100 reflexiones

Todo empezó una tarde, frente a una pantalla de ordenador. Fuera, el viento arreciaba y lanzaba cubos de agua contra los cristales. Comencé, un tanto desganado, a contar cuántas veces había terminado un maratón.

Debía ser Abril de 1999, si no recuerdo mal. En mi despacho de Amsterdam faltaba la luz exterior. Había estado leyendo sobre las tontadas de siempre. Sobre mi mesa había una taza de café de oficina y la perspectiva de hacer algo mientras paraba el chaparrón. Era eso o cerrar la jornada. Era calarme en la bicicleta hasta los huesos camino de casa.

El listado de todo esto comenzó un Marzo de 1988. Para el año de mi mayoría de edad, mi padre corrió en Barcelona. Yo hacía mis kilómetros con el grupo de los veteranos ochenteros y, francamente, en casa apetecía. Pero tanto Barcelona como Madrid se celebraban antes de que yo cumpliese los 18 años. Todo se precipitó de una manera mucho más natural al año siguiente. El debut, en Madrid.

Las cosas han cambiado bastante, lo cual es comprensible aunque todo se reduce a lo mismo. Antes se corría un solo maratón cada año. Antes, todo era más ‘antes’. Corrí mi primera vez y vi que los cuarenta y dos kilómetros eran igual que son ahora. Son largos y uno atraviesa por fases, diría un psicoanalista, donde aceptas la carrera y te desnudas ante ella. Eso no cambió con el paso de los años. Lo que ocurre es que la desnudez es cada vez menos obligada, menos de consulta de pediatra o de proctólogo o de obstetra. Se va pareciendo más a desnudarse con amantes. Muy al final la carrera de larga distancia es como quedarse en pelotas en un gimnasio. Entre despreocupado y exhibicionista.

Las carreras iban creciendo y modificando los perfiles. Los maratones… ¿por qué contarlos únicamente como tal? Pronto decidí meter dentro del saco las carreras oficiales y, finalmente, los días en que yo era el único juez e instancia.

Decidí que el Lunes pasado tocaba otra. La número cien. En realidad lo tenía decidido apenas una semana antes, pueden preguntar a mis amigos de trote diario. Correr mucho -largo- solamente necesita una excusa. Una excusa, material adecuado y horas por delante.

Atención, este es un párrafo de marcado tinte comercial. Mi excusa de Lunes era que debía regresar de casa. Igual que aquella tarde de Amsterdam en que llovía a mares. La trampa era tan simple como haber ido hasta Coslada (para desconocedores, periferia este de Madrid) en tren. Para superarla metí en el lote el mejor material con el que cuento. Tengo la suerte de poder contrastar las mochilas y textil, así como el calzado que Salomon saca al mercado en España.

Tras esto, solamente quedaba no perderme y correr hacia el centro de la ciudad. Gracias al carácter absolutista del diseño urbano de la capital no fue difícil escoger el eje de la calle Alcalá. Hasta el mismísimo palacio de Correos, hoy Ayuntamiento. Entre medias, sendas donde los vertederos y la drogadicción marginal siembran el camino de miseria a la espalda de la terminal de contenedores de Coslada, las aleluyas del nuevo comercio en el nombrado y atascado plenilunio, y esa entrada majestuosa en Canillejas, donde uno amasa el recuerdo de viejas carreras populares, los chaletitos sesenteros de las calles Dos y Uno, y la vitalidad caótica de la vieja carretera de Barcelona.

Uno de los placeres de correr sin dorsal es poder detenerse en cualquier lado. Los semáforos, los avituallamientos improvisados, todo es aprender a ir sumando horas y horas. Uno de los rincones más solicitados de Madrid, la Puerta de Alcalá, me sirvió para una merienda pasados 15 kilómetros. Bueno, digamos que una cafetería a su lado. Dudo que los asesinos en potencia con traje y auricular que guardaban la puerta me dejaran sentar en la terraza, sudado, en pantalón corto y con una mochila. Ellos qué sabrán.

Saber, saber, creo que seguimos sabiendo poco. Todos, tanto a ese otro lado de la barrera como a este. ¿Contar maratones como un objetivo deportivo o la exhibición estúpida de los galones? Ni ellos, los que no entienden de salir a correr, ni nosotros, inmersos en intimidarnos unos a otros con nuestra sabiduría. Y la escena intermedia no da grandes respuestas.

