¿Quién era el tal Genaro?

Cuando me embarqué en echar una mano a Roberto Leal en su camino hacia las pruebas en montaña se me descolocó un 2015 que suponía tranquilo. De nuevo tocaba mirar algunos fines de semana para salir a correr a lo tonto. En el calendario se nos cruzó una buena ocasión de conocer nuevos paisajes a escasamente media hora de coche de Madrid. Correr una cincuentena de kilómetros mostrando las perrerías de las largas distancias a Roberto, mientras uno para a ascender un barranco, bajar una pista, acelerar después de un tropezón o buscar la señal de marcaje del día: un monigote azul al que llaman Genaro.

¿Quién era ese tal Genaro al que dedican un GR completo y que se dedicó a dar la vuelta al embalse del Atazar?

Aparentemente era un mero muñeco recortado en una plantilla de cartón. A lomos de unas yeguas, un grupo de una treintena de senderistas marcó hace años un conjunto de sendas medio perdidas y las unió a pistas preexistentes y caminos de acceso a esa obra de ingeniería que regula el acceso de agua potable. Madrid necesita agua para sus madrideces. Esto es así.

Como monigotes, aunque totalmente colorados por el primer baño de calor del día, llegamos al Berrueco tras dar la vuelta a esos cincuenta kilómetros. Genaros éramos cada uno de los que salimos equipados con mochila y comida y bebida. Genaro era, lo descubrí luego, el tipo que llevaba a mi lado durante toda la mañana. La ‘genarización’ de los corredores en monigotes fue integral.

Unos correrían diez kilómetros, otros veintiseis y nosotros cincuenta. Sendereamos todos la estrella de cinco puntas en dirección de ese pueblo de fantasía (cuidado con las fantasías) y pizarra llamado Patones de Arriba. Nos hartamos de pizarra y jara entre los pinares y cerros de la sierra que tapona el Atazar completo. Bajamos a los barrancos con nuestra pinta de muñeco azul contrahecho a pasar todo el calor del mundo. Remontamos las faldas de innumerables quebradas, vimos panales de abejas, se nos desataron cordones y bebimos todo lo que nuestras mochilas permitían.

Así pasamos el día uno de Alcalá de Guadaira y yo. Entre buena gente, caminos y tropezones. Me pregunté muchas veces sobre qué habría detrás de esas majadas abandonadas y las sendas de herradura. Cuánto monte solitario rodea Madrid y sus seis millones de blandos urbanitas es un misterio complicado de comprender. Solamente cuando alejas el zoom de nuestra supuesta importancia y ves el vacío en cien kilómetros a la redonda lo entiendes.

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Las historias de hace setenta años son diferentes a las que escribimos ahora.

Imaginamos que subir desde abajo del todo hasta el poblado del Atazar debió ser costosísimo cuando eras el médico y te desplazabas en mula. Que enterrar las penas o a los seres queridos sería una pelea contra la pizarra o que, si el terreno no daba, muchos echarían el cierre a la casa y se irían a la prometedora ciudad.

Hoy llegamos por ocio. Llegamos en moto. Llegamos sudando pero con un avituallamiento garantizado. Cuando coronábamos la calle de la Cuesta nos reímos con esa tranquilidad de saber que los chicos de la organización nos mimarían. Metíamos la cabeza en el pilón fresco porque ya hay agua garantizada en el pueblo. Olía a mesón-asador incluso en día fuera de celebraciones. Y si hubiésemos llegado de noche a cualquiera de los rincones de la zona, alguna farola nos alumbraría. Son diferencias sustanciales entre viajeros, entre Genaros.

Siete horas son muchas o son pocas para dar la vuelta al Atazar completo. Dar todo ese rodeo también es parte de esa forma de vida de hacer deporte de manera exagerada, innecesaria.

Pero engancha. Las largas distancias son cada día más accesibles. Roberto iba superando sus previos topes de distancia corriendo y en horas de esfuerzo. Con una mochila fantástica en la que metes lo básico para sobrevivir y apenas pesa, todo es más fácil. El calzado del correr en el monte, el conocimiento de uno mismo, todo son pequeños factores que aseguran una cosa: cada día estamos más capacitados para ir a hacer el bestia y que, a nuestro regreso a casa, siempre haya gente preguntándose si la aventura no era quizá tan bestia.

