaHuida, el qué y el cómo

Os cuento una de comanches. El día de todos los Santos me permitiré simular una huida a pie durante 24 horas sin parar. Mientras el mundo gira hay miles de seres humanos que se ven forzados a huir de sus hogares o de lo que queda de ellos. Guerras, fuego, catástrofes climáticas o la pobreza absoluta hacen que gente de todas las edades escape. Y lo hace sin más medios que sus fuerzas. Anda, camina. Y ya.

El día 31 de octubre a las 21h rendiré un silencioso homenaje a pie por todos ellos. Simulando una huida en línea recta desde el centro de Madrid y con la única ayuda de mis patitas, estaré huyendo simbólicamente y durante 24 horas sin parar. Muchos caminan durante semanas, meses.

Así, escaparé noche y día en este proyecto altruista a lo largo de una vieja ruta peninsular: la carretera desde Madrid hacia el norte. Antiguo Camino Viejo de Francia, carretera N-I o autovía A-1, esta ruta ha visto entrar y salir millares de personas en las condiciones más adversas.

El objetivo es recordar que las fuerzas del ser humano son maravillosas y casi inagotables. Pero que la mayoría de ocasiones que tiene para demostrarlo derivan de las injusticias y de guerras, en definitiva, de la propia cara oscura del ser humano. Caminar o correr son, entonces, la capacidad única de sobrevivir.

Se podrá seguir en twitter con el hashtag #LargaHuida y los horarios serán públicos y abiertos a quien desee acompañarme en algún tramo de este homenaje.

Datos. Esos fríos datos.

Salida: 21.00 Puerta del Sol, Madrid.

Pasos programados por: Fuencarral, Alcobendas, San Sebastián de los Reyes, El Molar, Venturada, Cabanillas de la Sierra, La Cabrera y Lozoyuela (que será aproximadamente el kilómetro 70). Esta primera tanda está en este enlace (libre para descargar).

Posteriormente me gustaría seguir por: Buitrago, La Serna del Monte, Robregordo, Somosierra, que sería casi el kilómetro 98 y un bonito remate. Esta segunda sección está en este enlace (ídem).

Donde den las 21.00 del jueves, pararé y pediré asilo logístico.

Venir. Participar.

La idea es mantener un ritmo que me mantenga avanzando. Correr y caminar. No tiene sentido acumular kilómetros por la noche para arrastrarme todo el día. Un bonito ritmo de avance serían 7 kilómetros la hora. Sin parar serían muchísimos kilómetros. Nada de ir a 10 kmh durante 50 minutos y después tener que penar dos horas caminando.

Si quieres acercarte a algún punto, ven. Avituallar igual que harías con alguien que huye también puede ser de utilidad. Si tienes un ánimo, ven. Si tienes un momento pensando en que el planeta acoge hilos de hormigas que escapan de la muerte, la sed o la guerra, ven.

Ya sabéis dónde encontrarme.

Un tío monumental

Hoy se corría el medio maratón de Ávila. El Monumental tiene un significado especial para nosotros, los Arribas. La prueba que organiza el club Ecosport de la vieja ciudad castellana es, por decirlo de un modo amontonado, un buen resumen de los 77 años que ha vivido mi padre en ella y sus dominios. Amontonando todo llegamos a la edición de este domingo y a un señor padre, el mío, que ha llegado a meta mientras yo preparaba la comida a 120 kilómetros.

El auténtico Luis Arribas sigue cumpliendo años desde un diciembre de 1941 en el que su padre, mi abuelo, tuvo que abrir un camino en la nieve para ir a buscar la partera del pueblo. Por Ávila corrió en los años de escolar y a sus calles regresó en cuanto empezó en la cosa del running en aquellos 80. Con el paso del tiempo más despacio, afortunadamente, pero cumpliendo con el calendario provincial.

Pero el calendario hoy le ha dado una patada en el culo.

“¿Está papá?. ¿Qué tal os ha ido?” – pregunto a mi hermana. Otra que tal baila.

Ya hace un par de años renunció totalmente a correr un maratón más. Dos horas y pico se le iban haciendo largas y, ley de vida, cada año recorría menos kilómetros en ese tramo. Desde nuestro último maratón juntos se veía más y más atrás. Unido a sus problemas de visión, entre tropiezos y badenes iba zarpaleando por las carreras populares urbanas. Y los reglamentos, ay, los reglamentos. Los tiempos eran implacables, que para algo vivimos en España. Irónicamente, ahora llegaba el momento de ir vigilando a la ambulancia de cierre de carrera.

