Little Green Bag. Díselo al chino.

Un pensador glosó: “Comida poligonera, parada rápida, bolsa verde llena de comida del chino, unas cervezas y llenar el buche”. Las bolsas verdes del chino. Little green bags, las garantes de una dieta para sobrevivir. ¿Sabrán los chinos de los autoservicios que cada día expiden cientos de homenajes al tema que abre Reservoir Dogs?

¿Perdón?

Reservoirdog
La banda sonora que abre esa sublime película de tiros y de traiciones es una canción de los holandeses George Baker Selection, que en 1969 lanzaron un sencillo con ese nombre. Little Green Bag es un swing que pide cuentas al billete de dólar. De hecho el texto habla del ‘little greenback’, el billete verde.

Irónicamente, en pleno zapatazo de la crisis de 1992, la canción gira involuntariamente sus notas sincopadas a la meca del dólar. Y es repescada para la modernidad por Quentin Tarantino.

Para la historia se trata de una cuadratura espeluznante. Un tema gira desde la denominación verde del dólar USA hasta la bolsa verde en la que media ciudad enchufa la compra menos ‘foodie’ y más ajustada a la plaga del hambre urbanita de última hora.

Little Green Bags es una canción sobre la soledad y el director de Pulp Fiction no podía haber atinado mejor para una película sobre una banda de individualidades más solas que la una. Mismo traje, nombres anónimos (Mr Brown, Mr Black…) y solitaria muerte.

Y la noche de la ciudad es el mejor escenario para dibujar soledad de llegar con prisa por la calleja abajo. La soledad horrenda de tirar dentro un puerro, o un manojo de tomate en rama y tres de manzana pink lady. Soledad sana pero igual de cruda que el que mete dos latas de cerveza, media barra de pan y seis de bollería al peso en esa bolsa verde. Soledad gentileza de aislados tenderos orientales que juguetean al poker online o que descansan la cabeza sobre el pecho mientras llega otro desperdigado.

George Baker Selection (liderada por un tal Johannes Bouwens) define en la letra una especie de soledad incómoda.

Lookin’ for some happiness but there is only loneliness to find
Jump to the left, turn to the right / Lookin’ upstairs, lookin’ behind

No tener más compañía que el ruido de esa bolsita. Ni más talento que abrir una barra de pan reseco y rellenarlo con la noche de la ciudad y doscientos de chopped. La esencia. Comida poligonera, parada rápida, bolsa verde llena de comida del chino, unas cervezas y llenar el buche.

No es casualidad que el siguiente gran ‘hit’ de George Baker fuese una balada sobre un pobre campesino derrengado de currar, que se sienta bajo un árbol pensando que es una paloma blanca, libre. Sí. En 1976 componía aquello que hemos cantado todos y sobre lo que algún día quizá escribamos aquí.

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Como un pez entre las costuras de un pantalón viejo

Gracias a Antonio, un lisboeta serio y socarrón como pocos, pude comer un cerdo a la alenteixana en un mínimo segundo piso de Luxemburgo. A aquello lo denominaban restaurante y mi sexto sentido me dijo que no lo discutiese. Meses antes, en un destartalado coche que conducía un tunecino muy marchoso, viajamos hasta las fiestas de Lieja para terminar medio desayunando en la ciudad brabancona de ‘s Hertogenbosch. Toda esa conjunción de personas dispares se produjo porque una ciudad nos acogió como refugiados. Más aún. Un viejo continente, que malvive como una prenda llena de dobleces y rotos, dejó que nos colásemos por todas las rotas costuras.

Tengo el deber de pasar ese recado a mi próxima generación. La riqueza que seamos capaces de ofrecer y vender a una sociedad hará que ésta no pregunte. La permeabilidad entendida como el mejor escenario después de cientos de años de guerras. Aire que corre por las puntadas, agua que se va entre los dedos. Y por ese agua circulamos los pececillos de nuestra generación.

No es un mar inmenso. Europa es algo parecido a un mínimo patio trasero al que miran todas las ventanas. En unas da siempre la sombra pero, a la mayoría, llegan a diario los ratos del sol y los vecinos salen constantemente a interrumpirse, a interpelar al otro, a odiarse. El sol -a falta de otra hipótesis válida- los aglutina. Para unos es la excusa, el escenario de la crítica, el sol que a unos da demasiado y obliga a poner cortinas y a otros, de refilón, el sol como aspiración de bienestar, algo a lo que no oponer resistencia. Pero sigue siendo un patio donde todos cojean del mismo pie. El de Hull y el de Bergamo. El de Évora y el de Plzen.

Like The Wind Mag, issue #8 (2016)

Sin esa percepción, corremos el riesgo de sobrevalorar este esquinazo al que lamaron un día viejo continente. Y perder los años acomplejados. Pensando en que nuestra situación sí que es grave. Y acabar acogotados por categorías que dejaron los botánicos en un libro abierto sobre alguna gran mesa y que, después, algunos políticos copiaron para clasificarnos como si fuéramos begonias o sicomoros.

Sin ir más lejos, esta semana vivo con la felicidad de ver unas líneas mías en una revista británica. En ellas hablo de Barcelona y de su maratón, de los presidentes y procesos parlamentarios y de los periódicos. ¿He tenido que salirme de Cataluña para hablar desde la distancia del Reino Unido? ¿Aprovecho la distancia para tomar una perspectiva?

