Diez años más tarde, siguen siendo 101km

Fui reclutado para echar una mano a unos compañeros del trote y de las teclas. Como si de un anuncio de una expecidión polar de sir Ernest Shackleton se tratara, me ofrecían a cambio una incierta gloria, y un retorno ajustado a cumplir con mi cometido. Es decir: se me sugería devolver enteros a tres periodistas a los dominios de la Avenida de San Luis. Bien es verdad que he guiado a decenas de corredores inexpertos pero nunca sobre tantos kilómetros. En plata, pastorear periodistas en una prueba pedestre de cien kilómetros trasciende el pastoreo. Es un áspero modo de jugarse los huevos y el prestigio.

Afortunadamente los implicados tenían algún bagaje maratoniano, como Jose María Robles. Incluso uno de ellos, Juan Fornieles, ya había saboreado los caminos de Ronda algún año atrás. El único punto de duda era saber hasta qué cuesta, curvón o pueblo llegaría Quique Falcón. Un voluntarioso corredor pero algunos escalones por debajo de lo exigido para las más tremendas rectas de la campiña de Ronda (Málaga). Correr y caminar bajo el sol. En esto el pasado y el presente siguen abrazados. Sin trucos ni atajos.

En los largos diez años desde mi anterior participación en los 101km en 24h de la Legión (2004-2015) he visto cambios. Siempre para mejor. Siguen siendo los mismos kilómetros. Las reglas del juego están ahí desde que se creó el formato. Tienes veinticuatro horas por delante para completar el circuito que te pongan sobre el mantel los organizadores. Estos, el Tercio Alejandro Farnesio, también son los de siempre. Si han sabido adaptarse a misiones en Líbano o Afganistán, lo han hecho con el aumento de participantes. Un ascenso gradual de la popularidad del evento sobre el que luego querría explayarme.

Territorio cientounero

El tablero es un clásico formato de campo, olivar y pendientes del interior malagueño y gaditano. Porque en los 101 da tiempo hasta a cambiar de provincia.

Los topónimos echaron raíz hace siglos y el polvo blanco de los carriles, como son denominados aquí, se mete en cada poro y orificio del cuerpo. Uno contra uno. El corredor (al que aquí denominan marchador, por motivos de epistemología militar) contra la distancia. Y así debe ser. Ni el paso de las modas ni la preparación puede suplantar al esfuerzo. No lo hace. Con el tiempo uno no ve corredores más rápidos ni pájaras o desmayos menos monumentales. Las horas pasan igual de lentas y la gota malaya del paso de la tarde a la noche taladra nuestras cabezas del mismo modo.

En cierta medida yo estoy encantado que esto sea así.

De todos modos, hay cosas que no cambian. Mi preferencia por las zapatillas trotonas y cómodas (mis blandotas y cómodas Skechers GoUltra) se acerca a un acomodo patológico. Qué ironía. Llamamos ‘comportamiento comodón y adocenado’ a tics en un deporte que puede llevarte a consumir hasta diez mil calorías, machacar las plantas de tus pies y poner los riñones contra la lona.

Otras, sí. La mejora evidente del material hace todo más fácil. Mochilas del calibre Salomon Skin Adv 12Set, bastones quien los quiera usar o la evolución de la alimentación en carrera. Como contrapartida, esas mejoras llegan cuando tenemos más años y más dolores. Y por mucha experiencia que acumulemos, la mejora se quedará en un alivio temporal del sufrimiento. La vida misma.

¿Momentos mágicos?

Abstraído por el laboreo de los chicos de la redacción, corrí pendiente de que todo funcionase. Así que me perdí muchos de los apasionantes momentos que uno vive en una de las carreras más bestias del calendario español. Recuerdo que pasamos bajo la puerta grande de una antiquísima plaza de toros, que los participantes paraban a hacerse fotos en cada esquina, vitoreaban enseñas, nombres de amigos, canciones de aguerridos cuerpos militares.

Del mismo modo recuerdo desmayos por el calor, tipos grandes como montañas sentados en un banco del comedor de mandos del cuartel con la mirada perdida, corredoras acalambradas y conversaciones llenas de dolor al teléfono. Ese teléfono que nos permite pedir auxilio emocional y nos ofrece una ventana al desahogo, la ira o el pitorreo. Maldito seas, teléfono.

Los momentos mágicos se disuelven cuando uno tiene una responsabilidad, estamos corriendo con 32º al sol y todo ha de encajar. Decir cuándo beber y cuándo caminar al grupo. Callar para que disfruten de su valentía o hablar para que no se den cuenta de un momento de debilidad o un fallo en carrera. Por cómo discurrirían las primeras cuatro horas, era primordial dejar a Quique calmado y en buenas manos. Corría con cierto miedo. Era también su primer abandono rondeño Rondeño o cientounero, como se dice ahí. Algo normal, pero desconocido para dos de los tres amigos (ya convertidos en amigos del alma, evidentemente).