Genaro es ese monigote azul que llega a casa y sonríe tras la paliza. Genaro debió ser un personaje de la zona al que los retos le parecían barreras absurdas.

Corre y calla

A lo largo de los últimos meses hemos vivido la definitiva inundación del “correr para contarlo”. Ser corredor (y que trascienda) por encima de correr. Ser algo antes que hacer cosas.

El signo de los tiempos.

Por un lado está la tentación de gritar “¡Pero corre y deja eso!” al runner (sic, con perdón) que para en la cuneta a ajustar su artefacto en el brazo. De pedir por favor que bajen todos los bastones de las goPro porque no se ve el arco de salida ni el ambiente de todas esas cabezas que se extienden hasta el final. De apagar, en definitiva, toda conexión a internet.

Por otro se mira con simpatía la final eclosión del correr. Del runear, del jogging, qué más da.  Qué queréis que os diga. Por fin esa ciudad atocinada que era el Madrid de los ochenta ha comprendido que se está mejor corriendo que frenando.

O no. Que quizá la cosa sea tan sencilla como que nos han enganchado con las herramientas de mercado adecuadas y que, gracias al cielo, el cuerpo aún funciona.

De cualquier manera, se corre. Y se escribe de ello. Mirad este mismo post, si no. Tanto hablar de correr, tanto escribir sobre la importancia en la economía, estirar las cifras de hace dos años porque interesa mantener un rinconcito del correr en los medios de comunicación… ¡vale ya!

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Corre y calla, como dice mi padre.

Hay un grupo de los años setenta, Alternative TV, que caricaturizó desde dentro todas las contradicciones del movimiento punk. Cantaban ridiculizando “How much longer will people wear / nazi armbands and dye their hair“. Era un resumen sintomático de los años de lucha de un movimiento musical espontáneo y las estabulaciones del mercado de la cultura. ¿Cuánto duraría aquello? Qué mas daba, si se perdía la frescura del mismo desde el momento en que crecían industrias y agentes alrededor.

El mismo hecho de sacar el disco superaba el legado DIY (háztelo tu mismo) de juntarse a reventar las cuerdas de una guitarra. Cuando John Lydon, el cantante de Sex Pistols reflexionaba a toro pasado en su No Irish, No Blacks, No Dogs sobre los jóvenes que acudían a los conciertos semiuniformados con las crestas, las medias rotas y las cadenas de perro, encontraba que había movimientos que se deglutía a sí mismos.

La actitud era la de ser innovador y resistente ante los uniformes. Doscientos punks mimetizados en la estética eran ya el primer error. También eran el más fatal de los síntomas. Parece que, por cada nueva sístole de la locura humana, cientos de capilares están deseando retornar la sangre de esa locura, besada, adorada, asumida como propia y con la etiqueta “recuerda, corazón, yo también soy de los tuyos”.

Correr nos deja vivos. Nos demuestra que hace falta muy poca energía para saltarse las barreras de la vida (sic) del siglo XXI. Sofá, coche, comida empaquetada y electrónica doméstica saltan en añicos con la primera zancada. Con dos pasos se inicia un trote. Todo está en marcha.

Pero nos empeñamos que, con la tercera zancada, todo un cuerpo teórico esté comiéndose el trabajo de liberación sencilla que nos han regalado las dos primeras. Qué manía. Si es un reto, si es un objetivo, si tiene que conducir a algo, si la identidad de ser corredor…

Absolutamente emperrados en no ver la libertad que tenemos delante de nuestras narices.

Probablemente no tengamos tiempo ni de analizar qué viene alrededor de que salgamos a correr. Los de Alternative TV terminaban su canción con la conclusión “we all don’t know nothing / and we all don’t fucking care“. Si convertimos el sanote correr en una tendencia más, preparémonos para verlo languidecer como una tendencia más.

Corre y calla.

En virtud de una infancia austera, imagino, tiendo siempre a desmitificar. Correr es seguir echando paso tras paso mientras se hacen otras cosas: hablar con un compañero, escuchar una historia interesante, oír música o imaginar hasta dónde llega esa montaña, qué hay detrás del último árbol. ¿El anglicismo inexcusable? ¿Por qué? ¿Necesita un trote de cuatro horas de modo imperativo un par de adjetivos épicos o medievalistas? ¿No es ese el paso previo para despreciar el simple hecho de salir a correr alrededor de un campo de fútbol?

