Esto tengo que contárselo a mis chicos

Soy hombre de pocos bancos. Somos en mi familia un grupúsculo poco de bancos. Mi hijo Martín, cuando tenía tres años, consiguió que desmantelaran los bancos de piedra del patio de su colegio. Lo logró abriéndose la ceja contra uno de ellos. Mi padre tiene pendiente una monumental con los del osito blanco. En general evitamos pronunciarnos sobre encuestas financieras porque, tanto mi santa esposa como yo, acarreamos un saco de imprecaciones siempre listas para ese momento.

Aún así, hay veces que toca comerse el tiempo disponible e ir. Joderse y cerrar la puertecita de esa torre de cristal.

-“No. Yo es que lo hago todo por internet” – E ir.

Hace unos meses saqué del uso público y deportivo un par de zapatillas de mis buenos compadres de la marca Salomon. Vivieron estas zapatillas tal número de perrerías que fueron fruto de analítica, no financiera sino deportiva. Se habló de ellas aquí, aquí y en algún otro artículo donde me dio reparo. Las vi, a las coloradas aquellas, ir perdiendo lustre.

¿Qué pinta aquí la historia de unas zapatillas usadas si hablo de bancos?

¿Quién ha tomado el hilo de la historia de una familia que bufa contra la banca para terminar hablando de las CrossMax?

Permiso.

Aquellas rojas y negras vivieron el generoso destete de la cajita y del olor a nuevo. Vinieron desde la sede donde los chicos de Salomon asignaban material a esta escuadrilla de alimoches. Fueron niñas y empezaron a correr por raices y rocas. Adolescentes rebeldes que rozaban cuando no se las pedía. Machacaban al progenitod, al probador de materiales donde más daño hacían.

En la delicadeza de domarlas se cometieron abusos. No los declaré todos. No era más que un caso de estudio de este experimento llamado Field testing. La prueba de material zapaticida incluiría el rozamiento, la mutilación de las plantillas y, finalmente, el abandono.

Bancarse las ganas de llorar por ellas fue el penúltimo paso. El viaje estelar que nos llevó a mis chicos y a mi hacia las tierras de Santiago. En aquella semana de Agosto en que la meseta se sacudía el polvo, las zapatillas realizaban su último cometido.

No. Un penúltimo, entiendo ahora.

Nicolás, el otro gemelo, tiraba de las crossmax hasta llegar al punto de conexión de todas las cosas. Al campo de estrellas de cada uno. Si peregrinaste alguna vez, sabrás que todo lo que no tiene sentido, lo cobra de repente.

Al punto generador de los siglos de este país y al que todos regresan ,en sueños o a pie, acababa de abrir el carrete y conectar el hilo de dos historias. Porque las historias son madejas almacenadas en casilleros infinitesimales. Y un demente con tiempo infinito y escrúpulo cero suelta el hilo y es capaz de mandarlas a la puerta de un banco.

A esas zapatillas rojas y blancas de la puntera desgastada. De las que no se ven muchas.

De hecho solamente se ven cuando alguien las transporta. Yo apenas las transporté a un contenedor bajo mi calle, apoyándolas contra el lateral. A la hora que fueron depositadas no transitaba mucha gente. Incluso los banqueros habían dejado de merodear hasta la más ínfima posibilidad de negociado. El contenedor de basura les debía parecer yermo de oportunidades.

Igual ahora no.

Porque comienzan a brotar las grúas de nuevo.

Pero no entonces. Era un lúgubre mes de Noviembre y ni el presidente de los presidentes veía claro lo de las grúas.

El abuelo sí lo vio. Tiró del hilo de la historia y era cuestión de que alguien parase a leerla.

Hoy las he vuelto a tener delante. Sostenían dos piernas arqueadas de loneta azul de trabajo en el campo. Había donde mirar. Al escaparate rococó de la panadería. Pero no. O el bastón de la esgrimista octogenaria. Pero tampoco. No. La vista se me cayó de modo inmediato al embaldosado.

Ahí estaban. En su penúltima prueba de material. A la puerta de la entidad bancaria donde nadie dirá al abuelo que gaste en zapatillas. Si existe algún corredor de monte en la agencia probablemente se le haga la mañana más corta. Aún.

Se lo comento con urgente sorna a mi esposa. Si los chicos de Salomon ven esto…

Deberíamos empezar a creer en tubos inmateriales por los que se cuelan las historias de las zapatillas.