Hubo momentos de crisis. Según va la literatura épica del correr serían esos en los que tiras de la motivación. Prefiero recordarlos como momentos en que te acuerdas de los tuyos. Más bien, de los antepasados de los de otros. “¿qué hago yo aquí?”. Sin ir más lejos, el fenomenal repaso que nos dió el tecnicismo trailero. Desconocedores como éramos del recorrido en detalle (sufre cambios desde aquella edición hace diez años), nos metieron por ese eufemismo llamado “zona muy divertida”. Una zona muy divertida supone que, cuando llevas ochenta y cinco kilómetros en las piernas, se cambia totalmente la esencia de los caminos de la zona. Se buscan las sendas verticales y los pasos entre arbolado. ¿Divertido? Claro. Y precioso. Pero no al final.

Más y más cientouneros.

La masificación me sugiere varias preguntas. Las bicicletas han tomado la delantera y la prueba acoge miles de ciclistas de ruedas gordas. ¿Puede el Tercio con la doble masa? El evento duplicado pasa del éxito total al abismo del caos. ¿Esa coexistencia de los dos pelotones más enfervorecidos del deporte al aire libre nos libra de criticar la gestión de la basura? No quiero imaginar al legionario con el que pegué la hebra a la una de la madrugada en el cuartel. Si se quejaba amargamente sobre no poder ver a su crío ese fin de semana, qué sería si le encomendaran tareas de limpieza.

Porque, amigo, siete mil deportistas montan un marraneo supremo. Y es que somos unos cerdos. Sí. Los salvadores de la civilización ociosa y sedentaria. Los bikers y los runners y los trailers. Así, como concepto.

El aspecto de la zona de avituallamiento del campo de maniobras era peor que un concierto. Los caminos ofrecían esa señal indeleble del tragamillas que decide comer el gel ahí mismo y, ahí también, deshacerse del envoltorio. Acarrear 480 gramos de mierdas varias desde la salida y ser incapaz de regresar a meta con 35 gramos de envoltorios.

Es indiscutible el impacto saludable del magno evento sobre Ronda y la zona. Los tan conocidos estudios de dineros que riegan las ciudades en día de carreras están ahí. Se come. Se cena. Se desayuna, echa gasolina y toma una caña. Recomendable es probar un año en estos 101 solamente por intentar encontrar ese alojamiento. Y hablar con Paqui y descubrir como la venta frustrada de viviendas tiene un fin de semana de alivio con el alquiler a los deportistas.

Probablemente esa marea de visitantes mueva sola la energía que necesita la prueba. Ronda ya va sola cada año en busca de su fiesta de la kilometrada. En los primeros días del invierno salieron 7.000 dorsales y a ellos acudimos 21.000 opositores. Cifras que duplican el evento al que asomé la cabeza hace ahora once años.

Sin duda alguna. Los 101 siguen siendo un evento absolutamente mundial. Mundial de aquella manera. Porque Andalucía es un mundo. Yo diría, a falta de estadísticas fiables -mi falta de tiempo en buscarlas- que un 80% de los acentos que uno oye en carrera son orientales u occidentales, costeros malacitanos o de los olivares del interior. Pero es evidente que, por encima del pujante Maratón de Sevilla o de los movimientos ciclables por sierras y antesierras, el espectro del deporte al aire libre andaluz sigue viviendo por y para esa enorme fiesta.

Curioso. El mismo fenómeno que encontré en la SainteLyon (de Saint Etienne a Lyon a pie). Apenas acuden corredores de fuera de la zona de influencia. Apenas algún extranjero y eso que la Legión y la ciudad de Ronda tienen un caramelo exportable de dimensiones considerables. Habrá que dejar que todo lleve un ritmo y un camino trazado por los organizadores. Dos décadas de evento les respaldan.

Entre tanto, iremos y regresaremos para contarlo. He tenido el privilegio de participar de una manera especial. Ayudando. No fui el único. Vi curtidísimos corredores guiando un grupo al igual que hacía yo. Acumulamos historias esa suma de kilómetros de todos nosotros, lo mismo que nuestras trazas repasan a rotulador cansado esa recta con apenas cuatro encinas que dan sombra. Los 101 de Ronda son los kilómetros-álbum de nuestra juventud, las imágenes de la bajada asfaltada que destroza los cuádriceps en dirección al cuartel o los dos caballeros legionarios subidos en el pozo zacando agua de la garrocha.

Sacri, Quique, Juan y el bicicletero Luisfer son ya parte de mi bagaje. Son más que página y media. Vedlos pies en alto. Vedlos dormidos al llegar a meta. Viajando despreocupados en la furgoneta o trasteando con los teléfonos a la salida de un área de servicio en la A-4. Hoy cuentan a sus familiares y amistades que un día compartieron aventura con los soldados del verde oliva.

[test] Mochila gin Campari

SLab ADV Skin 12Set. Probablemente sea el último dedostontos en escribir una prueba sobre las bondades de esta mochila. No. Bueno. Habrá otras posteriores. En cierto modo internet se retroalimenta del conocimiento popular. Dicho lo cual, aviso también que no será ni la prueba más sensata ni más completa.

