He participado en muchos maratones. Sí, ya sé que hasta-que-no-corras-en-Nueva-York-no-lo-habrás-visto-todo. Pero tengo una idea de lo que un participante suele pedirle a un sarao que cuesta un dinero. He visto carreras de seiscientos participantes en los que sobraba de todo como en las bodas y, también, maratones de treinta mil personas donde lo de menos era el maratón.

Con la mirilla ajustada y un cargador completo de balas tenía que preparar un informe de ese crecimiento exponencial del maratón de Valencia. Me lo debía después de haber corrido en los años de Rege Carolo (MCMXCV), posteriormente en el albor de los cambios (2004) y tras leer mucho y muy bueno sobre los últimos dos años.

No me andaré por las ramas. Si la IAAF y la CIA y la OMS estaban de acuerdo, debía ser por algo. Desgranaré las cuatro patas: evento, tripas, teatro y ciudad.

EVENTO

Partimos de una premisa en la que muchos participantes aún ponen el acento: el precio. Valencia tiene costes necesariamente moderados. Las inscripciones son del rango medio alto en el calendario de maratones españoles. Pero sólo tenemos que viajar un poco para darnos cuenta que tenemos unos eventos caros. Este mismo fin de semana, el medianamente conocido maratón de Filadelfia (EE.UU) no bajaba de los 150 euros. Dorsal, no pack con champan y autocares VIP. Hay maratones más económicos y también es más barato aún coger una mochila y salir a correr 42 kilómetros por el campo, avitualládonos en gasolineras y bares. Pero estamos hablando de querer tomar parte de un maratón de los grandes.

El equipo combinado entre la SD Correcaminos y la Fundación Trinidad Alfonso mete la ciudad en el calendario internacional. Aprovecha un hueco en otoño y se pone a funcionar. Cómo se hicieron o negociaron las cosas en aquel año del cambio de fecha no es el objeto de este análisis. Tirad de hemeroteca, que sois gente con tiempo de sobra. Tal es el acierto que se desplaza el común del corredor español y, de manera creciente, el internacional hasta este lateral del Mediterráneo. Si la primavera es la estrella con Londres, París, Barcelona, Hamburgo, Roma y cien etcéteras más, al otoño le surgió una oportunidad de mercado.

Vuelos accesibles, escapatoria económica tras no conseguir dorsal en Berlín o pagar la talegada de Chicago o Nueva York (ya sé, es otra cosa), y una proyección internacional de las gordas. Sin ir más lejos, Valencia está conectado con tantos aeropuertos de Italia que el domingo corrían 1.800 transalpinos. ¿La proyección? A base de una pateada de todas las ferias de maratones del mundo porque, como se sabe, los clientes nunca vienen. Hay que engancharlos y tirar de ellos.

El resultado del evento es un tinglado fantástico que huele a carrera de esas que nos venden los operadores de viajes. Internacional, gran escala y que resuena constantemente en las bocas de los corredores de medio mundo. Y ojo que los japos aún no han descubierto los buñuelos de calabaza ni el socarrat del arrós.

TRIPAS

Aquí siempre habrá discusión. Unos incidirán en qué debería llevar y contener. Las tripas son la bolsa del corredor para unos y la comida de confraternización para otros. La medición se presupone correcta a pesar de que muchos seguirán haciendo su ránking con los GPS. Lo profusamente surtidos que estén los avituallamientos, que la medalla pese 450 gramos o que los selfies salgan ya retocados con photoshop.

Sobre tripas, detallo tres detalles de experiencia organizativa frente al garrulismo de muchos corredores. Uno, los avituallamientos son larguísimos. Nadie se quedó sin líquido o sólido. Lo que ocurre es que 20.000 corredores requieren avituallamientos de 400 metros. Evidentemente llegas a ritmo de 4h y ya no hay agua en la primera zona, so Bikila. Pero sobraba. De todo. Dos, relacionado con el anterior, los voluntarios son una legión. Estaban donde había que estar. Nunca se agradece lo suficiente -aunque sean remunerados- la paliza que se dan. Bien. Esto también parece un derecho adquirido por algunos participantes que deben vivir rodeados de siervos y subalternos. Y tres, las tripas de una carrera son invisibles. Esas cosas que das por hechas y que no se ven son una maquinaria bestial. Para que tengas tu App o las clasificaciones que lasquieroparaayerencimademimesa, o que dos millones de metros cúbicos de cosas puedan estar en tal cruce o tal feria, hay unos profesionales a los que hay que pagar. Y bien pagados. Notas de prensa cada hora, kilómetros de vallas, cableado para la megafonía del kilómetro 30 o que los ciudadanos de Valencia sepan que el domingo no deben sacar el coche.