§

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Mi viejo maratón y los yankees malos

Es la semana previa a un clásico. El maratón de Madrid. Llega su recorrido asesino y se refresca el debate sobre lo viejo y lo nuevo. Por alguna razón más allá de la celebración de una prueba de 42km en nuestra ciudad, sobreviene una pasión de valorar el viejo MAPOMA por encima de algunos aspectos a los que se disfraza con “estos yankees han venido a mercantilizar la carrera y a llevárselo muerto”.

Ni todo lo viejo era romanticismo ni todo lo nuevo es mercadotecnia runner norteamericana.

Se ha escrito bastante ya sobre la irrupción de las marcas comerciales y las empresas organizadoras de eventos en las pruebas tradicionalmente sacadas adelante por los voluntariosos clubs locales de atletismo. Las pequeñas carreras, por su menor tamaño, son aún asumibles por los clubes y asociaciones amateur. Pero muchas veces olvidamos que son posibles porque los costes son asumidos por las administraciones locales o provinciales.

Hablando en plata. Los tres mil euros que cuesta el medio maratón de tu localidad se reparten entre los presupuestos y subvenciones públicas de todos y el precio de las inscripciones. Estamos usando dinero público para el ocio de tu carrera. Esto no debe olvidarse nunca.

¿Es correr un derecho fundamental en tiempos de congestión económica? ¿Tiene el corredor de un pueblo derecho a su carrera sostenida con fondos que podrían ir a otras actividades de fomento del deporte? Son debates que nunca hay que dejar de lado. Y menos, en periodo de vacas flacas y de recortes en dotaciones y servicios públicos.

En segundo lugar, hay que saber que las empresas de organización de carreras vienen del mismo mundillo del que nos nutrimos. Después de años charlando con muchos de ellos, no quedan cartas sobre la mesa. Son corredores, organizadores, revistas que has ensalzado y ojeado cien veces, que pasan a emprender y lanzarse a este mercado del deporte de la calle. Corriste el maratón de Madrid porque, probablemente, en tu día leíste alguna corricolari o Runner’s World. O las clasificaciones que sacaba el diario Marca, sobre el que ahora maldecimos. Sabes de la fantástica aventura neoyorquina por su difusión en la NBC pero también por el patrocinio brutal de las empresas. Tu admirado Martín Fiz pudo dedicarse a llenar portadas de prensa gracias a su profesionalismo. Y hoy desearías que tu entorno compartiese esa oleada del correr sano igual que tú lo haces. Pero que se mantiene con fondos empresariales.

Más aún. Las carreras en España forman parte de un mercado con el que nadie se hace rico. Esto no son los Estados Unidos. Las empresas más sólidas confiesan sin tapujos que no se gana dinero organizando un medio maratón, pongamos, en Santander. Hay dos o tres eventos masivos que aprovechan el boom del corredor de hoy día y que permiten enviar recursos a pruebas tradicionales en las que se va a cero euros de beneficio.

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Tercero, muchos hemos olvidado aquellas ediciones de los años ochenta y noventa. ¿En serio echáis de menos el viejo recorrido por la M30? ¿Sabéis de lo que habláis cuando preferís una ciudad vacía y con sus conductores pitándonos, ebrios de poder? ¿Vais a correr más motivados con 2.400 participantes que con 8.000? Es como denostar las tirolinas y actividades al aire libre y convencer a tu hijo de que es más divertido salir a caminar al monte.

Os puedo decir que he corrido el viejo Mapoma en todas las condiciones posibles entre 1989 y 1995. He bebido un sencillo vaso de isotónico y ya. Aspectos organizativos que hacían dudar de dónde iban las tres mil pesetas que se abonaban. El día en que salí a un maratón comercial, masivo y bien organizado entendí que teníamos un evento rancio, ignorado por la ciudad y que se estaba organizando a sobaquillo. Aquello era París. Un showroom Carrefour. En aquellos días el gigante de Londres ya se llamaba Flora London Marathon. Chase Manhattan aseguraba un millón de pavos a Nueva York en esos años noventa. Sin ir más lejos, en 1998 la carrera de la gran manzana recaudaba 10.7 millones de $ de sus patrocinadores.

Cuarto. Los fallos.

Otra cuestión es la cantidad de fallos organizativos que se detectan en el famoso maratón del rocanrol. Roperos insuficientes. Oidos sordos a las reclamaciones de los corredores durante treinta años. Entiendo que muchos estéis hartos del curso de los acontecimientos en los pasados ocho o diez años.