El código es rojo y negro. Salomon, aunque malvive en mi espectro cromático incrustando blancos por ahí, blancos que solamente quedan bien a los veloces galgos del trail, Salomon -insisto- nos hace firmar un código de color rojo y negro. Un código de colores salvaje como la explosión de estilo de los anuncios de Campari. En este punto es donde este review diverge de las demás visiones. Aquí tienes un punto y aparte como puerta de salida.

La mochila. Más de 400 kilómetros y 90 horas de prueba, de cóctel. Escoge tú cómo llamarlo. Cuando nos colocamos una mochila con la que vamos a convivir durante horas, los parámetros son ajuste, capacidad, y accesibilidad a los bolsillos y elementos de hidratación. No hay desacuerdo en que “la 12″ ofrece todo eso. A carretillos.

Foto: Salomon.com

Absolutamente todo lo que seas capaz de meter dentro de sus compartimentos irá pegado a tu cuerpo esmirriado mejor que la manera en que te quedan los trajes de tres piezas. Por descontado, cabe lo suficiente como para embarcarse tanto en vueltas al cerro de tu pueblo como en travesías de varios días. Es un tejido elástico a la que llaman Malla Power y Sensifit. Ligero, resistente a los embates del monte.

Y, si tienes brazos con codos flexibles 270º, podrás llegar a todos los rincones de la mochila sin necesidad de sacarte todo de la espalda. Yo no los tengo y además se me sale el hombro izquierdo.

Sea, entonces. Todo lo anterior está fantásticamente glosado por las referencias habituales de prueba de material de montaña. Pero yo quiero hablar de los colores. Y del amargor alcohólico de un buen gin-Campari.

Dulce es tener todo ese tejido elástico adherido al cuerpo. La manera en que lo negro del anuncio se ajusta, no se mueve durante las batallas por las montañas y los reposos en la silla de los cafés. Me gusta decir que una prenda es cómoda cuando reparas en ella al final del día, sin darte cuenta que la llevas durante horas. La sensación de no llevar mochila es eso mismo. Llegar hasta el fondo del vaso, oscurecido por esos reflejos color caramelo.

Amargo es el regusto de parar a colocar las famosas botellas flexibles dentro de sus bolsillos pectorales. El Campari que colorea esa mochila deja la sensación de “Ay, se calentó demasiado pronto el vaso”. El derretir los hielos en una tarde al Mediterráneo extremadamente cálida. Calzarse “la 12″ es como ser un adicto a los cócteles torturadores. Cuantos más kilómetros y horas pasamos, más corto nos parece ese dulce y más persistente es el rojo, el amargo.

Qué vamos a hacer. El mundo maya moría por el agua amarga del cacao. El clavo de Madagascar, la frambuesa, el limón o la canela de Ceilán, el ruibarbo y la cáscara de naranja. Todo va hilvanándose con la fatalidad de la adicción. Complicado es pasar a las otras grandes mochilas-chaleco del mercado. A las prometedoras Raidlight Ultra Olmo o las tremendas Ultimate.

El ácido de la ginebra es la única explicación posible. La bebida del imperio británico. La reina de las bebidas holandesas. Es casi imposible saltar del balcón de la gran señora de las mochilas.

La combinación de rojos, negros, dulces, amargos. Un par de grandes bloques de hielo y una piedra suficientemente grande para descansar un minuto después de remontar un col de 2.400 metros. El vestido ajustado y los tacones imposibles. Los arañazos en las manos y las uñas de los pies destrozadas por los descensos. Hay tan poca diferencia entre todos los momentos exclusivos…

Mear y no echar gota

Han pasado diez horas. Vuelven las ganas de orinar. La cantidad ya es la de siempre pero el color  sigue siendo un dorado como de estantería de museo. Oscuro. Casi anaranjado. De esto no habla la corriente entusiasta del running. Y es que el reto, la superación o el conocer el estúpido límite no mencionan las cifras de sufrimiento de algunos órganos del cuerpo humano.

Dieciocho horas después de una salida bajo el sol, a las cinco y media de la madrugada, terminábamos los redactores del diario El Mundo -y servidor- nuestra participación en los fabulosos y duros 101km de Ronda.

La prueba que organiza la Legión Española es una de las tres grandes del segundo fin de semana de Mayo. Como si fuera un tríptico ciclista belga. O la locura de Marzo del baloncesto universitario norteamericano. Esto es, los 101 de Ronda, la Transvulcania y la Marató i mitja de Penyagolosa sacan a los caminos a miles de viejos y nuevos practicantes del correr por caminos y sierras.

La mayoría guardarán en su recuerdo el paso por sitios de tremenda belleza. Los pueblos blancos de las diversas montañas. La gente amable de esos lugares. Otros, volverán a repasar qué pudo fallar en su entrenamiento. Darán vueltas a qué fue lo que hizo que el reto no se pudiera cumplir.

Una pequeña parte añadirá un parte médico leve o medianamente serio. Los casos de deshidratación y golpes de calor son usuales. ¿Cómo si no? Pruebas que nos llevan durante diez, quince o veinte horas a ejercitarnos bajo el sol.