“Huy, cada día corro menos. Ni el trofeo al más viejo -en casa se dice viejo- me han dado”.

Había quedado el último de todo el pelotón. En el paso por el control de la Plaza del Mercado Chico, frente al porticado del Ayuntamiento de la ciudad, las chicas del contingente de voluntarios habían echado a trotar con el Arribas creador de esta dinastía de rezongones. Ya nadie más quedaba en carrera tras un pelotón de un millar de monumentales. Le habían acompañado hacia la catedral, luego a San Vicente, con cuidado de levantar los pies por el adoquinado de la monumental carrera, y encarado finalmente la ronda de la muralla hacia abajo.

“No me digas que había otro más viejo que tú”, pregunto.

La entrada en meta en la explanada del palacio de Congresos es hoy un espacio ya medio vacío bajo un cielo encapotado que mira hacia abajo como riendo y empezando a bufar. Mi padre llega a meta rodeado de las chicas que le han acompañado hasta ella. Le colman de abrazos. Es un momento delicado. Pocas veces se ve a Luis abatido pero hace unos meses que hemos perdido a mamá, a la Flora.

Y queda en pie en el arco de meta entre mozos y le echan una mano con la mochila de la ropa. Todo discurre con rapidez porque la entrega de premios está en marcha. La carrera llama a Jose Luís, como más veterano de la clasificación. No es él. Mi padre pregunta pero le comentan que ha llegado fuera de control.

“Será por carreras. Vas a tener que apuntarte a las dos o tres grandes de las ciudades en las que dan hasta tres horas, hombre.”, le ofrezco.

Pero es granítico. Creció en un pueblo en la fachada norte de Gredos en la mayor era de guerra y hambre combinadas de la península. Su tío Tomasillo cogía un burro y un carro y bajaba a comprar verduras y fruta a los barrancos del sur de la montaña para abastecer a niños que salieron para arriba de aquella manera.

“No hago ya más medias. Se me hace muy largo. Voy para viejo”

A las dos horas me llama Longi. Es la presidenta del club Ecosport. Es un sol. Que ha hablado con mi padre esta mañana. Ella fue quien le transmitió los resultados de ese trofeo honorífico que tanto seduce a los corredores veteranos. Que ha estado revisando las clasificaciones oficiales. El tiempo de chip le da dentro de control. Por eso me llama. Tiene además la prueba del delito. Me manda la foto que tenéis a continuación y en la que también se confirma una cosa: su tiempo es 2h29 y está dentro de control con todas las de la ley.

Hay que volver a llamar al nominado como ganador y que nos mande ese trofeo tan especial. Al menos este año el corredor más viejo en meta sigue siendo el Arribas chiquinino.

Así que ha esquivado la patada en el culo. Otros lo llamarán justicia poética. Alguno (él mismo) dice que si ha llegado fuera de control, que fuera de control. Quizá tengamos un argumento para convencerlo. Yo creo que un año más podremos sacarle algún dorsal para ese calendario de primavera: o Latina o Getafe, quién sabe. Hay que pensar que el monumental sigue siendo el único y auténtico Luis Arribas (Padre).

Reyezuelos tecnológico-blanditos

Dominamos el tiempo, descargamos gigas de noticias, tenemos en la palma de nuestra mano mil opciones de compra, compartimos imágenes y podemos seguir por dónde anda el móvil de nuestros hijos en tiempo real. Todo esto nos convierte en soberanos sin tierra pero con un dominio digital que nos acerca a la omnipresencia. Nos vemos más cerca de la independencia total, dueños por fin de nuestro tiempo. O eso parece.

Tres de las diez aplicaciones más descargadas el año pasado en España, según el informe de Google play, son de mensajería instantánea. Otras dos son aplicaciones de compra y, el resto son juegos de mayor o menos utilidad. Aparentemente, muchas de ellas no fueron de mucha ayuda para informarse ni compartir el estado de la red viaria en algunas provincias, ni sortear la previsible y anunciada nevada que cruzó la Península Ibérica el pasado día de Reyes de 2017.

¿A ver si va a ser al revés y, por el contrario, los españoles en 2017 somos cada vez más blandos, dependientes y que se trata de un dominio ficticio?. Política aparte, que también y probablemente por ello, quizá seamos la generación más frágil y a la vez más soberbiamente estúpida de las conocidas.