Esto duele más sabiendo que se genera mucho dinero y que se escatima en algunos aspectos. Os doy la razón. Está el uso de voluntarios para suplir tareas profesionales. La presencia de la marca anunciante por encima del bienestar del corredor. La foto del político al que poco le importa el evento. O empaquetar el máximo de corredores en la salida para el mismo volumen de recursos logísticos.

Esto ha sucedido en Madrid. Es indudable.

En quinto lugar vienen las sospechas y las personalidades, sobre las que se puede dudar, cuyo conocimiento de qué requiere un corredor es X y qué sacará de su foto con el concejal es Y. En principio todos somos honestos e inocentes mientras no se demuestre lo contrario. Organizar mal no es delinquir, por muy ásperos que sean los pensamientos que nos acuden en caliente. Volvemos a que esto es un mercado. Con posiciones de monopolio porque maratón de Madrid solamente hay uno. Pero es el mercado al que pertenecemos y las reglas son públicas.

Desconozco, por no decir que dudo, si la llegada de las franquicias Rock’n Roll Series al viejo Mapoma han empeorado las cosas. Los costes son los que son. Cuadran a base de ‘acuerdos con las comunidades locales’ que proporcionan numerosos voluntarios, a pesar de que en Octubre del pasado año un voluntario del Rock’n Roll Las Vegas Marathon había demandado a la carrera por lucrarse de su esfuerzo como voluntario.

Con todo, la empresa organizadora sustenta un exitoso circuito de maratones y carreras en ruta en un país donde nadie pierde dinero público en eventos privados. Donde las cuentas están muy fiscalizadas y las hadas no existen salvo en los cines.

San Diego, Las Vegas o Mexico acompañan a Madrid en la cartelería maratoniana rockera, además de un lote de medios maratones por todo el país (San francisco, Denver, Chicago o Brooklyn). Desconozco si hay una comunidad de corredores examinando con lupa si algún concejal o presidente de club de atletismo se lucró vendiendo la vieja prueba a los capitalistas. O si la salida es un caos y no existen cajones para los más rápidos. Pero las cifras van por un lado y las personas por otro.

En este momento la estabilidad como evento masivo del viejo maratón popular de Madrid está garantizada. Podrá estar más o menos enfocada a unos u otros pero nadie debería echar las culpas a los yankees.

 

 

¿Quién era el tal Genaro?

Cuando me embarqué en echar una mano a Roberto Leal en su camino hacia las pruebas en montaña se me descolocó un 2015 que suponía tranquilo. De nuevo tocaba mirar algunos fines de semana para salir a correr a lo tonto. En el calendario se nos cruzó una buena ocasión de conocer nuevos paisajes a escasamente media hora de coche de Madrid. Correr una cincuentena de kilómetros mostrando las perrerías de las largas distancias a Roberto, mientras uno para a ascender un barranco, bajar una pista, acelerar después de un tropezón o buscar la señal de marcaje del día: un monigote azul al que llaman Genaro.

¿Quién era ese tal Genaro al que dedican un GR completo y que se dedicó a dar la vuelta al embalse del Atazar?

Aparentemente era un mero muñeco recortado en una plantilla de cartón. A lomos de unas yeguas, un grupo de una treintena de senderistas marcó hace años un conjunto de sendas medio perdidas y las unió a pistas preexistentes y caminos de acceso a esa obra de ingeniería que regula el acceso de agua potable. Madrid necesita agua para sus madrideces. Esto es así.

Como monigotes, aunque totalmente colorados por el primer baño de calor del día, llegamos al Berrueco tras dar la vuelta a esos cincuenta kilómetros. Genaros éramos cada uno de los que salimos equipados con mochila y comida y bebida. Genaro era, lo descubrí luego, el tipo que llevaba a mi lado durante toda la mañana. La ‘genarización’ de los corredores en monigotes fue integral.

Unos correrían diez kilómetros, otros veintiseis y nosotros cincuenta. Sendereamos todos la estrella de cinco puntas en dirección de ese pueblo de fantasía (cuidado con las fantasías) y pizarra llamado Patones de Arriba. Nos hartamos de pizarra y jara entre los pinares y cerros de la sierra que tapona el Atazar completo. Bajamos a los barrancos con nuestra pinta de muñeco azul contrahecho a pasar todo el calor del mundo. Remontamos las faldas de innumerables quebradas, vimos panales de abejas, se nos desataron cordones y bebimos todo lo que nuestras mochilas permitían.

