¿A quién se tiene en cuenta?

Cuando recomiendo a la gente que se inicie en el bello entretenimiento de hacer kilómetros por el monte, les prevengo de la existencia de un lado extremo. Prevención que olvidan al segundo dorsal que se colocan. Y es la existencia de determinados organizadores que asustan con canales verticales y descensos inestables por los que participantes llevarán en marcha doce o quince horas. Me sirve hoy de excusa para escribir sobre el papel del cliente final: el corredor.

Obnubilados por la estética del reto y la facilidad con la que su cuerpo de urbanita gana terreno en la batalla, la siguiente hornada de corredores se mete en carreras de montaña donde el más difícil todavía pone en entredicho dos cosas:

Una. La seguridad del corredor. Sin ir más lejos, para recorrer 51km, un experto amigo mío como Anaime Pérez se queja de necesitar veintiuna horas en las que triscó por pasos innecesarios, canchales y afrontó un riesgo inasumible por los Pirineos del Tena. Y Anaime no es un cualquiera. Este loco de la arqueología y la Historia lleva muchas pruebas de más de cien kilómetros terminadas. En llano y en monte. Pero hay algo que no se detiene y es la guerra por el más duro, lo más alto, la acumulación caprichosa de desnivel positivo acumulado.

Dos. La capacidad de disfrutar de la montaña está mutilada por esa acumulación caprichosa. Esto no es baladí. Se presume en el mundo de las carreras por la montaña (el fenomenológico mundo del ‘trail’) de haberse alejado de esa horrible esclavitud del asfalto. De la comunión con el medio. El que pueda levantar la vista so pena de despeñarse. El montañero holla cimas. Respira la consecución de su reto. Y cuenta la finalización con la llegada a salvo a la base. El corredor de montaña es empujado por la velocidad y desniveles diseñados por el organizador. No todo es culpa, como se dice, del corredor, que va como loco.

Sigamos. En las pruebas ciclistas se están viendo recorridos con cuestas de cabras asfaltadas. Todo un escaparate como la Vuelta se presta al mejor postor. El resultado son secarrales desiertos donde afortunadamente nada pasa para el participante porque cuenta con un equipo de apoyo y por su propio entrenamiento exhaustivo. El organizador hace discurrir al pelotón por los polígonos de vivienda resultado del analfabetismo en la ordenación del territorio. Todo se hace en pos del espectáculo. Del dinerario y del rendimiento político de la meta, previsiblemente. Y se sanciona al que se aparta del grupo callado y silencioso porque “afea con su comportamiento” el espectáculo, como se ha sancionado a P. Sagan tras ser agredido por parte del espectáculo. Fue atropellado por una moto de la organización, en plena carrera, dándose el motorista a la fuga (hecho que en España está tipificado como delito).

El concepto del espectáculo es un todo en el mundo ciclista. Han de convivir el público, el sufrimiento respetuoso del corredor, el fondo físico y la belleza del conjunto. Si falta alguno de ellos, ya no hay espectáculo. Una urbanización que trepa por una ladera, saltándose a la torera la legislación ambiental, y destroza una montaña costera no puede ni arrastrar público ni aportar belleza. Un recorrido ciclista profesional, con deportistas a 60kmh metidos por carriles con bordillos de la ciudad de Murcia, provoca riesgo innecesario y la belleza justa. Siendo generosos.

De ética no se habla. La ética queda superada por las fotos de los podios y las autoridades. Las fotos no repasan las vallas ni protegen los guardarraíles. Se vio en la espeluznante caída de la Vuelta al País Vasco. Podría haber sido una carrera local de bicicletas de montaña y el desafortunado ciclista haber caído por un barranco. O un esforzado corredor popular al que no llegasen los medios a tiempo para una emergencia.

La pregunta es: ¿En qué lugar queda el respeto al participante?

¿Se cuida al cliente final de cualquiera de estos espectáculos? Al fin y a la postre, los participantes pasan por donde les meten, beben y comen lo que se les suministra y pagan el coste de la inscripción sin rechistar.

Los clientes miran (poco) al vendedor de servicios deportivos. En realidad se acalla la ración extra de sufrimiento porque el comportamiento de la masa ordena que hay que inscribirse a un maratón después de cuatro meses de ejercicio. O que un corredor debe probar al menos un ultra de 100 kilómetros en su vida. De clientes a súbditos en un paso. La corriente competitiva arrastra al inscrito en pos del reto. El más duro aún. El más largo todavía. La carrera más desértica e inhumana posible. Somos una excelente masa saludable pero también existe mucha ceguera.