Fijaos en qué se ha convertido. Lo que no lleva ribetes rimbombantes no es un reto. Si no calza un tú puedes es un entretenimiento pachanguero, indigno.

Las castas.

Luego nos extrañan comentarios insultantes a Cristina Pedroche porque tardó cinco horas y media en un trail de 32 kilómetros. Claro. Los supercampeones de la hormona o el burpee ya son otra categoría. Dejaron atrás el estamento del sanote trotecillo.

Ya no corren. Ya no callan.

Licencia para correr por la montaña

  • La Sierra de Guadarrama ultima su herramienta para regular el ocio y uso.
  • 10 millones de visitantes al año y agresión constante de una urbe cercana
  • Cómo se regula afecta desigualmente a grupos de usuarios


Foto: C.Velayos.

Licencia para corretear. No es un título de una película.

Acaba de ser tramitado el paso definitivo para la regulación de los usos del parque regional del Guadarrama, compartido por Madrid y Castilla y León. Está a menos de una hora de coche de seis millones de personas.  El PRUG (regula usos y gestión, irónicamente) está haciendo públicos sus parámetros. En Junio de 2016 tiene que estar aprobado por Ley y saldrá adelante con el apoyo de la asamblea de Madrid. El bloguero especializado en gestión del medio ambiente Manuel Oñorbe cita los puntos calientes, rejón tirado a la vorágine del mundo del trail running, del correr por el monte o de como queramos llamarlo.

En puridad, el qué y cómo de la regulación de las pruebas deportivas.

Con el ánimo de “fomentar el deporte pero de una manera compatible con la conservación” del parque regional se tramita ya un marco. El máximo de usuarios corredores al año. El parque acoge a 3.5 millones de visitantes anuales. El volumen de participantes en pruebas se acotará en  menos de 500 al día. Por alguna categoría de las teorías medioambientales estas pruebas deportivas son catalogadas como “actividades extraordinarias”. Pero en la documentación que se filtra de esta fase de tramitación no se aprecia separación en qué actividades deportivas. Bicicleta de montaña, correr, orientación y escalada parecen ser las más comunes.

Aún así, hay algo que huele de lejos a solución copiada. A trasplante de políticas de un sistema a otro, sacado de otros ámbitos y espacios, que no tienen mucho que ver con los seis millones de habitantes de Madrid y a una sierra donde unos miles acuden al año a correr o pedalear. En Estados Unidos existe el National Wilderness Preservation System (NWPS) pero se trata de una naturaleza protegida extensiva. También es un movimiento surgido tras la expansión motorizada del siglo XX. Pero ya hay un estricto límite, por ejemplo, al número de vehículos que pueden subir a la Pedriza.

Y acabo de afirmar que no es bueno el corta-pega comparativo. En su día, hacia 2002, redactamos un plan director de usos en el territorio para una comunidad autónoma española. Se trataba de ver en qué manera podía articularse con el territorio eso tan delicado como colocar tiendas. De las pequeñas, de las grandes, de las que solo venden sofás y las que venden zapatillas de la temporada anterior. Dado que el comercio minorista es quizá una de las esencias más complejas para la ciudad durante los últimos mil años.

Pues bien. ¿Cómo se orientó aquello? Se fusilaron los métodos que dejó la Loi Royer francesa allá en 1973. Nadie rechistó porque la cultura y el marco legislativo estatal lo requerían así. Francia creó hace cuarenta años una licencia que limitaría la implantación de un espacio comercial. El baremo para conceder la licencia fue superar un tamaño de venta.

De un modo parecido se ha ‘cosificado’ el acceso al deporte no motorizado en el caso del parque del Guadarrama. ¿Implantamos soluciones de hace 40 años a un fenómeno de 2015? Pues a partir de un tamaño de inscritos en una prueba, el plan dictará que se entra en la ‘zona riesgo’ para el recinto protegido.

¿Funcionó aquello?

Ni en el país de origen. Del mismo modo que tampoco funcionó trasplantar la normativa francesa al mal llamado ‘urbanismo comercial español’. Si a partir de 300 metros cuadrados de tienda era necesaria la licencia, se presentaban proyectos con 10 metros cuadrados menos y se esquivaba la solicitud. Como si con 296 metros no hubiera impacto. Del mismo modo, el acceso de deportistas a pie valdría para carreras de 480 dorsales pero no de 520.