Según la web de análisis de datos Statista, España cuenta con una red de 46 millones de teléfonos móviles. De enero a noviembre de este año se descargaron 27 millones de nuevas versiones de Whatsapp. Es el tercer parque de móviles más actualizado del mundo: los españoles contamos con teléfonos actualizados cada año y medio.

Existen servicios en línea de la Agencia Española de Meteorología, de alertas de lluvia que indican la distancia a la que el radar nos coloca de un frente, y del seguimiento hora a hora de temperaturas y sensación térmica real. Nada nuevo. Desde los años ochenta se da un parte completo de los puertos cortados por mal tiempo y donde es obligatorio el uso de cadenas. Cualquier íbero con memoria más allá de la de un pez recuerda, salvo borrado voluntario de su caché, los informativos cada hora: “Permanecen cerrados los puertos de San Glorio, Pajares, Bonaigua, Los Leones…”.

Smartphones, ¿a bordo de smartdrivers?

Aun así, la siempre creciente cantidad de coches que se desplazan por vacaciones de Navidad se comió todo cuanto la tecnología podía solventar. El festivo de Reyes, para el que la DGT anunciaba casi tres millones de desplazamientos, bloqueó las autopistas y la nieve dejó atrapados durante horas una buena cantidad de coches en varias comunidades autónomas. “Sabíamos que nevaría pero no imaginamos que sería tanto”, dice a cámara un preocupado conductor.

Casi 50 millones de teléfonos no sirvieron para que unos no salieran sin cadenas, otros escatimaran en máquinas vertiendo sal o quitanieves, los de más allá avisaran que se ausentarían de la comida festiva o, simplemente, iniciaran su conducción la noche anterior, cuando el frente polar aún no cruzaba las planicies asfaltadas del país.

Porque, “esto no puede estar pasando en pleno siglo XXI”. De nuevo, olvidando que los años de la hiperconexión no nos hacen más poderosos o mejor informados. La unidad de almacenamiento es el Terabyte. En nuestra plataforma de televisión a la carta tenemos sesenta canales, las mil películas que no podemos dejar de ver antes de morir y cien temporadas de otras tantas series. Y nos creemos con tiempo de vivir para disfrutar de toda esa acumulación estúpida. La falsa sensación del ‘todo al alcance de tu mano’.

Al contrario, nos han direccionado la conexión a asuntos de relativa utilidad. Mientras, seguimos mimetizando despreocupados y soberbios los errores que nos legaron nuestros padres. Tres millones de desplazamientos el día de Reyes son el doble de lo mismo que se hacía quince años atrás. La Navidad de 2017 produce 17 millones de desplazamientos.

En el fondo, se multiplican los atascos con la lluvia como pasó toda la vida, vivimos embotellados restringidos a los horarios de entrada y salida de las empresas como hace veinte años, el teletrabajo es un privilegio y tendemos a bajar al centro comercial y comernos la masificación. Móvil en mano.

Como signo imperturbable, el modelo de urbanización en España ha ido premiando el desplazamiento en vehículo privado desde las leyes del suelo de los cincuenta. Aumentan las restricciones de tráfico por contaminación —eso sí, reventamos las redes sociales criticando al miligramo las concentraciones de mierda en el aire y buscando culpables online— y taponamos las avenidas donde se sitúan los colegios de nuestros hijos con unas españolísimas dobles filas. Taponamos las calles del mismo modo que taponamos nuestras arterias. Y la rueda hacia el ablandamiento y la vida estabulada no hace más que dirigirnos al abismo.

Vías de sebo.

No caminamos y, en esencia, no vivimos sano. No comemos sano. Sublevados por la presencia del aceite de palma o del azúcar en todo alimento, tecleamos. El medio digital nos ofrece un parche y, como homo tecnologicus, somos beneficiarios de información y apps que deglutimos sin remedio. Nada menos que un 35% de los españoles hace uso de una aplicación relacionada con la salud en 2017, documentó la Asociación de Investigaciones en eSalud (AIES). Quizá la tecnología nos da un pequeño colchón de confort espiritual y nos hace sentir bien durante los minutos que dura nuestra concentración antes de pasar a dominar otra parcela de nuestra vida.

Entre tanto, alcanzamos excelentes cifras de blandurrez en los informes de salud. El 39,3% de la población española de entre 25 y 64 años padece sobrepeso y un 21,6% es obesa, según un estudio de la Sociedad Española de Cardiología (SEC) . Cuando la generación de reyezuelos íbamos al colegio recuerdo que la base teórica de la doctrina castiza era aquello de “los americanos están todos gordos porque no comen como nosotros; primero y segundo y fruta”. El anterior estudio mostraba que el 80% de los obesos no se veían como tales. Producto nacional.