¿Distancia? Estamos locos. De Londres al aeropuerto del Prat hay dos costuras mal cerradas. Eso no es distancia. Pregunta a un argentino qué son las distancias. O a un mongol. Con toda la intención del mundo, describo mucho más que cuestiones políticas de la ciudad en que nací, o las perspectivas de costarricenses o argentinos frente a una confrontación con un conflicto social. Hablo de ese patio lleno de vecinos absolutamente hartos de pelearse por quién recibe más sol. Y de gente que pica a nuestra puerta pidiendo sal y se encuentra un corral alborotado por quién tendrá la ropa más oreada.

Así lo expresé en versión original ibérica en el diario Expansión pero se entendió a medias. Comprendí que una parte del patio no aceptaría nada que viniese timbrado como españolazo. Y crucé la corrala para ver cómo se interpretaba aquella pelea de vecinos amargados desde otras balconadas. Las británicas.

Es incorrecto pretender que ha sido la lejanía de Barcelona la que ha facilitado entender el problema catalán. Hablando de ello con un amigo holandés concluíamos lo siguiente: en la redacción de Like the Wind han entendido que alguien les proponía un problema cercano. Tanto, que lo han situado al lado de otros temas de patio de vecinos, aparentemente dispares. Correr alrededor del Mont Blanc, los cross country británicos o si una corredora suiza vive enamorada de las sendas de cualquier país que pisa.

Dicho todo esto a uno le queda vivir eternamente empeñado en pasar a los hijos una doble idea: (a) Europa es canija. (b) En Europa nadie es más que nadie. Sí que somos peor encarados unos que otros. También tenemos los despreocupados. Los estrictos y los que no se enteran, pero siendo todos un patrón homogéneo. Tanto, que asustamos.

Para tener una visión de esto hay que salirse unas horas de avión. Desde fuera nos podemos ver; estamos arrinconados. Peleando por mantener las lindes del huerto con el compás y el mapa en la mano, mientras un movimiento brusco hace que atravesemos esas lindes sin querer. Nada lejano hay en un viaje iniciático a las costas de Galway. Nada exclusivo en desembarcar en Gatwick o en reservar una casa en Taormina. El patio es el patio.

Podríamos ponernos imposibles, tercos, e insistir en que ese continente contiene mil subcategorías, mil entidades y mil acercamientos etnográficos. Cuando lo más que variará todo será el arco que describa el sol sobre los cuatro tejados que cierran ese avejentado patio.

[#ZEN] Enero

Os brindo la recopilación de todo el mes de enero. Son las columnas de El Mundo Zen.

Carta a los Reyes Magos.

Estimadas Majestades, disculpen a este incrédulo republicano (de la república de su casa) por patalear el protocolo. Pero tengo que soltarlo. Salgan del discreto retiro y díganlo a voz en grito y pelo en pecho. Arreglen esto al trote. Ustedes llevaban veinte años de ventaja a todos los demás reyes magos del mundo. Qué veinte. Treinta. Sus majestades ya eran seres corredores antes que Cameron o Paco Roncero fueran runners.

Pensarán los cuatro despistados que llegan a esta última columna que he caído en un proceso febril. Que la deshidratación me ha machacado después de beber poco y mal y con aditivos raros. Pero, de lo que pocos lectores de ZEN son conscientes, es que hablo a las majestades mágicas de este planeta corredor. Son su Majestad número uno y su Majestad número cero en la era de los nacidos después de Franco. Y eran portada del número inicial de una revista en 1982. La publicación atronaba a vida nueva. La dirigía Bernardino Lombao; un bien posicionado preparador físico de presidentes del gobierno. Trotaban, no es coña, en chándal por los bosques del recinto más seguro de Madrid. Si a estas alturas el lector sigue pensando que estoy de pitorreo, coja aire.

No vengo a pedirles. Tengo de todo. Vengo a que aireen aquel chándal. Nos hemos enredado y no hay actitud. Ya ven, una carta austera. Pocos españoles recuerdan que el número uno de la revista Jogging sacaba a un padre y un hijo corriendo por las carreteras sombreadas de la Zarzuela. Hay que decir que los textos de los cajetines adyacentes eran extremadamente amables. Yo hubiera sido despedido tras insertar interjecciones mucho más reales en boca del padre. “Vamos, coño, Felipe. No racanees que te vas a tener que duchar igual”. Y probablemente habría sido detenido por dibujar bocadillos al pequeño Felipe en plan “Me duelen los pies, las piernas y hasta la cacha del culo, es la última vez que me dejo liar para correr con mi padre”. ¿Demasiado familiar, no?, me lanzan desde redacción. No. Con uno de ellos he compartido hasta evacuación de la facultad por un aviso de atentado. Él sabe.

Den ejemplo. Actitud corredora. Si por aquellas casualidades alguien les puede acercar un ZEN a los reyes número cero y uno de nuestra era, hágalo. Ellos son de los pocos que pueden solventar este erial ético. A golpe de gesto zapatillero. Aquí en la calle se habla de ingobernabilidad. No estoy seguro si, lo que falta, es runneabilidad. Firmado, un indio ‘tendones viejos’.

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GUARROS

Unos cientos de metros después de aparcar, se toma la senda. Pasas de una embarrada pasarela, pegada a una acequia, a una traza casi imperceptible. Cuando las ramas de chopos y álamos se comen la anchura del caminito, lo vi. Ahí estaba el recipiente del gel deportivo. Reciente. El del puñetero guarro del deporte. De nuevo.

Descarté automáticamente varios grupos de excursionistas. Una familia habría arrojado papel aluminio de los bocadillos o una bolsa de plástico de los gusanitos de turno. Una pareja habría tirado el kleenex o el preservativo con los restos de su revolcón. ¿Qué me quedaba? Solamente un corredor o un ciclista de montaña podía ser el usuario habitual de ese tipo de recipiente. Por la anchura del sendero, casi perdido y sin roderas, la vergüenza propia del gremio. No había sitio para trazar con una bicicleta de ruedas gordas. Salvo un error de estimación, y no suelo equivocarme mucho, aquello venía de otro corredor, un marrano que había decidido soltar el lastre de su actividad. Y lo había hecho donde más escuece: en mitad de un pequeño paraíso.