En ocasiones deviene en catástrofe. El ciclista profesional que se pega la gran castaña y necesita de ser ingresado en coma inducido. Los rudos ultrafondistas que son puestos en apuros en el duro desierto del Hoggar argelino por un organizador inexperto y, posteriormente, incapaz de afrontar garantías. Las evacuaciones en mitad de un risco montañoso al que un recorrido llevó a corredores de montaña. Otras veces es cabreo e impotencia ante un cálculo ‘por lo alto’ de las necesidades de ropero o marcaje de recorrido en un maratón urbano como el caso de Madrid y su carrera de maratón. O sostener una prueba de diez mil personas con los mismos medios humanos que cuando corrían cuatro mil.

Como ex-organizador sé cuánto cuesta renunciar a cientos de dorsales que cuadrarían las cuentas. Que un patrocinador retire cinco mil euros y tu prueba se borre de un plumazo. Como cliente final entiendo algunas posiciones. Pero me niego a admitir que todo se ciña a cinco mil euros de diferencia.

Entonces, ¿es un problema de capacidad económica? ¿Mejor una gran empresa que un modesto club?

La escala no lo es todo. En España, añado, la escala es un abismo peligroso.

La gestión de la escala económica en nuestro país es aún más peligroso. La cultura de la gran escala está llena de casos de gestión ineficiente de los presupuestos de un evento deportivo. Solo hay que tirar de hemeroteca. Desde un trail o un maratón hasta unos grandes campeonatos.

A partir del salto cuantitativo de los primeros años del milenio se asistió a un cambio de escala. Vivimos (desde la compra del maratón de Barcelona por la gran maquinaria de Amaury Sport Organisation, ASO) el ejemplo de las grandes empresas que compran carreras existentes para reflotarlas. Fue un modelo para un problema puntual. ¿Fue empero una solución?

ASO es organizador y explotador de los derechos del rentable Tour de Francia, del Dakar, de la Paris-Roubaix, de decenas de pruebas. Rescató el maratón de Barcelona tras la suspensión del año del desencuentro y todo salió bien. Al mismo tiempo, ASO rescata la Vuelta. Vean las retransmisiones de la carrera ciclista y pregúntense si España es tan fea o si el Tour de Francia es otro planeta. ¿Ha perdido ASO toda su habilidad de vender un producto? Las Rock’nRoll marathon series rescataron la carrera de Madrid y la magnitud del evento está comiéndose lo bueno y sacando las vergüenzas de lo malo. Logística incompleta en un evento triple no necesario (10+21+42 km en una misma salida) y una promoción pírrica de la carrera, precisamente en la ciudad que ‘más marcha y gente tiene a cualquier hora del año’. ¿Patina en Madrid todo lo que triunfa en San Diego, Las Vegas o México DF?

Nos deja con la duda si la gran empresa de eventos deportivos es una garantía de funcionamiento. En realidad estos ‘rescates’ suelen ser compras de la marca a cambio de un soporte económico. El ejemplo más similar sería el de la franquicia, entiendo yo. El equipo técnico del maratón de Madrid, el club MaPoMa, recibe una inyección de dinero para hacer frente a un maratón más grande. Pero lo que ocurra dentro de la ahora) Rock’nRoll Madrid Maratón sigue siendo fruto de las destrezas logísticas y técnicas empleadas por el equipo de siempre.

Un asunto de envoltorio.

Las carreras de pueblo vivían y viven del esfuerzo de una dirección técnica. Un club. El mimo de unos voluntarios. El corredor se sentía importante. Llegaron los tiempos de las pancartas y los postes publicitarios. Las nuevas empresas de eventos deportivos bombardean a organizaciones con emails ofreciendo servicios en los que “todo” quedará atado. Deberíais ver cómo corre la información. Casi una década después de clausurarse la carrera que organicé, siguen entrando correos y llegan llamadas ofreciendo todo el paquete. “No te preocupes de nada”, aseveran, “Desde arcos de meta a cronometraje y dorsales”.

Arcos. Servicios añadidos. La gran etiqueta de colores aportará fotos y vídeo en meta. Queda por ver si todo ello redunda en el beneficio del corredor. Al final, la zona de meta se viste de color y de vallado. Según mi opinión, los cruces, el marcaje, los fallos o aciertos de un recorrido, la seguridad del corredor, transportar la bebida y alimento a un punto inaccesible de un recorrido queda siempre bajo la batuta de la dirección técnica.

El nuevo escenario de organizadores es un conglomerado dispar. Están las grandes empresas que organizan carreras con suficientes medios como para cubicar, ordenar y surtir a los miles de participantes. Pero también existe un nivel de supervivencia en el que se adhieren nuevos ’empresarios’ del deporte. Viejos deportistas que tiran de contactos y de experiencia para organizar una prueba. Gente que se desvive y que muchas veces ha de ocuparse de absolutamente todo y perder el menor dinero posible. La secretaría de la carrera la lleva su esposa. Los familiares solventan una emergencia en un cruce mal marcado.