Algo bueno tiene que tener ese doble carácter hispano; la mezcla de arranque de toro y soberbia. Qué sabrán los ingleses de nuestra dieta mediterránea. Además, hay margen: la Universidad de Illinois proyectó para Estados Unidos un 75% de obesos de aquí a dos años.

Engreídos, vivimos pensando que somos los dioses de la salud alimentaria pero no tenemos sentido común para reconocer que no cocinamos. Nuestro buscador de noticias favorito nos dice, en cambio, que pasamos de 268 millones en 1997 a 580 millones de kilos de consumo de precocinados en la actualidad. Comemos de aquella manera aunque subimos imágenes como #foodporn a Instagram y recomendamos los mejores sitios a nuestros grupos de WhatsApp.

Y la cultura del miedo.

Reyezuelos de nuestro salón, caemos bajo una y otra. Como polillas cegadas por un clima de terror. En invierno llegan las alertas por bajas temperaturas. La saturación de avisos oculta la menor virulencia de los frentes polares en relación con hace treinta años. El verano, sorprendentemente, lo harán los avisos por altas temperaturas. Entre medias, ruido. ¿Se ha sustituido la previsión por la dependencia de un aviso por parte de la autoridad digital?

Contra la inconsciencia o la soberbia figura la cultura del miedo. El trabajo del aviso está fuera de proporción respecto del tamaño real de la consecuencia. El resultado pueden ustedes escucharlo en cada mesa o lugar de trabajo. Miedo ante los procesos de entrada de inmigrantes. Miedo ante la caída del bitcoin, procesos de fragmentación territorial, o cambios disruptivos de la estabilidad que nos da de comer. Pavor ante enviar solos a los hijos a un desplazamiento de un kilómetro andando. Desconfianza de progenitores-helicóptero que acompañan a hijos a revisiones de examen en las universidades españolas. Si en el campamento de verano hay alerta de alergias e intolerancias. O si tienen un protocolo ante intolerancias sobrevenidas. El añejo Celtiberian Show en su versión 2017.

Los emisores de mensajes apocalípticos también creen cumplida la misión avisando a la población temerosa. “Viajen con cadenas; tiempo de perros extremo” es una parte incompleta de la tarea que se les  encomienda. Sabiendo el percal, parapetarse en mensajes en paneles luminosos es mezquino. Ahorrar en personal que corte las autopistas ante la primera señal de caos es miserable (la concesión económica de las grandes vías de comunicación es un mecanismo miserable).

Es que, además, el miedo solo termina provocando rebelión ciega o parálisis. Cualquiera de los escenarios parece terriblemente erótico para un dictador (desencadena o represión o silencio) pero la sociedad urbana moderna es imprevisible. Y, en ocasiones, optará por el más insensato de los comportamientos.

Coronando todo, ya lo hemos visto este fin de semana de nieve, el miedo al tiempo atmosférico. Hacemos deporte embutidos en mil capas. El tejido más impermeable. La crema hidratante posterior de fórmula noruega. Convertimos la ciudad en un campo de batalla rodada en cuanto se nubla o llueve. “Abriga al niño, hijo”, advierten españoles que pasaban inviernos en los años sesenta con un solo abrigo de paño y sin calefacción. “Mándame un mensaje y bajo una manta para recogerte a la niña, no salgas del coche tú”, recomiendan urbanitas en 2017 ante una bajada de las temperaturas. Porque, acercar las bolsas al portal mientras nos mojamos el pelo, no.

Pero las cadenas en el coche, neumáticos de invierno o cancelar el aperitivo en el pueblo, venga, sólo faltaría eso. Siempre podemos encontrar un culpable en no mantenernos la autovía expedita. Somos España. Siento que te quedaras atrapado ayer, rodeado de tanto semejante. Vendrán más.

La 109

Poco más que unos mensajes repartidos y una fecha conveniente. Con eso suele bastar para convocar a un grupo de amistades. Antes se hacía con los medios de los que disponíamos y tampoco nos iba tan mal. Quizá en la última era analógica costase más mostrar la parte fotográfica y que uno tuviera que echar más tiempo en describir el paso al trote por un pueblo mientras los habitantes toman el aperitivo. Pero todo se basa en lo mismo.