Porque los enemigos del parque son otros.

Este sí podría ser un título de una película.

Desde el sector de los corredores se está viviendo casi como un insulto a la inteligencia. En un parque regional donde se producen colapsos de tráfico rodado todos los fines de semana, como muestra cualquier foto o reportaje cámara en mano, se emplea un detallado cuerpo normativo contra el deterioro producido por ciclistas y corredores o senderistas.

En realidad, los senderistas o simples caminantes de un rato quedan fuera de la masa potencialmente peligrosa para el equilibrio ambiental. Salvo que sean más de quince.

¿Quince? De nuevo otro intento de acotar ad absurdum. Los grupos de 15 senderistas requerirán de un permiso especial por escrito (ver documentos la web Carrerasdemontana). Pero los de 14 no. Legislar por máximos tiene esas cosas.

El equipo técnico que redacta el PRUG debe frecuentar más el camino Schmid un domingo (estas cosas siempre son más evidentes en domingo), o hacer cola por las carreteras que suben a las Dehesas de Cercedilla o al puerto de Navacerrada. Por mencionar usos agresivos cabría hasta la oleada de cruces que una masa de fervorosos excursionistas catecumenales colocaron en las cumbres este pasado verano.

Aclarémonos. O caminar a pie en rebaños de 14 no pone nada en riesgo o correr a pie es perjudicial para el monte del Guadarrama. Al menos, las limitaciones a la celebración de pruebas deportivas sí han sido agrupadas con buen sentido. Pero de nuevo se ha caído en la legislación de máximos. Un tope de 450 deportistas a pie al día.

Quizá una docena de carreras -los ‘trails’ tan en boga- que cumplan a rajatabla unos parámetros ambientales mínimos deteriorarían menos que 6 con todos los puntos requeridos a una legislación de máximos.

Campan por encima de todo cierto el desconocimiento y, sobre todo, el miedo.

Ante el desconocimiento de lo que supone el impacto de correr por el campo, se han dejado llevar por las denuncias y alarmas de basura encontrada después de una prueba deportiva. La alerta generada por el boom del correr y la previsible salida a la montaña ha generado miedo legislativo y miedo electoral. Cabría preguntarse qué pensar de unas autoridades que se asustan de una masificación. Si todo lo que se ocurre es copiar soluciones de otros ámbitos, estamos arreglados.

Un cuerpo jurídico sencillo pero sólido brindaría unos principios contundentes.

Ser inamovible con las consecuencias ante una falta a ese permiso haría más que impedir que unos cientos de peatones, al fin y al cabo, accedan a un deporte inocuo. “Se inhabilitará al organizador durante 5 años en todo el territorio nacional y pagará una multa de hasta 120.000 euros si se encontrasen suficientes desperdicios asociados a su prueba” tendría más capacidad disuasoria para cualquiera. El organizador ya podría articular patrullas de limpieza, de recogida y gestión de su mierda, controles con el marcado de la prueba sensatos, amedrentaría al participante, lo que hiciese falta para que no se notara que han pasado 561 corredores por esos senderos.

“Por las zonas de cumbre, cresteríos y lagunas A, B, C etc, no se pasará en ningún caso”, ahorraría discusiones sobre si los participantes han agredido sendas, pastos o molestado especies en roquedos, o si quizá doscientos pares de pies podrían pasar pero cuatrocientos no. Sobre todo cuando esa cumbre acoge a otros mil paseantes en un domingo de Junio.

Por experiencia, intentar abarcar todo en un documento que desarrolla una norma legislativa no da resultado alguno. Tras muchos años detectando los tics cerdos de unos y los vicios impositivos de otros, creo que hay un buen grupo de expertos practicantes del correr por el campo a los que se podría consultar.

Llenar todo de capítulos, párrafos y puntos suele provocar más atasco normativo.

Gana un par de Skechers. Pero cúrratelo.

Con sede en Manhattan Beach, California, SKECHERS cotiza en la Bolsa de Nueva York bajo las siglas SKX.

Y así finaliza el dossier de prensa de una empresa billonaria que presume de cotizar en las procelosas y oscuras aguas de la finanza mundial. Impresiona, ¿eh? Pues sí. Otra empresa de calzado que está en bolsa.