Así pasamos el día uno de Alcalá de Guadaira y yo. Entre buena gente, caminos y tropezones. Me pregunté muchas veces sobre qué habría detrás de esas majadas abandonadas y las sendas de herradura. Cuánto monte solitario rodea Madrid y sus seis millones de blandos urbanitas es un misterio complicado de comprender. Solamente cuando alejas el zoom de nuestra supuesta importancia y ves el vacío en cien kilómetros a la redonda lo entiendes.

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Las historias de hace setenta años son diferentes a las que escribimos ahora.

Imaginamos que subir desde abajo del todo hasta el poblado del Atazar debió ser costosísimo cuando eras el médico y te desplazabas en mula. Que enterrar las penas o a los seres queridos sería una pelea contra la pizarra o que, si el terreno no daba, muchos echarían el cierre a la casa y se irían a la prometedora ciudad.

Hoy llegamos por ocio. Llegamos en moto. Llegamos sudando pero con un avituallamiento garantizado. Cuando coronábamos la calle de la Cuesta nos reímos con esa tranquilidad de saber que los chicos de la organización nos mimarían. Metíamos la cabeza en el pilón fresco porque ya hay agua garantizada en el pueblo. Olía a mesón-asador incluso en día fuera de celebraciones. Y si hubiésemos llegado de noche a cualquiera de los rincones de la zona, alguna farola nos alumbraría. Son diferencias sustanciales entre viajeros, entre Genaros.

Siete horas son muchas o son pocas para dar la vuelta al Atazar completo. Dar todo ese rodeo también es parte de esa forma de vida de hacer deporte de manera exagerada, innecesaria.

Pero engancha. Las largas distancias son cada día más accesibles. Roberto iba superando sus previos topes de distancia corriendo y en horas de esfuerzo. Con una mochila fantástica en la que metes lo básico para sobrevivir y apenas pesa, todo es más fácil. El calzado del correr en el monte, el conocimiento de uno mismo, todo son pequeños factores que aseguran una cosa: cada día estamos más capacitados para ir a hacer el bestia y que, a nuestro regreso a casa, siempre haya gente preguntándose si la aventura no era quizá tan bestia.

Genaro es ese monigote azul que llega a casa y sonríe tras la paliza. Genaro debió ser un personaje de la zona al que los retos le parecían barreras absurdas.

Corre y calla

A lo largo de los últimos meses hemos vivido la definitiva inundación del “correr para contarlo”. Ser corredor (y que trascienda) por encima de correr. Ser algo antes que hacer cosas.

El signo de los tiempos.

Por un lado está la tentación de gritar “¡Pero corre y deja eso!” al runner (sic, con perdón) que para en la cuneta a ajustar su artefacto en el brazo. De pedir por favor que bajen todos los bastones de las goPro porque no se ve el arco de salida ni el ambiente de todas esas cabezas que se extienden hasta el final. De apagar, en definitiva, toda conexión a internet.

Por otro se mira con simpatía la final eclosión del correr. Del runear, del jogging, qué más da.  Qué queréis que os diga. Por fin esa ciudad atocinada que era el Madrid de los ochenta ha comprendido que se está mejor corriendo que frenando.

O no. Que quizá la cosa sea tan sencilla como que nos han enganchado con las herramientas de mercado adecuadas y que, gracias al cielo, el cuerpo aún funciona.

De cualquier manera, se corre. Y se escribe de ello. Mirad este mismo post, si no. Tanto hablar de correr, tanto escribir sobre la importancia en la economía, estirar las cifras de hace dos años porque interesa mantener un rinconcito del correr en los medios de comunicación… ¡vale ya!

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Corre y calla, como dice mi padre.

Hay un grupo de los años setenta, Alternative TV, que caricaturizó desde dentro todas las contradicciones del movimiento punk. Cantaban ridiculizando “How much longer will people wear / nazi armbands and dye their hair“. Era un resumen sintomático de los años de lucha de un movimiento musical espontáneo y las estabulaciones del mercado de la cultura. ¿Cuánto duraría aquello? Qué mas daba, si se perdía la frescura del mismo desde el momento en que crecían industrias y agentes alrededor.

El mismo hecho de sacar el disco superaba el legado DIY (háztelo tu mismo) de juntarse a reventar las cuerdas de una guitarra. Cuando John Lydon, el cantante de Sex Pistols reflexionaba a toro pasado en su No Irish, No Blacks, No Dogs sobre los jóvenes que acudían a los conciertos semiuniformados con las crestas, las medias rotas y las cadenas de perro, encontraba que había movimientos que se deglutía a sí mismos.