Cuando la idea ya es un hecho todo es más fácil. No hace mucha falta explicar a la gente que me gusta coger un medio de transporte que me aleje de casa; que luego vuelvo corriendo y caminando. Que somos muchos los que adoramos parar en un collado por el que corren vientos bajo cero y mirar por dónde van los caminos y las vidas de la gente. Evidentemente, cuando la idea y la tontería ya han adquirido rango de material publicado, con poco más se monta una salida informal, una aventura o un proyecto de envergadura. Y tengo la suerte de que muchos fieles estén deseando que la tontería se repita de manera cíclica.

Tomar el primer interurbano 191 del día y bajar en la medieval villa de Buitrago (a más de 50 kilómetros al norte de Madrid) no es un proyecto de envergadura. Que pregunten a los chavales que suben a las ocho de la mañana tras un viernes por la noche de copas. Que uno suba arropado por media docena de amigos y vestido con ropa de correr, mientras fuera hiela, ya sí es una aventura. Volver corriendo setenta kilómetros mientras no salen más que estupideces de nuestras bocas, aparte de terapéutico, es una salida informal. Una salida de tono.

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En el creciente -todavía- mundo del deporte se siguen dando los movimientos centrífugos. Ocho asistentes igual de centrífugos nos liamos la manta a la cabeza y desechamos prender un dorsal en nuestras camisetas. Optamos por recorrer de la manera más fiel ese Camino Viejo de Bayona por el que huyeron y avanzaron tantos siglos de país. La excusa era rememorar las idas y vueltas de ejércitos y soldados despavoridos en la campaña española de Napoleón Bonaparte. Si el 30 de noviembre de 1808 las tropas de Napoleón habían derrotado a los defensores del paso de Somosierra, esa misma noche el emperador más reconocible del mundo escribía una carta a su hermano José I, el llamado Pepe Botella (esa chispa del pueblo español escogiendo sus bandos), desde un palacete sito en Buitrago.

Leí la transcripción de ese epistolario hace años. Está en internet, profesores de secundaria míos. Es fundamental para entender de un modo cinematográfico el devenir de doscientos años de Historia española. Mientras Napoleón describía que habían dado para el pelo a los fieles a Fernando VII (hese onvre) y que su caballería iría ya persiguiendo las últimas unidades por San Agustín de Guadalix, mi inquietud empezó a preguntarse si podríamos imitar a alguno de ellos.

Huir del frío de la sierra en dirección a Madrid, entender la distancia que un soldado recorría hace dos siglos a pie y compararla con los desplazamientos actuales, o simplemente parar en un cerro donde corre el aire descuartizador y mirar a ambos lados y admirar el campo tal cual, tan cerca de seis millones de habitantes que miran a su móvil. Valía cualquier cosa.

El primer año recorrimos los 92 kilómetros entre el lugar de la batalla, Somosierra, y el palacio de la Duquesa de Pastrana, en Chamartín. Luego recortamos a una distancia variable desde Buitrago. Anteayer sábado destruimos las paredes mitocodriales de nuestras piernas durante 70 kilómetros, entre Buitrago y Alcobendas, añeja parada de la nobleza y viejo lugar, junto con Fuencarral, de viñedos hoy desaparecidos.

La tropa que acudió por la gloria y el pitorreo contenía juristas, afinadores de pianos, duros corredores y hasta un norteamericano, todos gamberros de la larga distancia. No hubo una sola llamada al arrepentimiento. Todos habían acudido a un anuncio en el que se prometía diversión y paradas en las fondas. En ningún sitio se mencionaba la distancia real ni el desnivel acumulado. Ni la velocidad a la que se discurriría. Se optó por dar importancia a esa gasolinera de Lozoyuela donde asustamos a una tendera que pensó que sólo iríamos corriendo hasta La Cabrera, a los cafés en La Cabrera, sí, pero también en San Agustín, a la pastelería local, los pinchos de tortilla del Riojano y al viento del norte que trae a España, de manera periódica, cosas nuevas que aquí optamos por pasar por la criba del casticismo.

Así nos va.

Las mejores fotografías las tomó Jorge Ochoa. Así que enlazo aquí a su galería de facebook.

Salomon Sense Ride: review [ESP]

Son rojas. Son amables. Son, previsiblemente, el modelo de zapatillas con el que yo he dado la matraca más a la marca. Salomon ha tirado por un camino que le puede conducir a un porrón de buenas críticas y se ha acercado a la zapatilla trailera más agradable que conozco.