¿Sabéis la de literatura que hay por la red sobre el amor del runner a la naturaleza? No podéis haceros una idea de las conversaciones sobre el corredor de montaña que huyó del asfalto. De la visión de mesías salvador del planeta que no quería tener nada que ver con los capitalistas enemigos de la burbuja del correr. Del que sale por senderos para no verse empaquetado en las carreras de diez kilómetros organizadas por bancos y piratas.

Y desde hace años intento explicar que no somos esos salvadores del mundo. No quedan. Los que corremos somos, por mucho que te joda, tus conciudadanos. Para trotar no es necesario un talento especial. Sí un poco más de paciencia y humildad. Pero corre quien te pita en el semáforo, te roba en la facturación o tu amable vecino del bajo. En esencia somos un país que todavía no ha salido totalmente del subdesarrollo ecológico. Y seguimos tirando un envase de veinte gramos, vacío, porque lo vemos hacer a los ciclistas. O al descuido. Un envase que, lleno, pesa ciento ochenta. Pero lo transportamos porque es fundamental para la hidratación o alimentación a lo largo de nuestro entrenamiento. Y hasta ahí llegan las miras del guarro. A su entrenamiento. El del guarro que ha descubierto la belleza del correr por el delicado paisaje.

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TROPEZAR EN LA MISMA PIEDRA

La tercera oleada de desportillados y contusos del mundo del correr crece como la masa madre. Es un contingente de carne fresca. Nuevos corredores que acuden a las miríadas de consultorios y expertos. “Me he cascado la rodilla”. “El tendón de Aquiles me llora por las mañanas”. “En caliente no, pero cuando dejo de correr cojeo”. Acudís al facebook de algún fisiotearapeuta o al canal de whatsapp de ese osteópata. Viejos problemas encuadrados en nuevos modelos de información.

Me preguntaba si vale de algo la experiencia de las dos remesas anteriores. Desgaste de cabezas de fémur y cartílagos en aquellos salvajes años ochenta. Barbas apestando a tabaco negro. Obreros industriales escapando del estrés o de los vicios en los maratones de la época. Se corría a lo burro. Hoy vintage pero, antaño, camisetas de batalla, de tirante. La primera remesa de lesionados se graduó en sobreentrenamiento, una casi absoluta falta de estiramientos y los riesgos evidentes de ser los pioneros, los conejillos de indias del deporte en el que no circulaba información. Sólo sabiduría tosca, de taller.

Diez años después aparecieron las revistas especializadas. Y más y mejores entrenadores. Y del frente volvió un segundo ejército de doloridos. ¿Alguna diferencia? Ya no se llevaba barba ni bigote setentero. Absolutamente todo lo demás era un calco: kilómetros extra, falta de descanso y esa guerra de guerrilla entre deporte y trabajo sedentario. Ante los mismos síntomas de fatiga y dolor de 1986, los lesionados de 2001 incidían en los mismos errores. Si cabe tenían más delito porque ya existía un contingente de escarmentados. Había más información que nadie leía. Si se leía, no se ponía en práctica.

Tercera oleada. Llegó internet y llegásteis más. Miles. Más que nunca, todo estaba ya escrito. Toda la sabiduría de 2016, el calentamiento necesario, el descanso, el fortalecimiento. Masajes, osteopatía, alimentación, teníais todo a mano. Y ya habéis empezado a hacer crac. Lo de siempre: forzar. Llegar al entrenamiento “que toca”. Superar el reto de ese minuto.

No son los mejores veteranos de todas estas guerras pero tienen las claves. Llamo a la legión de viejos corredores. Piernas de liebre y tendones machacados. Pero con un remordimiento: saben qué fue mal. Tan valorado ahora, sois el capital humano que puede ayudar a que esta gente joven no se dé el mismo hostión. Los mismos errores. ¿Dónde estáis, rotísimos míos?

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EL RETO

No tenemos memoria histórica. Nos apañamos con un tablón de corcho, un muro donde claveteamos nuestros logros deportivos. ‘Doble finisher en’. ‘Top 50 de’. ‘Sub H-horas’. ‘Mi enésimo medio maratón’. Quitamos las chinchetas viejas y ponemos encima lo último en nuestro meritar. Seré sincero. Creo que hemos perdido el norte de qué estábamos practicando y qué poco nos movíamos hace tres o cinco años. Ese segmento de la memoria la hemos mandado al cuarto trastero, con la ropa noventera y un par de teclados viejos de ordenador que ya no van. Dicen que borramos las penurias que pasamos en los comienzos. Pero el comienzo nos recuerda el punto cero.

Verán. Mañana cumplo con una de esas cifras simbólicas del correr. Eso a lo que los británicos llaman milestones, que es equipararlo a los miliarios romanos que empezaron a marcar nuestros caminos. Bueno pues en correr. Cien maratones o más. Digamos que un día me puse a contar, como muchos hacen, las veces que había podido completar el mítico maratón. Completarlo o sumar más distancia de una tacada. Sea por campo, playa o carretera, sean 42.195 metros exactos o noventa mal contados. Total, que mañana Lunes saldré por la tarde con una mochila a la espalda y haré mi viaje número cien yendo más allá del famoso maratón. ¿Y qué?