Hay muchas dudas que los clientes finales saborean con la cerveza posterior a la carrera. No hay tarta para todos. Otro de los síntomas de un mercado irregular como es el capital empresarial español. Es evidente.

Las preguntas se agolpan mientras caen las cervezas después de llegar a meta. ¿Es el mejor servicio técnico que haya dos arcos de meta y podio con photo call? Pues podría ser así o podría ser accesorio. El espectáculo podría ser la meta en Chamonix-Mont-Blanc o ver una cuesta en una carrera de pueblo totalmente abarrotada por los cientos de veraneantes.

¿Es garantía entonces de que una franquicia comercial dé apoyo financiero o es sólo garantía de presencia en los medios? La vieja garantía del mimo al participante, del espectáculo para el telespectador o al apasionado fan en la cuneta,  ¿vendrá dada por el cartón piedra y por el maquillaje o por la solvencia técnica?

He tardado 35 años y he tenido que pagar, organizar y participar como corredor. Pero ya tengo mi respuesta. A los seis meses de empezar a organizar no sabía aún nada. A los diez años de empezar a correr seguía sin saber nada.

Sentarse a ver atletismo

Hay algo en presenciar una retransmisión moderna de atletismo que lo hace similar a merodear por la galería Borghese. Uno se ve desbordado ante tanta multiplicidad y tanta belleza. Si no se acude a este museo romano con la mirada limpia y no se han aparcado los prejuicios en el hotel, la derrota es definitiva.

Las cámaras logran poner los explosivos músculos a temblar como un flan. El cuádriceps de un velocista queda pinzado por la cámara del mismo modo que Bernini logra ablandar el mármol. En cuarenta y dos pulgadas y alta definición. Los gestos se congelan y esas chicas nervudas, esos mastodontes musculados, se quedan mirando a la cámara del infinito. Agotados, sin saberlo, porque hay cientos de cámaras ofreciendo al mundo la máxima exposición de la evolución humana. La piedra habla. El eco de todas las estatuas hace correr su voz.

Hasta aquí, el triunfo de la belleza. El espectador pasa a la siguiente sala. La cámara te lleva a la siguiente final de la retransmisión.

Y se vuelve a correr más rápido, se salta más y se lanza con la mayor de las potencias. Multiplíquese por cada una de las finales que tiene el programa de un gran evento como los Campeonatos del Mundo de Pekín y trasladen esta ansiedad a la atención pura por el deporte. Se genera de manera constante un vencedor frente a una retahíla de derrotados.

Imagino que esto es, para los medios de comunicación, un caramelo a medias. Un regalo de helado de dulce de leche en una temporada de brackets. ¿Qué ensalzar? ¿Hacia dónde encaminar el titular de ese diario? ¿Qué cortar para abrir el noticiario del día?

Debo decir que esto genera algo que no me gusta. Los conceptos primigenios del atletismo son manoseados por un motivo puramente primitivo: el campeonato es la guerra y sobre la guerra tenemos que hablar.

Desde que en mi casa se empezó a hablar de atletismo, nos hemos alineado con el momento que ofrece cada participante. Cuando en 1977 mi padre llegaba sudoroso de sus entrenamientos por los arcenes de la vieja N-I, preguntábamos y él contaba sobre los dolores, los camiones que pasaban sin vigilar siquiera un margen de seguridad o algún dolor puntual. Nadie hablaba de tiempos o consecuciones. La novedad del esfuerzo nos comía el tiempo de ocuparnos de otras cosas.

Era disponer el proceso por delante del resultado.

Corrimos carreras de todos los colores. Saltamos en aquellos areneros del viejo estadio Vallehermoso. Quedamos en mil posiciones diferentes salvo en una (confieso que solamente vencí en una carrera de las fiestas del pueblo de mi padre). Y así acudíamos a las gradas o a los márgenes de las sendas o carreteras donde se producía ese hecho evolutivo. Adaptarse a correr con la mejor de las herramientas que proporcionaba el cuerpo.

“Ese corre ladeado”. “Hay que ver qué zancada lleva esa veterana chiquitina”. “¿Te has fijado en las espaldas del martillista?”. Por ese camino aprendí a sentarme a ver el esfuerzo deportivo del héroe de la prensa. Apreciar los entrenamientos repetitivos en los que no se hablaba de puestos. Parar el vídeo y regresar a disfrutar del paso de valla de Renaldo Nehemiah, el latigazo de Steve Backley.