Echemos la vista atrás. Al año 2000. Desde los tiempos en que aparecieron las New Balance de montaña y protegíamos los pies con los primeros modelos específicos para la montaña, las marcas tomaron el lógico camino de la dureza; era eso o recibir demandas judiciales de los corredores que salieran a correr por las piedras y que se habían estampado, deslizado, caído o destrozado los tendones por una zapatilla no diseñada para raíces, rocas y nieve. También barro, porque en el siglo pasado nevaba y llovía, aunque no lo creáis.

Lo cierto es que las marcas -de manera lógica, reitero- optaron por encofrarnos el pie. Pasaban los años y entraron las marcas de hoy día con contrafuertes duros, chasis sólidos y una amortiguación a la que había que echar unas horas y acomodarse. Salomon tuvo a bien incluirme en su nómina de probadores (mola más Field Testers staff, esto es así) y por mi casa pasaron modelos como las Wings, algunas SLab en las que se veía cierta luz al final de mi túnel, XR Crossmax, XR Mission. Pero mirad, en muchos sentidos yo me veía todavía desamparado por el I+D.

Ocasionalmente metía la tijera y destrozaba el diseño de las plantillas para quejarme de manera ruidosa por las constricciones de los modelos. En otros modelos, enfocados para los Iker Karrera, Kilian Jornet y galgos de cincuenta y cinco kilos que vuelan sin apenas pisar, la tristeza me inundaba: esas fabulosas Sense Pro apenas cuadraban con mis 75 kilos y parecía un veinteañero al que cualquier cosa en los pies le sienta bien, pero en “fatal”.

Un resumen final de lo que un gran porcentaje de corredores lentos y acomodaticios sentimos podría ser este: a nosotros, eso del “light, sensitive touch, and just enough cushioning and protection to keep you racking up the kilometers” (llamémoslo dialéctica de la zapatilla pro) se nos quedan tan corto como el “shoe that spells adventure on every type of terrain. Play steady and long” (o dialéctica del blindado en tus pies).

¿Y los millones de potenciales amantes de correr por el campo a los que nos gusta la sensación de nuestra zapatilla de entrenamiento?

Salomon tiró sobre 2012 por la idea “de tu puerta al monte”, From Door to Trail (y aún se duda de que somos una sociedad plurilíngüe a la fuerza). La competencia feroz del segmento y una idea de producto propia le condujo a mantener una identidad. Es difícil desprenderse de ella. En muchos momentos es imposible (cierto) contentar a todo el mundo. Ya os conté en este blog mi visión de aquellas XR Mission. De la misma manera destripé las CrossMax y las XScream 3D. Zapatillas que quieren dejar de ser un problema a la hora de escoger qué modelo sacar si, realmente, no voy a triscar por sendas imposibles ni a ritmos de locura.

El trabajo de la marca francesa está, cinco años después, camino de contentar a esa gama de corredores recreativos sin talento ni biomecánica adecuada. Porque hace unos 200 kilómetros que llegaron a mi casa mi primer par de Salomon Sense Ride: llegaba por fin la zapatilla para el abuelo dolorido.

Y el festival de la queja y el gruñido continuo terminó. Desde el primer día, metido además como estaba yo en una vorágine de mucho kilometraje para mis estándares, se encajó perfectamente en las tres patas fundamentales de una zapatilla: comodidad, estabilidad y adaptación.

Esto lo digo después de quizá sesenta pares usados. Vale. A lo mejor sesenta pares no es mucho si lo ponemos en términos de cuánto sois capaces de comprar hoy día. Corrijo: Lo digo después de 37 años corriendo y 110 maratones y ultras. Esto ya lo pone en otra esfera, imagino.

Por patas, la Sense Ride se porta así (y debería ser una zapatilla que deberíamos probar mientras no saquen unas Sense Ride 2 con parámetros modificados, que nos conocemos):

Comodidad.

Soy el típico conjunto de tendones machacados que soporta ya pocas probaturas. Tras años de correr solamente recuerdo dos zapatillas gigantescamente confortables. Pero de esas en las que dudas si comprar cinco pares y conservarlos toda la vida. Recuerdo especialmente grato de unas Gel Kayano 15 de 2009, y la comodidad que aún hoy conservan y que descubrí dentro de la horma de las Wave Rider 10. Zapatillas que son como pisar en un sofá con mantita de invierno. Calzado en la que metes el pie el primer día y parece que te acompaña desde hace semanas. En resumen: dejar de preocuparte por los dolores tendinosos que arrastras de toda la semana. Recordemos que correr es un hobby para muchos. Y no un martirio que sacamos de un libro sagrado.