Garantías.

Entre el participante y el tablero de juego existe un doble compromiso que hace tambalear el equilibrio de la historia. El fabuloso final depende de las cantidades de épica y esfuerzo, por un lado, y de responsabilidad por otro. Hay cosas que una organización no puede dejar al azar. Del mismo modo, están otros muchos principios que los participantes deberían conocer antes de un ultra, tal y como se denomina genéricamente a estos monstruos deportivos.

En el avituallamiento del kilómetro 42 de los 101km de Ronda habían comenzado las órdenes de restringir a un vaso de agua y otro de isotónico por corredor. Corríamos y caminábamos con 30º por los olivares y encinares entre Málaga y Cádiz. A esas alturas, los corredores llevan ahí entre 4 y 8 horas en marcha, dependiendo de los ritmos. La organización añadía aljibes rodantes de 6.000 y 10.000 litros para completar la recarga de las mochilas y botellas de hidratación. Empezaba a faltar agua.

Al mismo tiempo, en la isla de La Palma, en la Transvulcania, bajo ese dorado clima canario del relax y las vacaciones, comenzaban los problemas. Se suprimía uno de los avituallamientos y generaba una confusión alrededor de los kilometrajes que todos debían pasar al sol. Al seco.

La partida se resquebraja. Miedo a la extenuación. A la deshidratación y los golpes de calor.

En ese momento pasan a primera fila esas preguntas: ¿Es suficiente lo que se bebe y lo que la organización ofrece? ¿Se conoce lo suficiente sobre cuánto hay que detenerse a beber y comer?

Si se sabe, ¿se olvida en cuanto se ha establecido en carrera una dinámica del cronómetro y del reto?

La experiencia me dice que son pregutas no hechas a tres meses vista. Es más. Hay una máxima que no nos aplicamos. El corredor que acude a la montaña o, por extensión, al duro campo, debe ser autosuficiente. Si vienen dadas, saber qué hacer. El pánico o llamar al 112 no son la salida. Las grandes carreras caen por peso propio en los meses más calursosos de nuestro calendario. No es el mejor terreno para aprender. Las pistas entre Arriate y Alcalá del Valle no son un entorno amable. Son una sabana cruel para el humano urbanita. El Roque de los Muchachos no acoge césped ni es el sitio ideal para sacar el servicio del té. Son zonas que te evaporan.

Quique se asustó, ya digo. Iba y venía a su mochila de carrera con un plan de hidratación sensato. Beber y beber aún sin sed. La ecuación del consumo del metabolismo humano es fácil: el agua que entra menos el agua que consume nuestra respiración celular, es igual al agua que sale.

Y no le salía. Pasados 32 kilómetros, Quique no meaba. No lo hacía desde antes de la salida.

El riñón es el órgano encargado de mantener la homeostasis del organismo y para ello debe regular y estabilizar las pérdidas de agua y electrolitos que se producen durante la actividad física. Leed detenidamente el artículo enlazado. Durante las dieciocho horas de la carrera y la hora previa a la salida, ingerí tres litros de bebida isotónica y siete litros más de agua. Probablemente esos diez litros fueron escasos.

La proporción, vista la orina al día siguiente, aún era hipernatrénica (estaba desequilibrada hacia el lado de las sales). Para más inri, como hago siempre, comí cuanto salado me entraba por mucho que las organizaciones de grandes carreras siguen ofreciendo un descompensado exceso de dulce e hidratos. Nunca falta en mi mochila de carrera jamón o lomo en lonchas. Método spanjaard.

Entonces, ¿debí beber más agua? ¿Animar a mis ‘discípulos’ de carrera a hacerlo? Pudiera ser. Quique se asustó cuando pasaban cuatro horas de carrera y aún no tenía ganas de orinar. Optó por retirarse. El calor apretaba en las horas centrales.’Sacri’ pasó las de Caín en meta, con un estómago que se había contraído con el paso de los kilómetros y la ingesta de los avituallamientos.

Podría haber sido cuestión de beber más agua, entonces.

Pero beber agua sin control podría haberle llevado a un cuadro peligroso en mitad de los carriles de la serranía rondeña. Y es que el balance de agua y los iones disueltos puede ser igual de peligroso si nos hinchamos a líquido cristalino. Las hiponatrenias pueden llevar a un fallo general y a la muerte. Mi idea no era precisamente la de volver con tres cadáveres. Menos, a la redacción de un periódico.

Sí podía volver con un cerro de recomendaciones. Que pasarían al limbo de los olvidados.

Así que no se me ocurre mejor aprendizaje que el siguiente: corre tus ultras acompañado siempre de alguien más experimentado y sensato que tú. Asume primero que eres inexperto e insensato (dale) y plantea las experiencias que has tenido. La sensatez y las horas juntos en los caminos harán el resto.

Dicen ellos mismos que ese ha sido el éxito de haber conseguido esta foto al final. Sin Quique, pero hay más días para las fotos conmemorativas.