En los últimos noventa, una minoría vivimos el adevenimiento de una esencia hippie en toda la esfera runner. El mundo del correr se agitaba y en Europa teníamos un equivalente cercano: los traileros franceses. ¿Por qué no hacer lo mismo, teniendo un país con las tasas de urbanización más bajas? Todo esto hizo que cada vez me apeteciera más coger un transporte y regresar a casa cruzando sin rumbo. Vale. Rumbo sí, pero no un plan. Realmente no soy un aventurero. Mis riesgos están calculados seis veces. La premisa es “Ok, hoy correrás doce horas pero mañana hay que hacer vida normal”. Así acumulaba las tonterías del listado de las (hoy) cien maratones. Así tracé mi paseo del lunes. Por encima pero con un conocimiento milimétrico de qué podía permitirme.

Porque, el martes, tocaría madrugar para lo de siempre. ¿Qué sentido tenía hacer un maratón a las seis de la tarde de un lunes de invierno? Me lo preguntaban ayer. El mismo sentido de siempre. Parece una locura diseñada por una mente desestructurada. Pero es un hueco en el tiempo que está muy controlado. Un hueco en mis horarios y en mis fuerzas.

Espero que se entienda mejor ahora. Roberto se espantaba que pudiera decirle a qué hora pasaría a tomar la cerveza del avituallamiento del kilómetro treinta y dos. Decírselo con un margen de error de diez minutos. Y reducirlo a cuatro en la realidad. Es esa experiencia de la que muchas veces hablo. No es talento o un físico privilegiado. Es experiencia. ¿Escuchar el cuerpo? Soy un tanto impaciente y un mucho bocazas. Pero sí. Escucho.

En resumen, rondaban las once de la noche cuando llegaba a mi casa. En la periferia Norte de Madrid. Entre medias había ido por los distritos de Coslada, Canillejas, Ciudad Lineal, Ventas, Retiro, Cuatro Caminos, Plaza Castilla, Barrio del Pilar, Fuencarral-El Pardo, Las Tablas y Alcobendas. Otros cuarenta y dos kilómetros a la saca. A un kilómetro de mi portal encontré a un viejo amigo decidí pasar del trote a la caminata. ¿Quién determina que un kilómetro ha de hacerse escupiendo el corazón? ¿Por qué no charlando de la adaptación de Osage County de Tracy Letts al teatro?.

En fin. Habréis llegado al final de este post si todo esto supone para vosotros mucho más que un pequeño deber diario y ya es una forma de vida obsesiva. Pero aquí viene el regalo exclusivo. Ese es precisamente el mejor resumen que puedo hacer de mi modo de correr. Dejar que correr sea el vehículo, no el fin. Tomar un café, un croissant, la cerveza con rabas o la tertulia sobre una adaptación de teatro mientras el gps sigue grabando datos.

Nadie dijo que contar maratones fuera sano. Correr, lo es. Como dicen por ahí, lo preocupante es pasarse a las distancias demenciales.

#ZEN (15/11). Regañando.

Por su particular interés y porque muchos no comprasteis el diario porque no os dio la gana, reproduzco mi columna del suplemento ZEN del pasado 15 de Noviembre.

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Los retos y yo. Los retos y las ganas que tenéis alguno de que os dé un algo. Dos líneas que salen del mismo concepto y que tiran cada una en sentido opuesto. Del concepto de reto, a la eternidad. Lo malo es que plantearse el correr como un reto es una de las múltiples maneras que hay de atajar hacia la eternidad. No soy fatalista. Simplemente estoy cansado de leer determinados slogans que han llegado a la literatura popular del correr.

El domingo pasado se produjo otra muerte en una carrera popular. No tiene que ver pero sí tiene que ver. Que veintitrés mil personas corrieran veinte kilómetros y las estadísticas se salieron con la suya sí tiene que ver. Como cada vez que una carrera junta más de diez mil. Esa variable dice que uno de cada veinte mil personas sometidas a un ejercicio intenso podría sufrir un episodio crítico si excede la intensidad. El azar o el historial familiar de un joven podrían ponerse en contra de ese 1/20.000. Y en la Behobia-San Sebastián no fue uno. Hasta cien corredores requirieron atención médica. Ya no es una fatalidad. Es una tendencia. Seguro que sesenta de los cien tenía todo controlado y, aún, el calor y la distancia le jugaron una mala pasada. Quedan cuarenta. ¿Le añadieron una intensidad ciega? ¿Peleaban contra las cuestas, el calor y los veinte kilómetros o además contra el reto del tiempo en meta?