Deduzco que esto me blindó frente a los debates sobre medallas o títulos. La pena de sentir que se hacen trampas fisiológicas en pos de unas centésimas, pues no sé, desaparece cuando veo la repetición a cámara super lenta de la salida de tacos de ese sprinter de la calle ocho. En realidad sé que no me engañan. Tampoco debo nada a los medios que dirigen el discurso contra unos u otros deportistas.

Puestosa extremar la asepsia, sentarse a ver atletismo es como aislarse de los debates sobre si hubo envidias o reconocimiento cuando el protegido de los papas terminó de esculpir El Rapto de las Sabinas. O si la Federación de Atletismo sobreseyó o ignoró el daño que un cuarto positivo de Onya podía hacer a muchos de sus atletas federados. El atletismo es más importante que Coe y Gatlin (agrupados en esta línea sin intención alguna) o sobre si las avenidas desiertas de Pekin están pensando en los desfiles militares y no en los Campeonatos del Mundo.

Mi atletismo es sentir los vómitos de Carles Castillejo o los dolores de espalda de Borja Vivas. Es esa mano que sujeta el muslo de la sabina raptada.

 

Plan (de huevo)

“Tengo un plan”. Mal asunto. Así empezaban muchas de esas escenas de película en las que todo tiraba hacia el bien. Era oír la frase y asociarlo a un hecho irrevocable: todo terminaba; todo se iba a desencadenar. Adiós a la amortización del dinero de la entrada. “Busco plan” es un comienzo prometedor hasta que se completa con el “para bajar de no sé cuantas horas en maratón”. Yo ahora me comería un plan. Un gran plan de huevo con su caramelo.

[Haces bien. Existen columnistas mucho más estrictos generando información de utilidad. Adiós]

Mejorando lo presente, “¿Tienes un plan?” va camino de convertirse en mi segunda filiación. La primera, por tantos confundida, es la de viejo con mucho corrido. Mientras salen o no mis memorias a la luz, tengo que decir que sí. Que tengo uno. En realidad atesoro varios. Para rápidos, para derrotados por el muro, para impetuosos y para jóvenes gacelas cargadas de calidad. Planes no me faltan para guaperas, para contumaces, para medio lesionados y para vigoréxicos. Tengo un plan hasta para los que quieren fugarse de su entrenador como si quisieran escapar de Alcatraz.

Y un amigo que viene algo escaldado de una relación corredor-preparador aseguraba que sí, que ha aprendido. Que quiere uno. Ha dejado de lado las premisas que le supusieron un tormento. Está cometiendo la imprudencia de preguntarme si podría pasarle mandanga de la buena ante un objetivo cronométrico que se le ha metido entre ceja y ceja.

Llevo dos días pensando en si desvelarle las verdades del barquero. Claro que tengo un plan. Su objetivo no es el que me preocupa. Ni su base física. El muchacho tiene una edad en la que todo entra y todo se asimila. Series cortas, cuestas para incrementar la potencia, fortalecimiento, rodajes a ritmo sostenido. Pero si tiene diez años menos que yo.

Tengo un plan. Martin Luther King tenía un sueño asentado en el sueño americano. Contra lo que podría pensarse, no es anárquico, ni recomienda la vida alegre ni está basado en hincharse de vino tinto y torreznos. Mi plan está asentado en casi cien maratones y ultras. Y este amigacho -de los buenos- confía en ello, en todos los planes y esquemas de los que le hablo.

En realidad no le hablo de planes sino de preocupaciones. Un plan podría estar dentro de un plan y, todo esto, metido en una caja de sueños y circunstancias. Lo exigente para mí es hacérselo comprender. Necesita toda esa energía para vivir. Para él y para su novia. Hasta su trabajo necesita de todo ello. Nadie admitiría un joven que se ha dado de morros contra dos planes ya. En su oficio, menos. “Me tienes que hacer de liebre”. Dice. Ahí vuelve. En Colombia llaman a este insistente comportamiento “ser tenaz”.

Podría encargarme que le decorara un chalet pero prefiere pedirme que tire de él a cuatro minutos cincuenta y cinco segundos cada kilómetro, así durante cuarenta y dos kilómetros. Palabras tan prosaicas que no pueden ser la base de una amistad. Lo de “ayúdame con un plan o me haces de liebre para bajar de tres horas y media” es algo tan prosaico y tan árido que no remonta ni encargándoselo a Góngora. Que también era sevillano. Como el lugar del encarguito.

Total que le he dicho que vale.

 

A contar buitres. Los 4 maratones españoles.

Había una tira cómica en la que un sargento mayor de un destacamento yankee mandaba a sus ineptos reclutas “a contar buitres” a mitad del desierto. Nunca se supo si volvieron más sabios de cada uno de aquellos castigos. Tampoco se hizo palpable el resultado de aquellas horas bajo el sol de Arizona. No era el objetivo de la tira cómica.