Desde 1992 producen cientos de modelos. No es broma. Tantos como 3.000 cada temporada. Y, entre tanto diseño, raro sería que no se abalanzaran con fuerza a este mercado del corredor. Del lento, del rápido, hay para todos. Las GoRun, las GoUltra, las específicas para caminar, y ahora una gama entera para ir más cómo y moderno que… [coloca aquí alguna alusión irónica a famosos y su tiempo libre].

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¿Quieres llevarte un par de Skechers por la cara?

Es más. ¿Quieres llevarte el mismo par que usan maratonianos como Meb Keflezighi o Pedro Nimo?

Todavía más, escribo conteniendo la respiración como un adolescente que acaba de cruzarse con su nuevo amor.

¿Quieres llevarte el mismo par que usa el escritor con menos criterio de la blogosfera, Spanjaard, ha torturado hasta la saciedad en pruebas como la SainteLyon o en exigentes trotes sobre los que la literatura pronto hablará y -quién sabe- harán hasta una película? Ojo, el mismo par no. Un par nuevo y a estrenar.

Pues participa y deja de salivar tontamente.

ENTRE TODOS LOS TUITS QUE RECIBA EN MI DIRECCIÓN @_spanjaard y que contengan el hashtag #quieromipardeskechers SORTEARÉ UN PAR GRATIS.

BASES:

1. Cuantos más tuits mandes, más me calentarás la cabeza.

2. Un tuit más original tendrá más puntos para llevarse su par de zapatillas. O sea, es un sorteo manipulado clarísimamente. ¡trabájatelo!

3. Elige entre toda la gama qué par quieres. Puede ser un par de running o de la gama de vestir ‘relaxed fit’. Tienes todos los modelos en http://es.skechers.com/

Mens Relaxed Fit 0322

Dos años con Skechers

Hará dos veranos convocaron una prueba de material en la tienda MADRunningCo, en la madrileña semiesquina de Atocha con el gobierno militar. Los que nacieron más allá del 75 sabrán a qué huelen las prórrogas y la insumisión. Total. La convocaba Skechers.

What?

Skechers. Al menos ellos eran quienes enviaban el correo a los blogueros y voces autorizadas del correr en los medios. Corriendo a mirar quién demonios eran, la búsqueda produjo unas pocas entradas y unas fotos de una marca estadounidense que fabricaba para deportes variados. Entre ellos, evidentemente, correr. En su versión más moderna.

En la tienda se presentó un concepto de ligereza demasiado tortuoso para un segmento de los runners (discúlpenme). Si cabe, para dos segmentos. El de los viejos corredores con las ternillas crujientes y las piernas de liebre seca, y el de los lentos trotadores de un peso superior a, echémosle, 75 kilos.

La primera generación que me planté en los pies fue un desengaño. No piso de mediopie ni entro con tal velocidad como para decir que la dinámica de la pisada me beneficie. Soy un descreído de los remedios. Para mí el minimalismo vale lo mismo que su oponente: solamente vale durante unas sesiones. Soy un propagandista de la relajada variedad de entrenamientos, terrenos y ritmos. Corre variado y te dolerá variado, pero poco.

Las GoRun2 me resultaron incómodas, sobrecargaban mi talón de aquiles y fueron poco a poco dejadas de lado para un uso recreativo. Después encontré un amigo que quería algo rápido para sus series y allá que viajaron. No está descontento.

Con formal puntualidad, la siguiente convocatoria traería otras zapatillas diseñadas para correr deprisa. Las GoRun3 tenían más comodidad en todas sus líneas, sin perder la acentuada vocación de ‘pisa bien, pisa rápido’. En las imágenes se ve que la cosa va de zapatilla asfaltera. Al lado, la suela ligerísima de las Asics SuperJ.33.

Debo decir que la cosa estuvo a punto de terminar en separación, si no fuese porque se me apareció el Maratón de Barcelona y con él la excusa de acelerar un poco mis rodajes. Ritmos más vivos, comodidad interesante por el polímero con el que se ha construido la suela… bien.

Del mismo modo, me llegaron unas GoUltra que se parecían mucho al concepto norteamericano de hacer kilómetros subido en dos sofás-cama, con metros cúbicos de espuma entre el pie y la carretera. Ante la inestabilidad que tenían en los terrenos más complicados, riesgo de torcedura y de dejarme los dientes en alguna trialera con roca o raíces, contaban con un punto a favor. La horma, cierto, seguía obligándote a pisar por delante. Pero la comodidad era extrema.