A toro pasado es fácil criticar, diréis. Desconozco la frecuencia cardiaca a la que se sometieron. No tengo constancia de su experiencia y del historial de esos ingresados en el hospital, pero apuesto por que el reto se metió por medio. Siempre se mete. Es una carrera, no una siesta. Meteroslo en la cabeza. Yo, contra la indeterminación de carreras largas e intensa, siempre aporto: calma, paciencia, ritmos cómodos y la perspectiva de seguir entero y feliz hasta 72 horas después.

¿Quieres que tu vida sea un reto? Muy bien. Esto es un mundo libre. ¿Has parado a pensar si encontrar trabajo, buscar pareja, acometer la felicidad diaria de tener algo en la nevera (o tener nevera mismo) no son un reto vital suficiente? Todos tenéis derecho, lo sé, a afrontar como os dé la gana un deporte. Nadie ha de regular cómo se ha de correr. Ni cómo ha de meterle una quinta velocidad a la vida. Eso se supone que lo traéis de serie. Viene en esa bolsita de membrana cuya etiqueta dice “sentido común”. Ábrela a ver.

El 100-marathon club? Que se ponga

No hay que complicarse la vida. Es un listado sencillo, si se quiere ver así. Es cierto que algunas organizaciones piden la justificación de haber participado en un evento reglado. Pero, desde que el mundo es mundo (bueno, quizá con las cosas ya arrancadas) existe el 100-marathon club. En su inicio era un grupo de británicos despendolados. Desconozco en qué ha derivado, aunque no son el tipo de gente al que preguntarías por cómo leches empezar en esto del correr.

O quizá sí. No los traigo a mención para justificarlos ni criticarlos.

En el momento de escribir estas líneas apenas me queda media semana para llegar a esa cifra de cien. Cien veces en las que eché a correr y no paré hasta pasar de los 42.195 metros. Parar, se sobreentiende, para sentarme, ducharme y dar por concluida la carrera.

Si sigues mis líneas de manera habitual, sabes que no otorgo el rango de derrota a pararse en una carrera. Se puede parar a tomar un avituallamiento, a ponerse un chubasquero extra, a beberse una jarra de cerveza o comer unos torreznos. Esto me saca de ese listado potencial de héroes con cien maratones a cholón completados.

A cambio, aporto kilómetros de sobra para compensar los puristas. Si escojo las cien veces que completaré el Lunes, la media sube por encima de los cincuenta kilómetros.

Al fin y a la postre todo esto es una vana manera de discutir de algo que tiene un mérito relativo. Hay muchos a quienes nunca se les desmonta un merengue. Gente que no pierde el hilo leyendo a Antonio Muñoz Molina. O el interés con Kant. ¿O era al revés en estos dos últimos casos?

Total. Para amantes de los mitos, las estadísticas y quienes insisten en que un blog debe tener continuidad, aquí va un post de continuidad. No se me ocurría mejor cosa que celebrar que llego al club de los centenarios.

Desde 1989 hasta 2016, estos son mis poderes. Evento y distancia.