Ni por asomo todos los cálculos de influencia de las redes sociales son útiles. Ni siquiera se sostienen metodológicamente. Vamos a alimentar esa inutilidad con otro recuento. Pensé que los cuatro maratones más importantes de España ya tienen un volumen y una presencia suficiente para competir entre sí.

Escribí hace tiempo en el diario El Mundo sobre este juego de poder. El maratón de Valencia se sitúa ya en igualdad frente a maratones clásicos como San Diego, Hamburgo o Los Angeles. Más de once mil llegados a meta en una prueba que, allá por los dificultosos años noventa no sabía bien qué aplicar para llegar a dos mil. Barcelona presenta cifras de primera línea europea (15.300 ‘finishers’ en 2015). En definitiva, un escenario de igualdad en el que ya no figura Madrid como ese viejo maratón solteronazo y soportado por todos.

¿Variables a tener en cuenta?

Hablamos de los llegados a meta. Pero vivimos en años de presencia en más niveles. El plano informativo se reducía a las crónicas y clasificaciones que aparecían al día siguiente o a las revistas especializadas. Hay un nivel actual de presencia en tiempo real.

Sí. Twitter. Ese generador de comunicación y de interdependencia sobre 140 caracteres. Las pruebas cuentan con CMs (gestores de la comunidad social) activos y que salpican información en el momento. Los viejos teletipos, ahora trasladados a los teléfonos móviles y ordenadores de los propios participantes. Es tal su poder que los comunicados de emergencia de las carreras saltan al momento a las cuentas de twitter.

¿Es posible utilizar de manera combinada los datos de seguidores de la cuenta de twitter de una carrera y los de sus participantes? Faltaría admitir que estar en esta red social no significa que haya información de utilidad. Y por eso tendré en cuenta los mensajes tuiteados por la propia carrera.

Los fríos datos:

Sin título

¿Mantiene el RnR Maratón de Madrid un atractivo heredado de su historial y de la centralidad de la capital?

¿Es una clave de éxito de comunicación que Barcelona genere el doble de información que los demás? ¿Lo es por traducir sus tuits a un mínimo de tres idiomas?

¿Logrará la actividad informativa de Sevilla apuntarse el tanto de la expansión social de la carrera?

Echando un ojo a las cifras de los últimos años, ¿tiene límite la carrera organizada en Valencia?

El nudista montañista

Dos veces o tres que he ido de carreras por Bilbao y sus alrededores, dos veces o tres que me he topado con el nudista de Sopelana. El artista, corredor de maratón de los rápidos, se engancha el dorsal en el morcón ibérico y corre, con el permiso de los organizadores, como dios lo trajo al mundo pero con un metro ochenta de más.

Bien. Pues el día que me estreno con un trote por la ladera sur del monte de Abantos, día que me asoma un señor mayor, muy mayor, con todo colgando. Aparentemente no es cosa nueva. El fotógrafo Juan Regaldie ya lo ha pillado y el susodicho, a su vez, nos pilló a Ángel y a mí. Nos pilló trotando. Si es que resulta pertinente aclararlo.

Podría argumentarse que he tenido muchos estrenos más plácidos. Podríamos desmembrar la mínima ambición de esta entrada. Claro. En este caso terminaría relatando horas y minutos y litros de líquido isotónico consumidos. Muchos disfrutarían y se verían aliviados. Preferirían que me ciñese a lo buen chico que es Ángel. Que lo es. Y además está su persistente y simpatiquísima tarea tuitera bajo el alias de ‘Contador de Km‘.

Para ese segmento de lectores, decirles que corrimos bien, no mucho, pero alegre y despreocupadamente. Él tiene sus 45km de montaña en Septiembre y yo mis ciento y pico en la misma fecha. Pero de este tipo de posts encontráis a carretillos por la red.

Volvamos al pellejo. El asunto de la desnudez en público anda jodido. Sin ir más lejos, la carrera nudista que se celebra todos los años en la villa vizcaína de Sopelana no se celebrará este verano. La desnudez también sufre la crisis económica. Irónicamente, se solía decir que a menos dinero, menos tela. Menos tela, más cacha. Micromachismos de agencias de prensa, imagino.

Por el contrario, la desnudez de puertas para adentro y de tráfico de personas no la está sufriendo. Aparentemente y con la calor, el español medio y varón sigue yendo de putas. Por mucho que la alcaldesa de Madrid inste al Vaticano y éste pida perdón por los delitos sexuales y muchos digan que no son estos, que no son. O sí lo son. Pero todo gira como en un círculo lleno de goznes, tras cuya cuarta parada creo que ya no saben ni qué se preguntaba o dónde empezó todo. Que empezó cuando el primer tío decidió pagar por meterla.