Coño, pensé y blasfemé, si sacasen un modelo algo más asentado o ancho de suela, inventarían las Hoka.

No inventaron nada más, aunque un modelo similar pero que brilla en la oscuridad, las NiteOwl, me pusieron en la pista de un review interesante que leí en Dirtyruner. Algo cambió, hay que reconocerlo.

Zapatilla cómoda. Mucho. Muchísimo. Su ‘debe’ está en la estabilidad pero el taco de la suela es muy abierto, con lo que evacúa barro muy bien. Por delante se me presentó la SainteLyon, de la que espero poder contaros en el próximo número de Runner’s World. Eran 72 kilómetros por barro y algo de nieve, pero también con mas de un 30% de asfalto y buenos caminos. El entorno ideal.

A día de hoy han hecho más de 300km. Se han convertido en un calzado polivalente para los ritmos moderados y suaves. Un mes después han estado en funcionamiento otros 65km seguidos por el norte madrileño, por caminos y pistas totalmente secas y onduladas. Responden. Atención al material. Con 75kg, quizá en el límite de los chasis finos a los ‘berlina’, estoy dándoles todo el mal trato que sé. Y la deformación de la pala es nula. La suela, monobloque de foam, da un extra de blandura que a más de uno le podría resultar desagradable y desconcertante.

La marca habla de un drop de 4 mm (8mm con plantilla) y sobre todo de un extra de amortiguación. El corredor que, como yo, busca correr sin lesionarse y tener un plácido trotar, qué queréis que os diga, tiene en este modelo un aliado. En mis piernas hay casi cien maratones y ultramaratones y llevo treinta y cinco años en el atletismo popular. Si mis articulaciones no son un ejemplo de dónde querría llegar más de uno, ¿qué ejemplos queréis?

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Foto. Rendimientofísico


Hombre, siempre hay que sacar punta a las cosas. Tiene esta NiteOwl bastante de hype. Es básicamente la GoUltra que podemos comprar en cualquier lado. Le han añadido un material luminiscente en la oscuridad pero… que no brilla cuando le da la luz. Para entendernos, se ven de lejos en el armario o en casa. Pero cuando sales de noche a correr, si te ilumina un coche o recibe la luz de una farola, ya no brilla.

Pero ¿a qué estamos, a setas o a Rolex? Buscamos funcionalidad a un calzado. Aquí tenemos funcionalidad.

No desdeñaré una nueva evolución en las zapatillas de pisada cómoda de esta marca, si se me pone a tiro otro modelo. Reúnen mucho de lo que piden mis ya viejas piernas. Buen trato y mimos.

Napoleónica 2014

Hay cuarenta motivos para abandonar las crónicas extensas pero apenas uno para caer en la tentación de contar una aventura. Cuando la microdifusión tuitera se mostraba como suficiente para ir manteniendo al día al personal sobre la nueva edición de esta estúpida Napoleónica, me levanté esta madrugada y cogí el reloj. Reposaba sobre un gurruño de camisetas y de libros. Marcaba las seis y veinte. Un seis y un dos.

Era hora de extenderse sobre esos dos números. El seis y el dos forman los sesenta y dos kilómetros que hay por la ruta que trazamos el sábado entre Buitrago, la amurallada, y el momento en que se acercó mi santa a recogerme en la linde de Alcobendas y ‘el campo’, como lo llamaría mi buen manojo de amigos manchegos.

El dos con el seis son divisores del doce. Diciembre, el duodécimo mes, vio en 1808 cómo las tropas del ya emperador Bonaparte cruzaban a fuego el paso de Somosierra y continuaban por el camino viejo de Francia, en dirección a Madrid. Lo que pasa es que en aquellos días iba todo algo más lento. “Hemos tenido actividad”, escribía Napoleón a su hermano José I desde una noble casa de Buitrago, “mi caballería persigue al enemigo por San Agustín”. Diciembre, qué menos. Todo tan alejado de los ultras organizados siempre con el calor sofocante. Las condiciones eran perfectas para rememorar que siguen existiendo caminos que conectan y recosen siglos y momentos. Eso y más sandeces pensé en 2010 y de allí salió esta Napoleónica.