1989 Maratón de Madrid, 42km
1990 Maratón de Madrid, 42km
1991 Maratón de Madrid, 42km
1992 Maratón de Madrid, 42km
1994 Maratón de Madrid, 42km
1995 Maratón de Valencia, 42km
1996 Maratón de Barcelona, 42km (MMP) + Maratón de Madrid, 42km
1997 Maratón de Paris, 42km + Maratón Alpino Madrileño, 42km
1998 Marxa Románica Navás 82km + 100km/24h Corricolari
1999 60 van Texel + Blois-Amboise, 47km + Rotterdam Marathon, 42km
2000 Senda Real GR124, 50km + Davos Swiss Alpine Marathon, 42km + Amsterdam Marathon, 42km
2003 60 van Texel + Palencia-Valladolid, 50km + Castillos de Avila, 50km
2004 Maratón de Sevilla, 42km + Maratón Valtiendas, 42km + Castillos de Avila, 50km
2005 Cantalojas-Burgo de Osma, 53km + Maratón de Valencia, 42km + 50km IAU Villa de Madrid + Alcobendas-Maratón de Madrid, 47km + 101km Ronda + Fairlands Valley Challenge, 42km + Monschau Marathon, 42km
2006 50km IAU Villa de Madrid (MMP) + 100km/24h Corricolari
2007 Maratón Madrid, 42km + Cerceda-Bola del Mundo-Cerceda, 44km +  Leiden Marathon, 42km + Avila-Navas del Marqués , 43km + Extreme Marathon Lagos Covadonga, 42km + 50km IAU Villa de Madrid + Villalba-Rascafría, 51km
2008 Alcobendas-Casa de Campo-Cuzco, 45km + Trotada por Madrid, 42km + 50km IAU Villa de Madrid + Maratón de Madrid, 42km + Challenge 24h Ultrafondo + Albacete-Almansa, 57km + Almansa-Muro de Alcoy, 62km + Muro de Alcoy-Denia, 58km + 6h en pista de Barcelona
2009 La Peor Maratón del Mundo, 44km + Senda Merinas, 47km + Maratón Madrid, 42km + Challenge 24h Ultrafondo + 100km/24h Corricolari + Bilbao Night Mar. 42km + La Peor Maratón del Mundo (II), 42km + Raid Sierra Oeste, 44km + No-lights-in-the-city Run Madrid, 43km
2010 La Napoleonienne, Somosierra-Madrid, 92km + Maratón de Madrid, 42km + Nocturna Fuenfría, 43km +  Pedriza Solo, 42km + Navacerrada-Zetas circular, 43km + Gran Trail Peñalara, 117km + Viñuelas 42km + Viñuelas 42km + O Cebreiro-Lestedo (CSantiago), 85km + Lestedo-Santiago (CSantiago), 70km

2011 Marxa Selva del Camp, 67km + Maratón de Madrid + Zetas nocturnas, 42km + Alcobendas – Casa de Campo, 47km + Madrid-Segovia, 100km + Duratón Integral, 44km + Anti Norte, 42km + Pesadilla antes de navidad, 42km
2012 Inverniza, 51km + Transgrancanaria Sur-Norte, 96km + Trail Peñalara, 60km + Kerkus Boadilla, 42km + Remontada infernal Manzanares, 54km + Sierra de Chiva, 61km
2013 Napoleónica, 53km + kmsxalimentos, 42km + Maratón de Madrid, 42km + El Soplao 45km + UT Collserola 43km
2014 Maratón de Barcelona, 42km + Trail batalla Alarcos, 50km + Navacerrada-La Granja 80km + Courmayeur-Champex 56km + SainteLyon 72km

2015 Napoleónica, 62km + Genaro Trail 50k + 101km Ronda + Serrota, 42k + Villalba-Alcobendas, 48k + Madrid-Segovia, 102km + Castillos de Avila, 49km
2016 Coslada-Alcobendas. 46k

Cambio horario adiós a nuestro tiempo útil

Por su particular interés y porque muchos no comprasteis el diario porque no os dio la gana, reproduzco mi columna del suplemento ZEN del pasado 8 de Noviembre.

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Os voy a contar dos secretos. Sé el porqué de este polémico cambio horario. La eliminación de todo tu tiempo útil de las tardes de invierno, que tengas la luz eternamente encendida en casa y que ni Dios entienda lo del ahorro energético. ¿Quién hay detrás? Todo está manejado por el lobby de los corredores que madrugan. ¿Creíais que ese anuncio de compañía eléctrica con un corredor triscando alegre era una moda? Incautos.

Pensadlo detenidamente. ¿Habéis vuelto a leer en las redes sociales ninguna queja de vuestros amigos madrugadores? Nada. Desaparecidos y callados como tumbas. Y es que termina septiembre y la oscuridad se echa sobre esa brigada recia de los corredores de la primera hora del día. Sufren. Sufrimos. Cuando os animaron a empezar con el running olvidaron detallaros algunas limitaciones de esto. La que nos atañe: correr de noche es arduo.

Muchos tenéis un gimnasio o corréis en la pausa del mediodía. Unos pocos miles nos levantamos hora y media más pronto, porque sí. Os trajimos la prensa que lees. Dejad que gobernemos los husos horarios. Corremos frente a riesgos que cualquier grupo activista acogería como denunciables.