A Ángel y a mí, plim. De lo del puterío y de lo del setentón nudista. Ambos -esto lo sacamos a colación mientras corríamos- hemos ido más de una vez a playas nudistas y estamos bastante toreados con el cuerpo humano. El corredor convive con esa ducha improvisada, esa puerta abierta de un coche tras la que el deportista se cambia con el culillo al aire, y con tener que compartir duchas unisex, que es una palabra intrascendente pero inventada para decir que los sexos estamos para chocar, pero que los seres modernos ponemos cara de viajados y miramos a los ojos para olvidar esa fantástica obra de ingeniería evolutiva. De ella o de él.

Y todo tuvo que empezar a las faldas (sic) del monte de Abantos. En cuyas cimas y antecimas y cerrillos y roquedos han aparecido una escuadrilla de cruces. Hacen compañía al vaquerío. Nudistas, cruces y ubres, todo asomado a esa reserva del catolicismo posconciliar que es San Lorenzo del Escorial. Invito a reflexionar sobre la que se lió cuando alguien pensó que el monte no está para llenarlo de exvotos y cruces. Qué diría si supiera que ahora se está poblando de nabos.

Sobre el café Comercial y el nuevo pujadismo de algunos usuarios de la ciudad no diré nada. Para qué.

Romaratona (de aquella manera)

Ogni corre come può.

Otra cosa es cómo recorras esos 42.195 metros. Pero Roma te da la oportunidad de inventar un millar de rutas. Rómpelas como si fragmentases una galleta. En dos o tres días, en cinco o seis meses.

Un mantel de cuadros rojo y blanco. Es el comienzo de las hostilidades. Servidor, bajo, los mandos de la organizadora y líder espiritual de la escapada romana. El dilema que nace de cocinar en el apartamento o tragar por los menús de espagueti con tomate. Roma sacude duro. Es su sistema y les permite apiñar turistas en mesas a la puerta de sus restaurantes. ¿Por qué cambiarlo?

Kilómetro diecisiete, la via del Corso es larga. Sol implacable. Paseamos buscando las sombras desde hace día y medio. Callejeamos por via Coronari, por la via Giulia, sufrimos el nuevo y emputecido Trastevere. Todo el sector de la Nerópolis y la vieja laguna del Palatino no es suficiente para una cuadrilla de energúmenos tragones de largas distancias.

Javier Reverte mentía. Quizá en su otoño las mejores vistas fueran desde el Gianícolo. Desde un subvencionado stage en la Academia de España todo se ve mucho mejor. Almorzar con el agregado cultural del país en la Santa Sede distorsiona la percepción de las vistas. Mi santa supo de la balconada del Pincio. Por goleada, la segunda mejor vista de la ciudad. Luego supimos de la primera: el terrazón del Castel de Sant’Angelo. Kilómetro treinta sin rozaduras ni ampollas.

A pesar del adoquinado milenario.

Tres referencias para un avituallamiento asesino. La organización ha dejado lo mejor para las horas de más calor. Sales ciego de Santa María degli Angeli por ver las barbaridades cometidas por el cerebro de un genio como Miguel Angel. Bien. Es normal. No estás acostumbrado a semejante demostración. Pasaste de puntillas por los Museos Vaticanos porque lo supremo te marea. Vamos con los tres imprescindibles de la Roma que me atrapó.

Referencia uno. Dagnino. Gelatteria y cafetería siciliana establecida en los dos polos del universo. Palermo y Roma. A escasos cincuenta metros de Reppublica. Canoli, helados y bollería que compite con la estantería del salado. En este bando refulgen las sólidas arancine. Imagina que tienes restos de tu paella. Haz una pelota y empánala.

Referencia dos. Muere con la untuosidad de Giolitti. La heladería que te recupera para la confianza en el ser humano. Muy cercano a nuestro kilómetro cuarenta. Sabores imposibles. Qué cerca estamos italianos y españoles del gusto por rechupetear un helado, de pie, acodados en una barra o sentados en un escalón de la calle. A la espera que los carabinieri nos llamen la atención. Zona de seguridad. De acuerdo. Pero estate por la seguridad y deja de mandar mensajes por whatsapp.

Referencia tres. El Boccione del Ghetto. Si Jehova hubiera organizado una prueba de larga distancia por esos pedregales sagrados habría encargado a la abuela del Boccione unos pedazos de bollería hebrea. Habría castigado al inventor del bramido pizza ebraica con vagar durante dos mil años buscando un manual de estilo. Pero esa combinación de pan, fruta escarchada, piñones, almendras y pasas es demasiado cercana a nuestros dulces. Demasiado bueno como para preguntarse por el quemado de la bandeja. Cenizas, pasas y piñones: la dolorosa recompensa de los últimos metros.