La actitud era la de ser innovador y resistente ante los uniformes. Doscientos punks mimetizados en la estética eran ya el primer error. También eran el más fatal de los síntomas. Parece que, por cada nueva sístole de la locura humana, cientos de capilares están deseando retornar la sangre de esa locura, besada, adorada, asumida como propia y con la etiqueta “recuerda, corazón, yo también soy de los tuyos”.

Correr nos deja vivos. Nos demuestra que hace falta muy poca energía para saltarse las barreras de la vida (sic) del siglo XXI. Sofá, coche, comida empaquetada y electrónica doméstica saltan en añicos con la primera zancada. Con dos pasos se inicia un trote. Todo está en marcha.

Pero nos empeñamos que, con la tercera zancada, todo un cuerpo teórico esté comiéndose el trabajo de liberación sencilla que nos han regalado las dos primeras. Qué manía. Si es un reto, si es un objetivo, si tiene que conducir a algo, si la identidad de ser corredor…

Absolutamente emperrados en no ver la libertad que tenemos delante de nuestras narices.

Probablemente no tengamos tiempo ni de analizar qué viene alrededor de que salgamos a correr. Los de Alternative TV terminaban su canción con la conclusión “we all don’t know nothing / and we all don’t fucking care“. Si convertimos el sanote correr en una tendencia más, preparémonos para verlo languidecer como una tendencia más.

Corre y calla.

En virtud de una infancia austera, imagino, tiendo siempre a desmitificar. Correr es seguir echando paso tras paso mientras se hacen otras cosas: hablar con un compañero, escuchar una historia interesante, oír música o imaginar hasta dónde llega esa montaña, qué hay detrás del último árbol. ¿El anglicismo inexcusable? ¿Por qué? ¿Necesita un trote de cuatro horas de modo imperativo un par de adjetivos épicos o medievalistas? ¿No es ese el paso previo para despreciar el simple hecho de salir a correr alrededor de un campo de fútbol?

Fijaos en qué se ha convertido. Lo que no lleva ribetes rimbombantes no es un reto. Si no calza un tú puedes es un entretenimiento pachanguero, indigno.

Las castas.

Luego nos extrañan comentarios insultantes a Cristina Pedroche porque tardó cinco horas y media en un trail de 32 kilómetros. Claro. Los supercampeones de la hormona o el burpee ya son otra categoría. Dejaron atrás el estamento del sanote trotecillo.

Ya no corren. Ya no callan.

Licencia para correr por la montaña

  • La Sierra de Guadarrama ultima su herramienta para regular el ocio y uso.
  • 10 millones de visitantes al año y agresión constante de una urbe cercana
  • Cómo se regula afecta desigualmente a grupos de usuarios


Foto: C.Velayos.

Licencia para corretear. No es un título de una película.

Acaba de ser tramitado el paso definitivo para la regulación de los usos del parque regional del Guadarrama, compartido por Madrid y Castilla y León. Está a menos de una hora de coche de seis millones de personas.  El PRUG (regula usos y gestión, irónicamente) está haciendo públicos sus parámetros. En Junio de 2016 tiene que estar aprobado por Ley y saldrá adelante con el apoyo de la asamblea de Madrid. El bloguero especializado en gestión del medio ambiente Manuel Oñorbe cita los puntos calientes, rejón tirado a la vorágine del mundo del trail running, del correr por el monte o de como queramos llamarlo.

En puridad, el qué y cómo de la regulación de las pruebas deportivas.

Con el ánimo de “fomentar el deporte pero de una manera compatible con la conservación” del parque regional se tramita ya un marco. El máximo de usuarios corredores al año. El parque acoge a 3.5 millones de visitantes anuales. El volumen de participantes en pruebas se acotará en  menos de 500 al día. Por alguna categoría de las teorías medioambientales estas pruebas deportivas son catalogadas como “actividades extraordinarias”. Pero en la documentación que se filtra de esta fase de tramitación no se aprecia separación en qué actividades deportivas. Bicicleta de montaña, correr, orientación y escalada parecen ser las más comunes.