Escuchad (sic). Un día de Enero entrenábamos por las calles iluminadas mientras todos vosotros dormíais y echabais el ojo a la alarma del móvil. Sin luz y bajo la neblina heladora decidimos pasar a un bosquecillo. Con buena luna y el cielo despejado se pisa bien, sobre un camino firme. Recuerda. Vosotros bajo el edredón y nosotros entrando en la negrura de la noche.

Pues bien. Nos topamos con unas sombras. Dos, cuatro, siete, nos rodean. Ni extraterrestres ni ladrones de cable. Ni vacas bravas. Nosotros con el cerebro semicongelado. Unas luces rojas. Un vuelco en el corazón. “No, tranquilos”, nos dice una sombra. Enfocamos. “Estamos de maniobras nocturnas”. Unos comandos del ejército al lado de mi barrio ¿Irían a tomar el polideportivo?
“Tranquilo yo ya estoy”, balbucí por mi pavor milenario por las armas. Tranquilo deseaba yo que estuvieran esos soldados que salían de la oscuridad. Ellos y no yo llevaban el dedo en el gatillo.

Pensé que en Mayo todo es diferente. Pensé en el horario de Moscú. Y también pensé en hacer lobby para que siempre fuera de día. Poneos en que, un día, podríais necesitar salir a correr a las seis de la mañana. Y una leche os ibais a acordar de los del horario de verano. Los del flexo prendido a media tarde. Lo entendeis ahora. Y el ejército no ha vuelto a las calles por donde entreno. Ese era el segundo secreto.

Haruki Murakami: Tokio Chicote

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Fuente: Rest.Yakitoro. http://www.yakitoro.com

 

1.

Mori. Bosque, en japonés.

Durante años poco esto fue lo poco que yo sabía de japonés aparte de las payasadas típicas que uno absorbe de aquí y allá. Fue a raíz de interesarme por el apellido de Alberto Fujimori, el expresidente peruano (1990-2000). Por él o, más bien, por las oleadas de emigrantes asiáticos que llegaron a la costa pacífica, desde San Francisco hasta Lima. Uno es así de curioso.

Ocurre algo parecido con este artículo. Lo empecé y había metido a enfriar desde hace año y medio. Todo empezó cuando visité por primera vez Yakitoro, el nuevo restaurante de Alberto Chicote en Madrid. En aquel tiempo colaboraba yo con la muy culta y golosona Comida’s Mag. Había recibido unas sugerencias sobre literatura y tripeo y esta en particular se quedó en el alero. Se colaron por delante las referencias gástricas que dediqué a El Padrino, El diario de Anne Frank, Sin Noticias de Gurb y Reservoir Dogs.

Pero tenía que aprovechar algún momento para hablar de dos de mis frustraciones. El tiempo pasaba y no volvería a tener muchas oportunidades para meter juntos a mis dos ardores de estómago: Haruki Murakami y la comida japonesa.

Porque yo tengo un asunto atravesado con Murakami. El autor de Tokio Blues (1987) y otras sonatas fabulosas que no he leído. También de Crónica del Pájaro que da Cuerda al Mundo (1995), donde sí me di de morros contra un pesado ritual literario de parejas ellos-ellas. En los relatos Hombres sin Mujeres (2013) volví a verlo plasmado. Pero no hemos venido aquí para destripar la soledad del nipón urbano torturado por los códigos no escritos y la velocidad de la transformación de sus ritos de pareja.

Avancemos. Al ex-propietario de un club de jazz se le usa como comodín cuando a uno le encargan escribir sobre por qué corremos. A través de las líneas de De Qué Hablo Cuando Hablo de Correr (Tusquets, 2010) nos dicen que encontraremos la creación del homo pedestris. La búsqueda en internet de ese título arroja 43.700 entradas. Y se erige en material obligatorio en la ontología de por qué empezamos a correr. De qué deberíamos buscar tras el hecho del dolor de piernas.

Cuando cualquier articulista desea meter octanos culturales en su artículo sobre el maldito running, aparece Murakami. Después de ignorar el deporte más sencillo del planeta durante décadas, descubren en Japón lo que no encontraron en los caminos del país.