TEATRO

El arquitecto holandés Rem Koolhas define de una manera un poco delirante los espacios públicos como teatro y máquinas. Pero no se aleja de la realidad cuando observas detenidamente un maratón moderno. Manejar un contingente cada año más grande ayudó a convencer a la ciudad  de Valencia de que había que prestar el mejor escenario posible a la carrera. El centro, el río, la Ciudad de las Artes y las Ciencias. Ya sabemos que prestar no es el término adecuado pero sabéis a qué me refiero. Los acuerdos globales han podido llegar con el músculo (lo definí así en este artículo de El Mundo) de la Fundación Trinidad Alfonso. La importancia capital no está en el capital. Recomiendo una pequeña pausa para releerlo.

Lo fundamental es implicar a los hosteleros, hoteles, operadores institucionales, cien actores más, para que el escenario teatral del maratón luzca impoluto. Y amplio. Y aquí viene la única pega que saco al evento: con la cantidad de metros cuadrados que viene el escenario, falló la flexibilidad para acoger a los corredores en la famosa hora tonta de la Expo. Porque esto es ley. Todo maratoniano que se precie se pasa por el forro las recomendaciones de estar horas y horas de pie el día antes de la prueba. Y va “un rato antes de la comida de la pasta, y así ya recojo el dorsal y vemos todo”.

Y a las 11:30 se forma el tapón. ¿Sabíais que a las 10:15 no esperé ni 45 segundos de cola? Así y todo, las instalaciones calatrávicas de Valencia dan para acoger sin mucho apuro a 20.000 y hasta 50.000 corredores -más sus familiares. Incluso el mejor escaparate para hacer más dinero, el espacio para la Expo más puramente comercial, quedó en un pasillo congestionado.

¿Lo demás? Un salón de actos inmenso que se llenó para las ponencias. Un Hemisféric donde stands, set de radio y televisión, cada día más y más necesarios en un maratón moderno, se situaban sin agobios. Roperos industriales y zona de salida que se extendía por media ciudad. El teatro de los sueños que esparció los millares de corredores por avenidas amplias y espacios generosos.

CIUDAD

Aquí viene donde la matan. Espacios generosos a los que salieron los valencianos y muchos visitantes a ver la carrera. Animación, hileras de público en barriadas fuera del centro, las sublimes fallas festoneando con su cachondeo el arcén de la carrera. ¿Por qué en Valencia había gente en los lados y en otros maratones no tanta? De nuevo, promoción desde semanas antes de la misma. Cartelería, arcos ya puestos, prensa, media, la Red.

He corrido en 1995 saltando esponjas en el avituallamiento de la zona de Primado Reig con toda la pinta de un poblado del oeste o un barrio de la RDA. He tenido casi que esquivar paseantes en el cauce del Turia en el maratón de 2004. Miren, aquello no hacía los honores a una región que vive de cara a la calle. Este recuerdo de Valencia sí me lo llevo. Con la excepción del primer tramo con el madrugón por el Cabanyal y algún trozo de la ronda norte (donde había situado un DJ que atronaba desde millas de distancia), todo el recorrido tiene público. Ojo, que es una ciudad de tres cuartos de millón de habitantes. Cuidado con las comparaciones que saltarán de vuestros fogosos dedos, que esas otras carreras son áreas metropolitanas de hasta 10 millones de habitantes.

Los famosos cuatro últimos kilómetros son un pedazo del Tour de Francia sacado al río. Las piernas dejan de doler o duelen de esa otra manera. Hasta la umbría del Corte Inglés congregaba un público continuado que no tenía otro remedio que asumir un hecho: el maratón les regala un plan de domingo, gratis, animoso, épico, bullanguero, en mitad de un noviembre algo yermo.

Y, el día que las ciudades entienden esto, entienden sus eventos deportivos. Pregunten (ahora sí) en Londres o Nueva York. Yo me traigo mis cuatro horas de “consultoría” por la ciudad, un montón de mandarinas y unas imágenes que tardarán en irse.

Agradecer al equipo de Talentum Comunicación la facilidad para consultar datos y entrevistar a protagonistas.

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