Y nada. Otorgamos a estas hazañas particulares un lugar preeminente. Pero no hay más secreto para llegar a cien que pasar por un comienzo y una reiteración que convierte todo en hábito. Hay gente que sube a diario a cortar leña, a la calle a dirigir el tráfico o baja a la mina. Cada uno es, en lo suyo, exigente consigo, un trabajador fantástico y eficaz o un amante apasionado. O puede ser un manta, despistado o un necio irresponsable. En cualquier caso es la práctica la que da solidez a algo que comienza siendo un mundo. Después se convierte en algo más y más fácil. Los libros hablan de las cien mil horas de vuelo, de la experiencia, del fluir con todo bajo control.

En suma, haced kilómetros por evasión, salud, por ganar a esa compañera de clase o por una promesa. Sean cien o sean siete, haced ejercicio por la razón más estúpida, por lo que os dé la gana, pero no lo hagáis con la intención de trascender. No vendáis el alma al muro de vuestros logros. Ya sabéis lo mal que terminó el bueno de Fausto por andar en tratos con Mefistófeles. “Todo lo caduco no es sino parábola…”

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OTROS MUCHOS MARATONES ESCONDIDOS

Hace unas semanas escribía sobre media docena de fabulosos maratones. Eran los destinos a los que podías dirigir tus próximas vacaciones y hacerlas coincidir con un Londres, Berlín o Tokio. Pues bien. Ahora que el director de Zen no nos lee (es un devorador de maratones clásicos), enumero las pruebas que sí debían haber figurado. Sin la dependencia de un sorteo o de una agencia de viajes.
El otro día tenía que haber escrito sobre el muy campestre maratón de Monschau. Ubérrimo sarao germano. A Frau Merkel no le tiembla el pulso en mandar agua en pleno agosto. Se corre por una zona de bosques, a escasa distancia de las fronteras alemana, belga y holandesa. No necesita glamour. Tiene carreteras vecinales y aldeas alemanas llenas de colorido. Debí haber mencionado el festival alpino de Davos. Sí, el de los ricachones. Paisajes de postal y un par de grandes pasos de montaña donde suenan cencerros y pastan vacas de anuncio. En Davos son tan suizos que asustan: con tu dorsal recibes un billete de tren ida y vuelta desde tu lugar de entrada a Suiza, aeropuerto o estación. Coches fuera. Quién va a perderse eso. Compáralo con la casuística del puente de Verrazzano. Bah, que vayan las ovejas churras.

Hay más. A patadas. Están los avituallamientos con vino y viandas a tutiplén de esa joya del picnic que montan en los Chateaux de Medoc, cerca de Burdeos. Tienes un maratonazo de aspecto de gymkana en Stevenage, a escasos kilómetros de uno de los aeropuertos de Londres. Si crees que lo has visto todo, en la Fairlands Valley Challenge te dan un folio con instrucciones, un recorrido secreto y te mandan a ciegas a cruzar pintorescas campiñas, saltar vallas o transitar por cementerios. Cada año, un recorrido sorpresa y barbacoa con el inconfundible estilo de los clubes locales.

Hay mucho más. Está escondido por los calendarios regionales de media Europa, de los estados más remotos de Estados Unidos. Incluso en casa. Gente que ha decidido adecentar y enseñar al mundo su jardín corredor. Pequeñas organizaciones que taladran los dorsales en un pincho al llegar a meta, lo meten en una caja al lado de las cervezas y no se preocupan en digitalizar los resultados en dos días. Bosques, sendas y barriadas sin la menor intención de llegar al olimpo del running. Si eres de los que aprecian el secreto, acércate. No digas que he sido yo el que se fue de la lengua.

#ZEN (Diciembre)

Las columnas de Run&Lemon de ElMundoZen. Todo el mes de Diciembre.

EN SERIO ¿QUÉ ESTAMOS ENSEÑANDO?

Una persona con una vida por delante y ganas de disfrutar de su tiempo libre no puede hablar de su tiempo en una carrera como un fracaso, frustrada como si fuera una mala empleada o como un inversor catastrófico.

El maestro Mendicutti tiene su Susi y mi amigo Zapata tiene una psicóloga que se llama Fernando. Yo tengo una colega en la oficina que se llama Sonia y que vino el Lunes hecha un trapo. Había corrido diez kilómetros en una hora y diez minutos y se vio absolutamente abrumada por la poca gente que quedaba detrás de su esforzado trote. Apenas veía los cincuenta o sesenta nombres por detrás en las clasificaciones. Lo que terminó de sofocarme fue que comparara sus trotes recreativos con mis ritmos. Se sentía una birria deportiva mientras me subía en un estúpido pedestal de entre los runners. Todo porque muevo las piernas algo más rápido que ella.

En serio. ¿Qué mensaje estamos lanzando desde las tribunas del deporte, el odio y la vida sana? Nos estamos dejando llevar por la competitividad del resto de las parcelas. Vivimos al ritmo de piñón fijo con el que conducimos, engullimos un montado de lomo o llamamos al siempre lento camarero de la playa. Así que, como no tenemos otro modo de hacer las cosas, ¿aplicamos baremos espartanos para progresar de la única manera que conocemos? ¿Midiendo minutos y segundos? ¿Contabilizando el reto de los kilogramos perdidos en la oficina, como se podía leer en Zen la semana pasada? Y ¿qué ocurre por participar simplemente? Es más. Practicar deporte de modo pachanguero durante veinte años más que el resto de los morales ¿no sería otro modo de victoria?