Cierto es que se ha colado por medio la literatura del corredor norteamericano y su odisea natural, la de Dean Karnazes (Run!, Ultramaraton), de Christopher McDougall (Born to Run). Pero el boca a boca puso en el frente cultural al rey absoluto, al japonés que se devana los sesos mientras observa geishas del siglo XXI.

No hay quien nos entienda. O sí. Funcionamos por pulsiones de conocimiento. De repente, todo un JotDown abre sus puertas dos veces al año al movimiento más saludable del siglo y lo hace acurrucándose contra Murakami. Sin piedad.

La historia del correr en época de pobreza había pasado de sopetón al limbo de los justos. No busquen entre los artículos las raíces de la transición social de la sociedad del deporte en Europa a lo largo del XIX. No se mencionará al historiador del correr Andy Milroy ni su rastreo de las primeras grandes figuras del pedestrianismo. Ni las apuestas de corredores que se cruzaban en todo el arco atlántico, desde el viejo país vasco hasta el valle del Sena. Las historias de los duros cruzados del barro y la hulla británica y los extenuantes primeros pasos del maratón no asomarán en un suplemento dominical. Ni la carrera de Londres a Brighton de 1903 ni las andanzas de los andarines o corredores que movían masas de aficionados en la caída de siglo norteamericano. Tampoco se suele mencionar a Frank Shorter y la retransmisión a todo EE.UU. del maratón de los Juegos de 1972, el momento mágico en que el país más norteamericano del mundo decidió que trotar era sano y moderno.

Mi confrontación ética con lo que significa Murakami deriva del momento en que una editora espabilada le pide que suelte unas páginas sobre su vida de corredor. Alguien tradujo esas ciento y pico páginas al formato editado a ordenador. Y comenzaron a circular por los ordenadores de los practicantes de la carrera a pie. La cercanía del lenguaje, decían. La descripción de los entrenamientos y las sensaciones que todos teníamos, de repente eran ratificadas por un novelista de éxito mundial.

En parte es comprensible el poder apisonador de la editorial que editó De Qué Hablo Cuando Hablo de Correr. La salida al mercado español coincide, para mi desgracia, con el momento en que el clásico sello de Tusquets fue comprado en 2012 por el gigante Planeta. Un año en que las variables de la burbuja del correr estaban consolidándose a pasos agigantados.

Vale, yo puedo ser un gruñón obsesivo. Pero seamos sinceros con el resto de la literatura mundial. En Murakami podías encontrar párrafos similares a los de cualquier blog personal de un practicante de la carrera a pie. Quizá por eso o quizá a pesar de eso, su imposición como referencia obligada ante el pensamiento del correr me resultaba excesiva. Si no se leían aquellas descripciones de cómo se entrena para un maratón, parecía que no se existía en la ‘runnersfera’ (disculpen). Textos sobre qué se siente que podría firmar usted mismo. O referencias a cuantos kilómetros hacer que figuran en revistas o planes de entrenamiento publicados desde los años setenta.

2.

¿Y?

Era la misma sensación que yo sentía ante la imposición de probar el alga wakame. O la salsa tepanyaki. “Luis, tienes que ir a un japo”. Tenía que abrazar la cocina nipona, dada mi condición de curioso sin final del buen comer. Y yo sentía que me pedían posicionarme ante dos hechos amados. Me rodeaba una urgencia teórica que me empujaba a saltar determinados pasos. Pues no.

Mis experiencias con la comida japonesa habían sido similares. Escasas. Pero habían venido metidas con embudo, como si una editora me hubiera encargado preparar el cuerpo para unas páginas urgentes. En este caso, las editoras han resultado ser mis hijos adolescentes. Fans de todo lo que exuda Imperio del sol naciente. Se preguntará qué pinta en todo esto Alberto Chicote.

En ambos casos, Murakami y las preparaciones delicadas minimalistas y conceptuales han llegado a mi vida a hostia limpia. Con la etiqueta de ‘tienes que probar esto porque va de lo tuyo’. Pongámonos de acuerdo en una cosa. Comer y correr es lo mío. Recapacitar sobre el año nuevo a través del osechi, no. Pero el viejo primera línea que convierte las cocinas del infierno en restaurantes decentes ha ido calando en mi entorno familiar. Eso sí, a un ritmo más pausado.