 

Esto tengo que contárselo a mis chicos

Soy hombre de pocos bancos. Somos en mi familia un grupúsculo poco de bancos. Mi hijo Martín, cuando tenía tres años, consiguió que desmantelaran los bancos de piedra del patio de su colegio. Lo logró abriéndose la ceja contra uno de ellos. Mi padre tiene pendiente una monumental con los del osito blanco. En general evitamos pronunciarnos sobre encuestas financieras porque, tanto mi santa esposa como yo, acarreamos un saco de imprecaciones siempre listas para ese momento.

Aún así, hay veces que toca comerse el tiempo disponible e ir. Joderse y cerrar la puertecita de esa torre de cristal.

-“No. Yo es que lo hago todo por internet” – E ir.

Hace unos meses saqué del uso público y deportivo un par de zapatillas de mis buenos compadres de la marca Salomon. Vivieron estas zapatillas tal número de perrerías que fueron fruto de analítica, no financiera sino deportiva. Se habló de ellas aquí, aquí y en algún otro artículo donde me dio reparo. Las vi, a las coloradas aquellas, ir perdiendo lustre.

¿Qué pinta aquí la historia de unas zapatillas usadas si hablo de bancos?

¿Quién ha tomado el hilo de la historia de una familia que bufa contra la banca para terminar hablando de las CrossMax?

Permiso.

Aquellas rojas y negras vivieron el generoso destete de la cajita y del olor a nuevo. Vinieron desde la sede donde los chicos de Salomon asignaban material a esta escuadrilla de alimoches. Fueron niñas y empezaron a correr por raices y rocas. Adolescentes rebeldes que rozaban cuando no se las pedía. Machacaban al progenitod, al probador de materiales donde más daño hacían.

En la delicadeza de domarlas se cometieron abusos. No los declaré todos. No era más que un caso de estudio de este experimento llamado Field testing. La prueba de material zapaticida incluiría el rozamiento, la mutilación de las plantillas y, finalmente, el abandono.

Bancarse las ganas de llorar por ellas fue el penúltimo paso. El viaje estelar que nos llevó a mis chicos y a mi hacia las tierras de Santiago. En aquella semana de Agosto en que la meseta se sacudía el polvo, las zapatillas realizaban su último cometido.

No. Un penúltimo, entiendo ahora.

Nicolás, el otro gemelo, tiraba de las crossmax hasta llegar al punto de conexión de todas las cosas. Al campo de estrellas de cada uno. Si peregrinaste alguna vez, sabrás que todo lo que no tiene sentido, lo cobra de repente.

Al punto generador de los siglos de este país y al que todos regresan ,en sueños o a pie, acababa de abrir el carrete y conectar el hilo de dos historias. Porque las historias son madejas almacenadas en casilleros infinitesimales. Y un demente con tiempo infinito y escrúpulo cero suelta el hilo y es capaz de mandarlas a la puerta de un banco.

A esas zapatillas rojas y blancas de la puntera desgastada. De las que no se ven muchas.

De hecho solamente se ven cuando alguien las transporta. Yo apenas las transporté a un contenedor bajo mi calle, apoyándolas contra el lateral. A la hora que fueron depositadas no transitaba mucha gente. Incluso los banqueros habían dejado de merodear hasta la más ínfima posibilidad de negociado. El contenedor de basura les debía parecer yermo de oportunidades.

Igual ahora no.

Porque comienzan a brotar las grúas de nuevo.

Pero no entonces. Era un lúgubre mes de Noviembre y ni el presidente de los presidentes veía claro lo de las grúas.

El abuelo sí lo vio. Tiró del hilo de la historia y era cuestión de que alguien parase a leerla.

Hoy las he vuelto a tener delante. Sostenían dos piernas arqueadas de loneta azul de trabajo en el campo. Había donde mirar. Al escaparate rococó de la panadería. Pero no. O el bastón de la esgrimista octogenaria. Pero tampoco. No. La vista se me cayó de modo inmediato al embaldosado.

Ahí estaban. En su penúltima prueba de material. A la puerta de la entidad bancaria donde nadie dirá al abuelo que gaste en zapatillas. Si existe algún corredor de monte en la agencia probablemente se le haga la mañana más corta. Aún.

Se lo comento con urgente sorna a mi esposa. Si los chicos de Salomon ven esto…

Deberíamos empezar a creer en tubos inmateriales por los que se cuelan las historias de las zapatillas.

§

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Mi viejo maratón y los yankees malos

Es la semana previa a un clásico. El maratón de Madrid. Llega su recorrido asesino y se refresca el debate sobre lo viejo y lo nuevo. Por alguna razón más allá de la celebración de una prueba de 42km en nuestra ciudad, sobreviene una pasión de valorar el viejo MAPOMA por encima de algunos aspectos a los que se disfraza con “estos yankees han venido a mercantilizar la carrera y a llevárselo muerto”.

Ni todo lo viejo era romanticismo ni todo lo nuevo es mercadotecnia runner norteamericana.