Los últimos clasificados en el deporte tienen más mérito que los primeros que decidieron quedarse en casa. Los últimos han decidido erigirse en participantes. Al que le pique, que se rasque. Desde Enero de 1980 hasta el verano de 1981 llegué sistemáticamente entre los cinco últimos de todas las carreras a las que me apuntaba. Así que sé de qué hablo. Por los archivos de la federación deben estar aquellas hojas escritas a máquina. El Luis Arribas regordete aprendía a pasar lo más rápido posible el trago del deporte. En las competiciones por equipos en pista, Luisito rellenaba el expediente en los lanzamientos de peso y disco de aquel césped del estadio Vallehermoso. Sustituyendo la ansiedad de vencer por esa utilidad cruel del gordito. La paciencia o la despreocupación infantil debieron hacer correr el tiempo sin más. Si no hubiera últimos, los primeros correrían solos y serían, estúpidamente, los últimos más veloces de la carrera.

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EL CORREDOR DE MUNDO

Vengo de pasar unos días de una ciudad donde los corredores fluyen. Lo hacen por su carril, por parques y por sendas y, en ocasiones, hasta corren por las aceras. ¿Dónde está lo extraordinario? Lo extraordinario es que no chocan con los usuarios de otros carriles. Sin conflictos. Visto así parece una solemne idiotez. No lo es. En esa ciudad no existen los corredores que usan los carriles bici. Esos que llamaré el running dead. No hay zombies en zapatillas que tomen caminos ilógicos para correr. Del mismo modo, no hay ciclistas que invadan las áreas de paseo.
Es una ciudad amplia. Con su laberinto medieval, donde correr es incómodo pero atractivo. El turista corretea tanto por las riberas de sus ríos como por las escalinatas que conducen a las callejas de las colinas. Pero básicamente es una ciudad con mucho espacio renovado. Igual que ocurre con los cauces reconvertidos de Madrid y Valencia. Los mismos parques y avenidas que Barcelona o Bilbao. Y atascos de mil demonios, claro. No es una aldea.

¿Se portan mejor sus corredores? Sí. Sorprende, pero hay coexistencia. Quien usa la bicicleta se adapta a los carriles. Los conductores tienen paciencia y no invaden. El acceso inmediato y ágil queda para el patinete o bici. Los peatones cuentan con la tranquilidad de saberse a salvo. Así que el quinto jinete, el corredor, no es más que un peatón al que no le cuesta esquivar a los lentos, y siempre por su espacio. Me lo confirma Etienne, que espera al semáforo en verde, y a quien asalto, como sociólogo foráneo del correr.
Cierto que, por las prisas, somos una peste. Solo hay que ver cómo nos comportamos como ciclistas, peatones y runners. Pero me resisto a pensar que todo se reduce a nuestra natural e irreverente actitud de hacer lo que nos sale de las pelotas. Y mira que me tentáis. Tenemos que descartar que los habitantes de esa ciudad sean mejores que nosotros. ¿Qué queda? Echarle la culpa al empedrado.

Podemos decir que los diseñadores han tenido mejor mano. No han provocado que uno corra sorteando familias con niños o con bikers embalados. Me sentaba en el río y observaba la fluidez de paseos separados. Claridad para los que pedalean rápido. Separación para tranquilidad del peatón. Sin running dead que valga. Sin corredores haciendo zigzag por césped o escalinatas que aparecen de la nada. Había defensores de la improvisación y del laissez faire por la calle, pero no se abalanzaban sobre los cerebros de los peatones ni los muslazos de los ciclistas. Toca copiar e ir más a Lyon.

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SECRETOS SOBRE PULSO Y RITMOS

Nos acercamos al espíritu navideño y las carreras con gorros de Papá Noel. Por lo tanto llega el momento de aparcar la regañina de corredor viejo de pata de conejo. Quiero compartir hoy con vosotros una de las teorías centrales del runner de mundo: existen tres velocidades. Cualquier intento de complicarlo es una conspiración de las empresas de tecnología del deporte. Pero ellas no te van a dar las claves. Para eso estoy yo, vuestro áspero servicio de información pública. Va.

“Correr y charlar”. Ese ritmo te permite mantener una charla continuada. Corresponde con el ritmo que llevarías en un trote suave. Permite que argumentes a favor o en contra de tus compañeros de trote. Tu capacidad cardíaca y pulmonar te permiten alegrías y podrías incluso contar chascarrillos o debatir sobre los colores verde chillón del pelotón corredor. La recomiendan gurús, médicos y el Pronto. Si corres solo, parecerás un idiota que habla alto o alguien superconectado a la telefonía inteligente. Pero podrás hablar. Como he asumido que toca regañar menos y compartir sabiduría con vosotros, vayamos un paso adelante.

“Correr y responder con monosílabos”. Es, exactamente, tu velocidad media. Cercana a la que deberías llevar en una carrera con dorsal. Para un experto corredor, el ritmo de su medio maratón. A efectos prácticos, en este ritmo has de sacrificar las ganas de rebatir a tus compañeros y apenas contestas con jadeo entrecortado. El sí o el no o el coño ya. Fisiológicamente es más intenso, menos saludable pero también te permite ahondar en esos pensamientos colaterales que surgen del debate. Del que llevan los otros, evidentemente. ¿Existe una tercera velocidad, entonces? Existe, en efecto.

“Correr y jadear”. La más difícil de sostener. En el momento en que solamente puedes intervenir de pensamiento en el cada vez más interesante debate, has alcanzado el ritmo de tope de tus posibilidades. Apurando mucho, querrás lanzar un monosílabo pero se parecerá al ladrido de la mascota de tu anciana vecina. Has de aparcar tus opiniones si quieres seguir el hilo. Tu cómplice silencio a cambio de permanecer en el grupo sin descolgarte. Los hay que no pueden mantener la boca cerrada. Imaginadme en esa situación. Imagínate seleccionando grupos por conversación. Imagina una caída accidental en el ritmo equivocado y mil cosas por decir. Ni un Papá Noel como yo tendría el remedio adecuado.