Las Sense Ride son cómodas desde el primer momento. Tienen una altura de talón muy moderada. El tejido es ligero pero cálido. Las saqué el primer día con habitual desconfianza y a los diez minutos ni me acordaba de ellas. El primer mejor síntoma.

Estabilidad.

Correr por el campo exige pero recompensa. La estabilidad de una pisada es algo bastante variable porque las posiciones son múltiples si subimos, bajamos, pisamos granito en ascenso o raíces y arena en descenso. Pero en cada pisada, los que dejamos caer el peso del cuerpo y vemos la técnica de carrera como algo lejano, casi marciano, la zapatilla nos tiene que recoger. Estabilizar. Sin llevar el conjunto del pie atado como en botas malayas. No me gusta un talón rígido porque la verticalidad eterna de mi tendón de Aquiles me produce tendonisis (irritación) y creo que mi manera de echar la zancada tiene más de soportar el peso del cuerpo que de impulsar.

La parte media de la zapatilla es un territorio totalmente personal. Recuerdo algunas hormas como ataúdes. Tanto Asics Gel de la serie 1000 estrechas como discutidas. La anchura convencional de Pegasus de los años 2000-2004 que me convencía a medias. La misma sensación de los arcos plantares de Salomon CrossMax y XWings, demasiado elevados, y eso que la estabilidad debía venirme bien a mi pronación moderada. Creo que no lograré poner de acuerdo a nadie. Todavía, las Sense Ride con las que ahora troto a ritmos moderados incluso altos me llevan el pie muy bien guiado. No tengo una horma compleja. Imagino que mi tipo de pie podrá extrapolarse al de muchos de vosotros. Excepto en lo de las uñas horribles que correr me ha regalado.

Adaptación.

Al final todo se traduce en rapidez de adaptación. Se nos ha recomendado siempre tener varios pares de zapatillas para alternar y no sobrecargar. A todos ellos les deberíamos exigir que cumplan una función de adaptabilidad sin estridencias. Sentir la zapatilla los primeros minutos pero que los músculos y huesos del pie envíen la información correcta al cerebro de inmediato: ah, sí, recuerdo esta zapatilla.

Puedo decir que la adaptación de las Sense Ride es rapidísima. Desde el momento de calzarme hasta bajar los cuatro pisos y calentar antes de empezar a correr, mis pies dejan de hablar y me despreocupo en apenas tres o cuatro minutos de qué llevo puesto en ellos.

En definitiva, Salomon está en vías de recibir reconocimientos en el sector generalista del correr. Tanto en ruta (claro que valen si eres un trotador de 80 kilos que quiere una zapatilla cómoda convencional) como en el monte (siempre que no te lances por un pedregal abajo) las Sense Ride van camino de ser zapatilla del año para mucha gente.

Es previsible que ya haya buenos y profundos análisis de materiales sobre esta zapatilla. Yo sólo quería poner sobre la mesa las percepciones que me han producido. Y aviso: de pocas zapatillas he hecho uso de modelos iguales. En mi armario ya hay unas Ride de cada color. Hay zapatilla para rato.

La trilogía de otoño

El entretenimiento del verano en muchas casas se circunscribe a mandar por whatsapp toneladas de bites con las fotografías que van cayendo durante las vacaciones. En otras se engrasan las botas de esquiar y en alguna que yo conozco se huye del calor pensando qué modo hay de cuadrar un par de carreras o tres que ya asoman la patita con la edad, el estado físico y la caída de las mieses.

En particular a mí el calor me sirve para tomar los trotes con extremada calma. Pero he visto caer generaciones enteras de guerreros y les comprendo cuando me expresan su queja por aquellos setiembres que no volverán. Yo sigo con esas carreras hechas disimulando y que muchos llaman entrenamientos porque las han insertado a modo de sesiones organizadas y sistemáticas. Sé que, si yo me atuviese a un plan, terminaría discutiendo sobre cuántos días a la semana aguantan mis tendones. También discutiría con los propios tendones y me convertiría en el idiota que va y viene.

De entre esos debates entre seres imaginarios, sin ningún género de duda la discusión más sabrosa sería la que tendría con el eventual entrenador (aviso para navegantes que ya lanzo desde aquí), alrededor del sentido que tiene correr tres carreras en cinco semanas. Tres carreras largas. Muy largas, mejorando lo presente, y en entornos de dudosa idealidad.