Se ha escrito bastante ya sobre la irrupción de las marcas comerciales y las empresas organizadoras de eventos en las pruebas tradicionalmente sacadas adelante por los voluntariosos clubs locales de atletismo. Las pequeñas carreras, por su menor tamaño, son aún asumibles por los clubes y asociaciones amateur. Pero muchas veces olvidamos que son posibles porque los costes son asumidos por las administraciones locales o provinciales.

Hablando en plata. Los tres mil euros que cuesta el medio maratón de tu localidad se reparten entre los presupuestos y subvenciones públicas de todos y el precio de las inscripciones. Estamos usando dinero público para el ocio de tu carrera. Esto no debe olvidarse nunca.

¿Es correr un derecho fundamental en tiempos de congestión económica? ¿Tiene el corredor de un pueblo derecho a su carrera sostenida con fondos que podrían ir a otras actividades de fomento del deporte? Son debates que nunca hay que dejar de lado. Y menos, en periodo de vacas flacas y de recortes en dotaciones y servicios públicos.

En segundo lugar, hay que saber que las empresas de organización de carreras vienen del mismo mundillo del que nos nutrimos. Después de años charlando con muchos de ellos, no quedan cartas sobre la mesa. Son corredores, organizadores, revistas que has ensalzado y ojeado cien veces, que pasan a emprender y lanzarse a este mercado del deporte de la calle. Corriste el maratón de Madrid porque, probablemente, en tu día leíste alguna corricolari o Runner’s World. O las clasificaciones que sacaba el diario Marca, sobre el que ahora maldecimos. Sabes de la fantástica aventura neoyorquina por su difusión en la NBC pero también por el patrocinio brutal de las empresas. Tu admirado Martín Fiz pudo dedicarse a llenar portadas de prensa gracias a su profesionalismo. Y hoy desearías que tu entorno compartiese esa oleada del correr sano igual que tú lo haces. Pero que se mantiene con fondos empresariales.

Más aún. Las carreras en España forman parte de un mercado con el que nadie se hace rico. Esto no son los Estados Unidos. Las empresas más sólidas confiesan sin tapujos que no se gana dinero organizando un medio maratón, pongamos, en Santander. Hay dos o tres eventos masivos que aprovechan el boom del corredor de hoy día y que permiten enviar recursos a pruebas tradicionales en las que se va a cero euros de beneficio.

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Tercero, muchos hemos olvidado aquellas ediciones de los años ochenta y noventa. ¿En serio echáis de menos el viejo recorrido por la M30? ¿Sabéis de lo que habláis cuando preferís una ciudad vacía y con sus conductores pitándonos, ebrios de poder? ¿Vais a correr más motivados con 2.400 participantes que con 8.000? Es como denostar las tirolinas y actividades al aire libre y convencer a tu hijo de que es más divertido salir a caminar al monte.

Os puedo decir que he corrido el viejo Mapoma en todas las condiciones posibles entre 1989 y 1995. He bebido un sencillo vaso de isotónico y ya. Aspectos organizativos que hacían dudar de dónde iban las tres mil pesetas que se abonaban. El día en que salí a un maratón comercial, masivo y bien organizado entendí que teníamos un evento rancio, ignorado por la ciudad y que se estaba organizando a sobaquillo. Aquello era París. Un showroom Carrefour. En aquellos días el gigante de Londres ya se llamaba Flora London Marathon. Chase Manhattan aseguraba un millón de pavos a Nueva York en esos años noventa. Sin ir más lejos, en 1998 la carrera de la gran manzana recaudaba 10.7 millones de $ de sus patrocinadores.

Cuarto. Los fallos.

Otra cuestión es la cantidad de fallos organizativos que se detectan en el famoso maratón del rocanrol. Roperos insuficientes. Oidos sordos a las reclamaciones de los corredores durante treinta años. Entiendo que muchos estéis hartos del curso de los acontecimientos en los pasados ocho o diez años.

Esto duele más sabiendo que se genera mucho dinero y que se escatima en algunos aspectos. Os doy la razón. Está el uso de voluntarios para suplir tareas profesionales. La presencia de la marca anunciante por encima del bienestar del corredor. La foto del político al que poco le importa el evento. O empaquetar el máximo de corredores en la salida para el mismo volumen de recursos logísticos.

Esto ha sucedido en Madrid. Es indudable.

En quinto lugar vienen las sospechas y las personalidades, sobre las que se puede dudar, cuyo conocimiento de qué requiere un corredor es X y qué sacará de su foto con el concejal es Y. En principio todos somos honestos e inocentes mientras no se demuestre lo contrario. Organizar mal no es delinquir, por muy ásperos que sean los pensamientos que nos acuden en caliente. Volvemos a que esto es un mercado. Con posiciones de monopolio porque maratón de Madrid solamente hay uno. Pero es el mercado al que pertenecemos y las reglas son públicas.

Desconozco, por no decir que dudo, si la llegada de las franquicias Rock’n Roll Series al viejo Mapoma han empeorado las cosas. Los costes son los que son. Cuadran a base de ‘acuerdos con las comunidades locales’ que proporcionan numerosos voluntarios, a pesar de que en Octubre del pasado año un voluntario del Rock’n Roll Las Vegas Marathon había demandado a la carrera por lucrarse de su esfuerzo como voluntario.