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RUNNING, PERO, EN ESPAÑOL

¿Has sobrevivido a la primera ronda navideña? Pues haz hueco. Lo mejor está por llegar. Que sí. Que corres y te ves entre los pocos seres humanos capaces de alternar las digestiones de la anaconda con los adelgazamientos. Tu metabolismo, o eso crees, dice que puede con Navidad, los diez kilómetros de la San Silvestre, la cena y sus copas, el trote del día de Año Nuevo, y sus definitivos roscón y chocolate el día seis.
Pon a tu metabolismo runner contra lo que tendrás que pelear: La crema de orujo de la cesta o del mueble-bar de tu suegro, anticongelante que roza lo sobrenatural. La chistorra que te cuelan como entrante previo a la crema de marisco, los langostinos con mayonesa y el cordero. Cordero de Dios, que quitas el pecado del mundo, sanea mis arterias porque vienen zumbando mantecados, mazapán, polvorones y turrón en todas sus etnias. Cada uno de ellos podría ser tu alimento de una semana. Es más. Podrían acompañarte en tu debut en las carreras de montaña.
Pero esto es Iberia. Tierra que acepta por igual a los hijos con buenos principios y a los nutricionistas. O sea, mal. Hay una especie de coraza teórica al que, o llegas como conclusión desesperada o como principio rector. Ese “comeré de todo porque lo quemaré tarde o temprano”. Nadie ha dicho que el español sea un pueblo con medida de las cosas. Estrabón dejó dicho que somos de ir por libre, “nunca de grandes empresas, porque se niegan a formar una gran potencia ni a confederarse”. El geógrafo griego no nos vio unidos en comer tortilla española hasta explotar o multiplicar por cinco la comida necesaria en una barbacoa.

¿Piensas que estás atrapado entre dos fuegos? Sí. Lo estás. Quemas calorías como un bárbaro y le das a la zapatilla como pocos. Sois el núcleo más resistente de corredoras del gimnasio. Acumulas kilómetros en tu app de móvil igual que amontonas ropa en un cajón de la cómoda. Pero eres español. Runner, pero español. En tu cena de nochevieja habrá cinco platos. Conoces qué significan cachopo, atascaburras y arroz caldero. Pedirás blanco con el marisco y tinto con la carne. Y cava o champán con los postres. En plural. Y comerás uvas y beberás más champán. Tu cuerpo de corredor te hará ir alegre y con el piloto automático hasta las tres de la mañana.

El tiempo me ha enseñado que ninguno de los extremos será el correcto. Ni ‘poder con todo’, ni enrocarte desde el talibanismo deportivo. Las fiestas navideñas españolas, kilo arriba kilo abajo, son algo contra lo que no puedes estamparte. O las tomas a pitorreo o te dejas llevar. Hay más de trescientos cuarenta días al año en las que puedes reorganizar los nutrientes, contar calorías y pesarte hasta tres veces al día.

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Corriendo hacia lo imposible

Casam7IXEAAi-Bh¿Por qué correr durante treinta y tres horas? Probablemente suene a uno de los imposibles del ser humano. Pero se han visto cosas peores salidas de la imaginación humana. En un capítulo de Mad Men, Don Draper y su jefe tienen que subir (no importa con qué trasfondo) veintitrés pisos por las escaleras. Mad Men es una serie de fumadores y de politoxicómanos de los años sesenta. Y, al llegar al piso octavo, jodidos de agotamiento, los ejecutivos se ¡echan un cigarro!

El guionista responsable pensaría que el tope de un deportista podría ser exponerse a correr todo el puñetero día. Pero la realidad es tozuda y juguetona. Y a veces supera a la ficción. Eso es el ultrafondo. Correr treinta y tres horas solamente está al alcance de una mente desequilibrada. Si además se hace por montañas, el trastorno podría formar parte de un cuadro médico severo.

Albert Jorquera, participante en pruebas de ese tipo, usa su background de periodista para someter al gremio de los corredores de ultradistancia a revisión. Y Lectio Ediciones ha dado soporte a una versión de este viaje al mundo del ultrafondo.

Un viaje a una esfera tan especial necesita de un cariño especial. Siendo Albert un compañero de gremio y un apasionado no falta ese cariño. Si alguien quiere saber qué se define como ultradistancia y mucho de lo que encierra esa caja de sorpresas llamada ‘los límites del ser humano’, Corriendo hacia lo imposible es un estupendo acercamiento. Pero es solo un acercamiento.

Volviendo a la exitosa pero controvertida serie de los publicistas de Manhattan, en muchas ocasiones sus acercamientos a la ficción se quedan en pasos de puntillas. Las tramas de infidelidad y fabulosos proyectos sintetizados en cuarenta y cinco segundos son pellizcos a un pastel. Culpen a los frontmen de la serie. El índice de Jorquera es un pastel al que un repostero como Jordi Roca, especialista en formatos atrevidos, podría haber guiado hacia la generación de una biblia del gremio. En cambio, su producción ejecutiva deja en un aperitivo lo mucho que hay por contar.

No hay decepción. Lo que hay es lectores complicados. Yo tendría cuidado en ofrecer un formato ligero y breve, en momentos hiperbreve, a lectores con un sesgo muy especializado. Lectores practicantes de un deporte intenso y en ocasiones eterno. Pero no soy editor. Y no soy responsable de ver comprimida información básica, técnica, en un par de páginas. Ellos saben más sobre qué vende o qué no tiene recorrido comercial.