¿Qué mejor imagen? ¿Qué otro modo de resumir unos días en la ciudad eterna?

Saintelyon. Luces sobre barro y nieve

Luis Arribas. Runner’s World. En 1951 un grupo de excursionistas organizan una marcha de dos días que une Saint-Ètienne y Lyon. Sesenta años después todo se les ha ido de las manos. 14.000 participantes cruzan corriendo de noche, varias distancias por delante. La más popular, los 72km a los que acudimos para contártelo.

Afueras de Lyon.
Nueve de la mañana de un domingo de invierno. La dureza de un recorrido sin grandes montañas pero continuados rompepiernas nos tienen clavados unos segundos en mitad de una cuesta infernal. Alguno para y mira atrás, esperando a que se llenen los depósitos como por arte de magia. Al fondo queda el valle del Ródano. Restan aproximadamente unos diez kilómetros hasta meta. Ha amanecido hace apenas cuarenta minutos y los escalofríos acentúan el dolor de piernas. Y sabes que bajar a la urbe no se habrá diseñado siguiendo la ruta más fácil. Esto es puro trail, barro y frío.

Doce horas antes nos apiñábamos 14.000 corredores en pabellones —6.500 participantes en la prueba reina— y carteles indicando líneas de salida variadas. Habíamos sido trasladados al kilómetro cero por decenas de autobuses. Desde Lyon salen decenas de autobuses que te dejan para la cena de la pasta en la línea de salida. Un tinglado mundial donde las formas son exquisitas. Sin prisa, miles de runners comen y descansan.

En la avenida que linda con el palacio de los deportes, una masa abrigada hasta las cejas enciende los frontales. El vaho sale de las bocas en pos del tres, dos, uno que nos haga arrancar. Todo esto discurre cada puente de diciembre en la ciudad de Saint Etienne. De una ciudad a otra se celebra un clásico del trail running en el país vecino. Es la SainteLyon.

Hace sesenta y un años el trail no estaba de moda. De hecho hasta pasados unos años el reglamento separaba caminantes y corredores. Pero dos o tres eventos hicieron que los franceses se tiraran al campo. La ‘sainte’ fue uno de ellos. En la década de los ochenta ya eran cuatro mil los inscritos. Esto tenía yo que probarlo. Y venir a contároslo.

La ruta
Parece difícil convencer a miles de runners para correr durante setenta y dos kilómetros mientras caen copos una noche. Pero se logra. Fuera, niebla cerrada y un cielo que amenaza nevada. Nos salvaremos de ella (no fue así en 2013) porque un viento del norte congela todo bicho viviente. Rondamos los cero grados. Pues, a pesar de ello, el diseño de este recorrido, sin alardes pero con una armonía perfecta entre ruta y bosque, provoca que este sea el evento más antiguo y masivo del trail francés. También quizá el más francés. Jean-Louis comentaba en la salida que “quizá no le ha hecho falta internacionalizarse tanto como el Ultra del Mont Blanc”. Con tres ‘saintes’ en sus piernas, él ha pasado el tiempo de espera en el suelo del pabellón multiuso, metido en un saco de dormir sobre una esterilla y comiendo un plátano con parsimonia. Y es que la espera es larga.

Se puede correr la clásica ruta senderista de cabo a rabo. Por relevos. Incluso los debutantes pueden cogerle el tranquillo al evento corriendo una ‘mini’ de 27km. Un asunto que nos proporciona poco consuelo al contingente de tres corredores españoles. Los tres, debutantes y que miramos en la grada, sentados, qué puede indicar tal o cual cota en el perfil de la carrera.

Las únicas condiciones del contrato son seguir las flechas amarillas y los cientos de luces frontales que te precederán. Miro la tranquilidad que irradian miles de colegas con el peto-dorsal ya colocado, tumbados, cenando o moviéndose con calma para dejar a la organización la bolsa con las ropas secas. No es una carrera normal. No cuentan solamente las fuerzas y las condiciones del día. Al complejo juego de fuerzas hay que añadir la noche. Quizá, el coraje.

Courage
Las contradicciones del campo son así. La visión idílica del silencio de la noche, los perros ladrando y el viento azotando tus oídos queda rota de inmediato. Hay público. Hay rhodaniens subidos en mitad de un bosque con campanas, una hoguera y que han iluminado un trozo de sendero como si fuera una verbena. Hay stéphanoises que llenan el paso por una aldea como si cruzara el mismo Tour de Francia. Se oye el famoso ‘courage’ por todos lados y el corredor se siente parte de una ceremonia de respeto. La distancia y el recorrido, a pesar de no ser montañoso, requieren de respeto mutuo.