Con todo, la empresa organizadora sustenta un exitoso circuito de maratones y carreras en ruta en un país donde nadie pierde dinero público en eventos privados. Donde las cuentas están muy fiscalizadas y las hadas no existen salvo en los cines.

San Diego, Las Vegas o Mexico acompañan a Madrid en la cartelería maratoniana rockera, además de un lote de medios maratones por todo el país (San francisco, Denver, Chicago o Brooklyn). Desconozco si hay una comunidad de corredores examinando con lupa si algún concejal o presidente de club de atletismo se lucró vendiendo la vieja prueba a los capitalistas. O si la salida es un caos y no existen cajones para los más rápidos. Pero las cifras van por un lado y las personas por otro.

En este momento la estabilidad como evento masivo del viejo maratón popular de Madrid está garantizada. Podrá estar más o menos enfocada a unos u otros pero nadie debería echar las culpas a los yankees.

 

 

¿Quién era el tal Genaro?

Cuando me embarqué en echar una mano a Roberto Leal en su camino hacia las pruebas en montaña se me descolocó un 2015 que suponía tranquilo. De nuevo tocaba mirar algunos fines de semana para salir a correr a lo tonto. En el calendario se nos cruzó una buena ocasión de conocer nuevos paisajes a escasamente media hora de coche de Madrid. Correr una cincuentena de kilómetros mostrando las perrerías de las largas distancias a Roberto, mientras uno para a ascender un barranco, bajar una pista, acelerar después de un tropezón o buscar la señal de marcaje del día: un monigote azul al que llaman Genaro.

¿Quién era ese tal Genaro al que dedican un GR completo y que se dedicó a dar la vuelta al embalse del Atazar?

Aparentemente era un mero muñeco recortado en una plantilla de cartón. A lomos de unas yeguas, un grupo de una treintena de senderistas marcó hace años un conjunto de sendas medio perdidas y las unió a pistas preexistentes y caminos de acceso a esa obra de ingeniería que regula el acceso de agua potable. Madrid necesita agua para sus madrideces. Esto es así.

Como monigotes, aunque totalmente colorados por el primer baño de calor del día, llegamos al Berrueco tras dar la vuelta a esos cincuenta kilómetros. Genaros éramos cada uno de los que salimos equipados con mochila y comida y bebida. Genaro era, lo descubrí luego, el tipo que llevaba a mi lado durante toda la mañana. La ‘genarización’ de los corredores en monigotes fue integral.

Unos correrían diez kilómetros, otros veintiseis y nosotros cincuenta. Sendereamos todos la estrella de cinco puntas en dirección de ese pueblo de fantasía (cuidado con las fantasías) y pizarra llamado Patones de Arriba. Nos hartamos de pizarra y jara entre los pinares y cerros de la sierra que tapona el Atazar completo. Bajamos a los barrancos con nuestra pinta de muñeco azul contrahecho a pasar todo el calor del mundo. Remontamos las faldas de innumerables quebradas, vimos panales de abejas, se nos desataron cordones y bebimos todo lo que nuestras mochilas permitían.

Así pasamos el día uno de Alcalá de Guadaira y yo. Entre buena gente, caminos y tropezones. Me pregunté muchas veces sobre qué habría detrás de esas majadas abandonadas y las sendas de herradura. Cuánto monte solitario rodea Madrid y sus seis millones de blandos urbanitas es un misterio complicado de comprender. Solamente cuando alejas el zoom de nuestra supuesta importancia y ves el vacío en cien kilómetros a la redonda lo entiendes.

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Las historias de hace setenta años son diferentes a las que escribimos ahora.

Imaginamos que subir desde abajo del todo hasta el poblado del Atazar debió ser costosísimo cuando eras el médico y te desplazabas en mula. Que enterrar las penas o a los seres queridos sería una pelea contra la pizarra o que, si el terreno no daba, muchos echarían el cierre a la casa y se irían a la prometedora ciudad.

Hoy llegamos por ocio. Llegamos en moto. Llegamos sudando pero con un avituallamiento garantizado. Cuando coronábamos la calle de la Cuesta nos reímos con esa tranquilidad de saber que los chicos de la organización nos mimarían. Metíamos la cabeza en el pilón fresco porque ya hay agua garantizada en el pueblo. Olía a mesón-asador incluso en día fuera de celebraciones. Y si hubiésemos llegado de noche a cualquiera de los rincones de la zona, alguna farola nos alumbraría. Son diferencias sustanciales entre viajeros, entre Genaros.

Siete horas son muchas o son pocas para dar la vuelta al Atazar completo. Dar todo ese rodeo también es parte de esa forma de vida de hacer deporte de manera exagerada, innecesaria.

Pero engancha. Las largas distancias son cada día más accesibles. Roberto iba superando sus previos topes de distancia corriendo y en horas de esfuerzo. Con una mochila fantástica en la que metes lo básico para sobrevivir y apenas pesa, todo es más fácil. El calzado del correr en el monte, el conocimiento de uno mismo, todo son pequeños factores que aseguran una cosa: cada día estamos más capacitados para ir a hacer el bestia y que, a nuestro regreso a casa, siempre haya gente preguntándose si la aventura no era quizá tan bestia.