En aquellos días de 2014 enganchamos una mesa en Yakitoro (Reina 41, Madrid) mis dos inquisidores, mi santa y yo en un hueco de esos que antes quedaban justo antes de comer. Un año después, esto ya era imposible. La cosa surgió ante la amenaza de terminar en alguna de las franquicias de comida pretendidamente udon de la ciudad. Y cuando uno negocia con adolescentes es mejor tener un plan. El mío era el de aprovechar la primera edición de Top Chef para terminar con todo esto. Si Chicote encarnaba la referencia madrileña de la fusión entre tapas españolas y cocina japonesa y si era asumible para cuatro bocas y un presupuesto ajustado, iríamos a por ello.

Tapeamos en Yakitoro muy a gusto y en cierta medida su formato y yo nos dimos la mano. Resumiendo, me dispuso a una reconciliación culinaria. Que tampoco soy tan cerril.

Había más razones. Tiempo atrás había visto el documental El Pollo, El Pez y El Cangrejo Real (2008). Se rodó mientras el equipo español de cocina, encabezado por el gran cocinero y también maratoniano Jesús Almagro, competía en el concurso que graciosamente dona al mundo el chef francés Paul Bocuse. El Bocuse d’Or. Aquella selección española tenía todo un equipo de analistas o, mejor dicho, un Olimpo conformado por dioses cocineros como Juan Mari Arzak o Pedro Larumbe. Entre ellos, un rotundo Alberto Chicote que provenía de la cantera de la Escuela de Hostelería de Madrid.

Entiendan que había visto jugar a uno de los miembros de aquel jurado seleccionador en los campos de la universidad. Uno de los dos hermanos Chicote que jugaron al rugby en los últimos ochenta era un miembro de aquel contundente jurado. Más o menos por aquella época en la que él dejaba de ser talonador por las cocinas profesionales, yo debutaba frente a lo nipón en Donzoko, el clásico restaurante japonés de la zona de Huertas. Mi visita a ciegas, sin un maldito guía que me enseñara a disfrutarlo, y como veinteañero a Donzoko me mantuvo alejado de su cocina tras no comprender nada de todo aquello.

Chicote ha hecho de árbitro, sin querer, pobre hombre. Veinte años después, ha discurrido tiempo suficiente para dar ese paso adelante con la cocina japonesa. Esto sí es una aproximación reposada. Con los años he visto detalles ricos en la manera de preparar comida procedente de esas islas expulsadas del continente asiático.

Desearía poder dedicar a Murakami tiempo suficiente, un ritmo similar. Aseguran un buen puñado de amigos corredores que sí, que su Tokio Blues merece la pena. Pero tendrá que ser de ese modo en que Chicote asa la careta de cerdo en Yakitoro. Con todo el tiempo del mundo. ¿Saben? De lo otro, las imposiciones y las modas a toda velocidad, ya he tenido bastante.

Y con las zapatillas, los fogones y las páginas de un libro, prisas, no.

 

Referencias:

Tokio Blues. Norwegian Wood. (1987). H.Murakami. Tusquets Ediciones.

Crónica del pájaro que da cuerda al mundo (1994). H.Murakami. Tusquets Ediciones.

Hombres sin Mujeres (2014). Recopilación de relatos. H.Murakami. Tusquets Ediciones.

París bien vale una misa

Por su particular interés y porque muchos no comprasteis el diario porque no os dio la gana, reproduzco mi columna del suplemento ZEN del pasado 1 de Noviembre.

Viajar quita las memeces y los complejos. Picasso lo hizo. Y Buñuel, y Dalí. Fueron a París. Yo tardé un poco más y hasta 1997 no participé en su maratón. Vivía un tanto constreñido a tener veintitantos años y a correr siempre mirando el reloj. Por alguna circunstancia -y por no tener un pavo- me había sido imposible viajar a las mecas americanas del maratón.

Nueva York se pavoneaba con sus 30.000 corredores. Decían que Londres y París ya eran la bomba. Allí me planté, Prêt au combat. En los Campos Elíseos una hora antes de la salida. En el suelo permanecía sentada una parte de los veintiséis mil maratonianos. “Aquí no se puede correr” fue el pensamiento más recurrente.

Tenía veintisiete años, vicios y marcas adquiridos del pelotón madrileño. Pronto vi que no era posible coger el tren de las tres horas.