Aún así, hay algo que huele de lejos a solución copiada. A trasplante de políticas de un sistema a otro, sacado de otros ámbitos y espacios, que no tienen mucho que ver con los seis millones de habitantes de Madrid y a una sierra donde unos miles acuden al año a correr o pedalear. En Estados Unidos existe el National Wilderness Preservation System (NWPS) pero se trata de una naturaleza protegida extensiva. También es un movimiento surgido tras la expansión motorizada del siglo XX. Pero ya hay un estricto límite, por ejemplo, al número de vehículos que pueden subir a la Pedriza.

Y acabo de afirmar que no es bueno el corta-pega comparativo. En su día, hacia 2002, redactamos un plan director de usos en el territorio para una comunidad autónoma española. Se trataba de ver en qué manera podía articularse con el territorio eso tan delicado como colocar tiendas. De las pequeñas, de las grandes, de las que solo venden sofás y las que venden zapatillas de la temporada anterior. Dado que el comercio minorista es quizá una de las esencias más complejas para la ciudad durante los últimos mil años.

Pues bien. ¿Cómo se orientó aquello? Se fusilaron los métodos que dejó la Loi Royer francesa allá en 1973. Nadie rechistó porque la cultura y el marco legislativo estatal lo requerían así. Francia creó hace cuarenta años una licencia que limitaría la implantación de un espacio comercial. El baremo para conceder la licencia fue superar un tamaño de venta.

De un modo parecido se ha ‘cosificado’ el acceso al deporte no motorizado en el caso del parque del Guadarrama. ¿Implantamos soluciones de hace 40 años a un fenómeno de 2015? Pues a partir de un tamaño de inscritos en una prueba, el plan dictará que se entra en la ‘zona riesgo’ para el recinto protegido.

¿Funcionó aquello?

Ni en el país de origen. Del mismo modo que tampoco funcionó trasplantar la normativa francesa al mal llamado ‘urbanismo comercial español’. Si a partir de 300 metros cuadrados de tienda era necesaria la licencia, se presentaban proyectos con 10 metros cuadrados menos y se esquivaba la solicitud. Como si con 296 metros no hubiera impacto. Del mismo modo, el acceso de deportistas a pie valdría para carreras de 480 dorsales pero no de 520.

Porque los enemigos del parque son otros.

Este sí podría ser un título de una película.

Desde el sector de los corredores se está viviendo casi como un insulto a la inteligencia. En un parque regional donde se producen colapsos de tráfico rodado todos los fines de semana, como muestra cualquier foto o reportaje cámara en mano, se emplea un detallado cuerpo normativo contra el deterioro producido por ciclistas y corredores o senderistas.

En realidad, los senderistas o simples caminantes de un rato quedan fuera de la masa potencialmente peligrosa para el equilibrio ambiental. Salvo que sean más de quince.

¿Quince? De nuevo otro intento de acotar ad absurdum. Los grupos de 15 senderistas requerirán de un permiso especial por escrito (ver documentos la web Carrerasdemontana). Pero los de 14 no. Legislar por máximos tiene esas cosas.

El equipo técnico que redacta el PRUG debe frecuentar más el camino Schmid un domingo (estas cosas siempre son más evidentes en domingo), o hacer cola por las carreteras que suben a las Dehesas de Cercedilla o al puerto de Navacerrada. Por mencionar usos agresivos cabría hasta la oleada de cruces que una masa de fervorosos excursionistas catecumenales colocaron en las cumbres este pasado verano.

Aclarémonos. O caminar a pie en rebaños de 14 no pone nada en riesgo o correr a pie es perjudicial para el monte del Guadarrama. Al menos, las limitaciones a la celebración de pruebas deportivas sí han sido agrupadas con buen sentido. Pero de nuevo se ha caído en la legislación de máximos. Un tope de 450 deportistas a pie al día.

Quizá una docena de carreras -los ‘trails’ tan en boga- que cumplan a rajatabla unos parámetros ambientales mínimos deteriorarían menos que 6 con todos los puntos requeridos a una legislación de máximos.

Campan por encima de todo cierto el desconocimiento y, sobre todo, el miedo.

Ante el desconocimiento de lo que supone el impacto de correr por el campo, se han dejado llevar por las denuncias y alarmas de basura encontrada después de una prueba deportiva. La alerta generada por el boom del correr y la previsible salida a la montaña ha generado miedo legislativo y miedo electoral. Cabría preguntarse qué pensar de unas autoridades que se asustan de una masificación. Si todo lo que se ocurre es copiar soluciones de otros ámbitos, estamos arreglados.

Un cuerpo jurídico sencillo pero sólido brindaría unos principios contundentes.