Seis también fuimos los que aparecimos subidos a la línea 191 el sábado. Juan, Anaime, Edu, Jose Antonio, Alberto y el convocante. Blogueros, tuiteros, corredores de vieja afición y acomodados a las velocidades 4G para compartir, reaccionar y navegar, bajamos en Buitrago con no más de cero grados y mil ideas. Ropa fuera. Mochilas a la espalda. ¡Ah, cómo han cambiado las mochilas en apenas cinco años! Arrancamos a trotar en dirección contraria para no perder la esencia. Es obligatorio no salir de la villa sin atravesar su muralla, asomar al Lozoya, encajonado, y saludar por el mercadillo de los sábados.

Foto: Anaime Perez

Como la A-1 nació de la mente de un ingeniero trazador a caballo entre el burro y el GPS, tuvimos que ajustarnos a los pasos, cañadas y senderos aún más viejos. El cañadón de casi 120 metros de ancho (dos por sesenta) que corona el arroyo de la Tejera en el que Anaime sacó la foto donde se ve el frío que duerme sobre la hierba. Las sendas del espaldar de la Cabrera o un trazado viejo de una carretera hoy muerta y que sorprende por sus dimensiones. No faltaron las risas, la charla y los primeros desfallecimientos. Para eso contamos con una red de transporte público, para recoger los restos óseos de los caminantes. Aunque estén embutidos en ropas del siglo XXI y por dentro circulen las patatas al alioli y las cervezas de la ruta.

Foto: Juan Seguí

Y es que en una Napoleónica se trota, se camina pero, sobre todo, se para. A mirar las cosas, a pedir bollería industrial indispensable, cerveza con limón o sabe dios qué pediríamos con días eternos y piernas incansables. No es casualidad, de todas maneras, que éstas se cansen. Somos, jugábamos, mejor, a soldados imperiales con prisa por llegar a Madrid con la luz del día. La prisa, ya se sabe, cansa.

Jose Antonio me contó su historia y yo seguro que le aburrí con algún fragmento de la mía. Sendereamos por caminos fantásticos, por dominios del Canal de Isabel II, por orillas de ríos como el Guadalix, que viene de alimentar las mil y una urbanizaciones. Este Jose Antonio es un mostoleño duro de pasado reciente intenso. Volveremos a coincidir. Seguro. Cuando lo dejé en San Agustín pensé que nos veríamos en bastantes de estas. El tiempo dirá.

Nota al margen, los números del día, seis y dos, tintinearon en el cronómetro en forma de hora y minutos para recordarme que estaba siendo sumamente rácano con el comer. Por haber cargado de sobra en días previos y sostener el físico con sales y líquido (vale, y un par de donuts de chocolate en Lozoyuela), las tripas exigieron una parada en un supermercado. Breve y al asalto. No os preocupéis. Pagué. Pero quería -de nuevo- no tardar más de dos horas en el tramo final. Dieciséis kilómetros por delante con monte de encina y poco más, rodeando el Soto de Viñuelas, el sol cayendo a mi derecha y cincuenta kilómetros en mis piernas.

Adornaría este párrafo con dolores, contracciones involuntarias de músculos fatigados y visiones mágicas de un sol inexistente, pero esto, en definitiva, es poner un pie y luego otro. Llevamos con el mismo gesto millones de años. Y dos horas con dolor de piernas son el cero absoluto en la eternidad.

Ocho horas y media después de haber bajado del autobús, contadas un tanto a lo burro, llegaba un soldado sin afeitar al final de todo, despojado de su brillo imperial, del hilo de la historia, de sus acompañantes. Y sesenta y dos kilómetros más viejo.

L’Empereur.

Siete consejos para que no te lleves el bocata y la boina a la Maratón de Nueva York

Tercero de la serie de posts que he escrito para el site CorreryFitness.com / Antena3.com

Llegas a tu habitación. Son las 22.00am (hora local). Miras y remiras por los pasillos semivacíos de tu hotel o del edificio de apartamentos y cierras los ojos un segundo. Estás en uno de tantos destinos a los que viajas aunque hay una diferencia. Te acompaña una bolsa con un dorsal y diversos extras de propaganda. Has ido de viaje para poder disfrutar de una carrera, pero ¿es viajar un complemento más al correr?

Leer el post completo.