El bloque central de la experiencia de Jorquera es un extenso relato seriado. Se trata de una exitosa participación en el ultra del Mont Blanc. Por sí mismo merece doscientas páginas pero convenzan a su editor. Por sí mismo, también es una aventura épica específica, emotiva. Me gusta por ambos motivos. Hay corazón y nervio. Podría haber literatura pero Albert es periodista. Guiño cómplice. Con esos preceptos, es evidente que camina por un alambre sin red.

Incluso habiendo síntesis, hay material suficiente que han dejado escapar. Claro que, cada uno, escribe el libro que quiere y le permiten.

Aún así deja pequeño esos alerones que cuelgan a derecha e izquierda en el índice del libro. El modesto vademecum de las grandes y míticas pruebas se queda como un fichero breve. Una mezcla entre una nota romántica y un post contemplativo para cada prueba legendaria. Nada que no haya sido expuesto ya en los nuevos medios. El acercamiento teórico del otro costado del libro me queda resumido, breve. Introduce términos a lectores que probablemente los hayan leído y reflexionado sobre ellos mil veces.

¿Qué sensaciones deja destripar un libro encabezado por la pasión y nombre y apellido de un amigo?

Cómo me gustaría saberlo. Intentarlo, como correr horas y horas, “no es bueno ni saludable”

#ZEN (22/11). Brazos biónicos

Por su particular interés y porque muchos solo leéis lo gratuito, me bajo una vez más del burro y os dejo mi columna en ElMundoZen del pasado 15 de Noviembre.

La tierra ha dejado de girar. Probablemente te has dado cuenta. El fenómeno del Niño se pregunta qué aguas calentará este invierno. Dos satélites han chocado en el espacio. Y todo por un cambio en las masas terrestres. Mil millones de pequeños contrapesos en las mangas largas de las chaquetas de running. ¿Que no sabes de qué te hablo? Echa un vistazo a los corredores y sus brazos izquierdos robotizados.

Porque, agárrate, los brazos izquierdos de los corredores, diseñados para hacer contrapeso a los brazos derechos desde tiempo inmemorial, acogen en la actualidad un compartimento. Los que no llevan compartimento, fíjate bien, adosan con una cinta elástica lo que los teóricos del deporte llaman “lo del brazo izquierdo”.

Hay seis escenarios o posibles teorías, según mi terapeuta. El colapso terráqueo no se entiende sin asumirlas como ciertas, todas a la vez, por contradictorias que resulten. Teoría uno: la batería de funcionamiento. El runner tiene una autonomía limitada. El apósito de litio es su nuevo bíceps. Teoría dos: desfibrilador. La organización mundial de la salud obliga a los fabricantes a dotar las camisetas de compartimento contra problemas cardíacos. Teoría tres: módulo de ensamble social. En el improbable caso que un corredor sienta la pulsión de correr con alguien y charlar, podrá activar una red inalámbrica. Compartiría instagram y rutas almacenadas en su GPS. Teoría cuatro: control de presión interna, a modo de olla super rápida. Si el sujeto se recalienta, se abre la espita y libera presión. Como el desahogo de berrear al volante y machacar el claxon, pero sobre la zapatilla. Teoría cinco: satélite espía. Una superpotencia alienígena alojó en ese bolsillito una nano galaxia succionadora. Su misión es interceptar información útil así que ya sabes: ten cuidado con qué temas de conversación sacas a pasear. Teoría seis: termostato para multicazuela. Si eres de los del arroz en paella de leña descartarás inmediatamente esta opción.

Muchos opinan que llevar un teléfono móvil con una buena batería de canciones a mano es un compañero de entrenamientos útil. O que se puede guardar ese billete de cinco para una emergencia. Ya sabes a qué atenerte cuando bajen bruscamente las temperaturas. A los brazos izquierdos biónicos de los corredores.

Que sí. O al invierno. Que también.

100 reflexiones

Todo empezó una tarde, frente a una pantalla de ordenador. Fuera, el viento arreciaba y lanzaba cubos de agua contra los cristales. Comencé, un tanto desganado, a contar cuántas veces había terminado un maratón.

Debía ser Abril de 1999, si no recuerdo mal. En mi despacho de Amsterdam faltaba la luz exterior. Había estado leyendo sobre las tontadas de siempre. Sobre mi mesa había una taza de café de oficina y la perspectiva de hacer algo mientras paraba el chaparrón. Era eso o cerrar la jornada. Era calarme en la bicicleta hasta los huesos camino de casa.

El listado de todo esto comenzó un Marzo de 1988. Para el año de mi mayoría de edad, mi padre corrió en Barcelona. Yo hacía mis kilómetros con el grupo de los veteranos ochenteros y, francamente, en casa apetecía. Pero tanto Barcelona como Madrid se celebraban antes de que yo cumpliese los 18 años. Todo se precipitó de una manera mucho más natural al año siguiente. El debut, en Madrid.

Las cosas han cambiado bastante, lo cual es comprensible aunque todo se reduce a lo mismo. Antes se corría un solo maratón cada año. Antes, todo era más ‘antes’. Corrí mi primera vez y vi que los cuarenta y dos kilómetros eran igual que son ahora. Son largos y uno atraviesa por fases, diría un psicoanalista, donde aceptas la carrera y te desnudas ante ella. Eso no cambió con el paso de los años. Lo que ocurre es que la desnudez es cada vez menos obligada, menos de consulta de pediatra o de proctólogo o de obstetra. Se va pareciendo más a desnudarse con amantes. Muy al final la carrera de larga distancia es como quedarse en pelotas en un gimnasio. Entre despreocupado y exhibicionista.