Ser inamovible con las consecuencias ante una falta a ese permiso haría más que impedir que unos cientos de peatones, al fin y al cabo, accedan a un deporte inocuo. “Se inhabilitará al organizador durante 5 años en todo el territorio nacional y pagará una multa de hasta 120.000 euros si se encontrasen suficientes desperdicios asociados a su prueba” tendría más capacidad disuasoria para cualquiera. El organizador ya podría articular patrullas de limpieza, de recogida y gestión de su mierda, controles con el marcado de la prueba sensatos, amedrentaría al participante, lo que hiciese falta para que no se notara que han pasado 561 corredores por esos senderos.

“Por las zonas de cumbre, cresteríos y lagunas A, B, C etc, no se pasará en ningún caso”, ahorraría discusiones sobre si los participantes han agredido sendas, pastos o molestado especies en roquedos, o si quizá doscientos pares de pies podrían pasar pero cuatrocientos no. Sobre todo cuando esa cumbre acoge a otros mil paseantes en un domingo de Junio.

Por experiencia, intentar abarcar todo en un documento que desarrolla una norma legislativa no da resultado alguno. Tras muchos años detectando los tics cerdos de unos y los vicios impositivos de otros, creo que hay un buen grupo de expertos practicantes del correr por el campo a los que se podría consultar.

Llenar todo de capítulos, párrafos y puntos suele provocar más atasco normativo.

Gana un par de Skechers. Pero cúrratelo.

Con sede en Manhattan Beach, California, SKECHERS cotiza en la Bolsa de Nueva York bajo las siglas SKX.

Y así finaliza el dossier de prensa de una empresa billonaria que presume de cotizar en las procelosas y oscuras aguas de la finanza mundial. Impresiona, ¿eh? Pues sí. Otra empresa de calzado que está en bolsa.

Desde 1992 producen cientos de modelos. No es broma. Tantos como 3.000 cada temporada. Y, entre tanto diseño, raro sería que no se abalanzaran con fuerza a este mercado del corredor. Del lento, del rápido, hay para todos. Las GoRun, las GoUltra, las específicas para caminar, y ahora una gama entera para ir más cómo y moderno que… [coloca aquí alguna alusión irónica a famosos y su tiempo libre].

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¿Quieres llevarte un par de Skechers por la cara?

Es más. ¿Quieres llevarte el mismo par que usan maratonianos como Meb Keflezighi o Pedro Nimo?

Todavía más, escribo conteniendo la respiración como un adolescente que acaba de cruzarse con su nuevo amor.

¿Quieres llevarte el mismo par que usa el escritor con menos criterio de la blogosfera, Spanjaard, ha torturado hasta la saciedad en pruebas como la SainteLyon o en exigentes trotes sobre los que la literatura pronto hablará y -quién sabe- harán hasta una película? Ojo, el mismo par no. Un par nuevo y a estrenar.

Pues participa y deja de salivar tontamente.

ENTRE TODOS LOS TUITS QUE RECIBA EN MI DIRECCIÓN @_spanjaard y que contengan el hashtag #quieromipardeskechers SORTEARÉ UN PAR GRATIS.

BASES:

1. Cuantos más tuits mandes, más me calentarás la cabeza.

2. Un tuit más original tendrá más puntos para llevarse su par de zapatillas. O sea, es un sorteo manipulado clarísimamente. ¡trabájatelo!

3. Elige entre toda la gama qué par quieres. Puede ser un par de running o de la gama de vestir ‘relaxed fit’. Tienes todos los modelos en http://es.skechers.com/

Mens Relaxed Fit 0322

Dos años con Skechers

Hará dos veranos convocaron una prueba de material en la tienda MADRunningCo, en la madrileña semiesquina de Atocha con el gobierno militar. Los que nacieron más allá del 75 sabrán a qué huelen las prórrogas y la insumisión. Total. La convocaba Skechers.

What?

Skechers. Al menos ellos eran quienes enviaban el correo a los blogueros y voces autorizadas del correr en los medios. Corriendo a mirar quién demonios eran, la búsqueda produjo unas pocas entradas y unas fotos de una marca estadounidense que fabricaba para deportes variados. Entre ellos, evidentemente, correr. En su versión más moderna.

En la tienda se presentó un concepto de ligereza demasiado tortuoso para un segmento de los runners (discúlpenme). Si cabe, para dos segmentos. El de los viejos corredores con las ternillas crujientes y las piernas de liebre seca, y el de los lentos trotadores de un peso superior a, echémosle, 75 kilos.