Millones de unidades de luz en mitad de la noche e imágenes cautivadoras. Viajar a este trail marca en la estética de lo percibido. No hay grandes panorámicas alpinas. No hay casi grandes panorámicas. Está la interminable fila de puntos blancos que festonea cada cerro y cada granja. La estética del preciosismo de las aldeas galas que creaban en los cómics de Asterix o un cañón de aire caliente en un puesto de avituallamiento. El bardo atado a un árbol frente al pitido de los chips cuando pasan por el lector. Correr con los poros abiertos para sentir y los oídos para que te guien en la noche. Pero esto no oculta un hecho. Queden sesenta o veinte kilómetros por delante, el coraje, los cuádriceps y tu sistema térmico tienen que continuar trabajando. Quemar hidratos y grasas y lo que lleves dentro.

Parar es comenzar a temblar. Los vencedores rondan las cinco horas y media. Su entrenamiento les permite volar por los avituallamientos que tú esperas para encontrar una silla y un cobijo donde no haga frío. En el palacio de deportes de Lyon la meta acoge a todos con una auténtica sinfonía de música y rayos láser. Pero, para los miles de corredores que peleamos contra senderos embarrados, andar en pantalón de correr y cargado con una mochila a las cinco y media de la madrugada es una exigencia rara del guión que hemos elegido. No aclara todavía ni el viento gélido da tregua.

La meta cerrará sus puertas cuando discurran quince horas. Finalmente el participante encuentra que el gran Ródano está ahí. Solo hay que bordearlo, subir las escalinatas del puente, cruzar a la otra orilla y arrastrar los restos óseos, llenos de barro y de dolores, hacia el parque lineal en que está enclavado el palacio. En un detalle de sensatez, también derivado de las múltiples distancias, en la línea de meta confluyen nuestras variadas experiencias. Los locutores cantan a todo trapo todas y cada una de las llegadas. Correr embozado con gorro y tener los músculos de la cara medio entumecidos por el frío nos obliga a componer la mejor de las sonrisas cuando subimos la rampa del arco de meta. En ese momento olvidas la dureza del sueño, cada rozadura de la mochila, las caídas en el barro y el llevar cocidas y empapadas las plantas de tus pies.

Del mismo modo es irónico que en esa ciudad se esté rindiendo un homenaje a la iluminación en todas sus formas y que solo pienses en tirar tu frontal a tu mochila. El alivio de llegar a un sitio cobijado, caliente. Que tras la puerta del pabellón haya una ciudad viva y no un camino que serpentea, de nuevo, a oscuras entre bosques. La luz que te ha guiado, agotado tus ojos y se ha clavado en tu frente, permitió que una aventura considerada demencial hace décadas sea nuestra nueva muesca en la mesa de las experiencias como corredores.

Días después aún repaso el perfil y el mapa, intentando reconocer algunos tramos y situando sensaciones que bordeaban lo onírico. Creo tener todas conmigo si aseguro que las 9h47 que estuve corriendo y reptando por las tierras entre Saint-Ètienne y Lyon pasaron como un suspiro.

Un suspiro de viento helador. Si sentiste un escalofrío en algún momento de esta lectura, habré sabido transmitirte algo.

Texto aparecido en la versión iPad de www.runners.es
INFO PRÁCTICA
Distancias 72k y 27 (mini). También relevos de 2, 3 y 4 corredores.
Web http://www.saintelyon.com
Terreno: caminos, asfalto y sendas por bosque. Es fácil coger el ritmo de carrera en un diseño que huye de los grandes collados alpinos. Barro y nieve están siempre presentes debido a las fechas en que se disputa. Por las bajas temperaturas, escoger ropa adecuada fundamental. Difícil abrigarse mucho y romper a sudar, y también difícil pasar horas al crudo frío invernal. Los dorsales se agotan en unas semanas. Precios de alojamiento y billete de avión muy solicitados. Coincide con gran fiesta del invierno en la ciudad.
LUZ, MÁS LUZ
Vas a correr y, además, puedes conocer la segunda urbe francesa en uno de sus momentos de esplendor. El puente de diciembre coincide con la Fête des Lumieres. Se celebra el día de la Inmaculada desde 1852. La ciudad de Lyon se engalana con un despliegue increíble de iluminación. Es el complemento ideal para pasar el puente en la ciudad del Ródano. Calles, plazas, shows, fachadas iluminadas, vino caliente y, para comer, churros, salchichas, guisos y tartiflettes en puestos callejeros. Cuentas con varios vuelos diarios desde los aeropuertos principales (1h40 desde Madrid y 1h desde Barcelona). Al fin y al cabo, correr mientras los demás componentes de la familia duermen es el sueño de muchos.