Mientras tanto los maratones españoles ofrecían avenidas amplias para tres o cuatro mil duros y rápidos corredores. Podías hincharte a correr, hasta explotar. Sin estorbos. Ni un solo selfie estorbaba esos grupos de finos rodadores. Aquello era puro pedestrismo pata negra. Sería el paraíso de más de un romántico hoy día, trascendental y estajanovista. Si no hacías mil millones de kilómetros a cinco minutos cada uno, eras lento. Así iba todo. Muchos de los exigentes runners de hoy lo pasarían mal.

Volvamos a París y su masa ingente. En el primer avituallamiento era evidente que invadíamos los dominios reales del atletismo. Guillotina en mano, románticos trotones, protagonistas del correr moderno. No tenía ningún sentido tensar el debate. Aquello era una fiesta del correr multicolor. Pasábamos por la Bastilla, Place Nation o Vincennes. ¿En qué otro momento nos reiríamos del desquiciado tráfico de París? Las calles cortadas para nosotros, los parisinos en los costados de la carrera. Sin exagerar pero a miles. Y un sol que invitaba a parar en Roland Garros. Y aquel París con veintipico mil corredores en los que habría, claro, unos cientos de rápidos e invencibles galos, de los que miden el minuto y el gramo.

Qué poco teníamos en España de esa masa recreativa e ingenua. Y qué poco recuerdan hoy aquellos años grises esos que despotrican contra la invasión de la calle por el trote cochinero. El paso de los kilómetros matiza la envidia. Deberían viajar más. Zapatilla en mano. Sentir el bofetón del retraso. En especial los que proponen definir quién merece ser llamado corredor y quién no. Qué soberana pérdida de perspectiva.

De mi amiga Ángeles, selfies y hembras-alfa

Por su particular interés y porque muchos no os dio la gana leerlo en el suplemento ZEN, os reproduzco aquí mi columna Run & Lemon del 25 de Octubre

Me pregunta mi amiga Ángeles si aquí sólo se habla de corredores varones. Por la furia del domingo pasado. Me arrea porque, lo que sale de mi afilada lengua, raspa a tío y huele a Brummel. Lo peor es que Ángeles siempre tiene razón. Corriendo el riesgo que, incluso cuando defiendo el papel de la mujer en la esfera trotadora, me ciega esa profusión de machos. Inundamos las sendas, carreteras y eventos deportivos.

Porque, siendo razonable, seguimos siendo más. Muy poco a poco estamos alcanzando cifras de proporción absoluta al 50%. Solo en las carreras más fáciles y cómodas. Se vende como un éxito que los maratones más masivos de España acojan a una cuarta parte escasa de mujeres participantes. Tenemos más tiempo, nos duele menos dejar todo empantanado en casa para irnos a correr y no nos quedamos embarazados. Ay, los tíos.

El domingo me cabreé como una mona con los flojos y los birrias. Según me recuerdan, quedó esa pregunta pendiente: De toda la que nos inunda en el running, ¿se manifiestan las corredoras de igual modo que los corredores? Me remangué y me puse a ello. Midiendo la tontería por bloques, saqué unas conclusiones que son las típicas generalizaciones precipitadas pero conclusiones y mías, que es lo que cuenta.

Las corredoras que veo y conozco (y conozco unas cuantas) son más participativas en el rito del selfie, más constantes en el correr saludable, más miradas a la hora de qué ponerse para hacer deporte. Como contrapartida, son menos competitivas, cosa que ni es bueno ni malo. El correr recreativo parece ir más con ellas. En la etología del correr hay menos hembras-alfa.

Menos masculinidad hegemónica. Quizá porque componen el grueso de la segunda mitad del pelotón en meta. O por impulso biológico. ¿Sabiduría de la conservación de la especie? Démoslo por bueno.

En cualquier caso no todo van a ser malas noticias para el varón de la manada. Igualan a los maromos en varios puntos. Mis corredoras son o aparentan ser tan sociales como sus compañeros. Les tira la cerveza o el café con charleta posterior a correr. Han tomado con la misma pasión la furia de ponerse unas zapatillas. Relativizan los progresos iniciales contra el crono del mismo modo que muchos hombres. Y es que una novata y un novato son un amor. Es más. Cuando conté a mi amiga Ángeles que aparecería hoy en esta columna, frente a usted, reaccionó de modo idéntico a un hombre. Y me sonó a pitorreo.