Las carreras iban creciendo y modificando los perfiles. Los maratones… ¿por qué contarlos únicamente como tal? Pronto decidí meter dentro del saco las carreras oficiales y, finalmente, los días en que yo era el único juez e instancia.

Decidí que el Lunes pasado tocaba otra. La número cien. En realidad lo tenía decidido apenas una semana antes, pueden preguntar a mis amigos de trote diario. Correr mucho -largo- solamente necesita una excusa. Una excusa, material adecuado y horas por delante.

Atención, este es un párrafo de marcado tinte comercial. Mi excusa de Lunes era que debía regresar de casa. Igual que aquella tarde de Amsterdam en que llovía a mares. La trampa era tan simple como haber ido hasta Coslada (para desconocedores, periferia este de Madrid) en tren. Para superarla metí en el lote el mejor material con el que cuento. Tengo la suerte de poder contrastar las mochilas y textil, así como el calzado que Salomon saca al mercado en España.

Tras esto, solamente quedaba no perderme y correr hacia el centro de la ciudad. Gracias al carácter absolutista del diseño urbano de la capital no fue difícil escoger el eje de la calle Alcalá. Hasta el mismísimo palacio de Correos, hoy Ayuntamiento. Entre medias, sendas donde los vertederos y la drogadicción marginal siembran el camino de miseria a la espalda de la terminal de contenedores de Coslada, las aleluyas del nuevo comercio en el nombrado y atascado plenilunio, y esa entrada majestuosa en Canillejas, donde uno amasa el recuerdo de viejas carreras populares, los chaletitos sesenteros de las calles Dos y Uno, y la vitalidad caótica de la vieja carretera de Barcelona.

Uno de los placeres de correr sin dorsal es poder detenerse en cualquier lado. Los semáforos, los avituallamientos improvisados, todo es aprender a ir sumando horas y horas. Uno de los rincones más solicitados de Madrid, la Puerta de Alcalá, me sirvió para una merienda pasados 15 kilómetros. Bueno, digamos que una cafetería a su lado. Dudo que los asesinos en potencia con traje y auricular que guardaban la puerta me dejaran sentar en la terraza, sudado, en pantalón corto y con una mochila. Ellos qué sabrán.

Saber, saber, creo que seguimos sabiendo poco. Todos, tanto a ese otro lado de la barrera como a este. ¿Contar maratones como un objetivo deportivo o la exhibición estúpida de los galones? Ni ellos, los que no entienden de salir a correr, ni nosotros, inmersos en intimidarnos unos a otros con nuestra sabiduría. Y la escena intermedia no da grandes respuestas.

En los últimos noventa, una minoría vivimos el adevenimiento de una esencia hippie en toda la esfera runner. El mundo del correr se agitaba y en Europa teníamos un equivalente cercano: los traileros franceses. ¿Por qué no hacer lo mismo, teniendo un país con las tasas de urbanización más bajas? Todo esto hizo que cada vez me apeteciera más coger un transporte y regresar a casa cruzando sin rumbo. Vale. Rumbo sí, pero no un plan. Realmente no soy un aventurero. Mis riesgos están calculados seis veces. La premisa es “Ok, hoy correrás doce horas pero mañana hay que hacer vida normal”. Así acumulaba las tonterías del listado de las (hoy) cien maratones. Así tracé mi paseo del lunes. Por encima pero con un conocimiento milimétrico de qué podía permitirme.

Porque, el martes, tocaría madrugar para lo de siempre. ¿Qué sentido tenía hacer un maratón a las seis de la tarde de un lunes de invierno? Me lo preguntaban ayer. El mismo sentido de siempre. Parece una locura diseñada por una mente desestructurada. Pero es un hueco en el tiempo que está muy controlado. Un hueco en mis horarios y en mis fuerzas.

Espero que se entienda mejor ahora. Roberto se espantaba que pudiera decirle a qué hora pasaría a tomar la cerveza del avituallamiento del kilómetro treinta y dos. Decírselo con un margen de error de diez minutos. Y reducirlo a cuatro en la realidad. Es esa experiencia de la que muchas veces hablo. No es talento o un físico privilegiado. Es experiencia. ¿Escuchar el cuerpo? Soy un tanto impaciente y un mucho bocazas. Pero sí. Escucho.

En resumen, rondaban las once de la noche cuando llegaba a mi casa. En la periferia Norte de Madrid. Entre medias había ido por los distritos de Coslada, Canillejas, Ciudad Lineal, Ventas, Retiro, Cuatro Caminos, Plaza Castilla, Barrio del Pilar, Fuencarral-El Pardo, Las Tablas y Alcobendas. Otros cuarenta y dos kilómetros a la saca. A un kilómetro de mi portal encontré a un viejo amigo decidí pasar del trote a la caminata. ¿Quién determina que un kilómetro ha de hacerse escupiendo el corazón? ¿Por qué no charlando de la adaptación de Osage County de Tracy Letts al teatro?.

En fin. Habréis llegado al final de este post si todo esto supone para vosotros mucho más que un pequeño deber diario y ya es una forma de vida obsesiva. Pero aquí viene el regalo exclusivo. Ese es precisamente el mejor resumen que puedo hacer de mi modo de correr. Dejar que correr sea el vehículo, no el fin. Tomar un café, un croissant, la cerveza con rabas o la tertulia sobre una adaptación de teatro mientras el gps sigue grabando datos.

Nadie dijo que contar maratones fuera sano. Correr, lo es. Como dicen por ahí, lo preocupante es pasarse a las distancias demenciales.