Tinto versus corredor.

Aunque no. Creo que las tres palizas a las que me he inscrito se celebran por paraísos, cada uno a su manera. El próximo sábado 16 de septiembre se celebra la primera edición de la Ribera Run Race. Para los amigos, la Ribera. De las dos distancias de la carta, 51 y 20, evidentemente, me he inscrito a la primera de ellas. A la más acorde con mi ritmo y planteamiento de carrera y a la que me permite visitar más bodegas de esa denominada milla de oro de la ribera del Duero.

Porque se ha diseñado -y aquí viene el encanto- acorde con el formato del maratón de Medoc. A saber: cada avituallamiento coincide con ese territorio celestial llamado celler en Cataluña, cellar donde los ingleses y chateau ahí un tanto más arriba. Es de esperar que los promotores de la idea tengan unas ganas explosivas de que nuestro calendario sume una prueba vinatera más a las ya existentes. Los inscritos pondremos lo nuestro. Estimaciones hechas a sobaquillo dan la cifra de un corredor de élite por cada cuatro corredores concienzudos, serios y sufridores de la senda, y  treinta espabilados que correrán de copa en copa… hasta la copa final.

Según las leyes de la biomecánica, mis piernas y mis filtros quedarán suficientemente sometidos después de correr 51 kilómetros por viñedos y de jugar al escondite por las barricas y despalilladoras. De ahí que ningún entrenador se atreva a dar un céntimo por la continuidad de mi septiembre.

Y no será porque no me han llegado propuestas.

Monte versus tinto versus corredor.

Existe un refugio en la montaña en el que todavía no han encontrado sitio para subir barricas de vino. De ahí que tiren de otros muchos encantos y conviertan el Prat d’Aguiló (a 2.010 metros) en un nido de reposo para los que bajamos tundidos por el ascenso al Pas de Gosolans.

Mi idea es llegar a ese refugio una semana después de correr la Ribera. Se trata del Marató del Pirineu, un evento especialísimo que organiza Salomon Running y al que acudimos prendidos del paisaje y por comprobar esos sistemas de medición que estiran hasta 45 kilómetros la palabra maratón.

El año pasado corríamos viendo como se levantaba la niebla de las voces que iba pegando Raúl Gómez, Maratón Man o también ‘raulito, calla‘. Este año las agendas le sitúan en otro punto del planeta. A mí se me sitúa en el punto exacto previo al rostizado. El remedio para que no se me desinflen las piernas bajando por las vertientes del Segre será ponerme paños calientes y comer muchas lentejitas durante toda la semana posterior a la expedición de Peñafiel y alrededores.

Nada de esto tendría sentido…

Nada de esto tiene sentido. Mejor así. Ni es un reto ni es un proyecto solidario ni se intenta impresionar a nadie. Ni hay que imitarlo ni superarlo. Ni mi planteamiento es mejor ni más divertido que el de otro. Ni sé si sacaré de todo esto más que pinchazos localizados entre un tendón y una lágrima.

Solamente aprovecho la posibilidad de viajar y escribir sobre ello. En el diario El Mundo y su suplemento dominical ZEN mantienen ese esquinazo para los amantes de correr sin talento ni piedad. En la revista Runner’s World gustan de las expediciones de uno. Así que las tendréis en los formatos habituales.

Con estos ingredientes únicamente me quedaba saber si habría un remate especial a este otoño de 2017. De tal manera que aprovecharé la primera semana de octubre para correr el maratón que se organizaba por primera vez en 2016 con llegada en la ciudad hebrea de Silo (Shiloh). El Bible Marathon y sus cuestas y paisaje extremos tendrá lugar dos semanas después de correr en los Pirineos. Siendo correr, de nuevo, un eufemismo generoso que tengo que usar porque, de una manera u otra, corro todavía bastante más que camino.

A Cisjordania, pues. Y es que el argumento de la historia no es pocho. Tras la batalla de la tribu israelita de Benjamín con los Filisteos, mandaron a un mensajero a la ciudad de Silo con el cometido de avisar del resultado de la contienda. En efecto, el uso de correos a pie no es algo que se circunscribiese a los griegos y Filípides solamente apareció a ojos de los hombres contemporáneos antes que otro pobre soldado con capacidades atléticas.

Qué suerte tuvieron en la Antigüedad al no tener entrenadores. Ni twitter. Les habría caído fina.

De todo lo demás sólo puedo prometeros mis palabras. Habrá cumplida información según vayan alineándose los astros.