La primera generación que me planté en los pies fue un desengaño. No piso de mediopie ni entro con tal velocidad como para decir que la dinámica de la pisada me beneficie. Soy un descreído de los remedios. Para mí el minimalismo vale lo mismo que su oponente: solamente vale durante unas sesiones. Soy un propagandista de la relajada variedad de entrenamientos, terrenos y ritmos. Corre variado y te dolerá variado, pero poco.

Las GoRun2 me resultaron incómodas, sobrecargaban mi talón de aquiles y fueron poco a poco dejadas de lado para un uso recreativo. Después encontré un amigo que quería algo rápido para sus series y allá que viajaron. No está descontento.

Con formal puntualidad, la siguiente convocatoria traería otras zapatillas diseñadas para correr deprisa. Las GoRun3 tenían más comodidad en todas sus líneas, sin perder la acentuada vocación de ‘pisa bien, pisa rápido’. En las imágenes se ve que la cosa va de zapatilla asfaltera. Al lado, la suela ligerísima de las Asics SuperJ.33.

Debo decir que la cosa estuvo a punto de terminar en separación, si no fuese porque se me apareció el Maratón de Barcelona y con él la excusa de acelerar un poco mis rodajes. Ritmos más vivos, comodidad interesante por el polímero con el que se ha construido la suela… bien.

Del mismo modo, me llegaron unas GoUltra que se parecían mucho al concepto norteamericano de hacer kilómetros subido en dos sofás-cama, con metros cúbicos de espuma entre el pie y la carretera. Ante la inestabilidad que tenían en los terrenos más complicados, riesgo de torcedura y de dejarme los dientes en alguna trialera con roca o raíces, contaban con un punto a favor. La horma, cierto, seguía obligándote a pisar por delante. Pero la comodidad era extrema.

Coño, pensé y blasfemé, si sacasen un modelo algo más asentado o ancho de suela, inventarían las Hoka.

No inventaron nada más, aunque un modelo similar pero que brilla en la oscuridad, las NiteOwl, me pusieron en la pista de un review interesante que leí en Dirtyruner. Algo cambió, hay que reconocerlo.

Zapatilla cómoda. Mucho. Muchísimo. Su ‘debe’ está en la estabilidad pero el taco de la suela es muy abierto, con lo que evacúa barro muy bien. Por delante se me presentó la SainteLyon, de la que espero poder contaros en el próximo número de Runner’s World. Eran 72 kilómetros por barro y algo de nieve, pero también con mas de un 30% de asfalto y buenos caminos. El entorno ideal.

A día de hoy han hecho más de 300km. Se han convertido en un calzado polivalente para los ritmos moderados y suaves. Un mes después han estado en funcionamiento otros 65km seguidos por el norte madrileño, por caminos y pistas totalmente secas y onduladas. Responden. Atención al material. Con 75kg, quizá en el límite de los chasis finos a los ‘berlina’, estoy dándoles todo el mal trato que sé. Y la deformación de la pala es nula. La suela, monobloque de foam, da un extra de blandura que a más de uno le podría resultar desagradable y desconcertante.

La marca habla de un drop de 4 mm (8mm con plantilla) y sobre todo de un extra de amortiguación. El corredor que, como yo, busca correr sin lesionarse y tener un plácido trotar, qué queréis que os diga, tiene en este modelo un aliado. En mis piernas hay casi cien maratones y ultramaratones y llevo treinta y cinco años en el atletismo popular. Si mis articulaciones no son un ejemplo de dónde querría llegar más de uno, ¿qué ejemplos queréis?

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Foto. Rendimientofísico


Hombre, siempre hay que sacar punta a las cosas. Tiene esta NiteOwl bastante de hype. Es básicamente la GoUltra que podemos comprar en cualquier lado. Le han añadido un material luminiscente en la oscuridad pero… que no brilla cuando le da la luz. Para entendernos, se ven de lejos en el armario o en casa. Pero cuando sales de noche a correr, si te ilumina un coche o recibe la luz de una farola, ya no brilla.

Pero ¿a qué estamos, a setas o a Rolex? Buscamos funcionalidad a un calzado. Aquí tenemos funcionalidad.

No desdeñaré una nueva evolución en las zapatillas de pisada cómoda de esta marca, si se me pone a tiro otro modelo. Reúnen mucho de lo que piden mis ya viejas piernas. Buen trato y mimos.