Genaro es ese monigote azul que llega a casa y sonríe tras la paliza. Genaro debió ser un personaje de la zona al que los retos le parecían barreras absurdas.

Corre y calla

A lo largo de los últimos meses hemos vivido la definitiva inundación del “correr para contarlo”. Ser corredor (y que trascienda) por encima de correr. Ser algo antes que hacer cosas.

El signo de los tiempos.

Por un lado está la tentación de gritar “¡Pero corre y deja eso!” al runner (sic, con perdón) que para en la cuneta a ajustar su artefacto en el brazo. De pedir por favor que bajen todos los bastones de las goPro porque no se ve el arco de salida ni el ambiente de todas esas cabezas que se extienden hasta el final. De apagar, en definitiva, toda conexión a internet.

Por otro se mira con simpatía la final eclosión del correr. Del runear, del jogging, qué más da.  Qué queréis que os diga. Por fin esa ciudad atocinada que era el Madrid de los ochenta ha comprendido que se está mejor corriendo que frenando.

O no. Que quizá la cosa sea tan sencilla como que nos han enganchado con las herramientas de mercado adecuadas y que, gracias al cielo, el cuerpo aún funciona.

De cualquier manera, se corre. Y se escribe de ello. Mirad este mismo post, si no. Tanto hablar de correr, tanto escribir sobre la importancia en la economía, estirar las cifras de hace dos años porque interesa mantener un rinconcito del correr en los medios de comunicación… ¡vale ya!

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Corre y calla, como dice mi padre.

Hay un grupo de los años setenta, Alternative TV, que caricaturizó desde dentro todas las contradicciones del movimiento punk. Cantaban ridiculizando “How much longer will people wear / nazi armbands and dye their hair“. Era un resumen sintomático de los años de lucha de un movimiento musical espontáneo y las estabulaciones del mercado de la cultura. ¿Cuánto duraría aquello? Qué mas daba, si se perdía la frescura del mismo desde el momento en que crecían industrias y agentes alrededor.

El mismo hecho de sacar el disco superaba el legado DIY (háztelo tu mismo) de juntarse a reventar las cuerdas de una guitarra. Cuando John Lydon, el cantante de Sex Pistols reflexionaba a toro pasado en su No Irish, No Blacks, No Dogs sobre los jóvenes que acudían a los conciertos semiuniformados con las crestas, las medias rotas y las cadenas de perro, encontraba que había movimientos que se deglutía a sí mismos.

La actitud era la de ser innovador y resistente ante los uniformes. Doscientos punks mimetizados en la estética eran ya el primer error. También eran el más fatal de los síntomas. Parece que, por cada nueva sístole de la locura humana, cientos de capilares están deseando retornar la sangre de esa locura, besada, adorada, asumida como propia y con la etiqueta “recuerda, corazón, yo también soy de los tuyos”.

Correr nos deja vivos. Nos demuestra que hace falta muy poca energía para saltarse las barreras de la vida (sic) del siglo XXI. Sofá, coche, comida empaquetada y electrónica doméstica saltan en añicos con la primera zancada. Con dos pasos se inicia un trote. Todo está en marcha.

Pero nos empeñamos que, con la tercera zancada, todo un cuerpo teórico esté comiéndose el trabajo de liberación sencilla que nos han regalado las dos primeras. Qué manía. Si es un reto, si es un objetivo, si tiene que conducir a algo, si la identidad de ser corredor…

Absolutamente emperrados en no ver la libertad que tenemos delante de nuestras narices.

Probablemente no tengamos tiempo ni de analizar qué viene alrededor de que salgamos a correr. Los de Alternative TV terminaban su canción con la conclusión “we all don’t know nothing / and we all don’t fucking care“. Si convertimos el sanote correr en una tendencia más, preparémonos para verlo languidecer como una tendencia más.

Corre y calla.

En virtud de una infancia austera, imagino, tiendo siempre a desmitificar. Correr es seguir echando paso tras paso mientras se hacen otras cosas: hablar con un compañero, escuchar una historia interesante, oír música o imaginar hasta dónde llega esa montaña, qué hay detrás del último árbol. ¿El anglicismo inexcusable? ¿Por qué? ¿Necesita un trote de cuatro horas de modo imperativo un par de adjetivos épicos o medievalistas? ¿No es ese el paso previo para despreciar el simple hecho de salir a correr alrededor de un campo de fútbol?

Fijaos en qué se ha convertido. Lo que no lleva ribetes rimbombantes no es un reto. Si no calza un tú puedes es un entretenimiento pachanguero, indigno.

Las castas.

Luego nos extrañan comentarios insultantes a Cristina Pedroche porque tardó cinco horas y media en un trail de 32 kilómetros. Claro. Los supercampeones de la hormona o el burpee ya son otra categoría. Dejaron atrás el estamento del sanote trotecillo.

Ya no corren. Ya no callan.